miércoles, 19 de enero de 2011

Espínola - Rodríguez (Análisis)

ANÁLISIS DE "RODRÍGUEZ"

Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

Título

El título del cuento es epónimo, porque refiere al nombre de uno de los personajes, el protagonista. Es el protagonista porque lleva la acción, si bien no hace mucho, más que seguir su camino, su no accionar mueve la acción del cuento a través de reacción del otro por movilizarlo, de esta manera, la acción general va creciendo.

Es interesante captar que el apellido Rodríguez es un apellido común, que tiene el sentido de emparentar al Hombre con este personaje. No es un apellido que realmente sirva para destacarlo de los demás, sino para generalizarlo. Esto no es común, ya que el nombre de las cosas y las personas (lo mismo se puede decir de los apellidos) sirve para darle identidad a las cosas. Si no las nombramos, éstas no existen como individualidades. En este caso se nombra, pero mostrando la generalidad y de esta manera quitando la identidad del personaje. Esto también tiene relación con la actitud del personaje en todo el cuento. De Rodríguez se sabe poco y nada, lo único que se puede decir es que es inamovible de su objetivo.

Estructura

La estructura de este cuento podría verse de esta forma:

1. Introducción: Presentación de personajes; del entorno espacial y temporal; y del conflicto que incluye los ofrecimientos del personaje fantástico.

2. Desarrollo: Las pruebas del hombre de poncho rojo.

3. Desenlace: La frustración del hombre de poncho rojo y el abandono.

Narrador

El narrador cuenta en tercera persona, con lo cual se puede deducir que no forma parte de la acción, sino que está contando los sucesos que otros vivieron. Este narrador es omnisciente ya que conoce lo que piensa Rodríguez, así como lo que piensa el otro personaje. Sin embargo, este narrador asume un punto de vista variable. El punto de vista es el lugar desde el que cuenta el narrador, y estos puntos de vista coinciden con la estructura del cuento. En la primera parte asume el punto de vista de Rodríguez, en la segunda del personaje fantástico, y en la tercera intercambia entre uno y otro.

El narrador de este cuento no juzga la acción, deja que esta transcurra y que el lector sea quien enjuicie. Si el juicio aparece en su narrativa, habitualmente es a través de los ojos de algún personaje.

La narrativa de Espínola, encuadrada en un mundo convulsionado, plantea personajes que son prototipos sin realmente serlo. Los gauchos que presenta en sus obras, ya no son típicamente regionales, sino universales. Y los conflictos que lo aquejan no corresponden a su condición de gauchos, sino a su condición de Hombres. Por lo tanto su narrativa invita a un cuestionamiento del lector. Rodríguez es un hombre cansado de la vida, sin expectativas, sin pasado y sin futuro, por lo menos no lo presenta en el texto. Un hombre vacío e indiferente ante el mundo. Esta lectura del personaje como un hombre en el medio de un viaje nocturno, del que no se presenta nada, y al que no le interesa nada, puede relacionarse con el hombre “muerto” en vida de principio de siglo. Aquel que ha perdido las ganas de pelear por la vida a causa de su desepción y la angustia que sobrevuela este principio de siglo.

También podemos ver a Rodríguez, como aquel hombre que ya no cree en la política, ni en soluciones, ya que el personaje fantástico podría relacionárselo con un político en el contexto uruguayo, ya que lleva un poncho “más que colorado”, pero esto lo explicaremos más adelante.

Tema

La temática del cuento se comprende a través del conflicto. Y el conflicto se entiende en la medida que somos capaces de determinar qué simboliza cada uno de los personajes involucrados en la historia.

Hay autores que ven en "Rodríguez", una alegoría entre el bien y el mal, y cómo el mal intenta sacar del camino al bien, y cómo el bien siempre gana. Si así fuera, entonces Rodríguez representa el bien, y el otro representaría al diablo que intenta seducirlo para ganar su alma. El encuentro con el diablo ha sido un topos en la literatura gauchesca y fantástica. Por lo tanto el cuento se transformaría en una alegoría. Seguir el camino recto es lo que se debe hacer, y no dejarse tentar por el diablo que siempre está escondido para hacernos detener.

Sin embargo, tomando en cuenta la actitud inconmovible de Rodríguez, incluso frente a la magia, podemos deducir que el personaje no tiene ningún interés por estar vivo, y que nada absolutamente lo conmueve. Cualquier ser humano normal le asombraría las pruebas sobrenaturales que hace el personaje de colorado, sin embargo Rodríguez no se inmuta. No hay en él una pizca de curiosidad. Por otra parte, no tiene ambición, ni buena ni mala, frente a las cosas que se le ofrecen, con lo cual no tiene interés de progresar. No se sabe hacia dónde va Rodríguez, ni de donde viene, ni por qué viaja de noche, con lo cual no podríamos, simplemente, pensar en Rodríguez como el Bien, y de esta manera, el tema se complica, mostrándonos que ya no existe una sola verdad para leer un cuento. Recordemos que estamos bajo la era del Relativismo, así que la verdad absoluta empieza a cuestionarse. También en este caso, la lectura del cuento se puede complejizar.

Si es así, el hombre de poncho colorado tampoco sería el Mal, sino una fuerza que intenta tentar a Rodríguez con cosas que comúnmente serían las más deseables. Este personaje necesita, para lograr su propósito, alguien que quiera a la vida, sino es imposible tentarlo, sin embargo se encuentra con Rodríguez que no tiene metas, ni interés en estar vivo, es por ello que este personaje fracasa.

