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domingo, 28 de diciembre de 2014
domingo, 26 de julio de 2009
Análisis de "El extranjero" - Baudelaire
El extranjero
Este texto de Baudeleire contiene elementos románticos que pueden diferenciarse con claridad. Por ejemplo, el título mismo nos sugiere a un individuo que no pertenece a la tierra en la que se encuentra. El extranjero, no comparte, ni conoce las normas, los elementos que unifican a la población en que hoy está parado. Se mueve por otros cánones, por otras reglas, siente de manera distinta, vive de forma diferente. Este extranjero, por lo que veremos en el texto, refleja el sentir del romántico, un hombre que no se siente parte de este mundo, porque es el eterno incomprendido. Nada quiere de este mundo, nada de este mundo le pertenece, su forma de sentir, su forma de querer, de desear, nada tiene que ver con el común de la gente. Es el hombre original, que sufre por esa incomprensión y por eso tiende a la evasión: ama las nubes, porque son libres, porque no están en este mundo, porque están alejadas de él y miran en soledad, desde lo alto, la mediocridad y la vulgaridad de este mundo.
El romántico ama la soledad, la evasión y la originalidad. Los tres elementos estarán presentes en este texto. ¿Se siente despreciado por el mundo? Pues entonces él también despreciará todas las convenciones, los fundamentos de ese mundo que lo desprecia.
Este texto está planteado en forma teatral, ya que no existe narrador sino sólo el diálogo. No sabemos quién es el extranjero, no sabemos quién pregunta, ni por qué. Sólo conocemos el diálogo y la originalidad de sus respuestas, así como la sorpresa de quien pregunta que intenta conocerlo y va cada vez más asombrándose por la falta de interés de este extraño por el mundo que todos conocen.
Esta mezcla de géneros literarios también es un elemento romántico. Los románticos, en su afán de libertad y a favor del sentimiento, rechazaban cualquier intento del arte de mantenerlos en ciertos parámetros rígidos, así que buscando su expresión más sincera y dejándose llevar por su sentir, rompían los estructuras rígidas de las formas tales como los géneros literarios. A partir de este momento, lo narrativo se puede volver teatral; lo lírico, narrativo; y esta investigación se irá haciendo más fuerte hasta nuestros días.
Lo primero que nos damos cuenta es que el extranjero es un hombre enigmático, un personaje oscuro, misterioso, difícil de comprender, cuyo hermetismo impide acceder a él. Los hombres nos conocemos, muchas veces, por la identificación con el otro. Aquello que del otro es común a nosotros, nos permite comprenderlo. Aún cuando el otro sea muy extraño, siempre se intenta buscar las coincidencias que luego permita entender las diferencias. Eso precisamente es lo que hace quien está interrogando, busca algo en común que le permita comprenderlo. Pero el extranjero se muestra tan extraño a él, que no existe nada en común, nada que le permita identificarse, lo que coloca a este personaje en la soledad absoluta. Una soledad que no sólo se ve en lo físico, sino que es muchísimo más profunda, es la soledad existencial, la del alma, la de los afectos.
El interlocutor busca conocer al extranjero, y a medida que va preguntando, lo que obtiene es mayor alejamiento de su persona. Podemos ver que parte de lo obvio, de lo común y va elaborando preguntas cada vez más complejas. En esto podemos ver su sorpresa al no poder encontrar en él nada común, porque al extranjero no le interesa ser conocido por nadie, desprecia al mundo del interlocutor, por esa razón sus respuestas se van haciendo cada vez más incisivas, se van haciendo más agresivas y mostrando ese desprecio por lo los demás aprecian.
En el afán de conocer, de comprender, las preguntas del interlocutor tampoco son superficiales. Va a lo profundo “dime quién amas más”. Esta no es una pregunta fácil de responder para nadie. No es un pregunta trivial, que haríamos a cualquiera que nos encontráramos de forma casual. Es una pregunta profunda, aunque parece casi infantil por su sencillez. ¿Cómo es posible saber a quién se ama más si aún no tenemos claro, si quiera, lo que es amar? Y aunque lo intuyéramos, ¿podemos comparar el amor que sentimos por uno u otro ser humano? Parece una pregunta sencilla pero no lo es, ni es fácil de responder. No va la superficialidad en el conocimiento del otro, va al mundo afectivo, un mundo que solemos resguardar de la mirada de los otros, no exponerlo si no nos sentimos seguros de quién quiere saber.
