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domingo, 5 de junio de 2016

En Familia. Florencio Sánchez (Trabajo didáctico y analítico)

En Familia. (Florencio Sánchez)
Propuesta didáctica y analítica del Acto I


Este trabajo está basado en el acto I de la obra "En Familia".
El planteo consiste en partir de ideas que nacieron en el análisis del texto en clase, y proponer el trabajo de justificación de estas conclusiones a través del texto, parlamentos o situaciones dramáticas que vive el o los personajes.
Buscando integrar nuevas tecnologías y nuevas formas de trabajar el texto dramático, esta es la presentación ("prezi") planteada a los alumnos.


https://prezi.com/_i1nzdfhffw2/en-familia-de-florencio-sanchez/

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sábado, 29 de junio de 2013

Florencio Sánchez - "El desalojo" (Comentario general)

Breve comentario sobre "El desalojo"

Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

La obra trata de una joven que se ve sumergida en una situación desesperada. Pertenece a un extracto social muy bajo, y la obra muestra la decadencia de valores de una sociedad que mira al mundo que lo rodea con indiferencia, y desprecio, aunque la condición de los que miran sea igual a la de Indalecia. Ella no sólo es desalojada del conventillo, sino también de sus hijos, y dado que para ella, sus hijos son lo más importante, lo que le da una identidad, Indalecia es también despojada de su propia identidad, algo que el mundo que la rodea no llega a comprender.

Sánchez es un dramaturgo realista, y su deseo es plasmar es aquello que ve, padece y le duele. Es un retratista de una época, el 900, tanto en Montevideo como en Buenos Aires. “El desalojo” está ambientada, justamente en Buenos Aires, pero la realidad no era muy diferente en el Montevideo de su época.

Este pequeño sainete, forma típica de la época, se transforma casi en una tragedia dado que el personaje principal quiere luchar contra un destino impuesto y pierde. Su temática puede incluirse en cualquier momento del siglo XX, y XXI sin que se deje de encontrar el mismo problema humano, la decadencia de valores.

Sin embargo, no puede dejar de contextualizar la obra en la época en que fue escrita. La mujer pobre en el 900 tenía pocas posibilidades, y todas terminaban en lo mismo, la prostitución. Dentro del momento es necesario pensar que la mujer no trabaja, quien lo hace es el hombre, y no existe para este ningún seguro social que lo ampare en caso de tener un accidente. Así que Indalecia, madre de varios hijos, casada con un hombre trabajador que tiene un accidente, se encuentra en la situación de tener que salir a trabajar. Eso le deja pocas posibilidades: puede trabajar en la costura, pero la gente del registro, que son los que reparten en trabajo, habitualmente piden favores sexuales a las mujeres que los van a pedir. Puede trabajar de noche en una fábrica, pero eso le impediría cuidar a sus hijos, y además estaría, sin duda, expuesta al acoso sexual por parte de los patrones o encargados. Y por último, puede prostituirse directamente. Pero ninguna de esas opciones son válidas para Indalecia, porque lo que ella quiere es un trabajo con dignidad que le permita educar a sus hijos. Pero esto tan obvio, la sociedad entera se lo niega. El estado no le da más que una operación tras otra a su marido que se cayó de un andamio, y prácticamente morirá o quedará paralítico. Lo otro que el estado le ofrece es quedarse con sus hijos, los más chicos en la beneficencia, y el mayor a una escuela de oficio. La sociedad parece poner en primer lugar el deseo de que esos niños sean “útiles” para el mercado, sacrificando el amor que una madre puede dar, y la ecuación que ella misma puede proporcionar. En una palabra, el vínculo afectivo.

Cabe aclarar que Indalecia se presenta constantemente como una mujer implicada y afectuosa con sus hijos, que aún cuando ellos están en la miseria le enseña a agradecer la comida que les pueden proporcionar. No es una mujer que los desatienda, sino todo lo contrario, vive para y por ellos, y vive esperando que la situación cambie.

La sociedad, a través de un diario, ha levantado una suscripción para darle algo de dinero, pero lo que la gente mandará al diario no es verdadera solidaridad, sino una especie de forma de tratar de sentirse bien con ellos mismos. Es el personaje de Genaro, un vecino, quien encarna a la solidaridad en todo su significado. Él comparte su comida con Indalecia, siendo él tan pobre como ella, ya que es un botellero. Es un italiano, inmigrante, que conoce la pobreza, y se conmueve de la situación penosa de esa mujer y sus hijos. Él no sólo comparte su pan con Indalecia y sus hijos, sino que además va a ver a su marido y le trae noticias sobre el estado de su salud. En una palabra, sabe la necesidad de Indalecia y trata de acompañarla y ayudarla a la par. Incluso presta su tiempo y oído para que ella se descargue en el único momento que ella se anima a hacerlo, ya que no tiene casi la posibilidad de hablar o de desahogarse.

Como contrapartida de Genaro tenemos también un personaje de origen italiano y es la Encargada. Ella también conoce la miseria, pero ahora está en una situación de poder, en una situación mejor, y parece no querer o tal vez no poder ponerse en la situación de Indalecia. Aunque podríamos decir que a pesar de su dureza, de su carácter necesario para poder cobrar el alquiler, aún no ha tirado a Indalecia para afuera, y está esperando que pueda salir de allí lo antes posible. Toda la obra sucede en ese patio, e Indalecia viene a encarnar la miseria con dignidad, pero también viene a mostrar, como un espejo, la miseria que todos pueden llegar a vivir. Sin embargo nadie quiere verla. Por eso las vecinas prefieren ser indiferentes “tirar la comida por los caños” antes que compartirla con ella. Es que no quieren ver, no quieren pensar que esto que a ella le pasa podría pasarle a cualquiera.

Otro personaje importante en la obra es el padre de Indalecia. Éste aparece en la escena IV y viene porque averiguó que ella iba a cobrar una suscripción. Viene por interés. La ha abandonado porque se casó con un albañil. Él encarna la decadencia más profunda de la sociedad. Es un parásito de la misma. Ex soldado, viejo y borracho, que sabe vivir de la mendicidad, y aprovecharse de cualquier situación. Por eso viene a ella, para ver si puede aprovecharse de la miseria de Indalecia. Al final es quien termina triunfando, porque se queda con toda la plata de la suscripción. A través del alboroto, de inflar su valía de antaño, trata de imponerse ante los demás, exigiendo un respeto que él jamás dio.


Por último, el personaje del comisario y el periodista son los que representan a la sociedad toda. Son los que vienen con esa pseudo solución, y la obra termina en un circo, cuando el fotógrafo aparece pidiendo una foto de ella llorando junto con el comisario y el policía. El cinismo de la sociedad queda plasmada en esta foto, antes de que terminen de convencer a Indalecia que debe entregar a sus hijos, porque ella no los puede educar.
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martes, 1 de marzo de 2011

Generación del 900

Generación del 900

Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

La crítica ha polemizado durante años sobre la llamada Generación del 900, por lo que resulta un tema un tanto escabroso. Podríamos empezar por mencionar algunas definiciones planteadas por Rodríguez Monegal sobre qué es una generación.

En este trabajo él cita algunos autores que van completando un concepto de generación.

Dithey dice: “una generación es un estrecho círculo de individuos que, mediante su dependencia de los mismos grandes hechos y cambios que se presentaron en la época de su receptividad, forma un todo homogéneo a pesar de la diversidad de otros factores”.

Lo que tuvieron en común esta generación no fue solamente que muchos de ellos se conocieron, e incluso se peleaban, sino que compartieron sus textos y creaciones literarias, sintiéndose diferentes y especiales en el mundo hipócrita que les tocó vivir.

Wechssler señala: “a distancias desiguales, se presentaron promociones nuevas, mejor dicho, los voceros y cabecillas de una nueva juventud que se hallan tratado íntimamente por supuesto similares, debido a la situación temporal y, externamente, por su nacimiento dentro de un término limitado de años”.

Habitualmente se dice que una generación sería “coetáneos” que comparten una zona de fechas, por lo general entre unos quince años antes o quince años después de 1900. Por esas fechas publicaron y fueron las figuras más relevantes del momento.

Ortega y Gasset decía: “Las variaciones de la sensibilidad vital que son decisivas en la historia se presentan bajo la forma de generación. Una generación no es un puñado de hombres egregios ni simplemente una masa: es como un nuevo cuerpo social íntegro, con sus minorías selectas y su muchedumbre, que ha sido lanzado sobre el ámbito de la existencia con una trayectoria vital determinada.” “Cada generación postula un cambio en el mundo. La afinidad no procede tanto de ellos como de verse obligados a vivir en un mundo que tiene una forma determinada y única”.

Estos conceptos de Ortega y Gasset arrojan luz a esta generación. Son coetáneos, porque comparten una forma de ver el mundo, una sensibilidad en común, y postulan un cambio de visión. Podría decirse que lo que une a esta generación es el deseo de escandalizar al burgués, de reírse, criticar, denunciar la sociedad pacata e hipócrita que les tocó vivir. Su lema es la rebeldía, y lo hacen desde un lugar despreciativo a todo este mundo de plástico.

Decía Carlos María Domínguez en una entrevista: “Eran vistos como europeizantes, con un grado de afectación que los excluía de la cultura criolla. Educados en colegios privados, salen una manga de degenerados que prueban el opio y que se dedican a mirar a otro lado cuando debían cantar loas a la Patria y a la construcción de la Nación. La suya es la historia de los primeros intelectuales ofuscados con las tradiciones del Río de la Plata”.

Es evidente que esta generación pago un precio muy caro por su descaro. La mayoría de ellos terminaron con muertes jóvenes o desterrados, encerrados y hasta suicidándose. El más provocador de todos, que curiosamente fue el que duró más, Roberto de las Carreras, terminó loco en un hospital de Paysandú.

Uno de los elementos que los unió en un principio fue la moda del modernismo. Se dejaron fascinar por la publicación del nicaragüense Rubén Darío, quien marcó un “principio” (aunque esto también es discutible) con su libro “Azul”.

Las nuevas modas, las críticas a la sociedad, llevaron a una efervescencia cultural poco antes vista. Los poetas se juntaban en cafés literarios, en cenáculos, en “La torre de los Panoramas” (casa de Herrera y Reissig) y compartían sus creaciones. Escribían en folletines, en columnas de periódicos, se insultaban y debatían con altura, hasta que tal ya no podía sostenerse, entonces podían llegar al duelo. Y a veces eso sólo empezaba por una simple apreciación de la poesía del otro.

De esta generación podemos rescatar algunos nombres muy conocidos:

En la narrativa a Quiroga y a Vianna. En la lírica a Delmira, María Eugenia Vaz Ferreira, Julio Herrera y Reissig y Roberto de las Carreras. En dramática a Florencio Sánchez. Y en el ensayo a Rodó y a Carlos Vaz Ferreira.

Fuentes consultadas:


- Emir Rodríguez Monegal. La generación del 900. En número, año 2, n°6-7-8, p.37-64


- Diario "La nación" Publicado en la ed. impresa: Cultura. Lunes 8 de enero de 2007. La historia de Roberto de las Carreras, poeta "maldito" del 1900. "Era un dandy que enfrentó a la moral victoriana de su tiempo". Entrevista a Carlos María Domínguez.


- Carlos María Domínguez. "El Bastardo"



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lunes, 28 de febrero de 2011

El Uruguay de 1900

El Uruguay del 900
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
Antecedentes:

Debemos tener en cuenta que fue a mediados del siglo XIX que el mundo Europeo estaba viviendo uno de los mayores cambios sociales, económicos y tecnológicos que explicó gran parte del desenfreno del siglo siguiente. Estamos hablando de la Revolución Industrial.

Este proceso revolucionario no fue ajeno a la mentalidad de nuestro país. El Uruguay, desde antes de su creación, fue un estado ganadero y rural, pero también un lugar de incansables luchas sociales y políticas que marcaron el siglo XIX. Precisamente, estas luchas se daban en el campo y dejaban como saldo un Uruguay desbastado en la campaña. Así es que las clases sociales, dueñas de las tierras, y ya cansadas de las luchas, cuando estas empezaron a no convenirles, exigieron un gobierno fuerte que impusiera la paz que se necesitaba para producir.

Así fue que el Uruguay se modernizó, evolucionó demográfica, tecnológica, política, económica, social y culturalmente, acompasándose con todo esto a la Europa capitalista. Fue la época del militarismo de Latorre, el gobierno fuerte que las clases conservadoras pedían, el que permitió este desarrollo.

Obviamente esta modernización comenzó en el campo con la merinización, es decir la explotación ovina. Siguió con el cercamiento de los campos y la aceleración del mestizaje ovino y vacuno. La última etapa es la creación del ferrocarril que permitía el transporte de la producción ganadera. De esta manera se sustituyó al estanciero caudillo por el estanciero empresario.