Así lo que parece malo y bueno resulta discutible, y es necesario mirar el cuento desde otro punto de vista, tal vez como la lucha entre la tentación y la indiferencia, que resulta una muerte en vida. Por lo tanto, este personaje fantástico podría verse como un mago, que intenta asombrar y seducir, y a Rodríguez como un hombre descreído e indiferente.

Una tercera lectura del tema se asoma en el cuento cuando el narrador habla del poncho “más que colorado”. Decir “colorado” y no rojo, en este país tiene algunas connotaciones. El partido Colorado, gran enemigo del autor, podría estar simbolizando a este personaje fantástico. No olvidemos que esta patria se hizo a partir de la lucha de hombres con ponchos y divisas blancas y coloradas. Así este hombre podría ser un político que intenta ganar el voto de Rodríguez, tal como era habitual en la época. Hay una crítica así a los partidos políticos que son capaces de ofrecer cualquier cosa por el apoyo electoral, y hacer cualquier acto de “magia” para conseguirlo. Rodríguez, sería de esta manera, un hombre que ya está mas allá de estas manipulaciones políticas. Es un hombre de campo, que poco le importa como se muevan “allá”, en el lugar que está muy lejos de su realidad. Ya no cree en nada, ni en nadie, y mucho menos en alguien que tutea o habla con voz melosa.

En realidad, estas tres lecturas que parecen contradecirse, no lo son tanto. Las tres pueden coexistir. Las tres pueden articularse perfectamente, porque parten del mismo texto. Así el lector elegirá cuál quiere para llevar a cabo su lectura. Dependiendo de la que se elija, algunos símbolos del cuento podrían variar en su interpretación.

Primera parte: Entorno, presentación de personajes, las ofertas

Se nos presenta el momento del día en que se va a desarrollar la acción: la noche, teniendo en cuenta todas las connotaciones que a la noche se refiere. Es el momento del día en que suceden las cosas inexplicables o irracionales para el hombre. Pero esta noche es particular, ya que la luna inmensamente blanca, da a la misma la apariencia de ser de día. Este contraste entre la luz y la sombra, nos plantea, ya, una circunstancia no habitual que anuncia una situación anormal. En la noche suceden las cosas oscuras y misteriosas del hombre, pero la presencia de la luna, y su luminosidad, nos presenta un contraste que dará lugar a una lucha, ya que la noche, con todas sus connotaciones, no podrá imponerse.

La antítesis luz/sombra se irá desarrollando durante todo el cuento. Simbólicamente podríamos pensar en la sombra como el mal y la luz como el bien, si siguiéramos la primera lectura plateada en el tema. Pero si nos aferramos a la segunda, la luz de la luna no necesariamente simbolizaría la claridad en la noche, sino la muerte, ya que el color de la luna se parece al color de un cadáver. Así la noche, asociado a la pasión desenfrenada, estaría en perfecto contraste con “la muerte” simbólica con la que asociaríamos a Rodríguez.

La ubicación espacial del personaje extraño ya nos muestra algo de lo que sucederá. Este personaje se encuentra en un lugar opuesto a Rodríguez, y lo está esperando. Durante todo el cuento, Rodríguez y el de poncho colorado serán diametralmente opuestos, y eso está reflejado en la ubicación espacial del comienzo. Serán opuestos en todos los sentidos: El hombre extraño tentará, tendrá emociones fuertes, hará magia, rebosará de vida, mientras que Rodríguez expresará muy poco, jamás emociones fuertes (precisamente eso será lo que descontrolará al hombre), no creerá en nada, no espera nada más de la vida, no le interesa nada, no va a aceptar nada, más que seguir caminando hacia un rumbo desconocido para el lector.

La primera acción de Rodríguez nos habla de un personaje desconfiado, alerta física y mentalmente para cualquier peligro, y preparado para enfrentarlo, sin medir consecuencias, ni dudar. Si Rodríguez es un hombre desconfiado es porque la vida lo ha decepcionado, o le ha enseñado que existe el daño mal intencionado. Rodríguez no parece dudar de su decepción, ni cuestionarse su desconfianza. El mundo amenazante es algo absolutamente aceptado para él, y frente a esa circunstancia, su actitud resulta absolutamente egoísta, ya que no plantea la posibilidad de cambio, sino simplemente cuidarse, y cuidar sus cosas (su zainito por ejemplo); tal vez este sea uno de los pocos intereses que Rodríguez muestra.

La grafopeya (presentación de rasgos físicos) del personaje antagonista nos ubica frente a un personaje que no corresponde a este ambiente del campo, tal vez sí al de la noche. Éste está vestido con un poncho colorado, que además de llamar la atención, resulta inadecuado para la circunstancia. Es el primer indicio de anormalidad en el personaje, y el segundo en el cuento, ya que el primero está en la luna. No es esperable que un hombre de campo ande con un poncho colorado y por lo tanto, demasiado llamativo. Si tomamos en cuenta este aspecto, podríamos decir que este personaje rebosa de vida y de pasión, algo de lo que carece absolutamente Rodríguez. También aquí podemos afirmar que estamos frente una lectura política del cuento si tenemos en cuenta que es un uruguayo, y que Espínola fue blanco, hasta cerca de su muerte que se hizo comunista.

La acción de sonreír y acercarse al protagonista muestra también algo extraño. El personaje lo estaba esperando e intenta seducirlo. La sonrisa es símbolo de acercamiento y amistad, pero dadas las circunstancias extrañas, tal vez, otra persona podría haberse asustado: alguien espera en la noche, no es común su forma de vestirse, sonríe y se acerca para trotar con él.

