viernes, 25 de noviembre de 2011

Análisis de Vida Garfio - Juana de Ibarbourou



Análisis de VIDA-GARFIO

Título y tema

El título del poema hace referencia al tema del mismo. El yo lírico quiere aferrarse a la vida, engancharse a ella, no permitir jamás la situación de la muerte. El “garfio” es un instrumento de hierro, curvo y puntiagudo, que sirve para aferrar algún objeto, de esta manera el yo expresa desde su título el deseo de luchar por la vida, aún en circunstancias tan adversas como la muerte, “la ley severa” a decir de Quevedo, eso que a todo ser humano nos pasará, y de la cuál no hay lucha posible del hombre contra ella, siendo esta lucha un tópico de la literatura universal. La mayor rebeldía del hombre es contra la muerte, y ésta es la que plantea el yo lírico del poema.

Este yo pretende continuar vivo, aún después de la muerte, y para eso supone la posibilidad de transformarse en parte de la naturaleza, sin perder jamás la conciencia que tuvo y tendrá (según su parecer) eternamente, ni los sentimiento o los sentidos que aún tiene despiertos en esta vida. El cuerpo material se transformará, para el yo, de forma natural, en parte de la naturaleza, pero esta transformación no será total, dado que seguirá viendo, oyendo, sintiendo con su propia conciencia.

Estructura externa

El poema está estructurado en cinco estrofas de catorce sílabas cada verso en su mayoría. Existe una excepción significativa - que se comprende al estudiar la estructura  interna – de dos versos que miden siete sílabas, también llamado pie quebrado.

Su rima es consonante en los verso dos y cuatro de cada estrofa, dejando el primero y el tercero libre.

Estructura interna

El poema podría dividir, según su contenido, en tres o tal vez cuatro partes, según lo entienda el lector.
La primera parte estaría formada por las dos primeras estrofas, y ésta refiere a la vida y se hace hincapié en las imágenes sensoriales: vista, oído, tacto.

La segunda parte podría estar formada por la tercera estrofa. En ella, si bien se sigue hablando de la vida, aparece la muerte y el pie quebrado “más breve. Yo presiento”. Este verso da paso a otra aparición muy importante que es el “yo”, que si bien ha estado implícito anteriormente, ahora se explicita.

La tercera parte es la estrofa de la muerte (la cuarta). Allí los colores refieren a la oscuridad, y la lucha es lo que la marca.

La última parte sería el pedido, el resurgimiento de la vida.

De alguna manera esta estructura interna reproduce el ciclo natural que el yo imagina: la vida, la muerte y la transformación.

Primera estrofa

AMANTE: no me lleves, si muero al camposanto.
A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente
alboroto divino de alguna pajarera
o junto a la encantada charla de alguna fuente

Este poema tiene una forma epistolar (estructura de carta), cuyo destinatario es el amante. Es como un testamento. Tendrá también un pedido que se transforma en un motivo recurrente (“leit motiv”), “A flor de tierra”, y un pedido final “arrójame semillas”. Todo esto forma parte del propósito del yo, si esto no se cumple, nada podrá ser posible, ya que no habrá transformación que le permita volver a ser parte de la vida.

Este tú lírico (a quien va dirigido el poema) tiene una particularidad. Ella se refiere a él como “amante” pero no necesariamente pensando en alguien prohibido socialmente, sino en aquel que ama, sin ataduras, sin más compromiso que el que la intimidad impone. Es a él a quien se refiere, porque sólo esa parte de su compañero puede comprender la importancia del pedido, su amor a la vida. El amante lo comprende, justamente por su condición de tal, él también ama, sabe lo que significa tal deseo, y tanto lo sabe que ella deposita en él la capacidad de saltarse todas las normas sociales, todos los dogmas y las barreras que puede tener después de muerta, el ser enterrada en un lugar público, sin el consentimiento de las ataduras legales. Su deseo a seguir viva no es sólo una rebeldía hacia la muerte, sino una rebeldía hacia todo lo concebido y estipulado por las normas sociales y legales, es decir hacia lo humano y la humanidad.

Esta rebeldía aparece concentrada ya en primer verso: “no me lleves si muero al camposanto”. En primer lugar aparece el condicional “si”, esto sugiere que para el yo lírico existe una posibilidad de que esto nunca suceda. La muerte es algo inevitable, por lo tanto aceptar esa posibilidad implicaría poner un “cuando”, sin embargo utiliza el “si” como una posibilidad de que tal hecho no se realice nunca. Allí aparece su primera rebeldía.

La segunda aparece planteada en la palabra “camposanto”, más conocido por cementerio. Sin embargo, nótese que no usa tal palabra, sino una que proviene del ámbito religioso, lo que nos lleva a pensar que su rebeldía no sólo es hacia los aspectos legales, dado que no se puede enterrar en otro lado a un cuerpo muerto, sino que también a los dogmas religiosos. Si se mira con atención, su posición ante la muerte es sin duda una rebelión en este aspecto. Las creencias cristianas sostienen que una vez después de muerto, el alma va a una vida ultraterrena, que no es la actual llámese cielo o infierno. Sin embargo, el yo lírico no pretende tal cosa, sino quedarse en la vida misma de la que partió, aunque más no sea transformada en plantas. La transformación del cuerpo, para el cristianismo, no es más que en polvo, pero que no tiene conciencia aquí, ya que su alma está en otra parte. El no querer partir es una forma de herejía para tal creencia.

La muerte sólo se expresa en esta estrofa en dos palabras: “camposanto” y “fosa”. Sin embargo todo el resto de la estrofa parece explotar de vida. Esto demuestra el miedo que el yo tiene a tal circunstancia, tanto que casi no la nombra, no la acepta para sí, y se atreve hasta considerarla algo imposible para ella.

