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domingo, 5 de junio de 2016
sábado, 9 de febrero de 2013
Análisis de "El hombre pálido"
Análisis
de “El hombre pálido” (Espínola)
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
Introducción
Este cuento pertenece al autor ubicado en la generación del ’20 en el Uruguay. Esta si bien está muy cerca de la generación del ‘900, ya presenta características diferentes en su escritura.
Convengamos que en los primeros años de este siglo XX uno de los mayores horrores que impactó al hombre fue la Primera Guerra Mundial. Su impacto se produjo por dos hechos que hasta el momento no se había dado con tanta fuerza: uno fue la participación de la ciencia en la guerra y el otro la cantidad de civiles que en ella murieron.
Este impacto mundial lleva al hombre a una sensibilidad especial que se traduce en doctrinas filosóficas que marcarán el siglo, tales como el Existencialismo. ¿Para qué existe el hombre si suele destruirse? ¿Qué puede hacer un hombre en tan corta vida?
Todo esto va creando a un hombre angustiado que debe aprender a sobrevivir en las circunstancias que le toca. Si bien el Uruguay no participa de la Guerra, no quiere decir con esto que esté exento de la sensibilidad y las modas, la forma de pensar y de cuestionarse en ese momento.
Si bien el mismo Espínola asegura que no le gusta la literatura gauchesca, no por eso sus personajes se alejan del campo rural. Escribe del hombre de campo, y describe a esos hombres en sus circunstancias, sin dejar de mezclar el lenguaje “universal y elevado” con el habla popular.
Tema
El tema del cuento es el hombre frente a la circunstancia inesperada. No existe tan claramente el bien y el mal, el hombre, sin importar que sea considerado malo, en circunstancias nuevas y diferentes puede comportarse honorablemente, tal como pasa en este cuento.
Nada tiene por qué ser como se supone deba ser. Uno puede cambiar su “esencia” aunque sólo sea circunstancialmente porque los hechos lo llevan a actuar de forma contraria a como se espera actúe.
Asociado a lo dicho anteriormente, basta que hagamos un ejercicio de imaginación, y veremos a miles de personas en situaciones límites, que ni se imaginarían estar allí, siendo habitualmente honorables, pero comportándose con villanía, o viceversa, personas normalmente despreciables actuando honorablemente como es el caso de este cuento.
Título
El título resulta interesante. No parece decir nada, más que hay un personaje que seguramente será principal en el cuento, con un rostro pálido. Sin nombres, sin identidad. Y esto es curioso porque al no tenerla podemos deducir que tampoco tiene vida. Si la vida se asocia al color, y cuando alguien muere, éste se desvanece. Pues un hombre pálido podría sugerir que lleva la muerte adentro metafóricamente. La falta de vida en realidad sugiere la falta de emociones también. Es un hombre que mete miedo y dice muy poco, pero también a él le pasará algo en el cuento que no podrá explicar, pero que lo llevará a cambiar su esencia de “pálido” al contraste final entre el blanco y el negro. En una palabra el bien y el mal. Pero esto sólo será un hecho circunstancial. El hombre no dejará de ser pálido como la muerte.
Estructura
Como todo cuento tradicional se divide en tres partes: marco, nudo y desenlace. En el primero se presentan los personajes. En el segundo se comienza a desarrollar la trama y en el tercero se resuelve. Esta última parte no siempre se percibe claramente, ya que podría dejarse un final abierto o bien para que el lector lo continúe o bien porque el final está muy relacionado con el conflicto. Es por ello que la clave para comprender el desenlace es el conflicto del texto.
En este caso, si miramos la forma en que el mismo autor dividió su texto, vemos que hay dos partes. La primera correspondería al marco, donde no sólo se presentan los personajes, el ambiente, sino también parte del conflicto. En la segunda podríamos encontrar en la intuición de Elvira, cuando se va a dormir, el desarrollo, ya que allí es cuando su percepción de los hechos se hace realidad. Y la última estaría pautada por la aparición del negro.
Conflicto
El protagonista, que es quien lleva el conflicto adentro, es el hombre pálido, sin lugar a dudas. Él es quien al descubrir la belleza de Elvira se da cuenta que hay algo sublime en ella, que no debe ser corrompido, digamos que algo sagrado, demasiado bello para ser traicionado. Y es la presencia de ella la que lo hace cambiar su rumbo, pero no para siempre, sino sólo por esta vez. Él es el que descubre que existe vida en un mundo en el que él creía haberlo visto todo, y por lo tanto todo le era indiferente. Siente “la vida” pero no elige continuar con su muerte, pero respetar esto que sintió y a la mujer que se lo provocó. No porque la ame, sino porque es superior a todo lo que ha visto, porque es sagrado, y porque sería una villanía destruirlo.
El narrador
En este cuento el narrador es omnisciente, es decir que lo sabe todo, sabe lo que siente Elvira, lo que siente el hombre pálido, sabe incluso hasta cuál puede ser el propósito de la lluvia que por momentos juega un papel casi de personaje, lo juzga, y también se pone a su favor cuando está peleando contra el negro.
Sin embargo este narrador utiliza también una técnica interesante que es el punto de vista variable. Cambia permanentemente el punto de vista: a veces narra los hechos desde el exterior, como un ojo alejado de este, y otras veces como si lo hiciera desde los ojos de alguno de los personajes. De esta manera, incluso, se describe al personaje contrario y lo que realmente está pasando. Si sólo se viera la escena como una película, sin que existiera el narrador, sería muy difícil entender qué ocurre realmente en el cuento.
Marco
El cuento comienza con una descripción detallada de la tormenta que está por venir. Obviamente esto es un recurso interesante dado que ésta no es inocente. Anuncia la catástrofe que va a darse dentro del hombre. A su vez lo juzga dado que el texto dice “como si le dieran asco las cosas feas del mundo y quisiera borrarlo todo, deshacerlo todo y llevárselo bien lejos”. Aun así ayuda al personaje a acercarse a la casa con una excusa para robar.
El personaje parece en principio venir huyendo de la tormenta, pero todo lo que parece en un principio termina no siendo así, y es precisamente ese cambio lo que sustenta el conflicto.
El sol no aparece, está “toldado” por las nubes “negruzcas”. Esto anuncia que lo brillante, lo vital y maravilloso, la luz del sol, que representaría lo bueno, está ya tapado por lo negro. Este contraste, esta antítesis entre el blanco y el negro se manejará en el marco y también en el desenlace. Esas nubes aprietan el aire, lo mezquinan, provocan la imposibilidad de respirar pacíficamente. Así el clima pinta desde el principio el clima agobiante, pesado, y el narrador dice “bochornoso” y “cansador”. Porque bochornoso es lo que se propone el hombre pálido, al entrar a una casa y aprovecharse de dos mujeres solas e indefensas. Y cansador, no sólo porque este clima cansa a los hombres, sino porque este hombre en particular vive de esta manera, de traicionar la confianza de quienes lo hospedan.
Por esa razón el clima se transforma en juez de la acción pretendida por este hombre, pero a su vez esta tormenta está personificada: “el agua el agua empezó a caer con rabia, con furia casi”. Como si en ella hubiera un sentimiento que es atribuible a la persona humana. Además, por supuesto, de juzgar a través de la comparación “como si le diera asco las cosas feas de este mundo…”
Aun cuando no esté de acuerdo con lo que este hombre va a hacer, no puede intervenir en la decisión del hombre. Si bien la tormenta es juez, también es cómplice. Observa, pero no puede hacer nada hasta que el mismo hombre reflexione sobre sus circunstancias.
Inmediatamente después que describe la tormenta nos presenta la indefensión de todas las circunstancias que rodean la acción. Empieza por lo más grande para ir a lo más pequeño, y de esta manera también nos va anunciando lo indefensa que están estas mujeres.
“Cada bicho escapó a su cueva”, todos buscan refugio. Esto parece lógico, y ayuda a pensar que un hombre que cae en la casa viene buscando lo mismo, con lo cual las mujeres estarán más propensas a dárselo sin desconfiar.
La primera descripción es la de la hacienda que está animada al decir “daba el anca al viento y buscaba refugio bajo un árbol”. La casa, que no podía protegerse de la tormenta parece buscar que su parte trasera (“el anca” como la del caballo) se protegiera de alguna manera. Esta metáfora no sólo nos anima la casa, sino que nos muestra que no existe protección posible, y no sólo por la tormenta, sino también por lo que se avecina, el hombre.
La siguiente imagen es la de los pajaritos que tratan de ocultarse en sus nidos, pero quedan chorreados de agua. Estos animales indefensos son otra pintura de las mujeres que refugiadas en “sus nidos” o en la misma hacienda” también estarán en peligro, no podrán escapar de la tormenta o de las intenciones del hombre pálido trae, a no ser que él así lo quiera.
Podríamos ver un paralelismo psicocósmico entre la tormenta y el personaje, pero no es tan claro al principio y sí lo será cuando él descubra a Elvira. La tormenta está al principio para acompañar las circunstancias, pero la verdadera tormenta se desatará en el hombre cuando este se encuentre con lo que Elvira le provoca, es allí donde el papel de la tormenta cobra un nuevo impulso y acompañará al personaje, al punto de ayudarlo a matar al negro.
Una vez que ha descrito el ambiente pasa a hablar de los personajes: las mujeres solas y el capataz de estancia que no estaba presente. En una palabra, el hombre que podría darles tranquilidad o defenderlas en caso que fuera necesario. Este dato aparece para marcar la soledad de las mujeres, pero más adelante sabremos que el hombre pálido sabía de esta circunstancia, y pensaba aprovecharse de ella como lo está haciendo de la tormenta. Pero en el principio del cuento esto no se nos revela, con lo cual todo parece inocente, para luego ir mostrándonos la vileza del acto que el protagonista pretendía llevar a cabo.
La grafopeya del hombre (descripción física) se irá haciendo lentamente, por partes y casi siempre a través de los ojos de Elvira. Primero será sin intuición, tal como son los hechos, luego, cada vez que ella vaya observando al hombre pálido, esta descripción estará plagada de percepciones subjetivas, pero curiosamente tendrán más que ver con la realidad que lo que ve Carmen, su madre.
El hombre se presenta también como si fuera un ser indefenso buscando refugio “con el poncho empapado y el sombrero como trapo por el aguacero”, lo que seguramente provocaría en las damas una predisposición a la hospitalidad.