El narrador plante una grafopeya del personaje extraño, mientras que de Rodríguez no nos da ningún dato físico. No dar datos sobre Rodríguez implica no darle relevancia a ese aspecto, porque de esta manera contrasta antitéticamente con el otro que le da una importancia sustancial a su aspecto físico, ya que retuerce “esmeradísimamente” sus bigotes. Nótese como el narrador utiliza una palabra tan larga, no sólo para referirse a la importancia que le da el seductor a su aspecto (algo obvio si hablamos de seducción y tenemos presente que la seducción entra por los ojos) sino también para que imaginemos esos bigotes en toda su largura y su ridiculez. Este personaje no sólo contrasta en apariencia con Rodríguez, también contrasta en lo que a cada uno le interesa cuidar: a Rodríguez su zainito y otro su apariencia.

Por otra parte, esta descripción tiene el sentido de mostrarnos cómo cualquiera podría ver lo extraño del personaje y sentir, aunque más no sea miedo, mientras que Rodríguez no siente nada, más que cuidado, y sólo en un principio.

Los datos que se nos da del personaje mago/diablo/político (o como se lo llama en el texto: cargoso, pegajoso, seductor, etc) son su flacura, su altura, su barba negra que contrasta con el poncho colorado, y los bigotes. En su descripción predomina el sentido visual y con él el contraste cromático, rojo y negro, que nos sugiere la presencia de algo apasionado y oscuro. De allí que pensemos en el mago como el Mal, sumado a la tentación que intenta promover en Rodríguez y entonces concluyamos, según una de nuestras posibles lecturas, que este personaje es el Diablo.

Así que este personaje está desubicado en su intento de seducir desde el primer momento, ya que va de poncho colorado y con una figura preocupada por su apariencia, algo lógico de un hombre de ciudad, pero que contrasta hasta lo más profundo con un hombre curtido por la vida, un hombre de campo, como lo es Rodríguez. Esto resulta más que ridículo, y el mismo narrador lo explicita a través de los ojos de Rodríguez, hombre práctico que no comprende que se le de tanta importancia a los bigotes y no a algo tan esencial como es comer y estar “puchereado” para poder encarar los trabajos del campo.

“A Rodríguez le chocó aquel no darse cuenta el hombre de que, con lo flaco que estaba y lo entecado del semblante, tamaña atención a los bigotes no le sentaba”.

La preocupación por el aspecto físico, tiene sentido si pensamos que el mago debe ser, por sobre todas las cosas un seductor. Un seductor es quien persuade, incita con promesas o engaños a hacer algo, debe fascinar, o sea, retener la atención del otro. Y nada mejor para eso que tener un aspecto fuera de lo común.

Sin embargo, la esmerada figura del mago para retener su atención, no funciona en Rodríguez, con lo cual ya tenemos el primer indicio de un posible conflicto que se ira agravando a medida que transcurra el cuento.

Quien primero acciona es el mago, quien tiene como objetivo retener la atención de Rodríguez, en primera instancia, para lograr luego tentarlo y conquistarlo. Siendo que Rodríguez, ni siquiera entra por el aspecto físico, y siendo que la imagen es lo primero que "se compra", este mago estará condenado al fracaso desde este primer momento, algo que el lector atento ya podrá anunciar, y que el personaje del mago ni se entera, por eso sigue adelante, aún a pesar del rechazo que él no verá.

El proceso de seducción empieza con la mirada, luego la sonrisa, el acercamiento, y por último la palabra. El “diablo/mago/político” sigue las todas las etapas pero nunca espera la reacción del otro para pasar a la siguiente. Lo hace, dando por sentado que él es irresistible.

La acción del mago tiene ya una extrañeza en su tono de voz: "con melosidad". Esta palabra viene de miel, y trata de una excesiva amabilidad que parece falsa, impostada. Con lo cual Rodríguez pierde cualquier temor frente a él e interés, frente a lo extraño o desconocido. Sólo le interesa su seguridad personal y esta ya no está en riesgo. Tampoco tiene ninguna curiosidad, toma la decisión de seguir adelante. Esta falta de curiosidad es lo que nos lleva a la lectura de la apatía de Rodríguez. ¿Es la curiosidad, el deseo de saber una señal del mal o del bien? La respuesta de esta pregunta nos llevaría a un largo tratado teológico.

Frente a la pequeña acción de Rodríguez, de mantenerse fijo en su camino, el mago vuelve al ataque, pareciendo que es él quien maneja la acción, pero desde el momento que su objetivo es dominar al otro, su acción estará irremediablemente atada al otro, y lo que parece ser Poder, en realidad es Esclavitud. Mientras intente conquistar a Rodríguez, este último tendrá siempre el poder de la acción del otro, de ahí su necesidad de acercarse y hablar.

En el habla el “meloso” comete un error con el que espera sorprender a Rodríguez y es “el tuteo”, exceso de confianza, invasión de la intimidad de un hombre tan reservado como Rodríguez. Así que además de irresistible, se cree con derecho a invadir pensando que así caerá bien, tratando con esto de romper las barreras de Rodríguez.

La lucha de miradas que se plantea entre ellos es una prueba de lo inútil de su proceder, y de la pérdida de su poder, a pesar de que el extraño no se da por enterado de ello. La metáfora "Le clavó un ojo Rodríguez" enfrentada a la expresión “que era un cuchillo de punta” refiriéndose a la mirada del extraño, nos muestra la lucha de poder que plantean los personajes. Basta un ojo de Rodríguez, para hacer que este mago se contraiga en su intención de lucha y quede cual “un cordero”. Aunque parecería que un cuchillo es más fuerte que un “clavo”, la mirada de Rodríguez planteada de frente supone un límite claro para el extraño. El mago mira de costado, tratando de crear un clima de misterio y superioridad, que se corta frente a la franqueza de Rodríguez que nunca entra en su juego. Esta lucha perdida por el mago, es una especie de anticipación del final.