La metáfora “a flor de tierra” se transformará en ese motivo repetitivo durante todo el poema, y su imagen ya marca la vitalidad que ella quiere. Es necesario que el tú comprenda la importancia de enterrarla cerca de la superficie, es crucial esta condición, porque le permitirá al yo subir más rápido, “engancharse” con menos dificultad. Es por esto que el yo se lo repite insistentemente, porque su desesperación, su pasión, va creciendo a medida que describe el paisaje que piensa ver y sentir una vez que logre llegar arriba.

La “fosa” lugar frío, húmedo, solitario, silencioso, oscuro, es una antítesis de todo lo que vendrá después: la risa alborotada de la pajarera o la charla de la fuente. Así el primer sentido que predomina en el poema es el auditivo. El ruido nos recuerda que existe vida en ese lugar, y eso tranquiliza al hombre. Así el yo lírico utiliza un encabalgamiento para que ese ruido predomine en la estrofa. En el segundo verso aparece la palabra “riente” (de risa), el tercer verso “alboroto” y el cuarto “charla”. Así todo explota en sonido que apabulla el silencio de la fosa. Ese ruido será ameno, acompañará al yo cuando muera, lo motivará a querer estar cerca de él.

La primera imagen “riente/ alboroto divino de alguna pajarera” sugiere la libertad, el desorden propio de la vida; y la palabra “divino” nos acerca al nuevo “dios” que ella está pensando, entendiendo por esto una nueva concepción del mundo, uno que sea capaz de permitirle seguir viviendo, aunque más no sea transformada en planta. Este nuevo dios podría verse como la naturaleza misma, el ciclo vital, que aún se manifiesta después de la muerte. Si el día muere y vuelve a vivir, si existen tantos ejemplos de lo cíclico en la naturaleza, ¿por qué no pensar que el hombre también puede vivir eso después de muerto?

La segunda imagen también tiene algo de esa divinidad, dado que utiliza la palabra “encantada” que sugiere el proceso mágico de esa fuente. Si pensáramos que quien habla es la fuente y lo hace por medio de este artilugio mágico, entonces estaríamos frente a una personificación. El sonido del agua le recordaría al yo lírico el tiempo que transcurre y que está en permanente movimiento. Una vez más la idea de lo cíclico. Si pensáramos que quien habla no es la fuente, sino los enamorados que se sientan a su vera a conversar, y que el yo escucha como si fuera la fuente, estaríamos frente a una metonimia (transposición de sentido, cuyas palabras transpuestas tienen una relación de contigüidad), y esta le recuerda algo también importante: el amor.

La palabra “charla” no sólo se contrapone al silencio de la fosa, sino también a la compañía, ya que esta no implica una conversación seria o profunda, sino algo que se usa para amenizar, divertirse, no sentirse solo.

Segunda estrofa

A flor de tierra, amante. Casi sobre la tierra,
donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,
alargados en tallos, suban a ver de nuevo
la lámpara salvaje de los ocasos rojos.

Una vez más repite “a flor de tierra” y menciona al tú lírico, parando el verso con una cesura de forma que su pasión se remarque. Es importante, es imperioso, es necesario que no olvide ese detalle: cerca de la superficie necesita ser enterrada, aunque no se anime nunca a pronunciar esa palabra. Y lo repite “casi sobre la tierra” para que no queden dudas, para que comprenda su pasión por continuar viva, para que todo su ser pueda seguir sintiendo la vida en toda su plenitud. Ella imagina seguir oyendo, seguir sintiendo el sol, el aire, el viento, incluso seguir pudiendo ver el ocaso.

Esta imagen táctil “el sol me caliente los huesos” encierra en si mismo una antítesis. El sol, fuente de vida, dará su calor, su vida a los huesos, símbolo de muerte.

Sus ojos, ahora transformados en tallos, podrán ver el atardecer. La expresión “a ver de nuevo” sugiere, una vez más la idea de lo cíclico. Ahora ella podrá hacerlo de nuevo, aunque no sea en la forma humana, pero tal espectáculo seguirá siendo parte del deleite de la vida.

Es interesante notar que ella parece revivir en el momento en que el sol “muere”; de esta forma se completa la idea del ciclo.

La metáfora “lámpara salvaje” sugiere esa lentitud con el sol cae, ya que está sugiriendo la lámpara de aceite, cuya llama se apaga lentamente. A su vez, el adjetivo “salvaje” nos hace pensar en lo inalterable para el hombre, aquello que él no puede modificar o domesticar. De la misma manera nadie podrá oponerse a su deseo de continuar vida, que será tan salvaje como ese sol con el que se identifica, porque ambos son naturales, y nadie podrá quebrantar sus voluntades.

Tercera estrofa

A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea
más breve. Yo presiento
la lucha de mi carne por volver hacia arriba,
por sentir en sus átomos la frescura del viento.

Una vez más repite la estructura planteada en la estrofa anterior, con su correspondiente cesura, pero ahora el encabalgamiento (la idea que se continúa en el verso siguiente) y una nueva cesura en el segundo verso, rompe el ritmo del verso y lo acompasa al sentir del yo lírico y a su contenido. Así como ella quiere que su pasaje de la muerte a la vida sea breve, de la misma manera el verso se vuelve “más breve”, a la vez que lo explicita. Forma y contenido no se diferencian en estos versos.

Aparece el yo lírico por primera vez de forma clara. Esta es su primera aparición de otras que vendrán en las sucesivas estrofas. Si se observa el verbo que acompaña al yo, podremos ver como éste se va afirmando en su convicción de querer salir. Cada verbo implica una certeza nueva, una voluntad, hasta llegar a la acción misma. Pasa de un débil “presiento”, a un “sé” en la siguiente estrofa, dando la pauta de una afirmación de su voluntad; luego un “quiero”, expresión de deseo que sólo puede aparecer después de que este yo está decidido; y por último un “subiré”, la acción como triunfo, como seguridad absoluta e incuestionable.