Es el perro el primero que lo ve, y lo manifiesta con su ladrido. Esto es interesante dado que son ellos animales intuitivos, y en un principio mirará con desconfianza al hombre hasta que este se lo gane. La desconfianza del perro ayuda en un principio a confirmar la desconfianza de Elvira que inmediatamente se va para adentro, después de llamar al perro y se coloca bajo la protección de su madre. Pero el perro no mantendrá esa desconfianza por mucho tiempo, bastará con que el hombre le tire un hueso, para que su intuición se esfume, y más adelante veremos la reflexión del hombre que habla de su descreimiento en la humanidad.
Sin embargo la protección que busca Elvira es inútil, porque la madre no ve nada de lo que intuye Elvira. Ella está en la cocina y por la aparición del hombre no deja de hacer lo que está haciendo, revolver la mazamorra. No la inquieta ese hombre, no desconfía. Lo trata como lo haría con cualquier paisano que llegara a su hogar, como es la costumbre en el campo. Si bien ella lo interroga, no saca nada extraño de sus preguntas. Lo hace casi como por hospitalidad: ¿de dónde viene? ¿Adónde va?, nada fuera de lo normal, incluso haciendo un comentario sobre la lluvia y sugiriendo que deje el poncho para que se seque. Estas preguntas inocuas le permiten al hombre pálido responder de forma mecánica. Lo justo y necesario para pedir asilo, que es lo que en realidad le interesa.
Es interesante una nueva grafopeya que se hace del hombre en la acción de entrar a la casa: “Agachándose – la puerta era muy baja”. Esto por un lado habla de un hombre con una altura relativamente imponente que podría provocar cierto miedo y reflejar la mirada de Elvira, sin embargo el narrador se encarga de decirnos enseguida que la puerta es baja, como todas las del campo. Podría también interpretarse que el hombre de la casa no es demasiado alto, o que aunque lo fuera también debía agacharse para entrar. Pero más allá de eso, la imagen del hombre agachándose para entrar provoca una impresión acentuada en la fuerza de lo masculino.
El narrador comienza su juego de miradas, y pasa directamente a los ojos de Elvira que desde un rincón lo observa. Esta imagen de Elvira nos habla de su temor, de su desconfianza, pero ella no tiene claro cuál es la razón por la que desconfía, ni por qué su corazón late más fuerte. No le gusta ese hombre, algo en él no está bien. Y como siempre sucede en lo femenino, se recurre a descripciones periféricas y circulares, hasta llegar a lo que realmente la impresiona. La grafopeya que da es que es un hombre delgado, alto, de cara pálida y con una barba negrísima que hacía más blanca su cara. Una vez más lo que Elvira ve es el contraste entre el blanco y el negro, colores simbólicos si se asocian al bien y al mal, y colores que unidos también representan a la muerte, y es precisamente esto último lo que en principio no la deja tranquila.
Carmen es la que la saca de estos pensamientos y la obliga a socializar con el hombre a través del mate, símbolo de estas latitudes, que representa la posibilidad de intimar o crear un clima de tranquilidad. Esto no es precisamente lo que Elvira quisiera, pero el mandato materno y la cortesía le impiden oponerse, y es a través de este vaivén con el mate, que ella podrá captar la esencia del hombre, o al menos acercarse.
Hasta este momento el perro sigue desconfiando “de tanto mimo”, por lo tanto sigue funcionando su intuición de que este hombre tiene algo “negro” en su interior.
Apronta el mate con cuidado y es la mirada de él la que lo intimida, sin embargo no será hasta el final de su última grafopeya y sus reflexiones, que ella se dé cuenta qué es lo que hay de extraño en este hombre. Como mujer intenta racionalizar, pero no puede anular su intuición. Muchos hombres han ido a su casa antes, qué tiene éste de distinto. Piensa que tal vez sea la tormenta que hace que esta situación parezca más peligrosa. Todo esto son reflexiones racionales de algo que ella sabe que no es racional. Entonces vuelve a repasar las características de este hombre, pálido, barba negra, pero agrega una nueva característica que es la principal: “ojos como chispas”. A través de esta comparación ella comprende que hay algo peligroso en ese hombre, hay fuego. Los ojos son la ventana del alma, por lo tanto Elvira llega a sospechar lo que está pasando dentro del alma del hombre pálido.
Nudo
Naturalmente el narrador cambia el punto de vista para enseñarnos lo que pasa por la cabeza del hombre que es precisamente el conflicto que está viviendo. “El hombre recorría con la vista el cuerpo tentador de la muchacha”. Su mirada es lasciva, no es de amor, sino de deseo. Y es en ese momento que el narrador, mirando como el hombre pálido, describe a Elvira. Esta grafopeya tendrá un orden, desde la cabeza hasta las piernas, e irá siendo desde lo más superficial a lo más sensual. Algunas de estas descripciones serán precisamente las que ve, pero otras serán las que imagina.
“Brillante y negro el pelo, lo abría al medio una raya y caía por los hombros en dos trenzas largas y flexibles”. La imagen es cándida pero también sugiere la flexibilidad de la juventud. Su primera mirada exalta su belleza más inmediata pero no se quedará con esto.
“Tenía unos labios carnosos y chiquitos que parecían apretarse para dar un beso largo y hondo, de esos que aprisionan toda una existencia” es en esta segunda imagen que empezamos a ver cómo el hombre agrega imaginación a lo que ve. Reconoce sus labios “carnosos y chiquitos”, estos adjetivos parecen ser contrapuestos: carnosos como los de una mujer, y chiquitos como los de una niña. Sólo en ella podría encontrarse la contradicción, y es por eso que él imagina el “beso largo y hondo, de esos que aprisionan toda una existencia”, porque Elvira representa la existencia de lo que él ya no creía posible, y quisiera volver a tener, ya que no hay en él vida, como sí la ve en Elvira.
“La carne blanca, blanca como cuajada, tibia como plumón, se aparecía por el escote y la dejaban también ver las mangas cortas del vestido”, una vez más en su descripción hay elementos reales y otros imaginarios como lo es la tibieza de su piel que él llama “carne” de la manera más grosera, pero que se contrapone a su blancura y a su tibieza. Elvira es la mujer niña que insinúa el escote, pero que recuerda que es una niña por las “mangas cortas del vestido”. Esta contradicción es lo que desata la tormenta del hombre pálido.
A partir de este momento, el hombre empezará a sensualizar su mirada, y por lo tanto a imaginar lo que no ve, pero intuye: “el pecho abultadito”, “las caderas ceñidas, firmes”, “las piernas que se adivinan bien formadas bajo la pollera ligera”. Su mirada parece desnudar a Elvira en propósitos que ella ni se imagina. Esta atracción sexual desata en él la contradicción, la tormenta, lo enfrenta a la vida que ya había perdido, dado que ya era incapaz de volver a sentir algo por la existencia humana. Es por ello que ella le produce “unas ansias extrañas” para él, que ya no siente. Ansias de hacerle daño, pero también de protegerla y no permitir que nada corrompa la belleza sublime que le ha permitido volver a sentir algo. Estas ansias contradictorias son las “de caer de rodillas” como quien adora a un ídolo, pero también la de “cazarla del pelo, de hacerla sufrir apretándola fuerte entre los brazos”, es decir, poseerla, violar lo sagrado, hacerlo suyo, para demostrarse que es de carne y hueso y puede tenerse. Pero a su vez aparece ese “acariciarla tocándola apenitas” como si el otro fuera tan frágil que pudiera romperse y mereciera todo el respeto y cuidado.
Elvira despierta en el hombre pálido sensaciones que él ya no cree ser capaz de sentir: adoración, ternura, y hasta la violencia del cariño. Esto lo desconcierta. Es un hombre muerto en vida, y ahora parece renacer con “una mezcla de deseos buenos y malos que viboreaban en el alma como relámpagos en la noche”. Esta comparación nos recuerda otra vez la tormenta del principio, pero ahora dentro del hombre pálido, que siente los estallidos del relámpago en su alma oscura como la noche. La metáfora “viboreaban” nos sugiere lo incontrolable, y la “noche” la oscuridad en la que existe este personaje.
Pero es recién al final de esta grafopeya que podemos entender el final del cuento. “Porque si bien el cuerpo tentaba el deseo del animal, los ojos grandes y negros eran de un mirar tan dulce, tan real, tan tristón, que tenían a raya el apetito, y ponían como alitas de ángel a las malas pasiones”. Su pasión es animal, pero los ojos de Elvira, es decir, su alma no sólo son grandes y negros, es decir, recién están descubriendo la vida, con curiosidad, sino que también son dulces, es decir inocentes, capaces de perdonar, algo que seguramente él olvidó. Pero su mirada también es “real”, no sueña, sabe algo del mundo en que vive, pero al lado de este hombre, sabe poco de la desilusión humana, y esto ya provoca una mirada tristona. Si el hombre mostrara toda su pasión animal destruiría a una mujer que ya es capaz de comprender la bajeza humana, y que no sabe cuán profundo puede ser eso. El hombre sabe que tocar a Elvira, o hacer la traición que tiene pensada sería como transformarla en él, un hombre muerto en vida. No puede permitirse cargar con eso, porque ella le ha devuelto, con su imagen, una vida que él había olvidado que podía existir. Por eso la comparación “como alitas de ángel a las malas pasiones”, una vez más lo bueno y lo malo se confrontan en el alma del hombre pálido.
Sólo al finalizar sus reflexiones, él puede ver a la muchacha profundamente y darse cuenta de que está asustada, por eso el narrador dice “entonces, algo le pasó también a él. Su mano vacilaba ahora al tenerla para recibir o entregar el mate”. Lo que le pasó es la compasión. El mate, que es símbolo de unidad los unió, ya nada es tan claro, el hombre siente la vida y ante eso tiembla, después de acostumbrarse a estar insensible ante ella. Elvira es algo superior para él, algo que debe protegerse, no avasallarse.
Se sientan a comer en silencio, cada cual realizando su tarea, la que corresponde a cada género: las mujeres tienden la mesa, el hombre va a buscar su recado y a desensillar su caballo. Pero en esta escena corresponde destacar un gesto y es cuando el hombre le tira un hueso al perro. Dijimos que el perro es el único, además de Elvira, que intuía algo extraño. Sin embargo cuando le da un hueso, pierde la desconfían”za y se hace íntimo con el hombre. El pensamiento del protagonista es revelador “mesmo qu’ el hombre”, esto nos da a entender que el personaje está descreído de la raza humana que es capaz de apagar su intuición, de sentirse cómodo, de venderse por un hueso o un plato de comida. La mirada de humanidad es la de una gran prostituta que se vende por un precio muy barato, las sobras de la comida.