Esta nueva figura de estanciero empresario, exigía también un nuevo cambio social. El gaucho, hombre “bárbaro”, pasó ahora a ser un contrabandista, y él encarnó los vicios que la sociedad necesitaba erradicar: el ocio, el juego, el escándalo. La opción de la vagancia desaparece en este mundo, y el gaucho o se civiliza y se convierte en peón o termina marginado en “pueblos de ratas” en el cinturón pobre de la ciudad.

Cuatro clases sociales aparecen en este Uruguay moderno:

1. Los estancieros y los comerciantes, que vendrían a ser la burguesía local, la clase conservadora, la que impulsa o exige la paz política. La clase enriquecida por esta modernidad, que termina siendo la que sienta los valores de esta nueva sensibilidad del 1900. El concepto que manejan en su discurso es el del Progreso: el hombre está destinado irremediablemente a avanzar hacia la felicidad, y la ciencia y la tecnología contribuyen a ello.

2. Los sectores populares. A estos sectores, el discurso del Progreso no les convence, porque no son ellos los beneficiarios de los dividendos del capital. En el discurso de la burguesía el trabajo lleva al hombre al progreso, y ellos ven cómo trabajando no llegan a nada más que más pobreza. Su discurso empieza a ser influenciado por otras miradas. No olvidemos que Marx y Bakunin ya han expuesto sus teorías en Europa. Así que a estos sectores se los observa con miedo por la posible insubordinación, esa que antes se asociaba a la haraganería, y ahora se ve en las huelgas y las asociaciones sindicales.

3. Europeos, capitalistas, que llegan a invertir al país como una consecuencia del Imperialismo de la revolución Industrial. Ellos necesitan mercados para mover su capital, así que serán los primeros en impulsar, entre otras cosas, el adelanto del ferrocarril. Serán pues los que afianzarán el orden burgués.

4. Por último, los inmigrantes que se dejan influir por el espectáculo de la vida criolla “fácil”, pero que se encuentran luego entre los sectores populares. Aportarán nuevos valores, porque vienen a sobrevivir, y tendrán un ansia de asenso social, que pondrá a los sectores populares en una situación muy cercana a la marginación.

El Estado se modernizó y volvió efectivo y real su poder de coacción. La Iglesia pasó a ser un vehículo eficaz de propaganda en pro de la contención de los “desenfrenos” y la escuela imprimió la obediencia y los valores necesarios para sostener a este nuevo Uruguay burgués. Era necesario crear una nueva sensibilidad que reprimiera o erradicara los vicios de la sensibilidad “bárbara”. Estos nuevos dioses que se impulsarán ahora, van en perfecta concordancia con los deseos burgueses. Estos serán: el trabajo, el ahorro, el orden, la salud, la higiene. Todo esto conlleva una represión de los deseos, de los sentimientos y sus manifestaciones demasiado estruendosas, del ocio, del juego. Lo que Barrán llamó: El disciplinamiento.

El disciplinamiento:

El disciplinamiento es la época en que se manejaba a las personas por sentimientos como los de vergüenza, culpa y disciplina. Se trata de cambiar los parámetros de la cultura “bárbara” por una cultura “civilizada”, así se impone:
-          La gravedad y el “empaque”, al cuerpo libre y desnudo.
-          El puritanismo, el recato, el pudor, a la sexualidad.
-          El trabajo, al ocio excesivo.
-       Se oculta la muerte alejándola o embelleciéndola, porque mostrarla crudamente sería un acto “bárbaro”.
-         Esta época se horroriza ante el castigo de niños, delincuentes y clases trabajadoras, pero prefiere reprimir sus almas.
-        Exhorta a la intimidad, “la vida privada” como un castillo inexpugnable para refrenar las tendencias bárbaras de exteriorizar el yo y sus sentimientos. Claro está que esto permitió toda clase de hipocresías. Se miraba la vida de los otros, pero “a puertas cerradas” cualquier cosa podía suceder. Lo importante era mantener las apariencias. “No se debe ser, sino parecer” decía un libro de ortografía de la época.
-         Impuso el pudor y el recato como norma sagrada que no sólo debía afectar al cuerpo, sino también al alma.

La mujer:

El problema de los sexos en esta época debe verse como una lucha de poder. La mujer es vista como un misterio para el hombre, ya que tenía el poder de levantarlo o de arruinarlo. Por lo tanto, convenía a esta sociedad patriarcal y burguesa, que la mujer fuera sometida y dominada, es decir “convertida en subalterna del padre, el esposo o el hermano mayor” (Barrán)

La mujer en el 900 fue “diabolizada” o “divinizada”. La primera se asociaba a la imagen de Eva, la tentadora y la que se dejó tentar. La mujer “divinizada” es la que se acerca a la imagen de “la Virgen María”. “De este modo” dice Barrán, “la madre fue madre “abnegada”; la compañera del hombre, esposa “casta”; el biológico contacto de la mujer con el mundo de la materia y la naturaleza (la concepción), fue misterio  peligroso y acechante; y la especificidad de su sexualidad, la hizo ver como araña devoradora gastadora de la “energía” masculina y el dinero del hombre, cuando no como testigo de los decaecimientos de su poder, de sus impotencias”.

Las instituciones de la época apoyaban esta idea de que era necesario manejar a la mujer. Monseñor Mariano Soler sostenía: la mujer  no podía quedar librada “a su propio albedrío”, por eso el padre la entregaba al esposo a fin de “someterla a una dulce pero firme y poderosa tutela”. De otro modo se perdería “ese ser débil, perteneciente a un sexo que si bien es susceptible de todo género de virtudes (…) tiene más peligros con las seducciones de la novedad o con el atractivo de los placeres”.

“La mujer era diabólica sobre todo porque se identificaba con la tentación sexual. Para el burgués que quería ser un dominador absoluto, la mujer equivalía a la pasión más poderosa del corazón humano (…) La mujer era un factor inquietante y turbador de la paz interior del burgués. Por ello, como a la sexualidad, de quien era enviada, había que dominarla, vigilarla y obligarla a que se identificara con los roles que el hombre imponía” (…) “La diabolización de la mujer se basaba en que su sexualidad podía poner en discusión el poder del hombre, su autoestima y a la vez su estima social. (…) Por todo ello el hombre necesitaba controlar a la mujer. El burgués construyó una imagen de la mujer ideal y procuró que las mujeres la internalizasen”.(Barrán)

Esta imagen implicaba no sólo la sumisión, sino también era preparada para ser madre abnegada; mujer económica (importante sobre todo si consideramos que el principal interés del burgués es la plata), ordenada y trabajadora en el manejo de la casa; modesta, virtuosa y púdica con su cuerpo. Debía, ante todo, respeto y veneración a su marido, que era cabeza del hogar, y quien tomaba las decisiones importantes en él, y era quien tenía la patria potestad de sus hijos y la ley de su lado.

Era lógico pensar que la mujer no debía trabajar. Si lo hacía, los trabajos admitidos eran el de maestra por el vínculo que existe entre esa profesión y el rol de madre. Podía también hacer costura dentro del hogar para vender fuera en alguna tienda. No se pensaba en la mujer trabajadora en una tienda o en la fábrica, porque “en vez de llevar esa vida oculta, abrigada, púdica (…) y que es tan necesaria  a su felicidad y a la nuestra misma, vive bajo el dominio de un patrón, en medio de compañeras de moralidad dudosa, en contacto perpetuo con hombres, separada de su marido y sus hijos”. Estos trabajos quedaron relegados para las mujeres de las clases populares, que se vieron expuestas a un sin fin de humillaciones sociales y morales.

El pudor, el recato era un requisito de la mujer virtuosa, y este derivaba de la culpa, de la vergüenza ante la desnudez del cuerpo y del alma. El pudor implicaba honestidad, y se mostraba ocultando las “dotes” corporales con una vestimenta “decente”, además de sumirse en el silencio o simplemente mantener conversaciones llanas, pues la mujer “sabihonda” era “varona” y desagradable al hombre por querer competir con él. El estudio en la mujer estaba, por supuesto, muy mal visto, sobre todo si tenemos en cuenta que lo que se está jugando aquí es el poder.

Debía parecer tonta ante la sociedad, casi como una muñeca que servía de trofeo para el hombre. Por lo tanto, en la intimidad se le estaba negado el placer. Su relaciones sexuales debían estar restringidas al sólo motivo de procrear, y en la cama ella debía asumir una posición pasiva, ya que el fin del matrimonio es hacer hijos. Los camisones fenisculares de las mujeres eran muy largos, con mangas y, a veces, una abertura en el centro. En alguna oportunidad se les bordaba: “No lo hago por placer sino por deber”.

Un texto de Galeano, llamado “Muñecas” del libro “Memorias del fuego: el siglo del viento” ilustra claramente la vida de la mujer de principio de siglo.

“Una señorita como es debido sirve al padre y a los hermanos como servirá al marido, y no hace ni dice nada sin pedir permiso. Si tiene dinero o buena cuna, acude a misa de siete y pasa el día aprendiendo a dar órdenes a la servidumbre negra, cocineras, sirvientas, nodrizas, niñeras, lavanderas, y haciendo labores de aguja y bolillo. A veces recibe amigas, y hasta se atreve a recomendar alguna descocada novela susurrando:

-          Si vieras cómo me hizo llorar…

Dos veces a la semana, en la tardecita, pasa algunas horas escuchando al novio sin mirarlo y sin permitir que se le arrime, ambos sentados en el sofá ante la atenta mirada de la tía. Todas las noches, antes de acostarse, reza las avemarías del rosario y se aplica en el cutis una infusión de pétalos de jazmín macerados en agua de lluvia al claro de luna.

Si el novio la abandona, ella se convierte súbitamente en tía y queda en consecuencia condenada a vestir santos y difuntos y recién nacidos, a vigilar novios, a cuidar enfermos, a dar catecismo y a suspirar por las noches, en la soledad de la cama, contemplando el retrato del desdeñoso”.

Bibliografía:

Barrán, José Pedro. “Historia de la sensibilidad en el Uruguay”
Galeano, Eduardo. “Memorias del fuego: el siglo del viento”
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sábado, 12 de febrero de 2011

Vanguardias en América

Vanguardias en América
Texto extraído del libro "Literatura del Siglo XX"
Jorge Albistur. Ed. Banda Oriental. 1986
El modernismo

Esta corriente se ubica entre 1885 y 1915. Podría considerársela una vanguardia y al mismo tiempo una corriente del siglo XX, como la expresión de la sensibilidad finisecular. El refinamiento y aristocratismo de su gusto en el período más típico no podrían explicarse sin tener en cuenta que la corriente refleja en buena parte ese atardecer lleno de oros que fue el fin de siglo europeo.

El movimiento se manifestó antes en el norte de la América española –Cuba, Colombia, México, Nicaragua – que en sur donde asumió fuerza triunfal a partir de la llegada a Buenos Aires de Rubén Darío, el orientador indiscutido del movimiento, aunque haya rechazado con firmeza esta condición. La corriente trajo consigo un papel de privilegio para el escritor americano: la importancia del periodismo permitía al escritor vivir de su vocación; el servicio diplomático solía ofrecerle buenas remuneraciones y largos ocios, además de la oportunidad de estar en Europa; el “museo imaginario” como diría Malraux, era en estas tierra tan rico como en las capitales del viejo mundo, porque podía leerse cualquier novedad; estos países tuvieron capacidad suficiente para soportar los denuestos al “burgués”, las poses de “dandy”, agresivas y exhibicionistas, y el exotismo.

Reclamado por muchas extravagancias – la mayoría fruto de haber dejado atrás la América lugareña – el modernismo fue algo mucho más serio de lo que las actitudes individuales pueden sugerir. En lo literario, el anarquismo estético de los poetas mayores, supuso una reacción contra el romanticismo. El poeta de la nueva época no cree ya en la palabra como instrumento para comunicar exclusivamente emociones: quiere que ella sea sonido y color, busca sus valores musicales y plásticos, en una tendencia emparentada con el “fusionismo europeo”. En Francia, precisamente, dos corrientes del Siglo XIX habían explorado estas virtualidades del lenguaje lírico, y de ellas se nutrió, en buena parte, el modernismo. Se trata del parnasianismo y el simbolismo.

“El Parnaso contemporáneo” fue el título de una antología de jóvenes poetas franceses aparecida en 1886. El elemento común era el rechazo de la poesía confesional. La negación del “yo” los condujo a una temática exótica: los mitos greco-latinos y de los países del Lejano Oriente, espejismo para poetas europeos ávidos de lo nuevo y curiosos de la legendaria antigüedad sino-japonesa.