En esta estrofa de transición aparece la muerte, en la idea del “tránsito más breve” y la imagen vital del viento. Aparece, también, el principio de la lucha. Nada la detendrá, ni la propia muerte. Su ánimo es no permitir que nada la venza. La lucha no será de sus sentidos, porque estos nunca dejan la vida que quiere recuperar, sino de su “carne”, de su cuerpo, porque es a través de él que nuestros sentidos se despiertan. La mente procesa lo que el cuerpo siente, por lo tanto sin él es imposible continuar vivo, por más que nuestra conciencia esté despierta. Por ello es que el yo necesita esta transformación de su cuerpo.

Una vez más aparece la expresión que “volver”, que sugiere el proceso cíclico. Y una vez más, este subir implica la búsqueda de la altitud, símbolo de lo divino, de lo ideal. Esta divinidad está en la vida, en la tierra y no en el cielo.

La imagen de la vida se manifiesta otra vez a través de la antítesis: “por sentir en mis átomos la frescura del viento”, siendo los átomos representación de su cuerpo muerto, y el viento fresco representación de la vida, en movimiento, viento transportador de vida. Es interesante reparar que los átomos son la parte más pequeña de la materia, y esto implica que en ellos puede sentir la vida en movimiento. Ya no le alcanza que el sol caliente los huesos, espera que la vida llegue a lo más profundo.

Cuarta estrofa

Yo sé que acaso nunca allá abajo mis manos
podrán estarse quietas.
Que siempre como topos arañarán la tierra
en medio de las sombras estrujadas y prietas.

Esta es la única estrofa referida enteramente a la instancia de la muerte, sin embargo ni aún así ella la concibe totalmente, ya que no se quedará quieta jamás. Si la muerte implica quietud, ella se antepone a eso con el movimiento constante y desesperado de sus manos. La imagen resulta inquietante si pensamos que ella parece estar enterrada viva, ya que su conciencia nunca morirá.

La desesperación del yo lírico se expresa también en la forma que está planteado el verso. Las palabras “acaso”, “nunca”, “allá”, “abajo” son adverbios. Los adverbios son palabras que no permiten variación de género ni de número, por lo tanto son palabras rígidas, como si fueran pequeñas palas removiendo el verso. A su vez estas palabras le dan al verso un ritmo constante y fuerte. Todo esto se relaciona perfectamente con el movimiento de sus manos, desesperadas, constantes y movidas por la voluntad tesonera de salir a la superficie, de no estar demasiado en ese estado bajo tierra. Es por eso también que el yo lírico corta el segundo verso. Poco estarán sus manos allí, su deseo es que no estén nada.

La estrofa termina con un símil (una comparación extensa) con los topos. Así como los topos buscan la superficie porfiadamente entre las sombras de la tierra, de la misma manera sus manos se moverán sabiendo, instintivamente  dónde está esa superficie.

Una vez más el verbo “arañarán” muestran su desesperación. Nada la detendrá, ni siquiera las sombras “estrujadas y prietas”. Es interesante ver cómo esas sombras adquieren un cuerpo al llamarlas “estrujadas”, parecen apretarla, ahogarla más aún y por lo tanto desesperarla, así como motivarla a que salga rápidamente de este estado.

Quinta estrofa

Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen
en la greda amarilla de mis huesos menguados.
¡Por la parda escalera de las raíces vivas
yo subiré a mirarte en los lirios morados!

La última estrofa irrumpe en el poema con el pedido, “arrójame semillas”. El verbo en modo imperativo se transforma en una orden, un ruego desesperado, una ayuda más que el amante deberá cumplir para que ella pueda resurgir de la muerte. Las semillas son una metáfora de esa vida en la que quiere transformarse, ya que no existe otra forma de ganarle a la muerte. Las semillas son vida en potencia, vida latente, son la posibilidad de hacer más fácil su continuidad en la vida. Estas semillas van a enraizarse en sus “huesos menguados”. Una vez más la vida tomará a la muerte para transformarla en vida. Una vez más la antítesis. Esos huesos que estarán débiles, casi desintegrados, se mezclarán en la tierra y servirán para que las semillas creen raíces. La “greda amarilla” no es otra cosa que la tierra fértil de la que ella quiere formar parte.

Una vez más, como en las otras estrofas, los colores, expresión de la vida, irrumpen en la estrofa: el verde de las plantas, la tierra amarilla, el blanco de los huesos, el pardo de las raíces y el morado de los lirios. Todo será uno solo de forma natural, como la pintura que la naturaleza despliega ante nuestros ojos.

Los últimos dos versos entre signos de exclamación muestran el sentir apasionado e íntimo del yo lírico. Las raíces serán escaleras para el yo (metáfora), lo que implica un esfuerzo de parte de ella, no sólo de remover la tierra para estar arriba, sino de subir a la superficie tan sólo para verlo a él. Esto aparece casi como en un susurro al final del poema “mirarte”. El amor hacia el amante como motivación no había aparecido tan claro hasta este momento. Tampoco será lo fundamental, pero sí una parte importante de su travesía. Es que el amor hacia él es parte de ese amor a la vida. Decirlo al final, casi como escondido en el poema, es una forma tierna de descubrir su sentir por él, y uno de los deseos más importantes para continuar en esta vida. Una forma de no abandonarlo nunca. La flor de los lirios, de por sí sugiere la forma del ojo pintado. Así ella nunca dejará de estar con él, ni en la vida misma.

Trabajo  realizado por la Prof. Paola De Nigris
Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional.

viernes, 21 de octubre de 2011

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha - Cervante (análisis)

Estos trabajos fueron realizados por alumnos del liceo 27  frente a una propuesta escrita. Están digitalizados y presentados tal cual las alumnas lo escribieron.
 