Todo parece transcurrir naturalmente, por lo menos ante los ojos de Carmen. Sólo Elvira continúa asustada, pasa ligero al cuarto para acostarse, desconfiada. Todo esto bajo el ruido del agua que como cortina sonora ahora sí se acompasa con la tormenta del hombre pálido.
Esta primera parte termina con el detalle del candil mal apagado que queda brillando en la noche. El hombre, en su interior, no apaga la luz que la presencia de Elvira ha encendido.
En la segunda parte del cuento el narrador se focaliza en los ojos de Elvira quien está temerosa, mientras su madre duerme con absoluta tranquilidad, lo que la ahoga más, ya que la única protección posible no percibe el peligro.
Elvira percibe, siente, intuye, intenta saber, pero la visión está anulada por la falta de luz, con lo cual todo se centra en lo auditivo. La visión anulada crea más temor, más indefensión, y por lo tanto mayor deseo de estar alerta, no en vano “el corazón le golpeaba el pecho”, metáfora que habla del miedo, del descontrol interno que siente. “Su vista trataba en vano de atravesar las tinieblas” esta metáfora tan común muestra no sólo la oscuridad que la rodea, sino la incomprensión sobre lo que está pasando, que intuye, pero que no sabe. Por eso se aferra a rezar, pero jamás termina el rezo porque cualquier sonido la exalta. Lo religioso parece no ser una fuente de consolación para lo que ella está intuyendo, que no es otra cosa que una realidad que no puede verificar.
Siente que la puerta de la cocina se abre, pero todo se mezcla con su miedo “bien claro oyó”, pero luego el narrador dice “hasta el pareció sentir que el aire frío entraba por las rendijas”. La información que recibe de sus sentidos se mezcla con un parecer que no es precisamente una certeza. Sin embargo su percepción es correcta como se verá más adelante.
No se anima a despertar a su madre. Necesita oír más, oír algo que confirme su impresión. Y una vez más el narrador, focalizada en ella, utiliza su mismo discurso “no sintió nadita” “no sentía nadita”. Este diminutivo sugiere la ternura y la inocencia del miedo de Elvira que la lleva a imaginar justamente lo que está pasando realmente. De esta manera el narrador pasa de los ojos de Elvira, de su imaginación a una focalización cero, es decir a mirar la acción despojada de la subjetividad de los personajes. “pero en su imaginación veía al hombre de la barba negra clavándole los ojos como chispas; veía el poncho negro, colgado del clavo, movido por el viento como anunciando ruina... y como para convencerla de que era verdad que la puerta había sido abierta, seguía sintiendo el aire frío y percibía más claramente el ruido de la lluvia”. Una vez más el detalle de los ojos como chispas, del viento “como anunciando ruina” y la lluvia como telón de fondo, anticipan el final.
Desenlace
El hombre se había ido a la enramada, y el narrador dice “dejándose pintar de rosado por los relámpagos”. La tormenta ahora le da un color a este hombre. No sale de la casa como entró. Entró como un muerto, ahora parece vivo, por eso “dejándose pintar” como si fuera algo que el mismo hombre pudiera dominar. Evidentemente está hablando de la tormenta que no sólo está fuera, sino dentro de él.
Otro aspecto importante de esta lluvia es que lo obliga a caminar con la cabeza gacha, como si el hombre tuviera que humillarse ante la tormenta. Ya no es aquel hombre resoluto que entró a traicionar la hospitalidad de las mujeres. Ahora algo le ha hecho bajar la cabeza, volverse humilde.
Es aquí que descubrimos al antagonista, al personaje que se estaba esperando para robar junto con él. Este hombre es el contrario al hombre pálido, ya que es negro. Una vez más los contraste de colores, blanco/negro, sugieren el bien y el mal, pero sólo por estas circunstancias.
Con la presencia del negro se descubre que el robo estaba arreglado, así como el aprovecharse que las mujeres estuvieran solas para cometer el atraco. Sin embargo, ya nos había dejado claro Carmen, al principio del texto, que en esa casa no había comodidad, por lo tanto seguramente tampoco habría plata. Esto hace que la acción preparada por estos hombres sea más vil. El negro está convencido que debe haber plata por algún lado y está dispuesto a continuar con el plan que se habían propuesto. Pero lo interesante está en la oposición que el hombre pálido hace frente a este empecinamiento. No le da explicaciones a su compinche, simplemente le dice que no va, y que él tampoco, porque no quiere. ¿Qué puede entender el negro que es igual al hombre pálido, alguien muerto en vida, de lo que acaba de vivir el protagonista? De nada sirven las explicaciones, así que está dispuesto a llevar su “no” hasta las últimas consecuencias.
Queda claro que el hombre pálido no piensa cambiar de vida por haber conocido a Elvira, sólo pretende que este plan hoy no se lleve a cabo: “Como siempre, te acompaño cuando quieras; pero esta noche, no. Y aquí, menos.”
Es el negro el que nos revela que el protagonista no es precisamente una buena persona, ha matado, y lo ha hecho muchas veces, seguramente sin compasión, taciturno, tal como se muestra: “¡Hum! Si te salieran en luces malas los que has matao, te ciegaría la iluminación, y ahora te ha entrao por hacerte el angelito”, y es el mismo protagonista quien le aclara que no es una cuestión de bondad. Nada podría entender el negro ya que no vivió lo que sintió el hombre pálido.
La pelea pasa de la palabra a la acción y es en ese momento que vemos por el diálogo del negro que imagina lo peor, es decir que él ya las debe haber robado y pretende quedarse con la plata. La mentalidad del negro es la del maleante inescrupuloso, igual que la del hombre pálido, pero que en este instante está representando escrúpulos que no ha tenido antes. Esto es el hombre que cambia de condición frente a una circunstancia diferente. Tanto lo hace como para enfrentarse a su compinche y matarlo, sin el menor remordimiento.
La lucha se plantea en los términos más básicos del duelo criollo. Dos hombres, frente a frente, con una daga, demostrando su virilidad, valentía, y honor (aún en situaciones tan poco honorables). Recogen el poncho como escudo y se miden frente a frente, sin que nadie intervenga. Aunque este caso quien elige intervenir es la lluvia. El hombre pálido decide valerse de ella pero no al punto de quitarle la honorabilidad. Se pone de espaldas a la lluvia para poder ver mejor a su contrincante, pero el negro, captando la jugada da un salto y allí la lluvia hace lo suyo, provoca que este se resbale. El hombre pálido podría haber aprovechado esta circunstancias, pero no lo hace, porque eso no es de hombres, porque hay códigos, y no se aprovecha de quien está caído, porque es cobardía, así que espera a que el otro se levante y se enderece. Entonces, recién allí, lo abre en dos. El narrador dice “le abrió el vientre y se le hundió en el tórax” mostrando la fuerza y la valentía del hombre pálido.
“La muerte le tapó la boca”, una personificación de la muerte que provoca una sentencia poética de la muerte de alguien que no se lo merece, pero que la acción sí. Limpia la daga en las ropas del difunto, costumbre del duelo criollo, pero se va sin prisa, “al trotecito”. Nada valía la vida de ese hombre, como tampoco la vale la del hombre pálido, aunque esta acción lo haya dignificado. Pero la indiferencia frente a la muerte de su compañero de fechorías, y la lluvia que sigue cayendo “gruesa, helada” nos da a entender que nada ha cambiado en él.
Ha conocido algo extraño, inexplicable, inescrutable que lo atrajo, que le provocó un cambio momentáneo, que siente que debe respetar y defender, pero nada dentro de él como asesino, ladrón, traicionero cambia. Sigue “helado” como la lluvia, como su vida. De alguna forma elige no corromper esa inocencia que conoció, y se aleja, tampoco elige quedarse a vivir en ella.

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional.
El hombre pálido (Texto)
EL HOMBRE PÁLIDO (Texto)
Todo el día estuvo toldado el sol, y las nubes, negruzcas, inmóviles
en el cielo, parecían apretar el aire, haciéndolo pesado,
bochornoso, cansador.
A eso del atardecer, entre relámpagos y truenos, aquéllas aflojaron
y el agua empezó a caer con rabia, con furia casi; como si le dieran
asco las cosas feas del mundo y quisiera borrarlo todo, deshacerlo
todo y llevárselo bien lejos.
Cada bicho escapó a su cueva. La hacienda, no teniendo ni eso, daba
el anca al viento y buscaba refugio debajo de algún árbol, en cuyas
ramas chorreaban los pajaritos, metidos a medias en sus nidos de paja
y de pluma.
En el rancho de Tiburcio estaban solas Carmen, su mujer y Elvira, su
hija.
El capataz de tropa de don Clemente Farías, había marchado para
“adentro” hacía una semana.
En la cocina negra de humo se hallaban, cuando oyeron ladrar el perro
hacia el lado del camino. Se asomó la muchacha y vio a un hombre
desmontar en la enramada con el poncho empapado y el sombrero como
trapo por el aguacero.
-¡León! ¡León! ¡Fuera! Entre para acá- gritó Elvira.
-¿Quién es?- preguntó la vieja sin dejar de revolver la olla de
mazamorra.
-No lo conozco.
La joven volvió al lado de su madre y quedó expectante.
-Buenas tardes.
Agachándose –la puerta era muy baja-, el hombre entró.
-Buenas. Siéntese. ¿Lo ha derrotado l`agua? Sáquese el poncho y
arrimeló al fogón.
-Sí, es mejor. Aquí, no más.
El hombre colgó su poncho negro en un gran clavo cerca del fuego y
sacudió el sombrero. Después se sentó en un banco.
-¿Viene de lejos? -curioseó la madre.
-De Belastiquí.
-¿Y va?
-Pa l’estancia’e Molina, en el Arroyo Grande. Pensaba llegar hoy
a San José, pero me apuré mucho por el agua y traigo cansadazo el
caballo. Así que si me deja pasar la noche...
-Comodidá no tenemos ... puede traer su recao y dormir aquí, en
todo caso.
-¡Como no!... Estoy acostumbrao.
La muchacha, ahora acurrucada en un rincón, lo miraba de reojo. Y
cuando oyó que iba a quedarse, sintió clarito en el pecho los
golpes del corazón.
Es que cada vez más le parecía que aquel hombre delgado y alto, de
cara pálida en la que se enredaba una negrísima barba que la hacía
más blanca, no tenía aspecto para tranquilizar a nadie...
La vieja le interrumpió sus pensamientos diciendo:
-A ver, aprontá un mate.
Y siguió revolviendo la mazamorra, mientras daba conversación al
forastero, que acariciaba el perro y retiraba la mano cuando éste
rezongaba desconfiado de tanto mimo.