El resultado fue una poesía inspirada en el horror de las “abobadas sensiblerías”, como escribiera Leconte de Lisle. Los parnasiano se bautizaron a sí mismo con estos términos: “formistas”, “estilistas”, “impasibles”. El verso como un valor en sí mismo – ya no por su contenido – fue la gran preocupación de esta corriente y el modernismo tomó de ella la prioritaria conciencia de la forma.

A lo mismo contribuyó la poesía de los simbolistas, aunque todo aquí se complica debido a una concepción del mundo que lo convierte en símbolo o reflejo de otra realidad, misteriosa y trascendente. Comoquiera que a ella sólo puede acceder mediante una sensación rica y compleja y dado que la sensación siempre traducible en la poesía es la auditiva, los simbolistas cultivaron sobre todo el valor fónico del verso. “La música ante todo”, aconseja Verlaine en su “Arte poética” (1884), pero se trata de una música asordinada y sugerente, lejos de cualquier estridencia o facilismo: estos poetas desconfían de la rima y aceptan que sólo importa “el matiz”. “Los bellos versos son aquellos que se exhalan como sonidos o perfumes” dice René Lalou.

La sobriedad y las delicadezas de una poesía que, deliberadamente renuncia a ser mera expresión de sentimiento: esto es lo que bebió el modernismo en sus fuentes europeas. Se suele entender que hasta 1895 – fecha de publicación de “Prosas profanas”, de Rubén Darío – se desenvuelve el premodernismo o la “primera generación modernista”. Los autores destacados son Martí, Gutiérrez Nájera, Asunción Silva, Julián del Casal.

Con “Prosas profanas” el modernismo alcanza su expresión más típica y definida, aunque no la más madura, poética ni humanamente hablando. El nicaragüense sólo ve tema americano en los tiempos precolombinos. Rechaza el país y el tiempo en que le tocó nacer y añora las cortes, especialmente Versalles. “Prosas profanas” refleja bien la tendencia modernista a concebir el mundo como un brillante espectáculo, en que todo es oro y sedas.

La madurez de Darío coincide con un tercer período modernista iniciado en 1905, con libros más destacables porque recogen una profundidad de alma y una sencillez de expresión, después de tanto refinamiento, tales como “Canto de vida y esperanza”, “El canto errante” y “Poema de otoño”.

La generación del ‘900

La llamada generación del 900 fue en el Uruguay, la más cumplida y cabal manifestación modernista. El exotismo caló muy hondo también en estas costas, de modo que Julio Herrera y Reissig se sintió encerrado en las “Tolderías de Tontovideo”. El dispuso que, a la Torre de los Panoramas, estuviese “prohibida la entrada a la los uruguayos”, y allí pontificada sobre poesía francesa mientras, a pocas cuadras, el otro Papa el momento, Horacio en su primera época se hacía oír en el Consistorio del Gay Saber. Claro que toda esta gesticulación de independencia, inadaptación y extranjería, no impidió a Julio Herrera realizar su labor de auténtico poeta, ni a Quiroga encontrar al fin su verdadero rumbo, en la narrativa. Pero conviene saber que Uruguay conoció el dandysmo de Roberto de las Carreras – que se proclamaba hijo natural y marido engañado, partidario del amor libre – y conoció también las voluptuosidades del decadentismo – es decir, la neurosis de los vencidos por el mal de fin de siglo – a través de algunos escritos de Carlos Reyles y el propio Quiroga.

Fue también el 900 la época de las poetisas, Delmira Agustini y María Eugenia Vaz Ferreira, y de la elegante prosa de Rodó que castigó la frase en nombre de “la gesta de la forma”, hasta alcanzar un estilo levantado y solemne, hecho de extensos períodos y estudiadas pausas, de marcha serena e isócrona, como conviene a una ideal traslación del modernismo a la prosa.

Para mayor riqueza y enturbiamiento de sus líneas más puras, la generación del 900 tuvo, en fin, sus narradores atentos a la realidad rural – un Viana, un Reyles cuando abandonó sus extravíos juveniles – y un dramaturgo que supo ver a los suburbios, las clases medias y la infautada aristocracia de la vida urbana rioplatense: ese Florencio Sánchez que tampoco fue insensible a los dramas campesinos. Y el 900 ofreció, todavía, la obra de nuestro filósofo mejor conocido a nivel continental: Carlos Vaz Ferreira.

El creacionismo

Solitario, casi una golondrina que no hace verano, fue el chileno Vicente Huidobro, fundador de los que se llamó “creacionismo”. Él procuraba acercar su poética a aquellas realidades mágicas rodeadas del prestigio y el misterio precolombinos. El supuesto poema aymará, del que dicen se basó Huidobro para crear esta corriente decía: “No cantes a la lluvia, poeta, haz llover”. El manifiesto del creacionismo, leído en Buenos Aires en 1914 se titulaba – precisamente – “non serviam”, “no servimos”. “Yo tendré mis árboles, que no serán como los tuyos; tendré mis montañas; tendré mis ríos y mis mares, tendré mi cielo y mis estrellas”.

Huidobro rechazaba al hombre-espejo para concebir al artista como un pequeños dios.

jueves, 27 de mayo de 2010

Florencio Sánchez - El desalojo

El desalojo
Personajes

ENCARGADA
VECINA 1ª
VECINA 2ª
INVÁLIDO
GENARO
JUAN
INDALECIA
CHICOS
UNA NENA
PERIODISTA
FOTÓGRAFO
VECINO
COMISARIO

Escena I

ENCARGADA. -(Saliendo de una de las habitaciones.) Ya sabe, ¿eh? Bueno; que non se le orvide. Son cansada de esperar que hoy e que mañana e que de aquí a un rato...

VECINA 1ª. -¿Qué le hemos de hacer? ¡Cuando no se puede, no se puede!

ENCARGADA. -Antonce no se arquila los cuartos, ¿sabe? ¿Se ha pensao que estamo en una república, aquí?... L'arquiler es lo primero.

VECINA 1ª. -¡Bueno, bueno!... ¡Basta! ¡No precisa hablar tanto!

ENCARGADA. -Eso digo yo. Non precisa hablar tanto. A la fin de mes se paga e nos quedamos todos callao la boca... (Alejándose.) Sí, señor. E non precisa tanto orgullo... Se quieren vivir de arriba, se compra el palacio del congreso, ¿sabe? ¡en la calle Entre Ríos!... (Tropieza con un mueble.) ¡Ay!... ¡Dío!...

VECINA 1ª. -(Aparte.) ¡No haberte roto algo!...

ENCARGADA. -¡Ay!... ¡Madona Santísima!... ¡Uiii!... (Golpea el mueble con rabia, volviéndose a INDALECIA.) ¿Y osté también se ha pensao tener todo el año esto cachivache ner patio?... Non tiene vergüenza...

INDALECIA. -¡Pero, señora...! Si yo...

ENCARGADA. -¡Un corno! Se le hubiesen tirao esta porquería de muebla a la calle, non estaría tanto tiempo sen buscar pieza. Parece mentira. (Quejándose.) ¡Ay, ay, ay!...

VECINA 2ª. -(Aproximándose.) ¿Se lastimó mucho, señora?...

ENCARGADA. -¡Qué sé yo!... Un gorpe tremendo.

VECINA 2ª. -¡A ver! Esos golpes saben ser malos...

VECINA 1ª. -(Burlona.) ¡Ah!... Se le puede formar un cáncer... Llamen a la Asistencia...

ENCARGADA. -Mire, mire, doña Francisca. Venga. (Se oculta detrás de los muebles para enseñarle la
pierna lastimada. Dos inquilinos que salen rumbo a la calle, se detienen a mirar.)

VECINA 2ª. -¡Ay, qué temeridad!...

ENCARGADA. -Ner mismo güeso... Ve (Viendo a los vecinos.) ¿Y ustedes qué quieren? ¿No tienen nada más que hacer?...

VECINA 2ª. -¡Ave María! ¡Tanta curiosidad!... (Los dos vecinos se alejan riendo.)

VECINA 1ª. -(Deteniéndolos.) Diga, Juan, ¿no sabe si dan baile este sábado los «Adulones del Sur»?

JUAN. -Creo que sí. (Mutis de ambos.)

VECINA 2ª. -Lo que es usted no faltará.

VECINA 1ª. -No estoy invitada. La fiesta es pa ustedes los socios, no más... ¡ja, ja!... (Mutis.)

VECINA 2ª. -¡Dispará no más, comadre!...

ENCARGADA. -¡Déquela!... Non vale la pena...

VECINA 2ª. -Tiene razón. Venga a mi cuarto. Le daré una frotación de aguardiente... Venga...
También, la verdad es que ni se puede caminar en este patio.

ENCARGADA. -Naturalmente. Con toda esta porquería de cachivache adentro...

VECINA 2ª. -Un día, pase; dos, también; pero más, ¡es demasiada pachorra!...

INDALECIA. -(Tristemente.) ¡Ay, señora; ruéguele a Dios que no se vea en nuestro caso!

VECINA 2ª. -¡Pierda cuidado!... Mientras él me dé salú para trabajar, puedo estar tranquila. No ha de ser esta persona quien se quede de brazos cruzados esperando que las cosas caigan del cielo.

ENCARGADA. -Eso, eso digo yo. Mire, doña Indalecia; crea que no lo hago de gusto, porque el buen corazón lo tengo, ¿sabe? Ma non se puede estar estorbando a la quente todo el tiempo...

INDALECIA. -¿Qué debo hacer?... ¿Quieren que me tire al río con todos mis hijos?

VECINA 2ª. -No decimos tanto. Pero... moverse, caminar, buscar trabajo... En este Buenos Aires no falta en qué ganarse la vida.

INDALECIA. -¡Pero señor! Si no he hecho otra cosa que buscar ocupación. Ustedes bien lo saben. Costuras no le dan en el registro a una mujer vieja como yo. Ir a la fábrica no puedo, ni conchavarme, pues tengo que cuidar a mis hijos...

ENCARGADA. -Ma dícame un poco, ¿qué le precisa tener tanto hijos?... Si no hay con qué mantenerlos, se agarran y se dan.

VECINA 2ª. -¿Y los asilos?

VECINA 1ª. -¡Oh!... ¡Eso es muy fácil decirlo!... ¡Pobrecitos!...

ENCARGADA. -Pobrecito, pobrecito, e mientras tanto muerto de hambre como los gatos, robando la comida en casa de lo vecino...

Escena II

GENARO. -(Que ha aparecido momentos antes con un paquete en la mano.) ...Y hacen bien, cuando los vecinos son tan agarrados. ¡Mándesén mudar de aquí!... ¡No tienen vergüenza!... ¡Estar embromando a la pobre mujer!... ¡Bruta gente!...

VECINA 2ª. -¡El terremoto de la Calabria!... Vámonos, señora.

ENCARGADA. -(A GENARO.) Me diga un poco, ¿qué se ha pensao osté? Me diga.

GENARO. -(Rezongando, sin hacerle caso.) ¡Bruta gente! ¡Bruta gente!... (A INDALECIA.) No te aflija. ¿No vino ninguno?...

INDALECIA. -Nadie.

GENARO. -(Se encamina hacia su cuarto, segundo izquierda.)

ENCARGADA. -(Deteniéndolo.) ¡Eh!... Me diga un poco, ¿qué se ha pensao?...

GENARO. -¿Parlate a me?...

ENCARGADA. -(Alterada.) ¡A lei, sí; a lei, a lei! Sí...

GENARO. -(La mira fijo un instante y le hace la mueca característica de los napolitanos. Se va a su cuarto dando un portazo al entrar.)

ENCARGADA. -(Furibunda.) Furbo... ¡Mazcalzone!

VECINA 2ª. -Está borracho el botellero. No le haga caso. Venga.

ENCARGADA. -¡Canaglia!

VECINA 2ª. -Venga a curarse esa pierna. Déjelo.

ENCARGADA. -¡Mazcalzone! (Volviéndose a INDALECIA.) Usté también, ¿qué está compadriando así?... Mañana mismo le hago tirar eso cachivache a la calle... ¡Tanto embromar, también!... (Se va rezongando conducida por la VECINA 2ª.)

Escena III

INDALECIA. -(Deja la costura y se aproxima a la cuna.) Vamos, nena. ¡Arriba!... ¡No se va a pasar durmiendo todo el día!... ¿No?... Entonces u... upa!... (La levanta.) ¿Quiere pancito?... (Saca un mendrugo del bolsillo y se lo da.) Esta noche traerán centavos, bastante plata, y vamos a comer mucho, ¡mucho!... ¿Tiene hambrecita?...