Trabajo realizado por la alumna Roxana Graziosi
Liceo 27

PROPUESTA: Presentación del Hidalgo y proceso de la locura de Alonso Quijano.

El nombre de la novela “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” nos dice que se va a tratar de una persona ingeniosa, no que está loca. Hidalgo es hijo de algo, el último título del escalafón de la nobleza por lo que en el título encontramos una contradicción ya que lo nombra como hidalgo y como Don a la vez, que es un título de mayor importancia, mostrando al principio del título lo que él realmente es “el ingenioso hidalgo” y luego en que quiere convertirse “Don Quijote de la Mancha”.

Para el narrador, el lugar de origen de este hidalgo poco importa, pero sí importan los detalles de cómo vivía para poder entenderlo. Sus posesiones no eran muchas pero entre ellas tenía un perro galgo que usaba para cazar y se lo puede tomar como un animal de alguien de la nobleza, que eran los que usualmente los tenían.

Luego podemos leer una descripción de lo que él comía y vemos que su comida era rutinaria, sin mucho esmero y de alguien pobre.

De la misma manera se vestía, aunque el narrador quiera adornarlo para parecer que vestía con fineza.

Este personaje de unos cincuenta años, que lleva una vida rutinaria, comienza a “enloquecer”. La única compañía que él tenía era una ama de llaves con la cual no podía conversar por una cuestión de diferencias de clases sociales. Una sobrina muy joven que para el hidalgo nada podía saber de la vida y un mozo también sirviente y joven, por lo que este hidalgo se encontraba solo, aburrido y ocioso la mayor parte del día por lo que pasaba muchas horas leyendo libros de caballería y la lectura lo fue atrapando de tal manera que hasta dejó de lado el ejercicio de la caza que tanto le gustaba, e incluso la administración de su hacienda.

Comenzó leyendo con afición y gusto y luego pasó a curiosidad, obsesión hasta tener una actitud prácticamente adictiva, al punto de vender cosas para comprar más libros. Le gustaba encerrarse en ese mundo de las novelas y al dejar la caza dejó lo único que lo conectaba con la realidad.

Le gustaba tratar de entender lo que era imposible porque estaba negado por el propio lenguaje de los novelistas, era la típica lectura de evasión la que lo atrapaba y a pesar de que se desvelaba tratando de entender éste es recién el comienzo del proceso de su locura. Hasta ahora es notorio solamente el primer motivo para enloquecer, que es la soledad.

Pero aún mantiene la cordura, ya que es capaz de discernir todavía entre lo real y lo ficticio. Pero aunque pone en duda la veracidad de las historias no dejan de gustarle.

Le gustaban las novelas con un final abierto o que prometían nuevas aventuras y hasta ganas de seguir escribiendo él, aún piensa en ser el narrador, pero está a un paso de querer ser el protagonista.

Pero fue tanto lo que se enfrascó en la lectura que pasaba las noches despierto y en el día seguía soñando despierto, el narrador soñaba esto en la metáfora “pasaba las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio. Y así de poco dormir y mucho leer se le secó el cerebro, de esa manera que vino a perder el juicio”. Acá es cuando comienza a querer vivir todo aquello que leía y empieza a acentuarse su locura. El narrador lo muestra con una serie de adjetivos que cuando uno los lee, y se pone en el lugar del personaje, se da cuenta de la confusión, entrevero y locura que se está procesando en Alonso Quijano. Ya dejó de dudar de la veracidad de las historias, ahora estaba convencido de que eran reales.

Su locura es tal que comienza a mezclar los personajes de las diferentes historias con caballeros de la realidad y cree que es mejor caballero aquel que peleó con gigantes que obviamente no era real, y hasta pierde la noción del tiempo cuando habla de personajes que vivían en siglos diferentes y él los muestra como conviviendo en una misma época.

Y así por la soledad, el ocio, la lectura desmedida y las ganas de evadir la realidad, podemos decir que el personaje “enloqueció”.
 
___________________________________________________

Trabajo realizado por la alumna María de los Ángeles de Mello
Liceo 27

Propuesta: Análisis de la presentación del Hidalgo y el proceso de la locura

Dicen por allí que cunado un buen lector asume lo que el autor quiere transmitir, se vuelve con poco de lector a co-autor.

Este personaje de tanto leer se terminaría leyéndose a sí mismo, ávido, con demasiado ocio, fue tierra fértil su mente para desarrollar locas ideas, que su autor preferido inculcó en él. Es muy cierto que un hábil autor promueve que su incauto lector (desarrolle, cual obra teatral), en su vida, las vivencias de los personajes, que con sabia destreza este autor describe. Las novelas de caballería eran propias lecturas del vulgo, literatura chatarra, destinada al solaz de la gente sin mucha pretensión literaria.

Este personaje de Cervantes “enamora” al lector y éste lo leerá y releerá durante diferentes etapas de la vida, ya que no pierde vigencia a lo largo del tiempo. Pese a que Cervantes ha escrito otras obras, ésta puede decirse que es su obra maestra de corte tragicómico, que de tan trágico resulta cómico y de tan cómico resulta trágico.

Vivía este hidalgo en un lugar impreciso de la Mancha, (“de cuyo nombre no quiero acordarme”), “no ha mucho tiempo” y pasarán años y quizás algún siglo y ese tiempo no será mucho cuando los agradecidos lectores descubran a este rico/pobre personaje.

Este era un hidalgo (hijo de algo), de lanza en astillero y adarga antigua, que representa a la dinastía de su familia. No sería un paria, sino un descendiente de caballero.

Tenía por pertenencia, el despojo de días mejores, rocín flaco y galgo corredor, animales que supieron de tiempos mejores. Su alimento, algo diezmado y con aburrida rutina. Su vestimenta acompañante de su pasado mejor, se honraba con su vellorí “de lo más fino” no por su fineza sino por su finura, provocada ésta por el uso de tiempos indefinidos.