Elvira tiró la yerba vieja, puso nueva, le hizo absorber primero un
poco de agua tibia para que se hinchara sin quemarse. En seguida,
ofreció el mate al desconocido. Este la miró a los ojos y ella los
bajó, trémula de susto. No sabía porqué. Muchas veces habían
llegado así, de pronto, gente de otros pagos que dormían allí y al
otro día se iban. Pero esa nochecita, con los ruidos de los truenos
y la lluvia, con la soledad, con muchas cosas, tenía un tremendo
miedo a aquel hombre de barba negra y cara pálida y ojos como
chispas.
Se dio cuenta de que él la observaba. Los ojos encapotados,
sorbiendo lentamente el mate, el hombre recorría con la vista el
cuerpo tentador de la muchacha...
¡Oh, sí!, había que cansar muchos caballos para encontrar otra tan
linda.
Brillante y negro el pelo, lo abría al medio una raya y caía por
los hombros en dos trenzas largas y flexibles. Tenía unos labios
carnosos y chiquitos que parecían apretarse para dar un beso largo y
hondo, de esos que aprisionan toda una existencia. La carne blanca,
blanca como cuajada, tibia como plumón, se aparecía por el escote y
la dejaban también ver las mangas cortas del vestido. El pecho
abultadito, lindo pecho de torcaza; las caderas ceñidas, firmes; las
piernas que se adivinaban bien formadas bajo la pollera ligera; toda
ella producía unas ansias extraña en quien la miraba, entreveradas
ansias de caer de rodillas, de cazarla del pelo, de hacerla sufrir
apretándola fuerte entre los brazos, de acariciarla tocándola
apenitas... ¡yo qué sé!, una mezcla de deseos buenos y malos que
viboreaban en el alma como relámpagos entre la noche. Porque si bien
el cuerpo tentaba el deseo del animal, los ojos grandes y negros eran
de un mirar tan dulce, tan leal, tan tristón, que tenían a raya el
apetito, y ponían como alitas de ángel a las malas pasiones...
Embebecido cada vez más en la contemplación, el hombre sólo al
rato advirtió que la muchacha estaba asustada. Entonces, algo le
pasó también a él. Su mano vacilaba ahora al tenerla para recibir
o entregar el mate.
Elvira iba entre tanto poniendo la mesa. Luego, los tres se sentaron
silenciosos a comer. Concluída la cena, mientras las mujeres
fregaban, el hombre fue bajo la lluvia hasta la enramada, desensilló,
llevó el recado a la cocina y se sentó a esperar que hicieran la
lidia jugando con el perro, con León que, por una presa tirada al
cenar, había perdido la desconfianza y estaba íntimo con el
desconocido.
-¡Mesmo qu`el hombre!- pensó éste.
Y siguió mirando el fuego y, de reojo, a Elvira.
Cuando terminaron la tarea, la madre desapareció para tornar con
unas cobijas.
-Su poncho no se ha secao. Hasta mañana, si Dios quiere.
-Se agradece.
-¡Buenas noches!- deseó la muchacha cruzando ligero a su lado con
la cabeza baja.
-Buenas.
Las dos mujeres abrieron la puerta que comunicaba con el otro cuarto,
pasaron y la volvieron a cerrar. Al rato, se oyó el rumor de las
camas al recibir los cuerpos, se apagó la luz...Todo fue
envolviéndose en el ruido del agua que caía sin cesar.
El hombre tendió las cacharpas, se arrebujó en las mantas con el
perro y sopló el candil.
El fogón, mal apagado, quedó brillando.
II
Un rato después se empezó a oír la respiración ruidosa y regular
de la vieja. Pero en la cama de Elvira no había caído el descanso.
Ahora que su madre dormía, el miedo la ahogaba más fuerte. El
corazón le golpeaba el pecho como alertándola para que algún
peligro no la agarrara en el sueño, y su vista trataba en vano de
atravesar las tinieblas... De cuando en cuando rezaba un Ave María
que casi nunca terminaba, porque lo paraba en seco cualquier rumor,
que la hacía sentar de un salto en la cama.
A eso de la media noche, bien claro oyó que la puerta de la cocina
que daba al patio había sido abierta, y hasta le pareció sentir que
el aire frío entraba por las rendijas. Tuvo intención de despertar
a su madre, pero no se animó a moverse. Sentada, con los ojos
saltados y la boca abierta para juntar el aire que le faltaba,
escuchó. No sintió nadita. Y aquel silencio, después de aquel
ruido, la asustaba más aún. No sentía nadita, pero en su
imaginación veía al hombre de la barba negra clavándole los ojos
como chispas; veía el poncho negro, colgado del clavo, movido por el
viento como anunciando ruina... y como para convencerla de que era
verdad que la puerta había sido abierta, seguía sintiendo el aire
frío y percibía más claramente el ruido de la lluvia...
En efecto: el hombre, que se echó no más, sobre el recado, se había
levantado, lo llevó otra vez a la enramada y, después de ensillar,
había salido a pie hasta la manguera que estaba como a una cuadra
dejándose pintar de rosado por los relámpagos. El agua le daba en
la frente. Por eso avanzaba con la cabeza gacha.
Otro hombre le salió al encuentro, el poncho y el sombrero hecho
sopa.
Era un negro.
-¿Están las mujeres solas?- preguntó ansioso.
Sombrío el otro respondió: -Sí
-La plata tiene qu`estar en algún lao. Empecemos.
-No. No empezamos.
-¿Qué hay?
-Hay que yo no quiero.
-¿Qué no querés?
- Sí,
que no quiero.
-¿Pero
estás loco?
-Peor
pa mí si m`enloquecí. Pero ya te dije. Vamonós p`atrás.
-¿El
qué?
-No
hay qué que te valga. Como siempre, te acompaño cuando quieras;
pero esta noche, no. Y aquí, menos.
-¡Hum!
Si te salieran en luces malas los que has matao, te ciegaría la
iluminación, y ahora te ha entrao por hacerte el angelito.
-Nadie
habla aquí de bondá. Digo que no se me antoja y se acabó.
-Peor
pa vos. Iré yo solo. ¡Que tanto amolar por dos mujeres!
-Es
que vos tampoco vas a ir.
-¿Desde
cuando es mi tutor el que habla?
-Desde
que tengo la tutora- bramó el interpelado tanteándose la daga.
-¡Ah!
¿Querés peliar? ¡Me lo hubieras dicho antes! Seguramente ya
habrás hecho la cosa y quedrás la plata pa vos solo. Pero no te
veo uñas, mi querido. Venite no más - y desenvainó su cuchillo.
-¡Callate,
negro de los diablos!- rugió el otro yéndosele arriba.
A la luz de los relámpagos, entre los charcos, los dos hombres se
tiraban a partir. El de la barba negra, medio recogido el poncho con
la mano izquierda, fue haciendo un círculo para ponerse de espaldas
a la lluvia. Comprendiendo el juego, el negro dio un salto. Pero se
resbaló y se fue del lomo. El otro esperó a que se enderezara y lo
atropelló. La daga, entrando de abajo a arriba, le abrió el vientre
y se le hundió en el tórax.
-¡Jesús, mama!- exclamó el negro.
Fue lo único que dijo. La muerte le tapó la boca.
El otro, en las mismas ropas del difunto limpió su daga. Después
enderezó chorreando agua, montó y salió como sin prisa, al
trotecito.
-¡Pucha que había sido cargoso el negro!- murmuraba- ¡Le decía
que no, y él que sí, y yo que no, y dale! ¡Estaba emperrao!...
La lluvia, gruesa, helada, seguía cayendo.
Francisco Espínola
viernes, 11 de febrero de 2011
Atmósfera del siglo XX
Atmósfera espiritual del siglo XX
Resumen extraído del texto "Literatura del Siglo XX" de Albistur. Ed. Banda Oriental. 1986
En el siglo XX hay una nueva angustia del hombre nuevo. Los parámetros de esa angustia son los siguientes: Dios ha muerto; la razón está por todas partes cuestionada, y nadie cree en ella con demasiada fe; el universo y la historia se han vuelto ininteligibles; el hombre se mueve en una “vacía libertad de morir” o bien, como dice Sastre, es “una pasión inútil”; se han revelado todos nuestros monstruos, de modo que la sexualidad asoma detrás de cada cosa que parece pura, incluyendo el arte; el afán de justicia suele disimular el resentimiento y el deseo de venganza; hay formas de “sabiduría” que son infelices disfraces de la cobardía; la creación se manifiesta a menudo como una forma de agresividad y la cultura, como la moral, son en buena medida mistificaciones. En medio de este panorama, dice Picón, la curiosidad por el pasado es la única pasión que nos queda. Ella traduce un deseo de éxodo colectivo. Todos nosotros somos candidatos perpetuos a la emigración a través del tiempo.
Tal vez todo sería mejor si el hombre de hoy fuese solamente angustia. Pero él es además orgullo, y un orgullo tan fuerte que hasta puede llegar a gloriarse de su propia angustia, ya que la desgracia de algún modo presagia al fin a las almas. El orgullo está justificado y es explicable, pues jamás el conocimiento había puesto al servicio de la humanidad la energía de la creación, y la posibilidad de destrucción de hoy es una evidencia. Porque todo esto ya no es más “una magia clandestina”, como pudo serlo en otros tiempos, sino un desafío y un riesgo con el cual todos hemos tenido que aprender a convivir.
Cómo ha podido llegarse a este estado de cosa es algo muy difícil de precisar. La cronología ha mostrado una estremecedora serie de acontecimientos que han actuado como un revulsivo para la humanidad, entre los cuales dos guerras planetarias. Pero esto es apenas lo contingente, la consecuencia o resultado de una crisis espiritual que se gestó lentamente y a partir de muchos factores.
El arte suele ser el barómetro más sensible de las grandes transformaciones subterráneas. Nunca la ciencia ha sido – como hoy – hermana de la imaginación y hasta de la poesía. A partir de Einstein, la ciencia es una verdadera aventura del pensamiento, una forma de inventar el mundo, un “genio extraordinario donde la invención coincide con el pensamiento”.
La nueva empresa del espíritu – ya no de la inteligencia – ha arrojado como resultado, una concepción del universo con arreglo a estos postulados esenciales: curvatura del espacio; mundo ni finito ni infinito – “infinito aunque limitado -, de modo que un viajero que se desplazara en línea recta terminaría regresando al punto de partida; tiempo que es una dimensión nueva de la extensión, ya que tiempo y espacio no son categoría independientes la una de la otra; identidad de la energía y la materia y geometrías para espacios que no tienen nada que ver con nuestra percepción.