“-Por eso, por eso, por ser vos, es que me voy al grano, derecho. ¿Te gusta la mujer?... Decí, Rodríguez, ¿te gusta?”. El mago nunca se enteró o no quiso ver que el tuteo no había logrado su propósito. Pero él aún insiste en su apuesta, y ahora lo hace más fuerte, lo llama por su nombre. Esto debería asombrar a Rodríguez, sin embargo ni se inmuta, como si le pareciera que eso es esperable y natural de este pesado. Pero cualquiera podría pensar en algo “extraño”, tal vez mágico, si nos llama por nuestro nombre alguien a quien no conocemos.

La primera oferta que le hace es la mujer, porque supone que es lo más común, lo que cualquier hombre quisiera tener. Todas las ofertas que le haga tendrán esa impronta: mujeres, oro, poder. Pero Rodríguez no es cualquiera, y si conoce su nombre, ¿no conoce a Rodríguez lo suficiente como para saber que estas ofertas no son para él? Para que la seducción funcione tenemos que realmente ver al otro, y este personaje no ve a Rodríguez, lo ofrece lo que a él no le interesa. Entonces: ¿cuánto poder tiene realmente o es que no se toma el trabajo de individualizar su oferta?

Además de todo esta primera oferta es para Rodríguez una interesante “piedra en el zapato”. Analicemos la reacción de Rodríguez: “Brusco escozor le hizo componer el pecho a Rodríguez, mas se quedó sin respuesta el indiscreto. Y como la desazón le removió su fastidio, Rodríguez volvió a carraspear, esta vez con mayor dureza. Tanto que, inclinándose a un lado del zaino, escupió”. Tal vez sea esta la única muestra de conmoción del personaje. El narrador no nos dice por qué esta conmoción, pero si miramos las palabras que utiliza podemos descubrir algo interesante de Rodríguez. La palabra escozor tiene dos significados que arrojan luz: sensación dolorosa, como la que produce una quemadura o sentimiento causado por una pena o desazón. Por lo tanto a Rodríguez lo asalta una pena cuando se le habla de la mujer, posiblemente porque se sienta traicionado por alguna que aún ama, y que también desprecia, como le pasa al hombre con sus contradicciones. Este “escozor” ataca su pecho, donde está su corazón, lugar metafórico de los sentimientos. Pero aún así no le responde al “indiscreto” quien se ha metido en un lugar íntimo al que Rodríguez no piensa darle lugar. Pero continuando en esta línea de análisis, la “desazón le removió su fastidio”, siendo “desazón” una inquietud interior, una pesadumbre, un disgusto. Rodríguez se perturba frente a esa inocente pregunta, y termina haciendo una de las mayores muestras de desprecio que es escupir.

Esto que parece tan obvio y que debería ser para el seductor una alerta de que su propósito no se cumple, no es realidad nada para él, que torpemente deja pasar este gesto y vuelve a ofrecerle la mujer, pero ahora de sus sueños. Una mujer que obviamente para Rodríguez es una pesadilla. No le ofrece la mejor mujer del mundo, sino la de sus sueños, que por lo que vemos no es precisamente lo mejor.

Algo parecido pasa con las otras ofertas, ya que todas tienen un techo. Le ofrece oro, pero no todo el oro, sino el que él pueda cargar luego de haber conseguido latas o recipientes en qué cargarlos. Así que si consigue diez recipientes, serán diez, y si consigue dos, serán dos. Y por último lo mismo pasa con el poder. Le ofrece de General para abajo. Cualquier cargo que quiera pero no el más alto. Si pensamos en la figura del diablo, acá tenemos otra ironía del autor, los cargos políticos militares más altos, no los da el presidente, sino el diablo.

El orden de las ofertas también es interesante porque van de lo menos importante a lo más importante, según el interés estandarizado del hombre común.

Pero todo esto que para cualquiera sería lo más llamativo, para Rodríguez es el “cargoso” quien se lo ofrece. La forma en que en la primera parte del texto el narrador utiliza para nombrar al mago/político/diablo, resulta interesante de ver, ya que éste utiliza el punto de vista de Rodríguez, por lo tanto la forma de llamarlo tiene relación directa con la forma en que Rodríguez ve a su antagonista. Revisando la lista en el orden que aparece podemos ver la evolución interna de Rodríguez: el otro, el desconocido, el hombre, el importuno, el interlocutor, el indiscreto, el ofertante, el cargoso, el pegajoso, el seductor. Cada uno de estos nombre tiene que ver con un momento de la narración en que el antagonista interactúa con Rodríguez.

Cada una de las partes de este cuento termina con una intervención de Rodríguez, ya sea directamente o en el pensamiento. La primera es en el pensamiento: “pucha que tiene poderes, usted”. Esto que no llega a decir Rodríguez es adivinado a través del silencio por el antagonista que está esperando atentamente una respuesta y no puede entender que Rodríguez no de ninguna luego de todos los ofrecimientos que le hizo.

El narrador termina esta parte asumiendo el punto de vista del extraño, quien en un solo gesto muestra su desazón, se toca la barba pensativo, agacha la cabeza desolado, ante la indiferencia de Rodríguez. Ahora este personaje extraño que creía ser tan fuera de lo común, viene a darse cuenta que Rodríguez tampoco tiene nada de común.

Segunda parte: las pruebas

Esta segunda parte del texto comienza con un narrado que asume ahora un punto de vista externo, y presenta la imagen de los personajes como si fuera un cuadro, mirado a distancia y casi sin movimiento. La luna blanca, otra vez, aparece para mostrar nítidamente las imágenes de los caballos y sus jinetes, y se destaca el silencio. Ya no hay más para decir. Sobran las palabras, y no aparecen las acciones que sirvan para el propósito de seducción. Cada uno está sin poder interactuar con el otro, aunque obviamente a Rodríguez no le interesa, porque su único propósito es no desviarse del camino.