GENARO. -(Reapareciendo con un grueso pan y una navaja en las manos, se acerca a INDALECIA y corta una porción.) Toma... ¡Mangia!...

INDALECIA. -¡Oh!... ¡Para qué se ha incomodado!...

GENARO. -¡Mangia, te digo!... (Saca un bollo de bolsillo y se lo da a la nena.) Mangia vos. ¿Dove sono i ragazzi?

INDALECIA. -No sé. En la calle tal vez...

GENARO. -(Se aproxima a la puerta del foro y llama a voces.) ¡Eh!... ¡Tú!... Vieni. Angue, tú!... (Aparecen tres chicos. GENARO da un trozo de pan a cada uno.) Toma... ¡Mangia... tú, mangia!... ¡Mangia!... (Los muchachos reciben el pan con alborozo y se ponen a comer.)

INDALECIA. -¡Mal agradecidos!... ¿Cómo se dice?...

UNO DE LOS CHICOS. -(A boca llena.) ¡Muchas gracias!...

GENARO. -(Indicándoles la puerta.) ¡Vía! (A INDALECIA.) No hacen falta cumplimientos. Hay hambre, se mangia y se acabó!... (Los chicos hacen mutis. GENARO se sienta en cualquier parte, saca salame del bolsillo y se pone a comer. Pausa.) Estuve en el hospital. Le han hecho la operación a tu marido...

INDALECIA. -¿Cómo?... ¿Otra?...

GENARO. -Naturalmente. (Alzándose.) Toma. Mangia un po de salame.

INDALECIA. -¡Oh!... ¡Me lo van a matar!... (Toma el salame y se lo pasa a la nena.)

GENARO. -(Volviendo a sentarse.) Sería mecor, si ha de quedar paralítico.

INDALECIA. -¡Pobre Daniel!... ¿Habló con él?...

GENARO. -No lo decan ver. No hace falta tampoco... (Pausa.) ¿Qué decía la encargada?

INDALECIA. -¡Oh!... Lo de siempre. Rezongar... Insultarme...

GENARO. -¡Bruta gente!...

INDALECIA. -¡Son tan malos!... Vea: a ella le disculpo, porque, al fin y al cabo, es patrona; pero a las otras, a las demás vecinas... ¡Gente desalmada!... ¡Si fueran más felices o mejores que una, no diría nada, ¡qué diablos! Tendrían derecho. Pero no. Son pobres como yo, tienen hijos como yo, y maridos que trabajan expuestos a que los destroce una máquina o caerse de un andamio, y en vez de pensar un poco que podrían verse en mi caso mañana o pasado, se ponen a la par de la otra para mortificarme. Y todo por adularla, ¡nada más! ¿Usted cree que ha habido uno solo en esta casa capaz de ofrecerme un poco de caldo para la nena? No, señor; prefieren tirar las sobras por el caño...

GENARO. -¡Bruta gente!

INDALECIA. -¡Es lo que más me desconsuela!... (Afligida.) Me dan tantas ganas de llorar... Ver que una no es nadie... Que de repente se queda sola en el mundo, aislada... abandonada de todos... peor que un perro... (Llora.)

GENARO. -¡Ma no!... ¡Ma no!... ¿Qué se gana con afliquirse?... ¡Cállase la boca!... ¡Bruta gente!... Decate de llorar, ¿sabe?... (Se oye un tumulto y gritos afuera.) ¡Viejo loco!... ¡Viejo borracho!... ¡Viejo loco!... (Aparece un grupo de pilluelos, entre ellos los hijos de INDALECIA, acosando a un viejo soldado, inválido de la guerra del Paraguay.)

Escena IV

INVÁLIDO. -(Persiguiendo a los muchachos con el bastón enarbolado.) ¡Mal enseñados!... ¡Con eso van a hacer patria!...

INDALECIA. -¡Tata!...

GENARO. -(A los chicos.) ¡Vía!... ¡Caramba, caramba!...¡Fuori!... ¡Sinvergüenza!... (Los corre.)

INVÁLIDO. -¡Muchas gracias, don!... ¡Parece mentira!...

GENARO. -Son cosas de ragazzi...

INVÁLIDO. -No ve, hombre, a qué extremo hemos llegado. Los gringos tienen que defender a los servidores de la patria. Vea, amigo; aquí ande usté me ve, ¿sabe?, yo soy el cabo Morante, y pregúntele a cualquiera de los que estuvieron en la guerra, si llevo al cuete esta cintita y esta otra...

GENARO. -¡Eh, bueno! ¡Qué le vamo a hacer!

INVÁLIDO. -¿Cómo qué le vamos a hacer? ¡Que lo respeten, canejo! (A INDALECIA.) ¿Cómo te va diendo, m'hija?...

INDALECIA. -Aquí estamos... Y usté, ¿qué hace por acá?...

INVÁLIDO. -A verte, pues... Y así no más me recibís... ¿No digo?... Hasta los hijos son unos ingratos...

GENARO. -¿Ése es su padre?...

INVÁLIDO. -¿Y cómo le va?... Y legítimo, ¿sabes, che, gringo?... Lo que hay es que ya no me va reconociendo...

INDALECIA. -¿Y cómo ha venido a dar conmigo?...

INVÁLIDO. -Por tu desgracia... Esta mañana en el boliche del tuerto Ramos, allá en Palermo, ¿sabes?... y oí que un mocito leía en el diario que te habían desalojao y que levantaban una subscripción pa vos... ¡Pucha, digo, si es m'hija!... ¡Pobre mujer!... ¿Adónde vive?... Calle tal... me dijo el mozo. ¡Vamos a ver a mi Indalecia en la missiadura! Y agarré p'acá... Si en algo puedo servirte, ¿sabes?, aunque manco, no me olvido que sos m'hija...

INDALECIA. -Podías haberte acordado antes...

INVÁLIDO. -¡Qué querés!... Te retobaste; te empeñaste en juir con ese zonzo de tu marido...

INDALECIA. -Bueno; no hablemos de él, ¿eh?...

INVÁLIDO. -No hablemos, si querés. Pero yo te dije que ibas a ser desgraciada con él, y ya ves cómo salió cierto. ¿Se cayó de un andamio, no?...

INDALECIA. -Sí, señor.

INVÁLIDO. -No ve, pues... ¡Cuando yo te lo decía!... ¿Esa nena es tuya?... Venga p'acá, mocita, con su agüelo... (La chica, asustada, se recuesta a la madre.) No, ve, pues... Pucha cómo está el país, amigo gringo... Los nietos no las van con los agüelos... Ya no se respeta la familia ni nada... En nuestro tiempo, había e ver... Y esos otros mocosos, ¿son tuyos también?... Con que ustedes eran los que venían insultando a su agüelo, ¿eh? ¡Ahora van a ver, mocosos!... (Va hacia ellos.)

INDALECIA. -¡Tata!...

GENARO. -(Deteniéndolo.) ¡A ver!... Décate de embromar

INVÁLIDO. -¡Oh!... ¿Y a vos quién te da vela?... Che, Indalecia, ¿éste es otro yerno?... Amigo; podía pagarle el cuarto, cuando menos...

GENARO. -¡Décase de embromar! (Se va a su cuarto.) ¡Bruta gente! ¡Bruta gente!

INVÁLIDO. -Miralo al gringo... Hinchao como un zorrino... (A voces.) ¡Ché, Musolino!...

INDALECIA. -Déjelo, tata. Si ha venido para fastidiar a la gente, podía haberse quedado...

INVÁLIDO. -Bueno, me viá sentar, ya que no invitas... (Se sienta. Pausa.) ¿Te trajieron la plata e la suscrición ya?

INDALECIA. -No, señor.

INVÁLIDO. -Ya sabés: no te puedo ayudar con nada, porque ando muy misio y vivo en el cuartel del 5º; pero si querés, te puedo buscar la pieza pa mudarte. Hoy he visto una en la calle Soler...

INDALECIA. -No se incomode...

INVÁLIDO. -¿Y qué pensás hacer?...

INDALECIA. -No sé. ¡Nada!...

INVÁLIDO. -Esperate un poco. Hay un asilo de güérfanos militares ¿sabés?... Allí... ¡pucha madre!... Si yo no estuviera tan desacreditao con el coronel... le podía pedir una recomendación. (Sale la ENCARGADA.)

INDALECIA. -¿Para qué?

INVÁLIDO. -Pa que metás toda esa colmena de muchachos... ¿Qué vas a hacer con ellos?...

Escena V

ENCARGADA. -Eso es lo que digo yo. Que lo meta nel asilo... No sirve más que pa trabaco...

INVÁLIDO. -Salú, doña...

INDALECIA. -No, señor; no me separo de mis hijos. Si ustedes no tienen corazón, yo lo tengo, y bien puesto...

ENCARGADA. -Ma diga un poco. No es peor que se mueran de hambre de no tener qué comer...

INVÁLIDO. -Ha dicho la verdá. Choque esos cinco. (A INDALECIA.) ¿Quién es ésta, che?...

ENCARGADA. -Sono la encargada de la casa...

INVÁLIDO. -¡Che, che, che!... ¿Y vos la pusiste de patitas en la calle, no?...

ENCARGADA. -Eh... Naturalmente, si no pagaba l'arquiler...

INVÁLIDO. -¿Y todavía te metés a dar consejos?... ¡Ya podés ir tocando de acá, gringa!

ENCARGADA. -¿E osté qué se ha pensao? Yo soy la dueña acá, ¿sabe?...

INVÁLIDO. -¡Qué vas a ser dueña, desgraciada!

ENCARGADA. -Bueno; déquese de embromar... (A INDALECIA.) ¿E osté sa creído que esto e una sala per recibir la visitas?... Haga el favor da sacar de aquí a ese vieco borracho...

INVÁLIDO. -¡Tú madre, gringa el diablo!...

Escena VI

GENARO. -¡Madona del Carmen! ¡Dequen en paz esa pobre muquer!... (Enérgico, tomando por un brazo a la ENCARGADA.) ¡Haga el favor, mándese a mudar de aquí!... ¡Ya!... ¡Ya!... ¡Váyase, porque te rompo la facha!... ¡Caramba!...

ENCARGADA. -(Volviéndose furiosa.)...¡Dío Santo!... ¡Porco!... ¡Canaglia!

GENARO. -(La empuja con violencia.) ¡Fuori!... (Volviéndose al INVÁLIDO.) ¡Usted también; mándese mudar!... ¡Hombre bruto! ¡Gente bruta!...

INVÁLIDO. -¡No me toqués!... ¡No te me acerqués, gringo!... Porque te... (Tumulto. Salen vecinos. La ENCARGADA vocifera.)

INDALECIA. -Sosiéguese, don Genaro...

GENARO. -(Amagándole un sopapo a la ENCARGADA.) ¡Bruta gente!...

INVÁLIDO. -Ladiate, Indalecia, que entuavía puedo con un gringo...

Escena VII

(Aparecen el COMISARIO y el PERIODISTA, seguidos de un grupo de chicos.)

COMISARIO. -¿Qué desorden es éste?... A ver... Sosieguense...

ENCARGADA. -Vea, señor Comisario... Esta canaglia de un botegliero, me ha pegao una trompada tremenda...

INVÁLIDO. -(Cuadrándose.) ¡A la orden, mi jefe!...

GENARO. -(Yéndose a la pieza.) ¡Bruta gente, per Dío!...

ENCARGADA. - No lo deque dir, señor comisario, me ha pegao, me ha pegao, é un senvercuenza!...

COMISARIO. -(A GENARO.) ¡A ver, deténgase!... ¿Qué ha pasado?...

ENCARGADA. -Mire, señor comisario, llévelo preso.

COMISARIO. -Cállese la boca.

INVÁLIDO. -Yo soy testigo, mi comisario. No ha pasao nada, mi comisario... Todo ha sido de boca, no más. ¿Basta la palabra?

COMISARIO. -Bajá la mano no más. A ver... Despejen ustedes un poco...

ENCARGADA. -No, señor comisario...

COMISARIO. -¡Despeje, le he dicho!...

ENCARGADA. -(Se va refunfuñando y antes de desaparecer mira con odio a GENARO y besa la cruz, jurándole venganza.)

COMISARIO. -(A INDALECIA, que está rodeada de sus hijos.) ¿Quién es la dueña de estos muebles?...

INVÁLIDO. -(Indicando a INDALECIA.) Es una servidora... Mi hija...

COMISARIO. -Bien, señora. Yo soy el comisario de la sección, y el señor es un repórter de «La Nación». Hemos sabido que usted se encontraba en esa situación y...

PERIODISTA. -Nuestro diario ha sido el primero en dar la noticia...

INVÁLIDO. -Me costa. ¿No te dije, m'hija, que lo había leído?...