A todo esto debe agregarse la noción de “relatividad”, según el cual el investigador está implicado en su propia búsqueda, y cada perspectiva de la observación conlleva una modificación del objeto mismo observado. Porque ninguna cosa, en el fondo, tuvo consecuencias filosóficas más profundas que este hallazgo. Para el viejo relativismo, explica Ortega y Gasset, la realidad es absoluta y nuestro conocimiento de ella, relativo. La “relatividad” es una carencia, una miseria del espíritu humano, una insuficiencia de su capacidad de conocer, una confirmación y un argumento para la desesperación faústica. Pero Einstein hizo pedazos a esta antigua y resignada concepción. Para él, la realidad es en sí misma relativa – según la perspectiva de la observación que se haya asumido – en tanto nuestro conocimiento de ella es absoluto: desde el ángulo de estudio elegido, nada le es privado al hombre. Y resta todavía añadir la advertencia de Ortega: “el individuo para conquistar el máximun posible de verdad no deberá suplantar su espontáneo punto de vista por otro ejemplar y normativo. El punto de vista de la eternidad es ciego, no ve nada, no existe. En vez de esto, procurará ser fiel al imperio unipersonal que representa su individualidad.
La consecuencia más inmediata de la nueva imagen de las cosas es el “reflujo general de ideas de objetividad”. Desde Einstein en adelante, ha hecho crisis el concepto de “realidad”. No deberá llamar la atención que la novela y el teatro huyan del “realismo”, y que Cortázar sea uno de los innumerables escritores que denuncian al “realismo demasiado ingenuo”, ése que traza “geometrías bien cartografiadas”, y proclame una “realidad” secreta, distinta de la que se ve. Tampoco deberá ser motivo de asombro que la pintura se empeñe tenazmente en crearse sus propios objetos, como si no valiese la pena representar a los que están en la “realidad”. Es que el hombre de hoy ya no puede tener una idea clara de lo que ella es desde que la realidad constituye algo diferente según las perspectivas de la observación. El arte, pues, estará por todas partes sacudido por consecuencias de una nueva concepción del mundo físico.
Todo esto sin contar que Einstein guardaba todavía alguna fe en la concordancia entre el espíritu y la estructura de las cosas. Bohrs, por ejemplo, terminó con todos los “a-priori” tan secularmente gratos a la filosofía, y decidió someterse a la fatalidad de lo real, “siempre otro que aquel que el pensamiento espera”.
La angustia del hombre contemporáneo también se manifiesta largamente en el mundo moral. Nietzsche, que murió exactamente a las puertas del Siglo XX, planteó la concepción del Superhombre – o mejor, el Sobrehumano – lo cual implicaba el afán de terminar con el hombre tal como habitualmente se usa. Para Nietzsche, el conocimiento importa poco y la vida era lo esencial. Enseñaba a vivir para la vida – no para un ideal, o una fe, o un sacrificio. El profeta Zarathustra hacía pedazos a las tablas de la antigua Ley – donde rezaban los valores del cristianismo, el racionalismo, la ética y hasta el socialismo, y se atrevía a una verdadera subversión; nada de amor, ni de humildad, ni de justicia; el vitalismo es el único valor del nuevo credo. Importa poco que haya vivido sus últimos años sumido en la total demencia. Su semilla había quedado bien sembrada, y fructificó en nuestros afanes de liberación, en nuestro odio a prohibiciones y tabúes, en nuestro inconfesado anhelo de poder y nuestra religión de los placeres.
En el campo de las ciencias sociales, el cambio partió de Carlos Marx, otro hombre del Siglo. Vivió la obsesión de la lucha de clases. No fue el primero en hablar de ella, pero sí quien confió en que desemboca en la dictadura del proletariado, es decir, un período de transición política que convierte a los oprimidos en provisionales opresores, hasta llegar a una sociedad sin clases sociales o sociedad comunista. Todo el mundo sabe que Marx planteó su teoría con la fuerza de un nuevo Evangelio, y soñó un mesianismo, acaso por aquello de que ningún revolucionario puede evitar convertirse en un prometedor de paraísos. Marx nos ha dejado siquiera el ánimo advertido, acaso para que la angustia resulte mayor todavía. Porque a partir de él, detrás del culto de las individualidades, y de la prédica usual de libertad y justicia, hemos aprendido a sospechar el camuflaje de los intereses capitalistas.
Con otro hombre genial hemos aprendido que los seres más comunes esconden un misterio cuyas claves deben ser rastreadas desde la infancia. Fue Sigmundo Freud, quien exploró el inconsciente, un analista no sólo de fenómenos patológicos, sino del sueño y de innumerables actos de la vida cotidiana. Y en nuestra angustia, en nuestra lucha donde siempre procuramos ver con claridad, ¿quién dejaría de reconocer lo que él llamaba conflicto entre los “instintos del Eros” y los “instintos de muerte”? Amor y destrucción explican la contradicción contemporánea desde la perspectiva de la soledad de cada hombre. Freud aparece por lo menos como el hombre que legitimó al sexo en todas sus manifestaciones, el que reveló que aquello considerado único, aberrante e inconfesable es una experiencia de todos los hombres: algo “natural” en la mera condición humana, y ante lo cual no cabe el espanto y ni siquiera una condenación demasiado vehemente.
Con el auge del existencialismo la hora de la libertad es todas y cada una de las horas. Porque el hombre no tiene ninguna esencia es solamente existencia. A cada paso tiene que elegirse, tiene que optar solamente su existencia. A cada paso tiene que elegirse, tienen que optar, poniendo en obra su facultad de ser libre, con toda la angustia que conlleva la necesidad de elegir, porque siempre será más fácil que otros elijan por nosotros. Pero el existencialismo sabe que no hay decisiones ajenas: el hombre es sus circunstancias; vale decir, algo incesantemente distinto e imprevisible. Seamos o no conscientes, algo de todo esto está en juego cada vez que se oye el consabido y adorable afán de “realizarse así mismo”. Por este camino el hombre actual alimenta a la vez su angustia y su orgullo.
La vida social en general está signada por la masificación a que han conducido el extraordinario desarrollo de las ciudades y de los medios de comunicación. Sábato se atrevió replantear la situación que Ortega y Gasset llama “la deshumanización del arte”. ¿Quién está deshumanizado? A Ortega le pareció indudable que había una sola respuesta: el artista. No tuvo en cuenta que la desinteligencia entre el creador y el público bien puede ser, precisamente, responsabilidad a este último. A juicio de Sábato el gran sofista está en creer que el público es “la humanidad”.
El siglo actual ha dado a luz a un “hombre-cosa” pues estamos en la civilización basada en la razón y la máquina: esta sociedad enferma al borde del colapso. La historia reciente, piensa Sábato, con sus dos guerras mundiales, ha terminado por revelarnos con crudeza la clase de monstruo que habíamos engendrado y criado orgullosamente.
En el consiguiente naufragio de lo individual, campea el hombre gris y uniforme. Hasta los deseo aparecen hoy colectivizados; los instintos estallan puntualmente en los grandes estadios y el hombre, agobiado por la propaganda, apenas si sabe soñar fuera de un “pan onirísmo” que le ha sido impuesto.
Este pobre ser que destruye a sí mismo terminará por desear que estalle una guerra, si con ella pueda escapar de la asfixia y la rutina. “Guiado por teléfonos y radios, el hombre-cosa avanzará hacia posiciones marcadas con letras y números. Y cuando muere por obra de una bala anónima es enterrado en un cementerio geométrico. Uno de entre todos es llevado a una tumba simbólica que recibe el significativo nombre de Tumba del Soldado Desconocido. Que es como decir: “Tumba del hombre-cosa”.
El descarnado análisis de Sábato, la deshumanización ha alcanzado pues al público. En esta sociedad al borde de su crisis definitiva, son en cambio los artistas – cumbres de la sensibilidad que se empinan sobre la medianía – quienes anuncian los nuevos tiempos. El arte actual sería así la inhumación de un mundo, y no resulta extraño que la relación entre el artista y el público gire en torno a una permanente desinteligencia.
La desinteligencia aumenta al considerar hasta qué punto resulta dudoso que: “Toda sociedad tiende a considerar, en el arte, su función social” (Cassou). El hombre-cosa mira con extrañeza, y a veces indiferencia, al rebelde y el incomprendido. Marcel descubría una suerte de masoquismo social: el hombre goza al ver escarnecidos en la literatura los mismos principios sobre los cuales ha fundado su vida.
Hoy nadie habla de “el arte popular”. Aunque el artista deba enfrentarse al hombre-cosa para redimirlo y redimirse con él, sigue siendo un espejismo la fórmula maravillosa para quien el arte debe liberarse de su momento histórico.
Por el contrario, su único compromiso irrenunciable es pertenecer a su época y estrellarse con ella.
miércoles, 19 de enero de 2011
Espínola - Rodríguez (Análisis)
ANÁLISIS DE "RODRÍGUEZ"
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
Título
El título del cuento es epónimo, porque refiere al nombre de uno de los personajes, el protagonista. Es el protagonista porque lleva la acción, si bien no hace mucho, más que seguir su camino, su no accionar mueve la acción del cuento a través de reacción del otro por movilizarlo, de esta manera, la acción general va creciendo.
Es interesante captar que el apellido Rodríguez es un apellido común, que tiene el sentido de emparentar al Hombre con este personaje. No es un apellido que realmente sirva para destacarlo de los demás, sino para generalizarlo. Esto no es común, ya que el nombre de las cosas y las personas (lo mismo se puede decir de los apellidos) sirve para darle identidad a las cosas. Si no las nombramos, éstas no existen como individualidades. En este caso se nombra, pero mostrando la generalidad y de esta manera quitando la identidad del personaje. Esto también tiene relación con la actitud del personaje en todo el cuento. De Rodríguez se sabe poco y nada, lo único que se puede decir es que es inamovible de su objetivo.
Estructura
La estructura de este cuento podría verse de esta forma:
1. Introducción: Presentación de personajes; del entorno espacial y temporal; y del conflicto que incluye los ofrecimientos del personaje fantástico.
2. Desarrollo: Las pruebas del hombre de poncho rojo.
3. Desenlace: La frustración del hombre de poncho rojo y el abandono.
Narrador
El narrador cuenta en tercera persona, con lo cual se puede deducir que no forma parte de la acción, sino que está contando los sucesos que otros vivieron. Este narrador es omnisciente ya que conoce lo que piensa Rodríguez, así como lo que piensa el otro personaje. Sin embargo, este narrador asume un punto de vista variable. El punto de vista es el lugar desde el que cuenta el narrador, y estos puntos de vista coinciden con la estructura del cuento. En la primera parte asume el punto de vista de Rodríguez, en la segunda del personaje fantástico, y en la tercera intercambia entre uno y otro.