Hombre de cincuenta años, que vivía en compañía de su sobrina “que no llegaba a los veinte” un ama y un mozo de campo que cumplía con todos los quehaceres de la casa. Que vivían con él pero no complementaban su vida.

Quijada, Quesada o Quijana (pues no queda claro cuál sería su verdadero nombre) era seco de carnes y enjuto de rostro, de flacura externa, casi frágil su contextura. Aficionado a la lectura de novelas de caballería, ocupaba sus ratos de ocio, (que eran los más de su vida) en ello. Dejó poco a poco sus aficiones a la caza, y abandonó hasta la administración de su hacienda, cada vez más absorto en aquellas aventuras que lo transportaban a heroicas travesías. Su mente intentando desentrañar lo imposible “la razón de la sinrazón que a mi razón se hace de tal manera...”.

Su desatino lo llevó a vender parcelas de su hacienda para comprar libros.

Su mente comenzó a trastornarse.

Se vio cual brioso caballero andante, inmerso en heroicas aventuras. Comenzó a leerse a sí mismo en cada página que pasaba.

Ya no salía de caza, sus ratos de ocio ya no eran tales, ya que estos estaban ocupados en la obstinada idea de su transformación.

Su locura fue irrumpiendo primero en sus ideas, luego en sus desatinos. Primero le vino el deseo de tomar la pluma y reconcluir lo leído.

Discutía sobre cuál habría sido el mejor caballero. Su “locura” lo llevó a poco dormir y mucho pensar, a mucho leer y más que mucho imaginar.

Se comenzó a leer a sí mismo. Rematado su juicio, desarrolló la loca idea, no por diversión, sino por el servicio de su república yn para lograr así el aumento de su honra. Se vio coronado, lleno de gloria, tenía la experiencia adquirida en las incontables novelas leídas. Su pobre cerebro trastornado lo sumió en la loca aventura de ser el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Hidalgo y Don juntos en ese oxímoron, ingenioso, pues, su nuevo personaje necesita de su ingenio, sería ahora Quijote, un “grandote” y como todo personaje con alcurnia, sería “de la Mancha”, para que sus glorias dejaran en claro de dónde provenía tan heroico caballero. No hay ya para él, otra historia más cierta en el mundo que lo que su fantasía había creado.

 

martes, 4 de octubre de 2011

La Muerte - El Sabalero (Texto)

LA MUERTE

Me enrosco en tus ancas fuertes
Y en tus ternuras, mi negra
Me gusta vivir la vida
Entregándome a la suerte
Pa no tener tanto miedo

Cuando me abrace la muerte
Será porque tengo el cuerpo
Llenito de madrugadas
Que busco una muerte viva
Jamás una muerte mansa
O será que nos se eligen
Estos barullos del alma

Atrás de la enamorada
anda el que está enamorando
Detrás de mi vida negra corren
los que van matando

Con chorros de mariposas
Enamoramos la vida
Entre sábanas calientes
Promesas y despedidas
Y bajo de cada retazo
Anda la muerte escondida

Angelito tepozteco
Ventanita de un verano
Me enseñaste la tristeza
Cuando soltaste mi mano

Quedarás con los mariachis
Cantarás en las trompetas
Y yo me marcho solito
Llorando por que me cuesta

La muerte no tiene manos
La vida se las quitó
Pero le dejó la boca
Y le dice “ven mi amor”

Muerte que anda de amargura
Como si se lo pidiera
Déjeme un ratito solo
Pa arreglarme con mis penas

Le juro que si se ensaña, muerte,
Con mi corazón
El día que me caliente
Entro a perseguirla yo

Con quien,
Con quien se mofa la muerte
Que nunca,
Que nunca chupa conmigo
Y amigo de buena vida
No le importa ni un comino

A donde se va la muerte
Que salió en punta de pie
No me interesa compadre
Ya lo sabremos después

La muerte andaba rondando
Quién sabe dónde andará
No me dejes alegría
No te vayas vida mía
Que esta puta vieja y fría
Nos tumba sin avisar.

José Carbajal - "El Sabalero"

jueves, 1 de septiembre de 2011

Lope de Vega - Fuenteovejuna. Final del Acto I (texto)


Final del Acto I
Vanse todos. Salen LAURENCIA y FRONDOSO

LAURENCIA: 
A medio torcer los paños,
quise, atrevido Frondoso
para no dar qué decir,
desvïarme del arroyo;
decir a tus demasías
que murmura el pueblo todo,
que me miras y te miro,
y todos nos traen sobre ojo.
Y como tú eres zagal
de los que huellan, brioso,
y excediendo a los demás
vistes bizarro y costoso,
en todo lugar no hay moza,
o mozo en el prado o soto,
que no se afirme diciendo
que ya para en uno somos;
y esperan todos el día
que el sacristán Juan Chamorro
nos eche de la tribuna
en dejando los piporros.
Y mejor sus trojes vean
de rubio trigo en agosto
atestadas y colmadas,
y sus tinajas de mosto,
que tal imaginación
me ha llegado a dar enojo:
ni me desvela ni aflige
ni en ella el cuidado pongo.

FRONDOSO: 
Tal me tienen tus desdenes,
bella Laurencia, que tomo,
en el peligro de verte,
la vida, cuando te oigo.
Si sabes que es mi intención
el desear ser tu esposo,
mal premio das a mi fe.

LAURENCIA: 
Es que yo no sé dar otro.

FRONDOSO: 
¿Posible es que no te duelas
de verme tan cuidadoso
y que imaginando en ti
ni bebo, duermo ni como?
¿Posible es tanto rigor
en ese angélico rostro?
¡Viven los cielos, que rabio!

LAURENCIA: 
Pues salúdate, Frondoso.