Rodríguez no necesita nada, y en la medida que no necesita, nada le interesa tampoco. De esa manera el seductor no tiene posibilidad de inferencia en él.

La acción ahora la comienza Rodríguez, se arma un cigarro, no como un acto de confianza, sino como una expresión de paciencia e indiferencia, como si dijera: “bueno, esto va para largo”, ya que el “diablo” no parece haberse dado por vencido, sino todo lo contrario, ya que la acción de Rodríguez lo invita a volver a la lucha. Parece encenderlo, parece darse creer que lo que Rodríguez necesita es una prueba de su poder. La pasión del extraño irá creciendo a partir de este momento del cuento. Tan ansioso se pone, tan deseoso de mostrar su poder y sorprender a Rodríguez que comete el error de casi darse contra unos arbustos del costado del camino. Este acto ridiculiza la figura de quien quiere y cree tener el poder. Si pensamos en la figura del diablo, podríamos ver aquí la ridiculización de su imagen, y aún si queremos trasladarla a un político importante. Ambos poderes están ridiculizados.

Necesita separarse un poco de Rodríguez para que éste pueda ver la prueba que va a realizar. Pero no sólo resulta ridícula la imagen del seductor porque casi se choca con los espinillos, sino también porque Rodríguez no lo espera, así que aún cuando casi se cae tiene que hacer lo posible para no perder el trote.

“-¿Dudás, Rodríguez? ¡Fijate, en mi negro viejo!” interpela el extraño. Es interesante ver la metonimia que utiliza “negro viejo” para referirse a su caballo. Una metonimia es cuando se hace una transposición de sentido, y entre las palabras transpuestas hay una relación de contigüidad, o sea de inmediatez. Normalmente usamos esta figura cuando tomamos una parte para referirnos a un todo. En este caso se toman las cualidades para referirse al caballo. Pero esta elección no es inocente. El mago quiere que Rodríguez se fije especialmente en esas cualidad porque serán las que cambiará. Necesita que Rodríguez lo vea, sino la seducción no tendrá sentido, no podrá asombrarlo, no cumplirá su propósito. Y justamente Rodríguez ganará esta lucha porque no quitará la mirada de delante del camino, así que no le prestará ninguna atención. La lucha se concentra cada vez más en su mirada, y si observamos, el otro estará haciendo referencias cada vez más desesperadas a la atención de Rodríguez: “Fijate”, “-¡Mirá!”, “¡Servite fuego, Rodríguez!”, “¿Y esto?”, “¡Mirá qué aletas, Rodríguez!”.

Pero comienza tranquilo, a pesar de incidente de los espinillos, y su primer prueba será convertir al caballo de negro en color leche y de viejo en joven. Para esto hará un juego quiásmico: “negro viejo” / “tordillo como leche”. El quiasmo es una figura poética que consiste en entrecruzar los términos, formando de esa manera una estructura de espejo. Así “viejo” y “todillo” que hacen referencia a su edad, quedan unidas, y en los extremos quedan las cualidades “negro” y “leche”. Estos términos antitéticos refuerzan la idea del poder que tiene este personaje antagónico. Puede controlar las cualidades de los animales, lo que nos introduce en el elemento fantástico, en lo sobrenatural e inexplicable.

Este acto debe sorprender a cualquiera porque escapa del poder de lo humano. Pero no así a Rodríguez, y aunque no lo sabemos aún, el extraño sigue basándose en lo que comúnmente sorprendería a cualquier mortal; así que está seguro de haberlo sorprendido y no quiere darle tiempo a pensar para que la sorpresa sea aún mayor.

Pasa entonces así a la segunda prueba: transformar una rama en víbora. Es interesante como la rama parece una prolongación de su brazo, ya que este es “puro hueso”. Esto que debería alertar a Rodríguez, de que no está con un hombre común.

Otro elemento que nos acerca a la lectura del diablo es pensar, no sólo en lo huesudo del personaje, sino también en que transforma esa rama en víbora y la domina, la oprime y la tira cuando quiere. Recordemos que la víbora es símbolo del diablo en el jardín del Edén, y recordemos que si hablamos de la figura del diablo, hablamos de la cosmovisión bíblica. Así que dentro de esta lectura maniquea de la presencia del bien y del mal, esta lectura de la supremacía del personaje sobre la víbora, encuadra perfectamente con la lectura del diablo. Otro elemento que apoya esta teoría es el contraste entre el brillo de la víbora y el color negro de la noche. Recordemos que este contraste es eje de toda la narración.

La oportunidad realmente llega cuando este “diablo” descubre que a Rodríguez le falta algo, es decir tiene una necesidad, una carencia, y esta es el fuego para encender su cigarro. No la pierde, sino todo lo contrario, le excita pensar en las posibilidades de asombro que le da la falta del yesquero. Pero este “diablo” tiene mucho de humano, y debe apelar a la calma para poder hacer su prueba dando a entender su superioridad. Es interesante percibir esta contradicción entre lo sobrenatural y lo humano que el mismo personaje encierra, y que si bien vemos es igual que Rodríguez pero proporcionalmente contrario. Rodríguez es un hombre común, pero su indiferencia y su falta de asombro lo hacen casi sobrenatural.