El narrador de este cuento no juzga la acción, deja que esta transcurra y que el lector sea quien enjuicie. Si el juicio aparece en su narrativa, habitualmente es a través de los ojos de algún personaje.
La narrativa de Espínola, encuadrada en un mundo convulsionado, plantea personajes que son prototipos sin realmente serlo. Los gauchos que presenta en sus obras, ya no son típicamente regionales, sino universales. Y los conflictos que lo aquejan no corresponden a su condición de gauchos, sino a su condición de Hombres. Por lo tanto su narrativa invita a un cuestionamiento del lector. Rodríguez es un hombre cansado de la vida, sin expectativas, sin pasado y sin futuro, por lo menos no lo presenta en el texto. Un hombre vacío e indiferente ante el mundo. Esta lectura del personaje como un hombre en el medio de un viaje nocturno, del que no se presenta nada, y al que no le interesa nada, puede relacionarse con el hombre “muerto” en vida de principio de siglo. Aquel que ha perdido las ganas de pelear por la vida a causa de su desepción y la angustia que sobrevuela este principio de siglo.
También podemos ver a Rodríguez, como aquel hombre que ya no cree en la política, ni en soluciones, ya que el personaje fantástico podría relacionárselo con un político en el contexto uruguayo, ya que lleva un poncho “más que colorado”, pero esto lo explicaremos más adelante.
Tema
La temática del cuento se comprende a través del conflicto. Y el conflicto se entiende en la medida que somos capaces de determinar qué simboliza cada uno de los personajes involucrados en la historia.
Hay autores que ven en "Rodríguez", una alegoría entre el bien y el mal, y cómo el mal intenta sacar del camino al bien, y cómo el bien siempre gana. Si así fuera, entonces Rodríguez representa el bien, y el otro representaría al diablo que intenta seducirlo para ganar su alma. El encuentro con el diablo ha sido un topos en la literatura gauchesca y fantástica. Por lo tanto el cuento se transformaría en una alegoría. Seguir el camino recto es lo que se debe hacer, y no dejarse tentar por el diablo que siempre está escondido para hacernos detener.
Sin embargo, tomando en cuenta la actitud inconmovible de Rodríguez, incluso frente a la magia, podemos deducir que el personaje no tiene ningún interés por estar vivo, y que nada absolutamente lo conmueve. Cualquier ser humano normal le asombraría las pruebas sobrenaturales que hace el personaje de colorado, sin embargo Rodríguez no se inmuta. No hay en él una pizca de curiosidad. Por otra parte, no tiene ambición, ni buena ni mala, frente a las cosas que se le ofrecen, con lo cual no tiene interés de progresar. No se sabe hacia dónde va Rodríguez, ni de donde viene, ni por qué viaja de noche, con lo cual no podríamos, simplemente, pensar en Rodríguez como el Bien, y de esta manera, el tema se complica, mostrándonos que ya no existe una sola verdad para leer un cuento. Recordemos que estamos bajo la era del Relativismo, así que la verdad absoluta empieza a cuestionarse. También en este caso, la lectura del cuento se puede complejizar.
Si es así, el hombre de poncho colorado tampoco sería el Mal, sino una fuerza que intenta tentar a Rodríguez con cosas que comúnmente serían las más deseables. Este personaje necesita, para lograr su propósito, alguien que quiera a la vida, sino es imposible tentarlo, sin embargo se encuentra con Rodríguez que no tiene metas, ni interés en estar vivo, es por ello que este personaje fracasa.
Así lo que parece malo y bueno resulta discutible, y es necesario mirar el cuento desde otro punto de vista, tal vez como la lucha entre la tentación y la indiferencia, que resulta una muerte en vida. Por lo tanto, este personaje fantástico podría verse como un mago, que intenta asombrar y seducir, y a Rodríguez como un hombre descreído e indiferente.
Una tercera lectura del tema se asoma en el cuento cuando el narrador habla del poncho “más que colorado”. Decir “colorado” y no rojo, en este país tiene algunas connotaciones. El partido Colorado, gran enemigo del autor, podría estar simbolizando a este personaje fantástico. No olvidemos que esta patria se hizo a partir de la lucha de hombres con ponchos y divisas blancas y coloradas. Así este hombre podría ser un político que intenta ganar el voto de Rodríguez, tal como era habitual en la época. Hay una crítica así a los partidos políticos que son capaces de ofrecer cualquier cosa por el apoyo electoral, y hacer cualquier acto de “magia” para conseguirlo. Rodríguez, sería de esta manera, un hombre que ya está mas allá de estas manipulaciones políticas. Es un hombre de campo, que poco le importa como se muevan “allá”, en el lugar que está muy lejos de su realidad. Ya no cree en nada, ni en nadie, y mucho menos en alguien que tutea o habla con voz melosa.
En realidad, estas tres lecturas que parecen contradecirse, no lo son tanto. Las tres pueden coexistir. Las tres pueden articularse perfectamente, porque parten del mismo texto. Así el lector elegirá cuál quiere para llevar a cabo su lectura. Dependiendo de la que se elija, algunos símbolos del cuento podrían variar en su interpretación.
Primera parte: Entorno, presentación de personajes, las ofertas
Se nos presenta el momento del día en que se va a desarrollar la acción: la noche, teniendo en cuenta todas las connotaciones que a la noche se refiere. Es el momento del día en que suceden las cosas inexplicables o irracionales para el hombre. Pero esta noche es particular, ya que la luna inmensamente blanca, da a la misma la apariencia de ser de día. Este contraste entre la luz y la sombra, nos plantea, ya, una circunstancia no habitual que anuncia una situación anormal. En la noche suceden las cosas oscuras y misteriosas del hombre, pero la presencia de la luna, y su luminosidad, nos presenta un contraste que dará lugar a una lucha, ya que la noche, con todas sus connotaciones, no podrá imponerse.
La antítesis luz/sombra se irá desarrollando durante todo el cuento. Simbólicamente podríamos pensar en la sombra como el mal y la luz como el bien, si siguiéramos la primera lectura plateada en el tema. Pero si nos aferramos a la segunda, la luz de la luna no necesariamente simbolizaría la claridad en la noche, sino la muerte, ya que el color de la luna se parece al color de un cadáver. Así la noche, asociado a la pasión desenfrenada, estaría en perfecto contraste con “la muerte” simbólica con la que asociaríamos a Rodríguez.
La ubicación espacial del personaje extraño ya nos muestra algo de lo que sucederá. Este personaje se encuentra en un lugar opuesto a Rodríguez, y lo está esperando. Durante todo el cuento, Rodríguez y el de poncho colorado serán diametralmente opuestos, y eso está reflejado en la ubicación espacial del comienzo. Serán opuestos en todos los sentidos: El hombre extraño tentará, tendrá emociones fuertes, hará magia, rebosará de vida, mientras que Rodríguez expresará muy poco, jamás emociones fuertes (precisamente eso será lo que descontrolará al hombre), no creerá en nada, no espera nada más de la vida, no le interesa nada, no va a aceptar nada, más que seguir caminando hacia un rumbo desconocido para el lector.
La primera acción de Rodríguez nos habla de un personaje desconfiado, alerta física y mentalmente para cualquier peligro, y preparado para enfrentarlo, sin medir consecuencias, ni dudar. Si Rodríguez es un hombre desconfiado es porque la vida lo ha decepcionado, o le ha enseñado que existe el daño mal intencionado. Rodríguez no parece dudar de su decepción, ni cuestionarse su desconfianza. El mundo amenazante es algo absolutamente aceptado para él, y frente a esa circunstancia, su actitud resulta absolutamente egoísta, ya que no plantea la posibilidad de cambio, sino simplemente cuidarse, y cuidar sus cosas (su zainito por ejemplo); tal vez este sea uno de los pocos intereses que Rodríguez muestra.
La grafopeya (presentación de rasgos físicos) del personaje antagonista nos ubica frente a un personaje que no corresponde a este ambiente del campo, tal vez sí al de la noche. Éste está vestido con un poncho colorado, que además de llamar la atención, resulta inadecuado para la circunstancia. Es el primer indicio de anormalidad en el personaje, y el segundo en el cuento, ya que el primero está en la luna. No es esperable que un hombre de campo ande con un poncho colorado y por lo tanto, demasiado llamativo. Si tomamos en cuenta este aspecto, podríamos decir que este personaje rebosa de vida y de pasión, algo de lo que carece absolutamente Rodríguez. También aquí podemos afirmar que estamos frente una lectura política del cuento si tenemos en cuenta que es un uruguayo, y que Espínola fue blanco, hasta cerca de su muerte que se hizo comunista.
La acción de sonreír y acercarse al protagonista muestra también algo extraño. El personaje lo estaba esperando e intenta seducirlo. La sonrisa es símbolo de acercamiento y amistad, pero dadas las circunstancias extrañas, tal vez, otra persona podría haberse asustado: alguien espera en la noche, no es común su forma de vestirse, sonríe y se acerca para trotar con él.
El narrador plante una grafopeya del personaje extraño, mientras que de Rodríguez no nos da ningún dato físico. No dar datos sobre Rodríguez implica no darle relevancia a ese aspecto, porque de esta manera contrasta antitéticamente con el otro que le da una importancia sustancial a su aspecto físico, ya que retuerce “esmeradísimamente” sus bigotes. Nótese como el narrador utiliza una palabra tan larga, no sólo para referirse a la importancia que le da el seductor a su aspecto (algo obvio si hablamos de seducción y tenemos presente que la seducción entra por los ojos) sino también para que imaginemos esos bigotes en toda su largura y su ridiculez. Este personaje no sólo contrasta en apariencia con Rodríguez, también contrasta en lo que a cada uno le interesa cuidar: a Rodríguez su zainito y otro su apariencia.
Por otra parte, esta descripción tiene el sentido de mostrarnos cómo cualquiera podría ver lo extraño del personaje y sentir, aunque más no sea miedo, mientras que Rodríguez no siente nada, más que cuidado, y sólo en un principio.
Los datos que se nos da del personaje mago/diablo/político (o como se lo llama en el texto: cargoso, pegajoso, seductor, etc) son su flacura, su altura, su barba negra que contrasta con el poncho colorado, y los bigotes. En su descripción predomina el sentido visual y con él el contraste cromático, rojo y negro, que nos sugiere la presencia de algo apasionado y oscuro. De allí que pensemos en el mago como el Mal, sumado a la tentación que intenta promover en Rodríguez y entonces concluyamos, según una de nuestras posibles lecturas, que este personaje es el Diablo.