FRONDOSO 
Ya te pido yo salud,
y que ambos, como palomos,
estemos, juntos los picos,
con arrullos sonorosos,
después de darnos la iglesia...

LAURENCIA: 
Dilo a mi tío Juan Rojo;
que aunque no te quiero bien,
ya tengo algunos asomos.

FRONDOSO: 
¡Ay de mí! El señor es éste.

LAURENCIA: 
Tirando viene a algún corzo.
Escóndete en esas ramas.

FRONDOSO: 
Y ¡con qué celos me escondo!

Sale el COMENDADOR

COMENDADOR: 
No es malo venir siguiendo
un corcillo temeroso,
y topar tan bella gama.

LAURENCIA: 
Aquí descansaba un poco
de haber lavado unos paños;
y así, al arroyo me torno,
si manda su señoría.

COMENDADOR: 
Aquesos desdenes toscos
afrentan, bella Laurencia,
las gracias que el poderoso
cielo te dio, de tal suerte,
que vienes a ser un monstruo.
Mas si otras veces pudiste
hüír mi ruego amoroso,
agora no quiere el campo,
amigo secreto y solo;
que tú sola no has de ser
tan soberbia, que tu rostro
huyas al señor que tienes,
teniéndome a mí en tan poco.
¿No se rindió Sebastiana,
mujer de Pedro Redondo,
con ser casadas entrambas,
y la de Martín del Pozo,
habiendo apenas pasado
dos días del desposorio?

LAURENCIA: 
Ésas, señor, ya tenían
de haber andado con otros
el camino de agradaros;
porque también muchos mozos
merecieron sus favores.
Id con Dios, tras vueso corzo;
que a no veros con la cruz,
os tuviera por demonio,
pues tanto me perseguís.

COMENDADOR: 
¡Qué estilo tan enfadoso!
Pongo la ballesta en tierra
[puesto que aquí estamos solos],
y a la práctica de manos
reduzco melindres.

LAURENCIA: 
¿Cómo?
¿Eso hacéis? ¿Estáis en vos?

Sale FRONDOSO y toma la ballesta

COMENDADOR: 
No te defiendas.

FRONDOSO: 
Si tomo
la ballesta ¡vive el cielo
que no la ponga en el hombro!

COMENDADOR: 
Acaba, ríndete.

LAURENCIA: 
¡Cielos,
ayúdame agora!

COMENDADOR: 
Solos
estamos; no tengas miedo.

FRONDOSO: 
Comendador generoso,
dejad la moza, o creed
que de mi agravio y enojo
será blanco vuestro pecho,
aunque la cruz me da asombro.

COMENDADOR: 
¡Perro, villano!...

FRONDOSO: 
No hay perro.
Huye, Laurencia.

LAURENCIA: 
Frondoso,
mira lo que haces.

FRONDOSO: 
Vete.

Vase LAURENCIA

COMENDADOR:
 ¡Oh, mal haya el hombre loco,
que se desciñe la espada!
Que, de no espantar medroso
la caza, me la quité.

FRONDOSO: 
Pues, pardiez, señor, si toco
la nuez, que os he de apiolar.

COMENDADOR: 
Ya es ida. Infame, alevoso,
suelta la ballesta luego.
Suéltala, villano.

FRONDOSO: 
¿Cómo?
Que me quitaréis la vida.
Y advertid que Amor es sordo,
y que no escucha palabras
el día que está en su trono.

COMENDADOR: 
Pues, ¿la espalda ha de volver
un hombre tan valeroso
a un villano? Tira, infame,
tira, y guárdate; que rompo
las leyes de caballero.

FRONDOSO: 
Eso, no. Yo me conformo
con mi estado, y, pues me es
guardar la vida forzoso,
con la ballesta me voy.

COMENDADOR: 
¡Peligro extraño y notorio!
Mas yo tomaré venganza
del agravio y del estorbo.
¡Que no cerrara con él!
¡Vive el cielo, que me corro!

FIN DEL PRIMER ACTO

lunes, 8 de agosto de 2011

Cervantes - El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Cap.I (Texto)


Capítulo I. 
Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote
de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso
Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.

Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar -que era hombre docto, graduado en Sigüenza-, sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.

En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.

En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.

Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo
que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.

Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque, según se decía él a sí mesmo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba. Y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.

Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde -como queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él a sí: 

-Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: ''Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante''? 

¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

sábado, 23 de julio de 2011

Delmira Agustini - Explosión (Análisis)

Análisis de Explosión de Delmira Agustini

Tema y Título

El tema del poema es la explosión que el yo lírico siente cuando el amor verdadero, el sensorial, llega a su vida. Según la Real Academia Española: explosión significa “liberación brusca de una cantidad de energía (…) encerrada en un volumen relativamente pequeño, la cual produce un incremento violento y rápido de la presión (…) va acompañada de estruendo y rotura violenta del recipiente que la contiene.

Si tomamos esta definición que en realidad refiere al proceso químico, podemos vincular el sentir de este yo lírico que se libera, y esta liberación que está movida por esa mágica fuerza, esa energía inexplicable y enloquecedora que es el amor. Sentimiento que mueve al mundo y que revoluciona el interior humano. Cabe aclarar que el yo lírico habla de dos tipos de amor: el que contiene la idea, y no deja de fermentarse en un “volumen relativamente pequeño” que es la mente humana, y el que se siente, sale, se vive, “explota”, “produce el incremente violento y rápido de la presión”, rompe las ataduras corporales y lo obliga a zambullirse en los brazos del otro de forma violenta y pasional. De este último, en contraposición con el primero es que quiere hablar el yo lírico. Ha vivido imaginando el amor, ha vivido pensando qué sería, pero ahora que lo siente, nada tiene comparación. Ahora la vida tiene sentido, ahora, no importa las consecuencias de esta “explosión”, rápida, inesperada, descontrolada, e incontrolable.