La tercera y última prueba será frotar la yema del dedo gordo y sacar de eso fuego, presentándola en la uña del pulgar. Esto obligará a Rodríguez a mirar, la obsesión del mago. No sólo tendrá que mirar sino acercarse para prender el cigarro, incluso hasta inclinar la cabeza ante él. Pero nada de esto sale como lo piensa el extraño, ya que Rodríguez lo hace como si fuera algo común, que todos los días pasara. El extraño, ansioso, pregunta la opinión de Rodríguez y es la primera vez que este habla, la que marcará el final de la segunda parte o del desarrollo y comenzará el desenlace.

Rodríguez contesta “esas son pruebas”, minimizando todo el esfuerzo que este extraño había hecho para sorprenderlo. ¿Qué diferencia hay entre este ser y un hombre de circo? Es más, el narrador vuelve al punto de vista de Rodríguez, que tenía abandonado, y nos enteramos, junto con el mago de esta falta de asombro, cuando lo llama “el pegajoso”. Así que mientras todo esto pasaba, Rodríguez veía al mago como un pegajoso, y no como alguien capaz de hacer cosas asombrosas, sino que en lo único que pensaba era en sacárselo de encima.

El desenlace: el descontrol del extraño

Una vez descubierto el pensamiento de Rodríguez, por primera vez para este hombre, este resulta ser totalmente inesperado, así que quien buscaba sorprender termina estupefacto. Ahora las palabras de Rodríguez son “un baldazo de agua fría”. Si al diablo le habían “fulgurado” los ojos cuando pensó en darle fuego con el dedo, si la pasión y el ardor subían a él cuando pensaba que estaba ganando, ahora todo termina apagado por ese “baldazo de agua fría”, como para apagar su pasión. Pero lejos de hacerlo, el extraño retoma este sentimiento con mucho más fuerza, ahora mezclado con ira e indignación. Antitéticamente, el agua fría ahora se sustituye por “la mente hecha un volcán” dando lugar a la idea de explosión incontrolable, de desorden, de caos, de descontrol.

También se descontrolan las imprecaciones, las súplicas para que lo mire, y las pruebas de magia que se transforman en prodigios (sucesos extraños que exceden los límites de la naturaleza).

El primer prodigio será transformar su caballo en toro. Este toro estará lleno de fuego, como si la ira del extraño hubiera pasado también a él. El narrador, ahora en el punto de vista de Rodríguez parece burlarse de la situación cuando irónicamente dice “presentado con tanto fuego en los ojos que milagro parecía no le estuviera ya echando humo el cuero”. Tanto ira causa gracia a Rodríguez que ve el despropósito de este acto sugiriendo que lo extraño no es el acto sino que el toro no se estuviera quemando. Pero a Rodríguez sólo le importa que su zaino no salga lastimado, otra vez aferrado a su mundo, cuidándose él y sus objetos que es lo único que tiene en esta tierra, y por lo único que él cree que debe alarmarse. Su mundo empieza y termina en él. ¿Podemos pensar que esta es la imagen del bien? No lo sé.

El segundo prodigio ya resulta un absoluto despropósito que rompe con el horizonte de expectativa del lector, quien debe releer varias veces esta expresión “mirá que aletas, Rodríguez” para lograr comprender de qué está hablando el mago. El horizonte de expectativas es aquello que el lector considera dentro de lo posible en el cuento, dentro de lo verosímil. Cuando esto se rompe, el asombro del lector puede llevarlo incluso a desestimar el texto. Pero si el cuento ha generado los principios necesarios para lograr este asombro sin que se rompa la verosimilitud, todo será posible dentro de este contexto ficcional. Así, este cuento, ha ido creando la posibilidad que haga que este delirio del bagre sea posible en este contexto. Si uno lo piensa racionalmente es casi imposible imaginar un bagre, fuera del agua, del tamaño de una persona, cabalgando por la tierra. Pero en este contexto de descontrol y de magia todo esto es posible, aunque el lector termine absolutamente asombrado. Pero no así Rodríguez, quien no se inmuta. Un bagre, por más que de vueltas “como luz” no es un peligro para su “zainito” y eso es lo único que puede hacerlo reaccionar.

La desesperación del extraño lo lleva a pedir “por favor, fijáte bien”. Aquel personaje altanero, creído, confiado, termina pidiendo por favor la atención y el asombro de Rodríguez. Resulta inhumano que no lo tenga.

Rodríguez prácticamente se burla del personaje, de su desesperación y su descontrol. “¿Eso? Mágica, eso”. El error gramatical de Rodríguez, que en vez de decir magia, dice mágica, refuerza la idea de un personaje sin mayor cultura pero con mucha experiencia en lo mundano. No sabe cómo decirle a estos prodigios descontrolados, pero seguro no tienen ninguna importancia para él, no significan nada, no le proporcionan nada, ni le demuestran nada. Nada puede un hombre como este darle a Rodríguez.

El extraño termina como corresponde a este conflicto. Comenzó confiado y termina en el suelo, “caído del caballo”, humillado, “clavado de cola”. La derrota del personaje sólo puede terminar en el insulto, justificado, y totalmente uruguayo.

Pero esta exclamación sale de un ahogo, de lo más profundo de su ser y de su cansancio, se ha pasado todo el tiempo tratando de llamar la atención de Rodríguez quien no ha hecho más que menospreciarlo, no creerle, no considerarlo importante. Así terminan ambos personajes tal como empezaron. Rodríguez sigue su camino, tranquilo “bajo la blanca, tan blanca luna”. Una vez más la reiteración del principio “como aquella luna había puesto todo igual, igual que de día,” pero ahora se repite la palabra “blanca” que es la que acompañará a Rodríguez. La luz, el color blanco está siempre del lado de este personaje. Mientras que el otro termina también como empezó, “el oscuro” que es el caballo del extraño, termina mostrando los dientes, en señal de ira y vuelve a los sauces del paso, para esperar a otro candidato. Así la estructura del cuento se vuelve circular, es decir, todo termina como empieza.

lunes, 17 de enero de 2011

Reflexiones sobre literatura fantástica

ALGO SOBRE LITERATURA FANTÁSTICA

Este tipo de literatura tiene una larga trayectoria a nivel mundial. Suele llamarse literatura fantástica a aquel tipo de narración que se sale de los parámetros de la realidad posible.