A pesar de ser una pregunta que no puede responderse por la dificultad que implica jerarquizar el afecto, el extranjero no le teme a ésta y responde. Su respuesta es la negación del afecto más cercano: el familiar. Este es un lugar común, y tal vez por eso también lo niega, porque nada de común hay en él. Esta enumeración de vínculos, nos muestra que no existen lazos que lo unan a este mundo, no tiene un origen en él, ni un sostén que lo mantenga allí. A la enumeración del interlocutor corresponde una enumeración anafórica del término “ni” que nos lleva a un desconocimiento del concepto de familia. No tiene padre, madre, ni hermanos, nada que lo ate, ninguna responsabilidad a la que deba responder, no debe nada a nadie, ni nadie le debe a él. Desconocer la familia es reconocer la falta de amparo, de afecto, de cuidado y de normas que lo marquen.
Esta negación tan rotunda no ayuda al interlocutor, porque nada lo identifica con él, es como si le cerrara una puerta por donde seguir preguntando, por lo tanto, si quiere saber deberá volver al punto cero para empezar a preguntarse qué puede interesarle a este extranjero.
Es curioso pensar que un extranjero es quien debería interesarse por el mundo al que llega, sin embargo este personaje le da la espalda, no es él quien quiere saber, sino que es el otro, quien ve algo extraño como para querer preguntar.
La segunda pregunta es por los amigos. La amistad otro lugar común. Podemos reconocer en este concepto códigos que nos permiten integrarnos socialmente, comportarnos de manera de ser aceptados. Si tenemos amigos es porque estamos integrados socialmente, somos aceptados por alguien, queridos, comprendidos, acompañados. Alguien nos debe fidelidad y nos contiene en los momentos difíciles. Alguien puede limitarnos en los momentos en que vamos a cometer errores. Y la amistad implica también un compromiso recíproco, lo que significa que si el extranjero tuviera amigos también estaría atado a algo. Los amigos se diferencias de la familia porque son elegidos. Pero este extranjero se niega a un compromiso con este mundo por lo tanto tampoco elegirá amigos, no le interesa generar un vínculo con el mundo que desprecia. Su pasaje por este mundo es involuntario.
Niega este concepto al decir que ni siquiera sabe qué significa la amistad. No negó lo que significaba el amor pero sí la amistad, porque esta última no tiene sentido para alguien que no quiere estar en este mundo. Podríamos preguntarnos si este es un aislamiento voluntario o una marginación social. El extranjero lo presenta como voluntario, parecería que a él no le interesa saber qué significa la amistad, nadie ha llegado al punto como para que a él le interese conocer el concepto, nadie es lo suficientemente digno de ser su amigo. Sin embargo también podríamos leer que a nadie le interesa un hombre tan hermético que no busca lo que hay común en los hombres, sino lo que hay diferente, por lo tanto no hay tampoco interés de parte de la sociedad de acercarse a alguien que se cree superior a todos.
Al expresar la fórmula adverbial “hasta hoy”, el extranjero abre una posibilidad de que tal vez, en un futuro exista una persona con la que él pueda comunicarse en los términos de amistad, alguien digno de ser conocido y que desee conocerlo y entablar ese vínculo enseñándole qué significa ese término. Esta expresión nos muestra la desilusión que siente por este mundo que considera superficial y vacío.
La tercera pregunta apunta al concepto de patria. La patria unifica a los habitantes de un territorio, con una cultura y un pasado en común, con costumbres y pasiones comunes. El concepto de patria es una abstracción que construye la identidad de un individuo. El extranjero también se identifica en relación a este concepto, porque ser extranjero implica reconocer que existe una patria y que él no pertenece a ella. La respuesta del extranjero también habla de una identidad: “ignoro bajo que latitud se encuentra”. Esto implica ser un extranjero en cualquier lugar del mundo. No conoce su patria, no pertenece a ningún lugar, no está atado a ningún territorio, ni cultura, ni pasado común, ni costumbres, ni pasiones comunes. Si existió una patria para él, se desvinculó de ella, y la desconoce, ya no puede volver a ella.
Aguirre decía que el romántico sufría por el paraíso perdido, por aquel lugar donde la norma era la libertad, el contacto con la naturaleza, donde no había reglas opresivas. Ese ideal del paraíso perdido, al que querían volver y buscaban en las tierras exóticas, los enfrentaba a la realidad del mundo en que vivían, al que rechazaban y que aumentaba su frustración. En la respuesta del extranjero se puede ver condensada esta frustración por no poder llegar nunca a ese lugar que le haga sentirse “en casa”. Desconoce así su identidad, sus raíces, su origen, y lo único que obtiene es un deseo de libertad absoluta, que lo compensa en poco, porque sólo es un deseo que siempre se contrasta con la cruda realidad.