Estructura externa

El poema está escrito en forma de soneto, es decir, dos cuartetos (cuatro estrofas) y dos tercetos (tres estrofas) con una rima consonante (total) y en versos endecasílabos (once sílabas). La elección de la forma no es inocente. El soneto es una de las formas más rígidas en la poesía, por lo tanto en ella, que es un “volumen pequeño” – de acuerdo a la RAE – se concentra toda la emoción del amor, entonces la explosión será del ser que lo enuncia, y será aún mayor.

Estructura interna

Esta estructura se refiere al contenido del poema, y no deja de estar relacionado con la forma. Podemos pensar que en los cuartetos se plantea la situación que ha descubierto el yo lírico, cómo ha entendido al amor hasta ahora, y cómo lo siente hoy. Y en los tercetos se plantea el presente, resumiendo la misma situación de los cuartetos, pero ahora con toda la fuerza explosiva de sentir en el presente el amor.

Análisis del primer cuarteto

¡Si la vida es amor, bendita sea!
Quiero más vida para amar! Hoy siento
que no valen mil años de la idea
lo que un minuto azul de sentimiento.

El poema comienza con los signos de exclamación que ya demuestran esa explosión de sentimientos. El yo lírico ha descubierto que si el sentido de estar vivo es el amor, pues entonces bienvenida la vida para ella y para todos los que puedan sentir el amor. Su afirmación es absolutamente subversiva y revolucionaria para su época. La expresión “bendita sea” proviene del lenguaje religioso, y significa alabar, engrandecer, ensalzar. Bendecir es “consagrar al culto divino algo, mediante determinada ceremonia” (RAE). Sin embargo, en la época en que Delmira vivía, tal afirmación resulta una herejía, era exaltar algo que se relaciona con los sentidos, lo sensual, lo que los cristianos denominan “concupiscencia”, que sería la exaltación de las placeres corporales. Tomando una cita bíblica que afirma la primera carta de Juan, capítulo 4, versículo 16: “Dios es amor; y el que vive en amor, vive en Dios, y Dios en él” -intertextualidad que hace el yo lírico – podemos ver su rebeldía.  Claramente el amor que propone esta carta no es el amor erótico, sino el amor divino, también llamado “ágape”, que es amor a Dios y a los hermanos en la fe. La rebeldía del yo lírico es traspasar esta idea al amor erótico, real, físico, y mezclarlo con lo divino. Cambia la palabra “Dios” por “vida”, y adjunta el “bendita sea”, como si todo el discurso religioso que le han enseñado hasta el momento contradijera lo que hoy siente, como si ese discurso la hubiera obligado a estar pasiva, sintiendo el amor como una idea lejana e inalcanzable físicamente, y no le hubieran explicado, ni le hubieran dado permiso para descubrir esta otra forma de sentir.

Es esta nueva forma de sentir la que la lleva a afirmar “quiero más vida para amar”, el sentimiento nuevo es tan poderoso que haberlo descubierto también revela la angustia de la muerte. No está pensando, como le enseñaron en su época. a desear la vida después de la muerte, quiere la vida que acá se siente, que acá se vive, que acá se ama.

A través del encabalgamiento - cuando un verso continúa en el siguiente- el yo deja aislado y reforzado el marco temporal: “hoy siento”, y esto es subjetivo, por lo tanto no es cuestionable, es personal, de esta manera, qué discurso religioso puede atreverse a desmentir lo que el yo siente.

Los últimos dos versos del cuarteto oponen las dos ideas, la que le han planteado y la que ha descubierto. Esta oposición se vuelve violenta por la fuerza que le da la antítesis:

 “que no valen mil años de la idea
lo que un minuto azul de sentimiento.

“Mil años” contra “un minuto”, “la idea” contra “el sentimiento”. Haber perdido mil años soñando con el amor no vale nada cuando uno se encuentra verdaderamente con el sentimiento. Todo pierde sentido. Si le dieran al yo lírico mil años de vida, pero sólo le permitieran la idea del amor, lo cambiaría, sin dudar, por un solo minuto del sentimiento real, verdadero, aunque eso sólo fuera lo que le quedara de vida.

La palabra “azul” resulta emblemática en el texto. Recordemos que Delmira está influida por el modernismo, y el nicaragüense Ruben Darío ha publicado su libro “Azul” que ha marcado a los poetas de América y España. El color azul luego de esa publicación se ha convertido en símbolo de escritura apasionada, de pasión rebelde y real, también mezclada con la melancolía, de un mundo que los excluye por querer sentir, y expresar como bandera sus sentimientos, en un mundo materialista y enloquecido por los nuevos inventos tecnológicos, y perdido en el principio del consumismo.

Segundo cuarteto

Mi corazón moría triste y lento...
Hoy abre en luz como una flor febea.
¡La vida brota como un mar violento
donde la mano del amor golpea!

El segundo cuarteto comienza con la personificación del corazón, o tal vez una metonimia de él. Lo importante es que representa lo más íntimo y más vital del ser humano, y por lo tanto donde se encuentran, para ese yo lírico, sus sentimientos, que mueren de una tristeza lenta. Esto es lo que ha provocado la idea, una agonía constante e inacabable, hasta este “Hoy”. Para mostrar esta agonía, el yo lírico usa los puntos suspensivos, porque si no hubiera aparecido este “Hoy”, esta nueva forma de sentir, de vivir, de amar, lo único que le hubiera quedado es más agonía, que en el tiempo se prolonga, y también lo hace en el verso, dejando lo que sigue en un futuro, de manera incierta. Pero aparece ese “Hoy”, ese presente rompe con la agonía y vuelve al yo lírico al centro, que suge de esta nueva revelación. Otra vez aparece la antítesis entre la muerte del corazón, y la apertura a la luz. Este nuevo sentir la invita a renacer, a volver a nacer, a volver a una nueva vida. La comparación: “hoy abre en luz como una flor febea”, refiriéndose al corazón, deja entrever la antítesis de la oscuridad de la muerte con la nueva luz que ahora se abre. La imagen “flor febea” muestra la belleza con que el yo visualiza su corazón, frágil, pero hermoso, con un nuevo perfume, con la delicadeza de sus pétalos, y también con lo efímero, pero ¿qué importa si al menos logra abrirse y sentir lo que tanto le fue negado? La palabra “febea” refuerza la imagen de luz. Febo es el dios de la luz en la cultura griega, y uno de los rasgos de estilo del modernismo es utilizar palabras referidas a culturas antiguas, que también los alejaran de la vulgaridad que los rodeaba. Así el yo usa la palabra “febea” y relaciona este renacer con algo divino, mágico, milagroso. Su corazón vuelve a la vida porque alguna divinidad le ha permitido ese milagro.