PERIODISTA. -Usted ya sabrá que iniciamos una suscripción en su favor. Vengo a traer lo que se ha recibido hasta hoy. No es mucha cosa, pero le permitirá alquilar una pieza y atender las primeras necesidades...

INVÁLIDO. -Da las gracias, pues, mujer...

PERIODISTA. -Aquí tiene estos sesenta pesos y la lista de las personas que han mandado al diario... Sírvase.

INDALECIA. -(Se echa a llorar estrechando a la nena. Pausa. Emoción. GENARO se seca los ojos con la manga.)

PERIODISTA. -No se aflija, señora. Ya ve usted... Las cosas se remedian. Cálmese. Tome su dinerito...

INVÁLIDO. -¿Sabe que está lindo esto? Cuando te train la salvación te ponés a llorar. Lo hubieses hecho antes. (Toma el dinero y se lo ofrece.) ¡Agarrá y da las gracias, pues!...

LA NENA. -¡Mamita!... ¡Mamita!...

INDALECIA. -(Serenándose.) Está bien... Muchas gracias... No llore, mi nena... No llore... ¿Ve?... Mamita ya no llora tampoco... A ver... Séquese esos ojitos. (Le limpia la cara y le suena los mocos con el delantal.) Sea buenita... ¡Esos hombres son muy buenos! ¡Muchas gracias, señores, muchas gracias!...

PERIODISTA. -El comisario por su parte ha hecho algunas diligencias en su favor... Él le dirá...

COMISARIO. -Es cierto. He conseguido colocarle a sus hijos... ¿Son éstos?... ¿Éste es el mayor?... Bueno, a éste lo mandaremos a la Correccional de menores...

GENARO. -¿Cómo dice, señor comisario?...

COMISARIO. -(Prosiguiendo sin contestarle.) Allí aprenderá un oficio y se hará un hombre útil... Para los demás he conseguido que el asilo...

INDALECIA. -¿Cómo?... ¿Mis hijos?...

COMISARIO. -Sí, señora. Ya está todo dispuesto. La Sociedad de Beneficencia los tomará a su cargo.

INDALECIA. -¡Mis hijos!... ¡No!... ¡No!... ¡No me separo de ellos!... ¡No, señor! ¡De ninguna manera, pobrecitos!... ¡Son míos, son muy buenos!...

COMISARIO. -Señora, comprenda usted que en su caso...

INDALECIA. -¡Mis hijitos! ¡Qué esperanza!... ¡No! ¡Ni lo sueñen!...

GENARO. Natural. Y tiene razón...

COMISARIO. -Retírese usted. ¡Nadie tiene que ver aquí!

GENARO. -No tengo que ver, pero digo la verdad, ¿sabe?...

COMISARIO. -¡Que despeje, le he dicho!...

GENARO. -¡Eh, bueno!... Está bien. Ma es una incustisia... ¡Bruta quente!...

PERIODISTA. -Tiene que resignarse, señora. Es natural que le duela separarse de ellos, pero preferible es que se los mantenga la Sociedad a que mañana tengan que andar rodando por ahí...

INDALECIA. -Tendrá mucha razón, señor. Pero yo no puedo separarme de ellos...

INVÁLIDO. -¡Pero ha visto qué rica cosa!... Es la primera vez que la patria se ocupa de proteger a este viejo servidor, manteniéndole a los nietos, y vos te oponés. No seas mal agradecida, mujer... Mire, amigo, este brazo lo perdí en Estero Bellaco, y aquí en esta pierna tengo otra bala más, ¿sabe? Bueno, y ya ve lo que he ganao... Que mis hijos y mis nietos se vean en este estao. ¿Ahora se acuerdan? Está bien. Hay que agarrar no más... Vale más tarde que nunca, ¿no le parece?...

COMISARIO. -Es natural. Bien señora: tiene usted que resolverse y...

INDALECIA. -No, señor... Estoy bien resuelta. No me separo de mis pobres hijos... No puedo, no puedo... Nunca podría...

INVÁLIDO. -¡Pucha, mujer zonza! No parece hija mía...

COMISARIO. -¿Prefiere usted verlos morirse de hambre o convertidos en unos perdularios?

INDALECIA. -¡No! ¡No!... Ya me han ayudado a tomar pieza. Ahora, demen trabajo sí quieren; demen trabajo, que a mí no me faltan fuerzas, y yo me encargaré de mantenerlos y de educarlos...

GENARO. -Eso, sí está bien dicho...

COMISARIO. -Le he dicho que no se meta usted.

INDALECIA. -Y después, no son míos solamente. ¿Qué cuenta le voy a dar al pobre padre, que tanto los quiere, que se ha desvivido por ellos; qué cuenta le voy a dar cuando salga del hospital?... ¡No! ¡No!... ¡No es posible!... ¡Mis hijitos!...

COMISARIO. -¡Oh!... A ese respecto debe estar tranquila. Su marido está muy mal y difícilmente saldrá del hospital. En todo caso, quedará paralítico...

GENARO. -¡Oh, bruta quente!...

INDALECIA. -(Se echa a llorar.)

Escena VIII

EL FOTÓGRAFO de «Caras y Caretas». -(Al periodista.) Hola, amigo.

PERIODISTA. -¿Cómo le va? ¿Viene a sacar una nota?...

FOTÓGRAFO. -Precisamente. Una linda nota, por lo que veo... ¿Esta es la víctima?...

PERIODISTA. -¿Usted conoce al señor? (Presentándolo.) El comisario de la sección... Un repórter de «Caras y Caretas». (Saludos.)

FOTÓGRAFO. -Llego en un lindo momento. (Al mensajero que lleva los aparatos.) A ver... sacá pronto eso... (Al COMISARIO.) ¡Qué cuadros! ¿no?...

COMISARIO. -Ésos se ven a cada rato... Es una cosa bárbara la miseria que hay... (El FOTÓGRAFO rodeado de pilluelos y vecinos, acomoda la máquina sobre el trípode buscando la luz conveniente.)

FOTÓGRAFO. -Aquí queda bien. Así... (Los vecinos toman colocación frente al foco, tratando de salir en la vista.) Le tomaremos uno así llorando. Es un momento espléndido... (Enfoca.) Ustedes tendrán la bondad de retirarse... Más... Más lejos. (Al INVÁLIDO.) Usted también, retírese...

INVÁLIDO. -Yo soy el padre de ella, pues; ¿por qué vía salir?...

FOTÓGRAFO. -Está bien, disculpe... (Cuando se vuelve, todos se acomodan de nuevo.) He dicho que se retiren...

COMISARIO. -A ver... ¡Despejen!...

FOTÓGRAFO. -Ya les ha de llegar su turno. Pierdan cuidado... Bien... No se muevan... Un momento... Ya estuvo...

INVÁLIDO. -¿He salido bien yo?...

FOTÓGRAFO. -¡Macanudo!... (Al COMISARIO.) Ahora podrían ponerse ustedes. Y si la señora quisiera levantar la cabeza... (A INDALECIA.) ¡Señora!... ¡Señora!...

GENARO. -Métanme preso y hagan lo que quieran... Ma esto es una barbaridá... Mándase mudar... ¡Per Dío!... ¡Qué bruta quente!... Deque tranquila esa pobre muquer... ¡Caramba!... ¡Caramba!...

PERIODISTA. -(Al COMISARIO, que quiere intervenir.) La verdad es que no le falta razón... Sería mejor...

FOTÓGRAFO. -Por mí... La nota importante ya la tengo... (Se pone a empaquetar su aparato.)

INVÁLIDO. -Pero han visto este gringo, ¿qué se ha creído de la familia también?... ¡No faltaba más, hombre!...

COMISARIO. -(A INDALECIA.) Bueno, señora, no se aflija más y resuélvase.

INVÁLIDO. -Déjela. Sí ya está resuelta.

INDALECIA. -¡Mis pobres hijitos!... ¡No es posible!... ¡No puedo, me moriría!...

PERIODISTA. -Piense que es un egoísmo suyo. Por el momento, podrá mantenerlos si trabaja; pero puede ocurrirle que mañana no tenga que darles de comer... Enfermarse... morirse... ¿Qué va a ser de ellos?... Usted no pierde, dándolos al asilo... Los podría ver a menudo... Allí se formarán, aprenderán un oficio...

COMISARIO. -Y mañana serán hombres útiles para usted y para todos...

INVÁLIDO. -¡Claro está!... ¿Preferís verlos en la cárcel por bandidos?...

INDALECIA. -Bueno... Sí... Hagan de mí lo que quieran... ¡Sí!... ¡Sí!... ¡Pobres hijitos míos!...

COMISARIO. -Eso es entrar en razón... Bueno. Con ese dinero alquílese una pieza y mañana véngase por la comisaría con los chicos, que iremos a colocarlos, ¿eh?

PERIODISTA. -¿Nos vamos?... Bien... Adiós, señora. Tranquilícese usted... Sea razonable...

INVÁLIDO. -Da las gracias, pues, y saludá...

PERIODISTA. -Déjela... Le mandaremos por el comisario la plata que se reciba... (Al FOTÓGRAFO.) ¿Salimos?...

FOTÓGRAFO. -Sí, ¿cómo no?... Buenas tardes, señores.

COMISARIO. -(A GENARO.) Y a ver vos si te dejás de andar zonciando... (GENARO le vuelve la espalda.)

INVÁLIDO. -(Al COMISARIO.) Diga, mi jefe... Habrá unos níqueles pal milico viejo...

COMISARIO. -¿Para mamarte, no?...

INVÁLIDO. -¿Qué quiere, pues? Es lo único que me ha dao la patria... Un vicio...

COMISARIO. -(Riéndose.) Tenés razón. Tomá... (Mutis. Los muchachos y vecinos salen también detrás.)

INVÁLIDO. -(Volviéndose a INDALECIA.) ¡Che, mi hija!... Hoy no he morfao nada, ¿sabés?... Refílame un nalcito de esos que te dieron...

INDALECIA. -Tome... Tómelos todos... Yo para qué los quiero ahora... (Se abraza sollozando a sus hijos.)

Telón

Florencio Sánchez

viernes, 1 de mayo de 2009

Florencio Sánchez - La Tigra (Texto)

La Tigra
Cuadro Primero
Un cafetín servido por camareras. Pequeño escenario, al foro. A la derecha la estantería con botellas y el mostrador respectivo. EL REGENTE lava copas y despacha a medida que las camareras lo van pidiendo. Ocupan una mesa, Tomás EL RUBIO, el Inglés, JORGE y RAFAEL. Jóvenes criollos atendidos por HAYDÉE SUÁREZ, una de las camareras. En otra ESPERANZA la madrileña, cantará en traje de carácter, entreteniendo a dos o tres parroquianos españoles. Más allá cuatro MARINEROS INGLESES acaban de emborracharse. En una cuarta mesa un pobre diablo despunta un sueño ante una taza de café. LUIS con LA TIGRA, departen en una de primer término bebiendo cerveza él y té la camarera, y cerca de ellos el anciano SEÑOR HESPERIDINA, que no tendrá otra ocupación que la de comerse con los ojos a las camareras o interrumpir los diálogos expresivos en que éstas intervengan. Al alzarse el telón comienza la tercera parte del concierto. El pianista termina su sinfonía. Silencio en el auditorio. Uno de los MARINEROS se alza a duras penas gritando «¡hurra!», dando dos o tres palmadas, y se deja caer pesadamente. Descorrido el pequeño telón aparece el tenor, un fulano gordo, que después de entregar la partitura al maestro, con un vozarrón espantoso, anuncia: «'Generada' de Iris, maestro Mascagni», y arremete cantando «Apri la tua finestra», etc., etc. A los pocos compases se la arman.