Cuando un lector se enfrenta a una narración, acuerda implícitamente con el autor, creer en todo lo que éste le plantea. El autor puede tratar de contar un suceso que no asombre al lector, y que éste pueda explicarse dentro de los parámetros posibles en su realidad. Pero también puede, gracias a esa convención, plantearle cosas increíbles, y no explicárselas, dejando al lector sorprendido, y teniendo plena conciencia, que eso que el autor cuenta, solo es posible dentro de la narración, lo que provoca entre lo que cuenta y la realidad del lector, un extrañamiento, es decir, éste siente lo contado como extraño a su realidad posible.

Verosimilitud y realidad son principios bien distintos que no necesariamente coinciden. Puede haber algo verosímil, pero irreal, y puede haber algo inverosímil pero real. Por ejemplo, es increíble la existencia de un parásito en un almohadón de pluma, sin embargo, dentro de la narración, esta idea está perfectamente justificada y no es real. Y puede ser poco creíble o increíble un gol de arquero a arquero, sin embargo puede ser real. La verosimilitud es el principio de lo creíble, y ésta siempre debe darse en una narración, por más fantástica que esta sea.

Cuando un hecho o suceso se escapa de la comprensión racional y posible, pero está avalada por las circunstancias narrativas, es decir, es creíble dentro de la narración, y provoca al lector asombro y extrañamiento con sus circunstancias reales, y cuando ese hecho que ocurre tiene toques sobrenaturales, inexplicables racionalmente para el lector, es que nos encontramos frente a la literatura fantástica.

Lo fantástico en una narración es aquello inexplicable racionalmente. Provoca en el lector inquietud o duda, ya que existe un entorno cotidiano o familiar que es irrumpido por una circunstancia inexplicable que resulta amenazante e imposible. La expresión de lo fantástico es la forma hostil y negativa de materializar lo que está excluido o reprimido en el hombre, y promueve, dentro del mundo de ficción, la necesidad de resistir o escapar porque atemoriza.
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
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Generación del '20 en la narrativa uruguaya

GENERACIÓN DEL '2O EN LA NARRATIVA URUGUAYA


Desde hace tiempo, la narrativa se encontró dividida en dos grandes grupos: narrativa ciudadana, y narrativa del campo. Sin embargo, a nivel de cuentos, dos grandes precursores se encuentran en el '900: Quiroga, en el cuento ciudadano, aunque luego haya variado sus rumbos; y Javier de Viana con el cuento del campo.

A nivel histórico, tenemos que marcar algunos incidentes mundiales y particulares que han influido en la literatura de la época. A nivel mundial, por un lado en necesario recordar que nos encontramos ya con el final de la Primera Guerra Mundial que impactó tremendamente la forma de ver y sentir el mundo. La Primera Guerra hizo reflexionar al hombre sobre la brevedad de su vida y la razón de su existencia. Con lo cual la literatura se hará dueño de esta clase de temas, tratando de explicar al hombre y su comportamiento, buscando aquello que lo diferencia de los animales y los separa de la bestialidad, que la guerra había dejado al descubierto. En suma, buscando una ética de lo humano.

Por otra parte, a principios del siglo XX, Freud, el padre de la psicología, había expuesto ya sus teorías, que habían revolucionado, en todos los aspectos, la visión del hombre. Hay, en el hombres, zonas oscuras que éste no puede explicar racionalmente, y para horror de ellos, esas zonas son mayoría, con lo cual la mayor parte de su comportamiento es inexplicable. Lo que lleva a la literatura y al arte a investigar y tratar de expresar aquellos aspectos irracionales o inexplicables del hombre.

Y por último, la aparición de la Teoría de la Relatividad de Einstein, hizo con la época y el arte, su parte. La Teoría de la Relatividad hizo pensar al hombre que la realidad ya no es una sola, sino que todo depende del lugar desde donde se mire. Con lo cual, la idea de una verdad única, se quiebra, y todo se vuelve ambiguo o relativo.

A nivel nacional, tenemos que tener en cuenta que estamos en un Uruguay que avanza a pasos agigantados, lo que hace que el hombre se encuentre, muchas veces perdido frente a los cambios vertiginosos de la época. Esto sucede, tanto a nivel ciudadano como en el campo. Dado que Espínola se dedicó a la narrativa del campo, es necesario detenernos allí. La tecnología agrícola que ha venido avanzando durante el siglo, ha hecho que el hombre de campo se convierta en peón, y a su vez, en desocupado, lo que provocó una inmigración masiva a la ciudad y despoblamiento de los campos, y con ello nuestros valores tradicionales.

Ésta es una de las razones por las cuales, la literatura de Espínola, como la de Morosoli, tiene esa mezcla de rescate de valores tradicionales, con un ahondamiento en los requiebres psicológicos de los personajes que se hacen tremendamente profundos, y con una postura ética y moral del hombre. Ya no vamos a estar frente a un narrador como los creado por Quiroga, que no juzga la acción, sino que permite que el lector lo haga, a través de la presentación de los hechos. Ahora estaremos frente a un narrador, que no sólo juzga, sino que también da su postura ética del mundo.

En cuánto a la literatura ciudadana heredada por Quiroga encontramos a Felisberto Hernández, que merecería algunas explicaciones especiales.