Así que este personaje está desubicado en su intento de seducir desde el primer momento, ya que va de poncho colorado y con una figura preocupada por su apariencia, algo lógico de un hombre de ciudad, pero que contrasta hasta lo más profundo con un hombre curtido por la vida, un hombre de campo, como lo es Rodríguez. Esto resulta más que ridículo, y el mismo narrador lo explicita a través de los ojos de Rodríguez, hombre práctico que no comprende que se le de tanta importancia a los bigotes y no a algo tan esencial como es comer y estar “puchereado” para poder encarar los trabajos del campo.
“A Rodríguez le chocó aquel no darse cuenta el hombre de que, con lo flaco que estaba y lo entecado del semblante, tamaña atención a los bigotes no le sentaba”.
La preocupación por el aspecto físico, tiene sentido si pensamos que el mago debe ser, por sobre todas las cosas un seductor. Un seductor es quien persuade, incita con promesas o engaños a hacer algo, debe fascinar, o sea, retener la atención del otro. Y nada mejor para eso que tener un aspecto fuera de lo común.
Sin embargo, la esmerada figura del mago para retener su atención, no funciona en Rodríguez, con lo cual ya tenemos el primer indicio de un posible conflicto que se ira agravando a medida que transcurra el cuento.
Quien primero acciona es el mago, quien tiene como objetivo retener la atención de Rodríguez, en primera instancia, para lograr luego tentarlo y conquistarlo. Siendo que Rodríguez, ni siquiera entra por el aspecto físico, y siendo que la imagen es lo primero que "se compra", este mago estará condenado al fracaso desde este primer momento, algo que el lector atento ya podrá anunciar, y que el personaje del mago ni se entera, por eso sigue adelante, aún a pesar del rechazo que él no verá.
El proceso de seducción empieza con la mirada, luego la sonrisa, el acercamiento, y por último la palabra. El “diablo/mago/político” sigue las todas las etapas pero nunca espera la reacción del otro para pasar a la siguiente. Lo hace, dando por sentado que él es irresistible.
La acción del mago tiene ya una extrañeza en su tono de voz: "con melosidad". Esta palabra viene de miel, y trata de una excesiva amabilidad que parece falsa, impostada. Con lo cual Rodríguez pierde cualquier temor frente a él e interés, frente a lo extraño o desconocido. Sólo le interesa su seguridad personal y esta ya no está en riesgo. Tampoco tiene ninguna curiosidad, toma la decisión de seguir adelante. Esta falta de curiosidad es lo que nos lleva a la lectura de la apatía de Rodríguez. ¿Es la curiosidad, el deseo de saber una señal del mal o del bien? La respuesta de esta pregunta nos llevaría a un largo tratado teológico.
Frente a la pequeña acción de Rodríguez, de mantenerse fijo en su camino, el mago vuelve al ataque, pareciendo que es él quien maneja la acción, pero desde el momento que su objetivo es dominar al otro, su acción estará irremediablemente atada al otro, y lo que parece ser Poder, en realidad es Esclavitud. Mientras intente conquistar a Rodríguez, este último tendrá siempre el poder de la acción del otro, de ahí su necesidad de acercarse y hablar.
En el habla el “meloso” comete un error con el que espera sorprender a Rodríguez y es “el tuteo”, exceso de confianza, invasión de la intimidad de un hombre tan reservado como Rodríguez. Así que además de irresistible, se cree con derecho a invadir pensando que así caerá bien, tratando con esto de romper las barreras de Rodríguez.
La lucha de miradas que se plantea entre ellos es una prueba de lo inútil de su proceder, y de la pérdida de su poder, a pesar de que el extraño no se da por enterado de ello. La metáfora "Le clavó un ojo Rodríguez" enfrentada a la expresión “que era un cuchillo de punta” refiriéndose a la mirada del extraño, nos muestra la lucha de poder que plantean los personajes. Basta un ojo de Rodríguez, para hacer que este mago se contraiga en su intención de lucha y quede cual “un cordero”. Aunque parecería que un cuchillo es más fuerte que un “clavo”, la mirada de Rodríguez planteada de frente supone un límite claro para el extraño. El mago mira de costado, tratando de crear un clima de misterio y superioridad, que se corta frente a la franqueza de Rodríguez que nunca entra en su juego. Esta lucha perdida por el mago, es una especie de anticipación del final.
“-Por eso, por eso, por ser vos, es que me voy al grano, derecho. ¿Te gusta la mujer?... Decí, Rodríguez, ¿te gusta?”. El mago nunca se enteró o no quiso ver que el tuteo no había logrado su propósito. Pero él aún insiste en su apuesta, y ahora lo hace más fuerte, lo llama por su nombre. Esto debería asombrar a Rodríguez, sin embargo ni se inmuta, como si le pareciera que eso es esperable y natural de este pesado. Pero cualquiera podría pensar en algo “extraño”, tal vez mágico, si nos llama por nuestro nombre alguien a quien no conocemos.
La primera oferta que le hace es la mujer, porque supone que es lo más común, lo que cualquier hombre quisiera tener. Todas las ofertas que le haga tendrán esa impronta: mujeres, oro, poder. Pero Rodríguez no es cualquiera, y si conoce su nombre, ¿no conoce a Rodríguez lo suficiente como para saber que estas ofertas no son para él? Para que la seducción funcione tenemos que realmente ver al otro, y este personaje no ve a Rodríguez, lo ofrece lo que a él no le interesa. Entonces: ¿cuánto poder tiene realmente o es que no se toma el trabajo de individualizar su oferta?
Además de todo esta primera oferta es para Rodríguez una interesante “piedra en el zapato”. Analicemos la reacción de Rodríguez: “Brusco escozor le hizo componer el pecho a Rodríguez, mas se quedó sin respuesta el indiscreto. Y como la desazón le removió su fastidio, Rodríguez volvió a carraspear, esta vez con mayor dureza. Tanto que, inclinándose a un lado del zaino, escupió”. Tal vez sea esta la única muestra de conmoción del personaje. El narrador no nos dice por qué esta conmoción, pero si miramos las palabras que utiliza podemos descubrir algo interesante de Rodríguez. La palabra escozor tiene dos significados que arrojan luz: sensación dolorosa, como la que produce una quemadura o sentimiento causado por una pena o desazón. Por lo tanto a Rodríguez lo asalta una pena cuando se le habla de la mujer, posiblemente porque se sienta traicionado por alguna que aún ama, y que también desprecia, como le pasa al hombre con sus contradicciones. Este “escozor” ataca su pecho, donde está su corazón, lugar metafórico de los sentimientos. Pero aún así no le responde al “indiscreto” quien se ha metido en un lugar íntimo al que Rodríguez no piensa darle lugar. Pero continuando en esta línea de análisis, la “desazón le removió su fastidio”, siendo “desazón” una inquietud interior, una pesadumbre, un disgusto. Rodríguez se perturba frente a esa inocente pregunta, y termina haciendo una de las mayores muestras de desprecio que es escupir.
Esto que parece tan obvio y que debería ser para el seductor una alerta de que su propósito no se cumple, no es realidad nada para él, que torpemente deja pasar este gesto y vuelve a ofrecerle la mujer, pero ahora de sus sueños. Una mujer que obviamente para Rodríguez es una pesadilla. No le ofrece la mejor mujer del mundo, sino la de sus sueños, que por lo que vemos no es precisamente lo mejor.
Algo parecido pasa con las otras ofertas, ya que todas tienen un techo. Le ofrece oro, pero no todo el oro, sino el que él pueda cargar luego de haber conseguido latas o recipientes en qué cargarlos. Así que si consigue diez recipientes, serán diez, y si consigue dos, serán dos. Y por último lo mismo pasa con el poder. Le ofrece de General para abajo. Cualquier cargo que quiera pero no el más alto. Si pensamos en la figura del diablo, acá tenemos otra ironía del autor, los cargos políticos militares más altos, no los da el presidente, sino el diablo.
El orden de las ofertas también es interesante porque van de lo menos importante a lo más importante, según el interés estandarizado del hombre común.
Pero todo esto que para cualquiera sería lo más llamativo, para Rodríguez es el “cargoso” quien se lo ofrece. La forma en que en la primera parte del texto el narrador utiliza para nombrar al mago/político/diablo, resulta interesante de ver, ya que éste utiliza el punto de vista de Rodríguez, por lo tanto la forma de llamarlo tiene relación directa con la forma en que Rodríguez ve a su antagonista. Revisando la lista en el orden que aparece podemos ver la evolución interna de Rodríguez: el otro, el desconocido, el hombre, el importuno, el interlocutor, el indiscreto, el ofertante, el cargoso, el pegajoso, el seductor. Cada uno de estos nombre tiene que ver con un momento de la narración en que el antagonista interactúa con Rodríguez.
Cada una de las partes de este cuento termina con una intervención de Rodríguez, ya sea directamente o en el pensamiento. La primera es en el pensamiento: “pucha que tiene poderes, usted”. Esto que no llega a decir Rodríguez es adivinado a través del silencio por el antagonista que está esperando atentamente una respuesta y no puede entender que Rodríguez no de ninguna luego de todos los ofrecimientos que le hizo.
El narrador termina esta parte asumiendo el punto de vista del extraño, quien en un solo gesto muestra su desazón, se toca la barba pensativo, agacha la cabeza desolado, ante la indiferencia de Rodríguez. Ahora este personaje extraño que creía ser tan fuera de lo común, viene a darse cuenta que Rodríguez tampoco tiene nada de común.
Segunda parte: las pruebas
Esta segunda parte del texto comienza con un narrado que asume ahora un punto de vista externo, y presenta la imagen de los personajes como si fuera un cuadro, mirado a distancia y casi sin movimiento. La luna blanca, otra vez, aparece para mostrar nítidamente las imágenes de los caballos y sus jinetes, y se destaca el silencio. Ya no hay más para decir. Sobran las palabras, y no aparecen las acciones que sirvan para el propósito de seducción. Cada uno está sin poder interactuar con el otro, aunque obviamente a Rodríguez no le interesa, porque su único propósito es no desviarse del camino.
Rodríguez no necesita nada, y en la medida que no necesita, nada le interesa tampoco. De esa manera el seductor no tiene posibilidad de inferencia en él.