Escena I
EL RUBIO. -(Ladrando.) ¡Guau! ¡guau! ¡guau!
UNA VOZ. -¡Que se calle!
OTRA VOZ. -¡Fuera! ¡Zanguango!
OTRA VOZ. -¡Miau! ¡miau!...
JORGE. -¡Qué baile! (El fulano quiere seguir y le molestan con silbidos e improperios. Entonces, sonriente, saludando, retira su partitura y se dispone a irse.)
VOCES. -¡No! ¡No! ¡Que baile! ¡Que baile!... (Nuevo saludo y mutis. Aplausos estrepitosos y pedidos de bis durante unos instantes. El pobre hombre reaparece.)
JORGE. -¡Que cante el Chiribiribí!
CORO. -¡Chiribiribí! ¡Chiribiribí! (Creyendo satisfacer al auditorio, hace una seña al maestro. Silencio.)
MARINERO 1º. -(Apenas le oye cantar, alzándose y avanzando tambaleante.) ¡Ah!... ¡Ay!... ¡Moqueres!... (Quiere cantar MOQUERES. Coro de maullidos y ladridos. El cantor huye.)
CORO. -¡Miau! ¡Miau! ¡Miau!
HAYDÉE. -(Aproximándose al grupo de criollos.) ¡Jesús, muchachos! ¡Ni que estuviesen en el jardín zoológico!..
EL RUBIO. -Vení, madrileña; sentate un rato con nosotros. Pasale esa silla al inglés.
HAYDÉE. -Tendréis que aguardar. El señor me ha llamado. (Por el SEÑOR HESPERIDINA.)
EL RUBIO. -Che: dale recuerdos de mi parte para los nietos. (Risas en el grupo.)
LA TIGRA. -Dicen que ha cantado en óperas.
LUIS. -Corista, seguramente.
LA TIGRA. -Cualquier cosa. Lo cierto es que tiene que mantener a sus hijos y viene aquí a ganarse un peso y una silbatina por noche. Tú has visto a los muchachos. Se quedan hasta la última parte, sólo para armarle un bochinche al pobre infeliz.
LUIS. -Vaya un gusto.
LA TIGRA. -Es uno de los atractivos de la casa. Cuando el patrón no lo ha despedido, es porque le da resultado.
LUIS. -¡Qué barbaridad!
LA TIGRA. -¡Bah! ¡Así es el mundo, hijito! Quién sabe si mañana no me veo en el mismo caso.
LUIS. -A ti no te silban. Te lo aseguro.
LA TIGRA. -Si no me arman bochinche es porque todavía no estoy muy vieja y la muchachada me conserva un poco de cariño. Pero veremos más adelante. Por lo pronto, el hecho de haberme puesto a cantar, te prueba mi decadencia.
LUIS. -No, Tigra. No digas zonceras.
LA TIGRA. -Sí, hijito, sí. ¿Crees que no me conozco?
LUIS. -¿Y por qué cantas, si no te gusta?
LA TIGRA. -Porque voy para vieja, nada más. Pregúntame por qué, yo que he sido, puede decirse, la fundadora de estas casas en Buenos Aires y que he tenido las mesas principales a mi cargo, con clientela hecha y un platal de propinas... ¿Por qué me veo hoy metida en este cafetín indecente?
LUIS. -Por tu carácter; porque no quieres.
LA TIGRA. -¿Por qué no quiero? Porque no sirvo. De aquí a un cafetín de la Boca, y de allí...
LUIS. -No veo la necesidad de la escala. Con cambiar de vida...
LA TIGRA. -¿Y qué quieres que haga? ¿Meterme de monja? Cada uno en su oficio. Tú, albañil, no te vas a poner de relojero, cuando los achaques no te permitan trepar al andamio.
LUIS. -No es el mismo caso.
LA TIGRA. -¡El mismo, el mismo, el mismo! Vez pasada, cuando salí del «Cosmopolita», me fui a ver a esa señora amiga, la que cuida a mi nena, resuelta a ponerme a trabajar en costuras. ¡Que si quieres! A los quince días no pude aguantar más. Me faltaba algo; no sé qué, pero algo esencial como el respirar o el comer. Empleaba horas enteras para hacer una costurita de nada, pensando y pensando...
LUIS. -¿En qué?...
LA TIGRA. -¡Qué sé yo! No podía explicarme. En todo este ruido; en las compañeras, en la muchachada, en los borrachos, en los escándalos, en la policía, en mi pasado, en fin.
LUIS. -¿Y no te dabas cuenta de que aquella vida era mejor?
LA TIGRA. -¿Mejor? ¿Por qué? Vamos a ver. ¿Por qué, si no estaba a gusto?
LUIS. -Te habrías habituado...
LA TIGRA. -¿Y mientras tanto? Pensando eso y pensando que todavía no estoy tan venida a menos que no pueda tirar algunos añitos, me dije entonces: «A la que te criaste»; y aquí me tienes, dispuesta a pelear hasta que me jubilen por vieja y fea, y eso, aunque rabien todas esas, ha de tardar.
LUIS. -Eres muy inteligente, Tigra. La disculpa es hábil, pero no me convences.
LA TIGRA. -¿Disculpa?... ¿Yo disculparme?...
LUIS. -¿No habrá sido el fulano ese... lo que te hizo volver?
LA TIGRA. -¡Inocente! ¿Lo piensas realmente, o hablan los celos? ¿Crees que a esta altura de mi vida, y con todo lo que he vivido, haya hombre capaz de hacerme cometer zonceras?
LUIS. -Yo no te ofrezco eso, y sin embargo...
LA TIGRA. -Me lo ofreces.
LUIS. -Muchas gracias.
LA TIGRA. -Haces bien en dármelas, te lo aseguro.
LUIS. -Dime. ¿Quieres que te acompañe esta noche y continuamos la discusión en tu casa?
LA TIGRA. -No.
LUIS. -¿Por qué, Tigra?
LA TIGRA. -Ya te lo he dicho, hijito... Si no quieres de mi más que eso, quedas en libertad de no volver, o de cambiar de mesa. Lo sentiría mucho, porque te he tomado cariño, y me gusta conversar contigo, pero te repito que entre los dos no habrá más que amistad, mucha, mucha amistad. Toda la que tú quieras.
EL RUBIO. -¡Tigra! ¡Tigra! ¿Qué te ha hecho ese señor? ¿Déjalo descansar?
LUIS. -¡Idiotas!
LA TIGRA. -¿Qué? ¿Piensas enojarte? Déjalos.
LUIS. -Es que...
LA TIGRA. -No seas zonzo. (Al grupo.) ¿Qué hay?
JORGE. -Escuchá un momento. Vení.
LA TIGRA. -¿Qué quieres? (Aproximándose.)
JORGE. -¿Lo has tomado por horas a ése?
HAYDÉE. -No, che. Es de remis. Hace dos meses que lo tiene.
EL RUBIO. -¿Estás suscrita al P. B. T., entonces? Sentate y pedí algo.
LA TIGRA. -Gracias. No acostumbro, como algunas, a ponerme curda.
HAYDÉE. -¿Hablás por mí, che?
LA TIGRA. -No; por el Papa. ¿Nada más se les ofrece?
EL RUBIO. -Sentate, mujer.
LA TIGRA. -(Con mal modo.) Tengo que hacer. (Ademán de alejarse.)
HESPERIDINA. -¡Chist! ¡Chist!
HAYDÉE. -¡Tigra! ¡Tigra!
LA TIGRA. -(Volviéndose.) Me parece que tengo un nombre. Todo el mundo se va creyendo con derecho a manosearme. Todavía no he descendido tanto, ¿me oyen?
HAYDÉE. -¡Qué mal humor! Hija, perdona.
LA TIGRA. -Es que me tienen harta y me van a obligar a que muestre las uñas.
HAYDÉE. -Bueno, bueno. No es para tanto, mujer.
LA TIGRA. -Está bien. ¿Qué desea?
HESPERIDINA. -Sírvale lo que ella pida.
HAYDÉE. -Una cañita de Jerez.
LA TIGRA. -Y usted ¿otra hesperidina?
HAYDÉE. -¡Jesú! No beba usted eso. Tenemos un jerecillo... un «Tío Pepe» que da calor: pruébelo usted.
HESPERIDINA. -Bueno, hija; por acompañarte, tomaré ese jerecillo.
(LA TIGRA se va al mostrador.)
EL RUBIO. -Contá, mujer, contá.
EL GRUPO. -¡Que cuente! ¡Que largue el rollo! ¡Sí sí!
JORGE. -Toma otro pipermint (Sirve a HAYDÉE)
HAYDÉE. -(Después de beber.) No. Historia no es. Lo que pasa es que me tiene rabia porque lo mejor de la concurrencia se viene a mis mesas. Y es natural, ¿no te parece? Se han creído que porque son camareras viejas, van a ser dueñas de la casa toda la vida. Se les pasó el tiempo, ¿no te parece? Y, además, es hora ya de que se les vaya dejando lugar a las criollas, que valemos tanto como ellas o más que cualquier gallega vieja aquerenciada.
EL RUBIO. -Claro que sí. ¿Qué edad tenés vos?
HAYDÉE. -¿Yo? Veintiuno, mijito, cumplidos el mes pasado.
JORGE. -¿Oro?
HAYDÉE. -¡Y cómo te va! (Con intención, viendo a LA TIGRA, que pasa.) No soy de esas que se sacan los años, sin fijarse en que las arrugas y el sebo les están vendiendo.
EL RUBIO. -¿De modo, che, que la Tigra está hecha una misiadura y nadie le lleva el apunte?
HAYDÉE. -Una misiadura... Despacha café a los cocheros. Fíjense en la clientela; miren las mesas: el atorrante aquel que se viene a echar un sueñito: míster Hesperidina y el purrete ese que todas las noches le da la lata, enamorao en serio, che.
EL RUBIO. -¿Qué me cuentas?
HAYDÉE. -Y gracias que cante esas vidalitas y esos estilos, ¡fíjense! ¡Una gallega cantando aires criollos!...
JORGE. -No canta muy mal.
HAYDÉE. -¡Amalaya tuviera voz yo! ¡Verían! ¡Se los enseñaba al tipo ése que anda con ella!
EL RUBIO. -¡Qué peine!
HAYDÉE. -¡Es una piedra!..
LA TIGRA. -(Sentándose junto a LUIS.) ¡Uff!... Estoy esta noche con unos nervios que... que puede que no acabe bien la fiesta.
LUIS. -¿Porque te miran tanto?... Tráeme un whisky a mí y para ti cognac o alguna otra cosa.
LA TIGRA. -Bebe cerveza. ¡Qué empeño en entreverar! El whisky te hace mal.
LUIS. -Es que yo también ando mal de los nervios esta noche.
LA TIGRA. -No, mi chiquín. Cuidado, ¿eh?
MARINERO 1º. -(Chilla en inglés algunas cosas de las que sólo se entienden las palabras: Mósica. Mósica. Los compañeros le hacen coro aplaudiendo: ladridos y maullidos en la mesa de los criollos; el MARINERO 1º, se vuelve hacia ellos y les dice algunas frases incomprensibles, que han de ser muy graciosas a juzgar por las carcajadas de sus compañeros.)
EL RUBIO. -¡Tu abuelita, por las dudas!
HAYDÉE. -No se metan, muchachos.
EL RUBIO. -No; los estamos gozando no más... ¿Son ingleses!...
EL REGENTE. -Señora Esperanza: al escenario.
ESPERANZA. -¡Jesús! Es usted tan entretenido, que me había hecho olvidar de mi número.
HAYDÉE. -Choque usted. ¡Salud!
HESPERIDINA. -Vaya usted; vaya usted no más. Lo que siento es no tener flores para tírarle ¡Ah! no se olvide de cantar aquellos versitos del reloj que marca bien la hora, ¿eh?
ESPERANZA. -¡Vaya con el abuelo! Dedicaos a su señoría, voy a cantarlos. (Pasa por entre las mesas, aclamada, y desaparece por la puertita lateral y reaparece en el escenario con una guitarra. Aplausos.)
VOCES. -¡Olé, salerosa! ¡Cuerpo bueno! ¡Viva tu mare! (Canta malagueñas, seguidillas o cualquier otro aire español. Ovaciones. Uno de los MARINEROS INGLESES, en el colmo de su entusiasmo, se pone a bailar grotescamente, dando palmadas y gritando.)
MARINERO 1º. -¡Olé! ¡Olé! (Algarabía. Los compañeros le sientan, evitando que se caiga. La HAYDÉE canta unos couplets picarescos, lo más verdes que sea posible, y terminando su número, baja a sentarse a la mesa de los españoles, que la reciben alborozados, ofreciéndole copas. Durante el canto, la conversación de LUIS y LA TIGRA ha sido animadísima.)