La siguiente pregunta apunta al ideal de belleza. Esta es la única respuesta positiva que el extranjero da, pero esto sólo es en primera instancia, porque detrás de ella también se ve la angustia del ideal y su imposibilidad de acceder a él. La reconoce como una diosa inmortal, personificándola. Volviendo el ideal abstracto en algo más cercano y “tangible” en primera instancia, porque al decirle “diosa” en su género femenino, la hace más alcanzable, recordándonos los dioses antropomórficos de la cultura griega. Sin embargo este mismo concepto se vuelve inmediatamente inaccesible precisamente por ser una diosa. Es una mujer divinizada, y ¿quién ha podido tocar a una diosa? Así una vez más, la belleza personificada se vuelve inalcanzable, dejando otra vez solo al extranjero. Nunca llegará a ella, aún cuando ella nunca muera, y tenga toda su vida para ir tras ella. Esa cualidad de inmortal, de la que él desearía amar, sólo ahonda la angustia. Su vida se ve condenada a la frustración de lo que jamás podrá ser y que siempre deseará. En conclusión: la belleza tampoco pertenece a este mundo, por ser una diosa inaccesible para él y para todos.
El último intento del interlocutor es hacia el oro, lugar común de la época burguesa. La respuesta del extranjero será una antítesis de la belleza. Si a ésta la exalta y la desea, al oro lo desprecia y le repugna. Si la primera es una diosa, este último es la antítesis de Dios. Dios es el ideal, mientras que el oro el vil material, tras el que corre la humanidad, haciendo las más grandes atrocidades por él, anulando lo humano y despreciando a la misma belleza por no tener el valor de lo material.
La respuesta del extranjero es vehemente. La respuesta anterior estaba sostenida por el verbo amar, ahora la sostiene con el verbo odiar, y en esto radica la antítesis. Utiliza una comparación “la odio tanto como usted a Dios”, incomodando al interlocutor, al que identifica como alguien que no puede reconocer el valor de lo ideal, tal como ese mundo que no sabe reconocer la belleza de la idea.
Ante esta respuesta, el interlocutor no muestra ofensa, pero si sorpresa, y cambia de estrategia. Deja de preguntar por aquellas cosas que él imagina que todos los hombres amarían y abre la pregunta: “¿Qué amas entonces, extraordinario extranjero?”. El epíteto “extraordinario” nos muestra esa sorpresa, el interlocutor llega a la conclusión de que nada común, nada “ordinario” puede haber en este extranjero, que no sólo está fuera de este mundo territorial, sino del orden que él considera natural.
La respuesta del extranjero es desconcertante, porque aquello que ama es lo que el resto de la humanidad ve tan común que ni siquiera repara en ello. Ama lo que nadie aprecia, lo que ni siquiera ven. Utiliza una reduplicación (reiteración inmediata de un término) al mencionar el objeto de su amor y al tratar de mostrarlas (“allá... allá). Esta reduplicación nos deja entrever su pasión, pero no la explica, no hay palabras que permitan explicar este amor, por eso la reticencia (puntos suspensivos), quedan los silencios, las pausas que debe llenar quien escucha, o tal vez debe procurar sentir. Las nubes pasan libremente y son una metáfora de la evasión. Él quisiera ser ese viajero, como las nubes, que tocan el cielo y están cerca de lo ideal. Que miran la tierra pero lejos de ella, más allá de la superficie, de lo superficial. Pueden irse y conocer otros mundos, pueden ser livianas y no cargadas del peso de la angustia como lo está el extranjero, que está condenado a tener sus pies en el mundo que desprecia. Las nubes son su deseo, porque también desearía fundirse en ellas y ser ellas.