La acción ahora la comienza Rodríguez, se arma un cigarro, no como un acto de confianza, sino como una expresión de paciencia e indiferencia, como si dijera: “bueno, esto va para largo”, ya que el “diablo” no parece haberse dado por vencido, sino todo lo contrario, ya que la acción de Rodríguez lo invita a volver a la lucha. Parece encenderlo, parece darse creer que lo que Rodríguez necesita es una prueba de su poder. La pasión del extraño irá creciendo a partir de este momento del cuento. Tan ansioso se pone, tan deseoso de mostrar su poder y sorprender a Rodríguez que comete el error de casi darse contra unos arbustos del costado del camino. Este acto ridiculiza la figura de quien quiere y cree tener el poder. Si pensamos en la figura del diablo, podríamos ver aquí la ridiculización de su imagen, y aún si queremos trasladarla a un político importante. Ambos poderes están ridiculizados.
Necesita separarse un poco de Rodríguez para que éste pueda ver la prueba que va a realizar. Pero no sólo resulta ridícula la imagen del seductor porque casi se choca con los espinillos, sino también porque Rodríguez no lo espera, así que aún cuando casi se cae tiene que hacer lo posible para no perder el trote.
“-¿Dudás, Rodríguez? ¡Fijate, en mi negro viejo!” interpela el extraño. Es interesante ver la metonimia que utiliza “negro viejo” para referirse a su caballo. Una metonimia es cuando se hace una transposición de sentido, y entre las palabras transpuestas hay una relación de contigüidad, o sea de inmediatez. Normalmente usamos esta figura cuando tomamos una parte para referirnos a un todo. En este caso se toman las cualidades para referirse al caballo. Pero esta elección no es inocente. El mago quiere que Rodríguez se fije especialmente en esas cualidad porque serán las que cambiará. Necesita que Rodríguez lo vea, sino la seducción no tendrá sentido, no podrá asombrarlo, no cumplirá su propósito. Y justamente Rodríguez ganará esta lucha porque no quitará la mirada de delante del camino, así que no le prestará ninguna atención. La lucha se concentra cada vez más en su mirada, y si observamos, el otro estará haciendo referencias cada vez más desesperadas a la atención de Rodríguez: “Fijate”, “-¡Mirá!”, “¡Servite fuego, Rodríguez!”, “¿Y esto?”, “¡Mirá qué aletas, Rodríguez!”.
Pero comienza tranquilo, a pesar de incidente de los espinillos, y su primer prueba será convertir al caballo de negro en color leche y de viejo en joven. Para esto hará un juego quiásmico: “negro viejo” / “tordillo como leche”. El quiasmo es una figura poética que consiste en entrecruzar los términos, formando de esa manera una estructura de espejo. Así “viejo” y “todillo” que hacen referencia a su edad, quedan unidas, y en los extremos quedan las cualidades “negro” y “leche”. Estos términos antitéticos refuerzan la idea del poder que tiene este personaje antagónico. Puede controlar las cualidades de los animales, lo que nos introduce en el elemento fantástico, en lo sobrenatural e inexplicable.
Este acto debe sorprender a cualquiera porque escapa del poder de lo humano. Pero no así a Rodríguez, y aunque no lo sabemos aún, el extraño sigue basándose en lo que comúnmente sorprendería a cualquier mortal; así que está seguro de haberlo sorprendido y no quiere darle tiempo a pensar para que la sorpresa sea aún mayor.
Pasa entonces así a la segunda prueba: transformar una rama en víbora. Es interesante como la rama parece una prolongación de su brazo, ya que este es “puro hueso”. Esto que debería alertar a Rodríguez, de que no está con un hombre común.
Otro elemento que nos acerca a la lectura del diablo es pensar, no sólo en lo huesudo del personaje, sino también en que transforma esa rama en víbora y la domina, la oprime y la tira cuando quiere. Recordemos que la víbora es símbolo del diablo en el jardín del Edén, y recordemos que si hablamos de la figura del diablo, hablamos de la cosmovisión bíblica. Así que dentro de esta lectura maniquea de la presencia del bien y del mal, esta lectura de la supremacía del personaje sobre la víbora, encuadra perfectamente con la lectura del diablo. Otro elemento que apoya esta teoría es el contraste entre el brillo de la víbora y el color negro de la noche. Recordemos que este contraste es eje de toda la narración.
La oportunidad realmente llega cuando este “diablo” descubre que a Rodríguez le falta algo, es decir tiene una necesidad, una carencia, y esta es el fuego para encender su cigarro. No la pierde, sino todo lo contrario, le excita pensar en las posibilidades de asombro que le da la falta del yesquero. Pero este “diablo” tiene mucho de humano, y debe apelar a la calma para poder hacer su prueba dando a entender su superioridad. Es interesante percibir esta contradicción entre lo sobrenatural y lo humano que el mismo personaje encierra, y que si bien vemos es igual que Rodríguez pero proporcionalmente contrario. Rodríguez es un hombre común, pero su indiferencia y su falta de asombro lo hacen casi sobrenatural.
La tercera y última prueba será frotar la yema del dedo gordo y sacar de eso fuego, presentándola en la uña del pulgar. Esto obligará a Rodríguez a mirar, la obsesión del mago. No sólo tendrá que mirar sino acercarse para prender el cigarro, incluso hasta inclinar la cabeza ante él. Pero nada de esto sale como lo piensa el extraño, ya que Rodríguez lo hace como si fuera algo común, que todos los días pasara. El extraño, ansioso, pregunta la opinión de Rodríguez y es la primera vez que este habla, la que marcará el final de la segunda parte o del desarrollo y comenzará el desenlace.
Rodríguez contesta “esas son pruebas”, minimizando todo el esfuerzo que este extraño había hecho para sorprenderlo. ¿Qué diferencia hay entre este ser y un hombre de circo? Es más, el narrador vuelve al punto de vista de Rodríguez, que tenía abandonado, y nos enteramos, junto con el mago de esta falta de asombro, cuando lo llama “el pegajoso”. Así que mientras todo esto pasaba, Rodríguez veía al mago como un pegajoso, y no como alguien capaz de hacer cosas asombrosas, sino que en lo único que pensaba era en sacárselo de encima.
El desenlace: el descontrol del extraño
Una vez descubierto el pensamiento de Rodríguez, por primera vez para este hombre, este resulta ser totalmente inesperado, así que quien buscaba sorprender termina estupefacto. Ahora las palabras de Rodríguez son “un baldazo de agua fría”. Si al diablo le habían “fulgurado” los ojos cuando pensó en darle fuego con el dedo, si la pasión y el ardor subían a él cuando pensaba que estaba ganando, ahora todo termina apagado por ese “baldazo de agua fría”, como para apagar su pasión. Pero lejos de hacerlo, el extraño retoma este sentimiento con mucho más fuerza, ahora mezclado con ira e indignación. Antitéticamente, el agua fría ahora se sustituye por “la mente hecha un volcán” dando lugar a la idea de explosión incontrolable, de desorden, de caos, de descontrol.
También se descontrolan las imprecaciones, las súplicas para que lo mire, y las pruebas de magia que se transforman en prodigios (sucesos extraños que exceden los límites de la naturaleza).
El primer prodigio será transformar su caballo en toro. Este toro estará lleno de fuego, como si la ira del extraño hubiera pasado también a él. El narrador, ahora en el punto de vista de Rodríguez parece burlarse de la situación cuando irónicamente dice “presentado con tanto fuego en los ojos que milagro parecía no le estuviera ya echando humo el cuero”. Tanto ira causa gracia a Rodríguez que ve el despropósito de este acto sugiriendo que lo extraño no es el acto sino que el toro no se estuviera quemando. Pero a Rodríguez sólo le importa que su zaino no salga lastimado, otra vez aferrado a su mundo, cuidándose él y sus objetos que es lo único que tiene en esta tierra, y por lo único que él cree que debe alarmarse. Su mundo empieza y termina en él. ¿Podemos pensar que esta es la imagen del bien? No lo sé.
El segundo prodigio ya resulta un absoluto despropósito que rompe con el horizonte de expectativa del lector, quien debe releer varias veces esta expresión “mirá que aletas, Rodríguez” para lograr comprender de qué está hablando el mago. El horizonte de expectativas es aquello que el lector considera dentro de lo posible en el cuento, dentro de lo verosímil. Cuando esto se rompe, el asombro del lector puede llevarlo incluso a desestimar el texto. Pero si el cuento ha generado los principios necesarios para lograr este asombro sin que se rompa la verosimilitud, todo será posible dentro de este contexto ficcional. Así, este cuento, ha ido creando la posibilidad que haga que este delirio del bagre sea posible en este contexto. Si uno lo piensa racionalmente es casi imposible imaginar un bagre, fuera del agua, del tamaño de una persona, cabalgando por la tierra. Pero en este contexto de descontrol y de magia todo esto es posible, aunque el lector termine absolutamente asombrado. Pero no así Rodríguez, quien no se inmuta. Un bagre, por más que de vueltas “como luz” no es un peligro para su “zainito” y eso es lo único que puede hacerlo reaccionar.
La desesperación del extraño lo lleva a pedir “por favor, fijáte bien”. Aquel personaje altanero, creído, confiado, termina pidiendo por favor la atención y el asombro de Rodríguez. Resulta inhumano que no lo tenga.
Rodríguez prácticamente se burla del personaje, de su desesperación y su descontrol. “¿Eso? Mágica, eso”. El error gramatical de Rodríguez, que en vez de decir magia, dice mágica, refuerza la idea de un personaje sin mayor cultura pero con mucha experiencia en lo mundano. No sabe cómo decirle a estos prodigios descontrolados, pero seguro no tienen ninguna importancia para él, no significan nada, no le proporcionan nada, ni le demuestran nada. Nada puede un hombre como este darle a Rodríguez.
El extraño termina como corresponde a este conflicto. Comenzó confiado y termina en el suelo, “caído del caballo”, humillado, “clavado de cola”. La derrota del personaje sólo puede terminar en el insulto, justificado, y totalmente uruguayo.
Pero esta exclamación sale de un ahogo, de lo más profundo de su ser y de su cansancio, se ha pasado todo el tiempo tratando de llamar la atención de Rodríguez quien no ha hecho más que menospreciarlo, no creerle, no considerarlo importante. Así terminan ambos personajes tal como empezaron. Rodríguez sigue su camino, tranquilo “bajo la blanca, tan blanca luna”. Una vez más la reiteración del principio “como aquella luna había puesto todo igual, igual que de día,” pero ahora se repite la palabra “blanca” que es la que acompañará a Rodríguez. La luz, el color blanco está siempre del lado de este personaje. Mientras que el otro termina también como empezó, “el oscuro” que es el caballo del extraño, termina mostrando los dientes, en señal de ira y vuelve a los sauces del paso, para esperar a otro candidato. Así la estructura del cuento se vuelve circular, es decir, todo termina como empieza.
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