Escena II



Dichos y OLIVERA (que entra al final del número, ocupando una de las mesas a cargo de LA TIGRA, llama fuertemente con las manos. LA TIGRA como si tal.)
HAYDÉE. -¡Tigra! ¡Tenés gente! (Bajo, al RUBIO.) Es él... ¿Te das cuenta?
EL RUBIO. -¿Se armará, entonces, che?
OLIVERA. -(Llamando de nuevo, más fuerte.)
EL REGENTE. -¿Qué es eso? ¿Se han vuelto sordas?
LUIS. -Atendelo, andá.
LA TIGRA. -(Alzándose.) No y no. (Acercándose a HAYDÉE.) ¿Quieres hacerme el favor de servir a ése?
HAYDÉE. -¿Yo? ¡Ja, ja! No me meto en la vida privada, che.
LA TIGRA. -Estás muy comadre, pero te disculpo porque es la bebida la que habla por ti. ¡Infeliz!
HAYDÉE. -¡Jajay!
OLIVERA. -(Vuelve a llamar.)
REGENTE. -(Acercándose a LA TIGRA.) ¿Pero qué hace usted? ¿Qué se ha creído?
LA TIGRA. -Digo que no lo atiendo. Y si no está conforme, ahora mismo me entrega la cuenta y me voy.
REGENTE. -Pero mujer, usted sabe que ese hombre es capaz de armar un escándalo.
LA TIGRA. -Que lo arme.
REGENTE. -Está bien. Cuando le parezca, pase por el mostrador a entregar. Queda despachada.
LUIS. -¿Por qué han de obligarla a despachar a un compadre?
LA TIGRA. -Tú te callas. Eso no te importa.
LUIS. -¿Cómo que no me importa? Lo he de decir a gritos.
LA TIGRA. -Usted se sienta. (Lo sienta, manteniendo una discusión.)
REGENTE. -Haydée: atienda usted al señor. Hasta que se cierre la casa, tiene usted todas las mesas a su cargo.
HAYDÉE. -¡Jajay! Está bueno. Con permiso, muchachos. Yo no seré muy tigra, pero no me asusto de tan poca cosa. ¡Biaba más o menos!
LA TIGRA. -(Acercándose a HAYDÉE, rápidamente.) ¡Ah, no! No te has de lucir a mi costa. Sal de ahí. Acaba de emborracharte, que mañana te entenderás conmigo. Mañana, ¿me oyes? (Oprimiéndole el brazo violentamente.) ¡Mañana!...¡Inmundicia!...
HAYDÉE. -(Vencida.) ¡Está bien, está bien! Mañana. (Se sienta. LA TIGRA se acerca a la mesa de OLIVERA.)
EL RUBIO. -¿Y por qué no se la diste, che?
LA TIGRA. -¿Qué va a tomar? (LUIS observa la escena dispuesto a intervenir.)
OLIVERA. -Buenas noches. Café. (LA TIGRA va al mostrador; los MARINEROS le hacen una demostración al pasar.)
LA TIGRA. -(Regresando con el café.) Sírvase.
OLIVERA. -Gracias. ¿Cuánto es?
LA TIGRA. -Treinta.
OLIVERA. -¿No lo podés hacer menos? Tomá: treinta y diez de propina.
LA TIGRA. -(Aceptando.) Muchas gracias. (Ademán de irse.)
OLIVERA. -No, no te vas; sentate.
LA TIGRA. -No.
OLIVERA. -Mirá: a tu purrete te lo voy a arreglar.
LA TIGRA. -¿Sí? ¡Qué lástima!
OLIVERA. -Está bueno. No vayas a salir con él, porque yo tengo que hablarte.
LA TIGRA. - Está bien. Haré un nudo en el pañuelo para no olvidarme.
OLIVERA. -Eso es. Hasta luego.
LA TIGRA. -(Confusa, viéndolo salir.) Hasta luego.
LUIS. -¿Qué quería?
LA TIGRA. -¡Oh! ¡He de probarles que todavía soy la Tigra! (Bebe de un sorbo su copa.)
¿Quieres más whisky tú? Yo voy a servirme. (Va al mostrador).
EL RUBIO. -Sí, hombre: las biabas han quedado para la salida.
JORGE. -Yo no voy nada.
HAYDÉE. -¿Cuánto jugamos a que mañana hay una camarera enferma?
JORGE. -Vos.
HAYDÉE. -¡Jajay! (LA TIGRA vuelve con la copa.)
LUIS. -¿Me vas a decir la verdad?
LA TIGRA. -Sí, hijo, sí.
LUIS. -¿Qué ha venido a hacer ése?
LA TIGRA. -Como de costumbre. A buscar de esto. (Dinero.) ¡Canalla!
LUIS. -Pero mujer de Dios, ¿por qué no lo mandaste al diablo? ¿Le tienes tanto cariño?
LA TIGRA. -¿Cariño? Ni esto. Costumbre y necesidad.
LUIS. -¿Necesidad?
LA TIGRA. -Sí; lo que te decía hace rato. Este hombre es para mí, un objeto, un incidente. Por otra parte, con la vida que llevamos, es muy conveniente un hombre así, que inspire respeto a los de su clase.
LUIS. -Es decir, que yo no te sirvo, porque no soy un compadre, ni un perdulario, ni un matón.
LA TIGRA. -No, hijo; al revés. Quien no sirve soy yo.
REGENTE. -(Acercándose.) Diga. Si es que va a continuar aquí, haga el favor de hacer su número, que van a dar las doce.
LA TIGRA. -Está bien. Voy. (Apura una copa y se encamina al escenario.)
HESPERIDINA. -(Llamándola.) ¡Chist! ¡Chist! ¿Cuánto es?
LA TIGRA. -Cinco cuarenta.
HESPERIDINA. -Tome seis. (Al darle el dinero le estrecha las manos conservándolas mientras hablan.) ¿Y por qué no ha cantado esta noche?
LA TIGRA. -Voy a cantar en seguida...
HESPERIDINA. -Entonces no me voy. ¿Cantará el estilo de la piedra, eh? Tráigame otra copita.
LA TIGRA. -¿Jerez?
HESPERIDINA. -No, de lo otro. (LA TIGRA va a servirlo. Mientras, aparece una pequeña criatura ofreciendo flores, en la mesa de los criollos le toman algunas para HAYDÉE. Los MARINEROS compran también, acariciando a la chica; de vuelta, LUIS la detiene en su mesa y adquiere el resto de las flores. LA TIGRA aparece en el escenario y canta acompañándose con la guitarra. Canta vidalitas; muchos aplausos, y momentos antes de terminar, LUIS se adelanta y le arroja un montón de flores. Aplausos, ladridos y maullidos. HAYDÉE en la mesa de los criollos, al volverse LUIS, radiante, a su sitio, oye algunas pullas que parten del grupo, y se vuelve rápidamente.)
GRUPO. -(De la mesa de los criollos.) ¡Papanata! ¡Otario!
LUIS. -¿Qué? ¿Qué hay? ¿Es conmigo? (Expectativa en los del grupo, enmudecen. LA TIGRA observa inquieta la escena.). Hablo con ustedes, compadrones.
JORGE. -(Burlón.) Estése quieto, joven. Nadie se ha metido con usted.
EL RUBIO. -Vaya a su casa, que será mejor. La vieja le estará esperando en la escalera, joven farrista.
LUIS. -(Despreciativo, volviéndose.) ¡Compadres y cobardes!...
EL RUBIO. (Deteniéndolo por el saco.) ¡Che, che, che! ¿Qué es lo que has dicho?
LUIS. -(Dándole un golpe.) Esto he dicho. (Tumulto. La patota la arremete contra LUIS, quien reparte puñetazos que es un gusto. Los INGLESES, recogidos, empiezan a dar. ¡Hurrahs! El SEÑOR HESPERIDINA se arrincona en cualquier parte. LA TIGRA interviene vio lentamente en defensa de LUIS, hasta que consigue separarlo del grupo y lo obliga a tomar asiento.)
INGLESES. -¡Hurrah! ¡Hurrah!, ¡Hurrah!
LUIS. -(Sentado, arreglando el sombrero.) ¡Cobardes! ¡Cobardes!
LA TIGRA. -¡No tienen vergüenza! ¡Cuadrilleros! ¡Cuatro hombres para una criatura!...
REGENTE. -Se va a cerrar el establecimiento. ¡A la calle!... ¡A la calle o llamo a la policía! ¡Vamos saliendo! (La patota hace mutis, haciéndose pasada algunas burlas a LUIS. A LUIS.) Usted también.
LUIS. -Ya me voy. ¿Cuánto es, Tigra?
LA TIGRA. -No; no te vayas. Espérame y saldrás conmigo.
LUIS. -(Tomándole la mano.) ¿De veras?
LA TIGRA. -De veras.

Telón.

Cuadro Segundo
(Telón corto de calle. Fachada del cafetín y una parte de la calle 25 de Mayo. Un organillo ejecuta «Caballería». Van desfilando los habitués de los cantantes del barrio. Un anciano muy arrebujado, un señor con mucha prisa, dos jóvenes que se detienen en mitad de la calle a llamar a los compañeros retardados, una pareja amartelada; el ejército representado por tres conscriptos que marchan a paso militar, cuatro o cinco chicos muertos de frío entre los que se cruza un diálogo, una camarera molestada con chistes, un joven y los papanatas de costumbre, que ni van ni vienen, pero que aguantan el frío en la acera a la pesca de algún acontecimiento. Terminado el desfile, sale del café el SEÑOR HESPERIDINA. EL LUNFARDO, que debe estar entre los papanatas, hace cola en el acto).

Escena I
Dichos.
DOS JÓVENES. -(Llamando.) ¡Eh! ¡Tío! ¡Tío! ¡Che! ¡Apúrense, que se va el tranvía!
UN CHICO. -(A los otros.) ¡Qué linda, cuando salió casi desnuda!
OTRO. -¡No seas zonzo, desnuda no; es un traje así!
VARIOS. -(A la camarera.) ¡Chist! ¡Chist!
LUNFARDO. -(Al SEÑOR HESPERIDINA.) Dispense, señor, ¿no quiere comprar un anillo de oro, con un brillante? Cosa muy fina.
HESPERIDINA. -No, señor.
LUNFARDO. -Véalo, señor. Es una pichincha. Vale como doscientos pesos, y se lo dejo hasta en quince.
HESPERIDINA. -No; no necesito.
LUNFARDO. -Véalo. Nada le cuesta y puede hacerme un servicio.
HESPERIDINA. -Bueno, lo veré.
LUNFARDO. -Mírelo así con un poco de disimulo, porque, le voy a decir la verdad: es robado.
HESPERIDINA. -¿Cómo?
LUNFARDO. -Por eso se lo doy a ese precio. Si lo llevo a una casa de comercio, pueden sospechar y... Vea: se lo daría en diez pesos. Vale doscientos, cuando menos.
HESPERIDINA. -Bueno. Tome los diez y váyase ligero. (Se aleja a toda prisa.)
LUNFARDO. -¡Diez mangos! ¡No vale ni dos!

Escena II

VIGILANTE. -¿Qué hablabas con ese señor, vos?
LUNFARDO. -Yo... yo... Nada, es que... (Confidencial.) El viejo me llamó pa preguntarme si se había retirado ya una camarera de aquel cafetín.
VIGILANTE. -¡Hum! Está bueno. Seguí no más. Pero andá con mucho ojo en mi parada, sino querés que te retiren el paso.
LUNFARDO. -Pierda cuidado, agente. Lo que es ahora llevo una conducta que ni el ministro de hacienda. (Vase derecha a izquierda. Salen los MARINEROS borrachos del café, y se alejan tomados del brazo, cantando cualquier cosa en inglés. Los papanatas van desapareciendo. Aparece OLIVERA y se detiene a observar el café. A poco salen LA TIGRA y LUIS, se dan el brazo y se encaminan hacia la derecha, pasando por delante de OLIVERA, como si no lo vieran. Éste los deja pasar y luego, de atrás, le toma el brazo a LA TIGRA y la detiene con alguna violencia. LUIS se dispone a agredirlo.)
LA TIGRA. -(Sujetando a LUIS.) Dejame hablarle primero. Luego intervendrás si hace falta.
LUIS. -Es que le voy a dar una lección a ese compadre; dejame.
LA TIGRA. -¡Retirate, te he dicho!...
LUIS. -(Conteniéndose.) ¡Compadre inmundo!
LA TIGRA. -(Aparte a OLIVERA.) ¿Qué se te ofrece?
OLIVERA. -Te dije que salieras sola.
LA TIGRA. -Pues he salido acompañada.
OLIVERA. -Pero te irás conmigo.
LA TIGRA. -Me iré con él.
OLIVERA. -¿Sí? Vamos a verlo.
LUIS. -(Abalanzándose.) Sí que lo vamos a ver.
LA TIGRA. -(Imponente, sujetándolo y alejándolo algunos pasos.) ¡Retírese, mocoso!
LUIS. -(Debatiéndose furioso.) ¡Soltame!... ¡Soltame!... ¡Soltame!...
LA TIGRA. -Vení, cobarde, vení; aquí te lo tengo. Acercate. Hacé la prueba. No le tengas miedo. ¡Atrevete!... ¡Pegale! ¡Tocale un cabello, un cabello siquiera!...
LUIS. -¡Oh, qué vergüenza!
LA TIGRA. -¡Un cabello siquiera!... ¡Ven, ven ven!...
OLIVERA. -Largalo, pues, largalo... No castigo gente indefensa...
LA TIGRA. -¿Por qué, cobarde, no sacas tu daga? Él no tiene armas, ni yo. Atrevete, pues. ¿Por qué no vienes a pegarle una puñalada de las tuyas, ladrón?
LUIS. -¡Por favor! ¡Por favor! ¡Soltame!...
OLIVERA. -Hacele el gusto al muchachito. Te prometo no lastimarlo mucho.
LA TIGRA. -¿Ah, sí? ¡Pues ahí está suelto! (Le suelta. LUIS se abalanza contra OLIVERA. En este instante aparece el VIGILANTE y algunos curiosos, que se interponen.)
Escena III
Dichos, curiosos y VIGILANTE

VIGILANTE. -Obedezcan a la autoridad... ¿Qué es eso?
LA TIGRA. -¡Qué habías de tocarlo, cobarde! (Calmándose.) No ha pasado nada, agente. ¡Con ese tipo nunca pasa nada; es una gallina!...
VIGILANTE. -Vamos a ver, Tigra, sosiéguese. ¿No hay lesiones? ¿Nada grave?... Entonces vayan despejando, porque si no voy a verme obligado a proceder por desorden. ¡A peliar con la almuada, caballeros!...
LA TIGRA. -Vamos, Luis. (Le ofrece el brazo.) Gracias, agente. (Hacen mutis. OLIVERA intenta seguirlos.)
VIGILANTE. -(Deteniéndolo.) ¿Ande va, compañero? Venga por este lao. Déjelos. Si ella le ha faltao, mañana se va a la pieza y se la da, sin intervención de la autoridá.