Los últimos dos versos del cuarteto terminan en una imagen que reafirma la violencia de la explosión a través de la comparación, y la metáfora. “La vida brota” podríamos encuadralo dentro de las figuras metafóricas, ya que esta parece tener un movimiento propio, una vida dentro de ella misma que se mueve sin la intervención humana, como una planta que crece sola o una cañería que se rompe y el agua inunda todo. Así la vida, lentamente va creciendo en el yo lírico, a pesar del yo, o sin control de ella. La comparación de esa vida con el mar violento, nos completa la imagen de lo incontrolable. ¿Quién puede detener el mar? ¿Quién puede hacer que deje de estar violento? ¿Qué puede el hombre frente a él, cuando se propone arrasar con todo? Así la vida invade al yo, y lo que mueve a ese mar es la fuerza divina del amor, personificado en la mano que golpea a ese mar. Una vez más, si Dios es quien tiene el poder de hacer tal cosa, pues entonces su amor no va contra las creencias que le enseñaron, sino que esas enseñanzas han sido mentirosas, o no han sido completas. No se puede para lo irrefrenable, cuando la mano es tan poderosa como para violentar, revolucionar todo sus sentidos y sentimientos. El amor llama a su corazón, y ya nada puede detenerlo.

¡La vida brota como un mar violento
donde la mano del amor golpea!

Los tercetos

Hoy partió hacia la noche, triste, fría...
rotas las alas, mi melancolía;
como una vieja mancha de dolor
en la sombra lejana se deslíe...
¡Mi vida toda canta, besa, ríe!
¡Mi vida toda es una boca en flor!

Los tercetos comienzan, una vez más, con el adverbio “hoy”, sin embargo hablará de su condición pasada y de un quiebre entre ese presente y su pasado.

El primer verso muestra su condición pasada, su melancolía, su tristeza difusa, su agonía lenta ha terminado, ha partido, ya no es parte de su presente, ha marchado a donde tiene que estar, en la oscuridad en la que ha vivido hasta entonces: “la noche, triste, fría”. Una vez más esta noche la representa en su pasado, por eso es “triste”, porque ese es el sentimiento que la ha ahogado hasta este “hoy”. La frialdad también se había apoderado del yo lírico, que no tenía otra opción hasta ahora de mantenerse aislada del calor humano, porque no le estaba permitido, ya que el amor no era más que una idea, y no una vivencia.

Una vez más, los puntos suspensivos sugieren la partida, el verso queda suspendido, y parece como si el yo viera partir esa tristeza, esa noche, esa frialdad a un mundo que ya no le pertenece.

rotas las alas, mi melancolía;
como una vieja mancha de dolor
en la sombra lejana se deslíe...

Lo que parte es la melancolía que parecía tener las alas rotas, es decir, el desencanto parecía no poder desaparecer jamás de ella, lo que le hacía pensar que no existía ninguna esperanza de algo diferente. Esta melancolía está animalizada al hablar de sus alas rotas. Esto hace más milagroso la llegada del amor como algo real. Compara esa melancolía con “una vieja mancha de dolor”, pensando siempre que la mancha se relaciona con la oscuridad y que se contrapone con la luz que ahora ella siente en su corazón. Es “vieja” porque la conoce desde siempre, y porque ya no tenía esperanza de que desapareciera. Al ser vieja, también era más difícil de quitar de su alma, y esto se vuelve trágico si pensamos que lo que esa mancha significa es “dolor”. La melancolía, arraigada a ella sólo podía producir un dolor lento, molesto, indefinible.

El yo lírico hace un violento encabalgamiento entre un terceto y otro, y termina su idea sugiriendo que la sombra, la mancha vieja del dolor se desata de ella y parte a la “sombra lejana”, su vida ahora es luz, nada tiene que hacer esa sombra en su presente.

¡Mi vida toda canta, besa, ríe!
¡Mi vida toda es una boca en flor!

Termina el poema con dos versos marcados por los signos de exclamación que expresan la explosión que el yo siente en el presente. A su vez utiliza un paralelismo (repetición de la misma estructura gramatical) que reafirma su pasión. Ya no es el yo el que siente, es “mi vida toda”, con todo lo que ella implica. Las expresiones son de felicidad intensa: “canta, besa, ríe”. En una palabra: vive, con todos sus sentidos, con todo su ser. Utiliza verbos para mostrar que de aquella pasividad en la que estaba inmersa, ahora hay acción vital, vida en movimiento, alegría suprema.

El último verso es una metáfora de lo que significa estar viva: “es una boca en flor”, su actitud ahora es la de tomar la vida, gustar de ella, besarla, amarla. Y el estar “en flor” implica el nuevo nacimiento que ahora está experimentando en el mejor momento de su vida, en el más bello, en el que vale pena vivirla, porque está brotando y abriéndose a ella.

Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional.

Romances medievales

  LOS ROMANCES Definición Se llama romance, en literatura, a la composición épico-lírica que consiste en una tirada larga de versos o...