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional.
martes, 14 de abril de 2009
Análisis de "el perro y el frasco" - Baudelaire
ANÁLISIS DE “EL PERRO Y EL FRASCO”
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
El título de este texto encierra dos elementos fundamentales. Ambos elementos son antitéticos, ya que el perro es un animal tosco y vulgar, mientras el frasco, al que hace referencia, contiene el perfume más exquisito y delicado del mejor perfumista. Podemos ver también una antítesis en la imagen olfativa que ambos elementos proponen. El primero tiene un olor particular que no es precisamente agradable, y el perfume es un olor exótico y delicado, que despierta y agrada los sentidos. Sin embargo, podríamos encontrar una relación entre ellos si pensamos que el perro se caracteriza por tener un olfato privilegiado, pero esto no alcanza para apreciar al perfume, porque el perro no pierde su esencia de perro. Ambos elementos son metáforas que se irán descubriendo en el texto.
El tema de este texto es la relación publico y artista. Por más que el artista trate de darle lo mejor de sí, el público no puede acceder a la obra, porque no pierde su esencia mediocre. Así como el perro desprecia el arte, el artista desprecia su público. No olvidemos que Baudelaire se encuentra a finales del siglo XIX, donde el artista siente que su público no comprende su arte y termina aislándose de la realidad, algo que en el siglo XX se criticará, pero no podrán evitar hacer lo mismo.
El perro tiene la característica de ser un animal fiel y esa fidelidad lo vuelve tonto, porque termina siendo fiel no a su dueño sino a la mediocridad que es su esencia. Su fidelidad no será tal a la hora de reconocer el perfume. A su vez el perfume es un misterio que solo se descubre cuando se destapa el frasco. Lo que nos haría pensar que el título también es simbólico porque ambas son metáforas del público y la poesía, y la poesía sólo se descubre cuando tenemos la actitud del alma que nos permite acceder a ella.
Podríamos encontrar en este texto tres partes. La primera sería el llamado al perro, la segunda la actitud del perro al acercase al perfume y la tercera la reflexión del poeta.
En la primera parte de esta prosa poética el personaje llama a su perro con una serie de nombres cariñosos, buscando una repuesta positiva del animal. En esa enumeración trata de halagarlo llamándolo, primero “lindo” apelando un aspecto estético, luego “bueno” sugiriendo la cualidad de su personalidad y por último buscando lo afectivo al decirle “pichicho”.
Todas estas estrategias tienen el propósito de hacerle conocer lo exquisito lo único lo original lo mejor que se puede encontrar. Así es para el poeta la poesía que construye, un perfume exquisito que solamente puede apreciar un alma preparada para ese encuentro, pero que el poeta inocentemente supone que puede ser apreciada por cualquiera. Este desencanto se transforma en el tema tan romántico de la soledad del creador y a su vez de la incomprensión que vive y que lo lleva siempre a un aislamiento.
En la segunda parte el perro se acerca obediente y confiado al llamado de su amo, respuesta que es natural por su cualidad de fidelidad y que hace más honda la incomprensión del poeta porque al ser fiel, esta fidelidad no llega al punto de aceptar lo que a uno le gusta. En el lenguaje el poeta desprecia al perro porque lo llama “pobres seres” porque su única forma de expresarse es mover la cola. Podríamos ver una antitesis entre esa falta de comunicación del perro que solo puede mover la cola y el poeta que cuenta con un arsenal de palabras para hacernos vibrar con su poesía. Sin embargo ambos tienen problemas de comunicación y de los dos el más despreciado es el poeta y no el perro, porque el poeta es más incomprendido que el perro. Mientras que el perro moviendo la cola puede expresar sus sentimientos, el poeta puede desvelarse buscando las palabras justas para terminar en que nadie lo comprenda, por lo tanto su alegría y tristeza son en vano.
El perro tiene una actitud curiosa que podría ser algo apreciable en un poeta, porque este busca esa actitud en quien lee sin embargo se necesita más que eso para llegar a la poesía, se necesita la sensibilidad.
Hay una imagen abyecta en el hocico húmedo del perro y el perfume exquisito que parecen mezclarse de manera despreciable, pero que el poeta no parece reparar en eso. Él sigue confiando como el perro en la gente y esperando inocentemente en el gusto del público.
Ese frasco se le ofrece al perro con toda su exquisitez, sin embargo el perro lo rechaza no lo comprende y encima le reprocha al personaje haberlo hecho pasar por esa experiencia repugnante.
Es interesante reparar en el temor del perro porque la poesía genera temor, ya que implica meterse en los laberintos interiores del ser humano y conocerse a sí mismo y a otros mundos, transportarse a lugares inconmensurables, y el perro es un animal mundano, sin espiritualidad, incapaz de transportarse a esos niveles.