Mutación.

Cuadro Tercero
(La habitación de LA TIGRA, adornada con cierto buen gusto.)

Escena I
LA TIGRA Y LUIS (la primera guiando a éste desde la puerta)
LA TIGRA. -Cuidado, que hay un escalón. Entrá nomás. (Enciende una lámpara.) Esta es mi casa.
LUIS. -Y la mía, ¿no?
LA TIGRA. -Por ahora la mía.
LUIS. -Muchas gracias.
LA TIGRA. -Siéntate por ahí un momento. Estoy un poco fatigada y voy a cambiarme esta bata. ¿Querrías tomar alguna cosa: un té, por ejemplo? (Se oculta detrás del paravat a cambiarse la ropa.) Sobre la cómoda encontrarás un calentador. Puedes ir a prenderlo, mientras yo me desnudo. ¡Oh! Conste que está prohibido mirar, ¿eh?
LUIS. -Ya haremos uso del permiso. Oye; yo preferiría algo más tonificante.
LA TIGRA. -¿Whisky? También hay. En la misma cómoda. Te lo has ganado con los sustos de esta noche.
LUIS. -¿Sustos?
LA TIGRA. -No, hijo. Te has portado. Pero es preciso confesar: tiene buenos puños el sinvergüenza ése. La vez pasada, casi me disloca un hombro.
LUIS. -¡Qué canalla!
LA TIGRA. -¡Oh! No vayas a creer que él salió muy parado. ¿Te serviste?
LUIS. -Sí.
LA TIGRA. -Pon el agua. Yo voy a tomar té.
LUIS. -¿De modo que ese miserable ha llegado hasta a castigarte
LA TIGRA. -Castigarme, no; nunca. Nos hemos peleado a veces: me pega él, le pego yo... Es nuestra ventaja. Una señora de sociedad no se atreve a alzar la mano a su marido cuando la insulta o la muele a palos.
LUIS. -Se separa, se divorcia.
LA TIGRA. -¡Pues vaya una gracia! ¡Separarse del hombre a quien tal vez se quiera, por un moquete más o menos! Y a todo esto, te advierto que no son muchas las mujeres que proceden como yo. Casadas o no casadas, lo más conveniente es que se dejen zurrar la badana. (Apareciendo.) ¿Pero te has dado cuenta de los asuntos que hemos tratado esta noche?
LUIS. -Y de las cosas que hemos hecho.
LA TIGRA. -Se podría escribir una historia. ¿Y el agua, desatento?
LUIS. -No entendí el aparato ese.
LA TIGRA. -¡Chambón! ¿Y con todos esos conocimientos prácticos, me proponías instalar un hogarcito?
LUIS. -Contaba con los tuyos.
LA TIGRA. -Una criada, ¿verdad?
LUIS. -¡Oh!
LA TIGRA. -No me enojo, tontito. ¿No me dices nada de mi palacio?
LUIS. -Un nido.
LA TIGRA. -De fieras. (Pausa. LA TIGRA prepara el servicio de té. LUIS observa la habitación.)
LUIS. -Dime: ¿De quién es este retrato?
LA TIGRA. -¿Cuál?
LUIS. -Esta niña de uniforme.
LA TIGRA. -¿De colegiala? Mi nena.
LUIS. -(Asombrado.) ¡Tu nena!
LA TIGRA. -(Volviéndose, un poco bruscamente.) Sí, mi nena. ¿Te extraña? ¡Mi hijita!
LUIS. -(Un tanto confundido.) Como no me habías hablado de ella.
LA TIGRA. -¿Cómo que no? Todos los días.
LUIS. -Es cierto. Hablabas de una nena...
LA TIGRA. -La mía.
LUIS. -Pero sin mayores referencias, sin concretar. ¡Qué linda es! ¡Qué ojos!...
LA TIGRA. -(Dulcificándose.) ¿Verdad que sí?
LUIS. -¿Qué edad tiene?
LA TIGRA. -Doce años cumplidos en abril. Tamaña moza. Parece mentira. ¿Quieres que te muestre otros retratos de ella? Tengo una colección en este álbum. Verás. Siéntate aquí, a mi lado. Este primero no vale la pena, porque está muy manchado, pero fijate en esta ricura, es un encanto, ¿verdad? ¡Nos dio un trabajo para retratarla! Tenía once meses y era lo más huraña. Yo tuve que ponerme detrás del fotógrafo enseñándole un espejo. Asimismo, salió con la trompita fruncida haciendo un puchero. (Contemplando embelesada el retrato y luego volviendo la hoja.) Aquí ya era una señorona. Cuatro años. Muy grave. (Otra hoja.) Cuando tenía seis, un carnaval, de Manola: la gracia viva. (Advirtiendo que LUIS se ha quedado pensativo, y ofendida, cierra de un golpe el álbum.) Me había olvidado. Perdóname la lata. (Se alza enojada.) ¡Todos son iguales!
LUIS. -¡No, Tigra, no! Fue la emoción. Me contagió tu ternura, te lo juro. Sentía en ese momento una sensación bien extraña... Ganas de llorar. Continúa, ¿quieres? Cuéntame.
LA TIGRA. -¿Te interesa, de veras? (Reaccionando.) Es cierto, sí sí... He sido grosera. ¡Pero tratándose de ella, me pongo tan celosa!... ¿Quieres que sigamos? (Señalando la cómoda.) Mira: estos dos cajones son de ella. Recuerdos: vestidos, juguetes. Este sonajero es de cuando le salieron los primeros dientes. Y aquí está su última muñeca (mostrándola.) Hermosa, ¿verdad?
LUIS. -¿La última?
LA TIGRA. -Es claro. Ya no juega. Es toda una señorita, que sabe francés e inglés, y sólo se preocupa de sus estudios. Hombre: ahora que recuerdo: Tú eres medio poeta, ¿por qué no me haces unos versos, o un diálogo, o cualquier cosa para que se luzca en los exámenes? Una cosa muy moral, ¿eh? ¡Se pondría tan contenta!...
LUIS. -¿Dónde la tienes?
LA TIGRA. -Con las madres alemanas. Un gran colegio religioso.
LUIS. -¿La ves a menudo?
LA TIGRA. -Todos los domingos.
LUIS. -¿Viene aquí?
LA TIGRA. -¿Estás loco? Nos vemos en casa de esa señora amiga, de quien te he hablado. Una persona muy respetable. Ella la puso en el colegio y es quien me representa. ¿No te fastidias? Bueno, siéntate. (Le alcanza la copa de whisky.) Te contaré la historia. La de ella no, porque no la tiene: la mía. Cuando la chica entraba en edad de comprender, fui a ver a esa señora y le dije: esta criatura no debe saber nada de mi vida. No quiero perderme tampoco de su cariño. Ahí la tiene. Desde entonces, la buena señora la ha tenido bajo su tutela. Yo le aconsejé que la pusiera en ese colegio, y soy, naturalmente, quien costea el pupilaje. A propósito: ahí tienes otra de las cosas que me impidieron abandonar esta vida. Con la costura no sacaría ni para comprarle los libros. (Gesto nervioso de LUIS.) Los primeros tiempos la veía con mucha frecuencia, pero a medida que iba creciendo, mis visitas fueron escaseando. Hoy la veo los domingos.
LUIS. -¿Y en qué carácter?
LA TIGRA. -En el de madre. Para ella soy viuda. Su padre ha muerto.
LUIS. -¿Y ha muerto?
LA TIGRA. -No sé. Puede ser. Vez pasada supe que estaba preso en Montevideo, complicado en un robo. Bueno; para ella soy viuda y desempeño el puesto de ama de llaves en una gran casa, tan atareada que sólo dispongo de una hora semanal para estar con ella.
LUIS. -¿Y por qué no de todo el día?
LA TIGRA. -Porque podría ocurrírsele que la sacara a paseo, que la llevara a los teatros o a cualquier parte, e imagínate, con todas las relaciones que tengo y con lo guaranga que es la gente, las vergüenzas que pasaría la pobrecita. La señora la lleva a Palermo, a la Recoleta, a algún teatro. Es en realidad la madre.
LUIS. -¿En el colegio también se ignora tu situación?
LA TIGRA. -Claro que sí. Si supieran las hermanas quién soy, no la tratarían bien a la pobrecita.
LUIS. -¿Pero no temes en las consecuencias de este sistema?
LA TIGRA. -En cuanto a esto estoy completamente tranquila. Los que saben que tengo una hija, ignoran donde está. Tú mismo, con los antecedentes que te he dado, no darías fácilmente con ella. Después... la gente no es tan mala para hacer un daño así, de gusto.
LUIS. -¡Oh, Tigra! ¡Qué buena eres! Si antes te he querido, ahora te admiro, te adoro. Óyeme. Ven conmigo. Pronto seré mayor y entraré en posesión de mis bienes. Vente. Te necesito como mujer, y te necesito como madre.
LA TIGRA. -¡Oh! ¡Criatura! ¡Criatura!
LUIS. -¡Sí, mi Tigra! Abandona ese medio. Nos iremos a vivir lejos, al campo, a otro país, donde nadie nos conozca, donde nadie te avergüence.
LA TIGRA. - Avergonzarme, ¿de qué?
LUIS. -Donde nadie se avergüence de ti. La llevaremos a ella, a la nena, donde puedas quererla a tus anchas con toda libertad, dándole ese mundo de ternura que llevas ahí dentro.
LA TIGRA. -¡Mi niñito, mi niñito inocente! ¡Mi niñito poeta!
LUIS. -Piensa en ella, piensa también en mí. Educada como está, mañana cuando descubra la verdad, podría hasta... repudiarte.
LA TIGRA. -¡Oh! ¡No, nunca! ¡Cálmate y no te exaltes y razonemos como antes! No insistas en lo que no podrá ser nunca. Soy lo bastante honrada para negarte tan franco servicio y te has metido mucho aquí (el corazón) para que pueda ofrecerte lo que doy al primer desconocido que se me acerca. Déjame con mi vida y con mis costumbres. Mañana no daré más. La suerte dispondrá del resto de mis días, pero estaré tranquila. Ella tendrá ya su carrera y será una institutriz, preparada para la lucha, sabrá hallar su lote de felicidad. Como lo he encontrado yo, como todos lo encuentran.
LUIS. -(Con intensa emoción.) ¿Quieres que te dé un beso?
LA TIGRA. -Sí. Vení. (LUIS se le arroja al cuello, llorando.) ¿Qué? ¿Lloras? (Trasportada, le cubre el rostro de besos.) ¡Mí niño! ¡Mi poeta! (Luego se separa y se oculta para enjugarse las lágrimas. Pausa. Reaccionando.) ¡Vamos, Luis! Es tarde y debo acostarme.
LUIS -¡No, no!
LA TIGRA. -(Obligándolo, maternalmente.) Toma tu sombrero, y mañana hablaremos en el café.
LUIS. -(Como atontado, se encamina a la puerta. Antes de salir se vuelve suplicante.) ¡Esta noche al menos!
LA TIGRA. -No. Está la nena en casa. (LUIS la besa respetuosamente la mano y se va.)
Telón.
Florencio Sánchez

Romances medievales

  LOS ROMANCES Definición Se llama romance, en literatura, a la composición épico-lírica que consiste en una tirada larga de versos o...