Al final el autor hace una reflexión sobre la actitud del perro y concluye que es un miserable porque le gusta la miseria porque prefiere el excremento, lo despreciable, los desechos antes que la belleza, la pureza, lo ideal, lo magnifico. Llama al perro “indigno compañero de mi triste vida”, porque no merece acompañarlo, y esto hace más patética su vida. Está condenado a la soledad absoluta. Recién ahí nos enteramos que el perro es el público a partir de la comparación “te pareces”. El público también es un compañero indigno del poeta, y la tristeza de su vida está en esa incomprensión asegurada.
Este público no merece una poesía que “lo exaspere”, que lo haga razonar, reflexionar sobre su vida y sus sentires. Esos perfumes son demasiados delicados para la grosería que acostumbra a consumir.
El poema termina con un oxímoron (cuando se unen dos palabras contrarias de manera inseparable) al decir “basura cuidadosamente seleccionada”. Nada más se merece el público. Sólo basura, deshechos que la única consideración que debe tener el poeta es seleccionarla con cuidado.

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional.
lunes, 2 de marzo de 2009
Baudelaire - Textos
EL EXTRANJERO
- Hombre enigmático, dime a quién amas más: ¿a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano?
- No tengo padre ni madre, ni hermano ni hermana.
- ¿Tus amigos?
- Usa una palabra cuyo sentido me es desconocido hasta hoy.
- ¿Tu patria?
- Ignoro bajo qué latitud está ubicada.
- ¿La belleza?
- Con gusto la amaría, diosa e inmortal.
- ¿El oro?
- Lo odio tanto como usted a Dios.
- ¿Qué amas entonces, extraordinario extranjero?
- Amo las nubes... las nubes que pasan... allá... allá... ¡maravillosas nubes!
LA DESESPERACIONDE LA VIDA
La viejita apergaminada se sintió muy feliz ante el hermoso bebé al que todos hacían fiesta, a quien todos querían gustar; un hermoso ser, tan frágil como ella, la viejita, y también como ella sin dientes ni pelo.
Y se le acercó para hacerle sonrisas y mimos.
Pero el bebé asustado se debatió bajo las caricias de la decrépita mujer y llenó la casa de chillidos.
Entonces la pobre vieja se retiró a su eterna soledad y lloró en el rincón diciéndose: "-Para nosotras, viejas desdichadas, ya pasó la edad de gustar... siquiera a los inocentes; ¡horrorizamos también a los bebés que queremos amar!"
EL PERRO Y EL FRASCO
"Mi lindo perro, mi buen perro, mi querido pichicho, acércate y huele el excelente perfume comprado al mejor perfumista de la ciudad".
Y el perro, meneando la cola, que es, para estos pobres seres, el signo de la risa o la sonrisa, se acerca y pone curioso su nariz húmeda sobre el frasco abierto; luego, retrocediendo de repente con temor, me ladra como reprochándomelo.
-"¡Ah! perro miserable, si te hubiera ofrecido un montón de excrementos lo hubieras husmeado con delicia y hasta lo hubieras comido. Tú también, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público, al que jamás hay que ofrecerle perfumes delicados que lo exasperen, sino basura cuidadosamente seleccionada."
Y el perro, meneando la cola, que es, para estos pobres seres, el signo de la risa o la sonrisa, se acerca y pone curioso su nariz húmeda sobre el frasco abierto; luego, retrocediendo de repente con temor, me ladra como reprochándomelo.
-"¡Ah! perro miserable, si te hubiera ofrecido un montón de excrementos lo hubieras husmeado con delicia y hasta lo hubieras comido. Tú también, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público, al que jamás hay que ofrecerle perfumes delicados que lo exasperen, sino basura cuidadosamente seleccionada."
EMBORRACHENSE
Hay que estar siempre ebrio. Eso es todo: la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del tiempo quebrando la espalda y doblándonos hacia la tierra, hay que emborracharse sin tregua.
¿Pero con qué? Con vino, poesía, o virtud, como gustéis. Pero emborráchense.
Y si alguna vez, en las escalinatas de un palacio, sobre la hierba verde de un parque, en la taciturna soledad del cuarto, despiertan ya disminuida o desaparecida la borrachera, pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a lo que gime y rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregunten qué hora es y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, responderán: "¡Es hora de emborracharse! ¡Para no ser mártires esclavos del tiempo, emborráchense; emborracharse sin cesar! Con vino, poesía o virtud, como gustéis."
Textos de "El Spleen de París" de Baudelaire
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