Felisberto tiene en su narrativa influencias de una de las corrientes de vanguardia más reconocidas en el siglo XX, que es el surrealismo. Esta vanguardia que nace en Europa es una de las que más perdura en el tiempo.

Pero ¿qué son las Vanguardias? Se llamaba así a los movimientos artísticos nacidos a principio del siglo XX. Estos movimientos son consecuencia directa de un mundo convulsionado por la primera Guerra Mundial. Los hombres pierden identidad, se mueren los jóvenes, el mundo se tecnifica y el entorno que rodea al hombre cambia de forma vertiginosa. Y ¿qué ha hecho el arte frente a esto? Nada. Ha seguido anquilosado en su mundo del siglo XIX, en su torre de marfil, indiferente a lo que pasa. No está en contacto con la realidad, sino más bien con lo que cree que debe su verdad, que no se involucra. Más allá de si esto es cierto, los jóvenes de principio del XX criticaban así al arte del siglo XIX que se mantenía desconectado, desilusionado de la realidad hipócrita y superficial en la que vivían.

Así las Vanguardias, formadas por grupos de jóvenes entusiastas, y profundamente golpeados por la realidad que los circundaba, deciden provocar al mundo, sacudir al arte de su modorra, mover las cimientes de toda la cultura occidental, hasta, incluso, dinamitarlas. Así nacen los manifiestos provocadores, el arte que provoca escándalo, la búsqueda de “espantar al burgués”. Podríamos citar montones de ejemplos en que estos grupos trasgredieron las “buenas costumbres” de esa sociedad hipócrita y pagana, tal como ellos la entendían.

El arte se volvió algo que debía realizarse en cinco minutos, o que no tenía el propósito de trascender. Así nacieron las “performance”, especie de obras teatrales y plásticas, que duraban cinco minutos y cuya finalidad era escandalizar. Pero estos movimientos no duraron mucho. Terminaron concluyendo en dos grandes corrientes: el cubismo, el surrealismo y el expresionismo. Todas con cosas en común y con principios diferentes. La primera profundamente arraigada en la razón. Los cubistas no pintaban lo que veían, sino lo que la razón veía. Así si una figura humana tiene dos ojos, y está de perfil, deben pintarse no lo que se ve, sino lo que es racionalmente: la cara de costado con sus dos ojos de frente. Algo que deformaba la realidad, pero que explicaba cómo veían ellos el mundo.

El expresionismo trató de pintar el mundo cómo lo sentía, de forma exasperada, horrorizada por la crueldad a la que el hombre podía llegar. Sus obras son más parecidas a la realidad, y su profundidad artística pone al hombre frente a su condición y su esencia. Son un espejo de lo que no quieren ver, en sus rasgos más esenciales, y más exasperantes.

La tercera vanguardia es la más complicada de explicar, y es en la que podemos encuadrar algunos aspectos de Felisberto, pero no todo. El surrealismo, al contrario del cubismo, no piensa en la razón, sino en la “sinrazón”. Ellos basan su arte en el “inconciente” descubierto por Freud. No escribirán en forma racional, sino en un clima onírico (sueño). Sus asociaciones serán irracionales, y su mirada del mundo no será la de la lógica común, sino la que rige nuestro más profundo inconciente, al que no sabemos cómo llegar. Su obsesión es descubrirlo. Trabajarán tratando de anular la razón, dejando fluir las asociaciones más locas.

Felisberto toma del surrealismo su mirada psicoanalítica del mundo. Él crea un narrador en primera persona, siempre desde su punto de vista. Y este narrador no verá lo que todo el mundo, sino que tendrá siempre una mirada tan parcial, tan infantil, que retrotraerá al lector a un mundo inocente, inexplicable, en un clima onírico, donde las cosas nunca quedan del todo claras.
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
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domingo, 16 de enero de 2011

Dante - Comentario del Canto XXVI

Comentario del Canto XXVI


Artículo realizado por Gian Mario Venezino

El personaje de Ulises domina el canto XXVI del infierno. Está castigado en el foso de los fraudulentos, la octava Bolsa en compañía de Diomedes, el héroe homérico ocupa enteramente la escena. Es uno de los más famosos cantos de Comedia, en parte debido a que el protagonista, a través de los siglos, ha dado lugar a muchas interpretaciones. La centralidad de Ulises en el canto depende totalmente de la célebre historia que le hace a Virgilio y Dante de su último viaje en el que encontró la muerte, pero sigue siendo marginal, sin embargo, el recuerdo de engaño por el que está condenado al infierno. La palabra del héroe griego ha sido una suerte de identificación del carácter específico del ser humano, convirtiéndose en una especie de símbolo de la naturaleza del hombre. Sin embargo, es necesaria una aclaración. No es en absoluto cierto que la figura de Ulises, así como Dante lo describe y las palabras que le hace decir, se vio en el tiempo de la comedia, como algo positivo. Es difícil de creer, de hecho, que una persona condenada a la pena eterna podría ser percibido como un modelo positivo del ser humano. Esto sucedió principalmente en la época romántica, cuando el Ulises de Dante se convierte en un verdadero modelo de la perenne ansia de conocimiento que caracterizan al hombre, y como tal, celebrada por los intelectuales de hoy en día. No hay duda de que Dante percibe una fascinación, y no es un caso, en efecto, que es convertir a Ulises de Virgilio, como para indicar una afinidad de la grandeza de espíritu. Como se sabe, el poeta de la Eneida le pide a uno de ellos que cuente cómo se ha producido su muerte. Ulises respondió, a partir del versículo 90, precisamente con ese discurso que ha inmortalizado este canto del infierno. No hay duda de que Dante sintió con fuerza el encanto poético de la figura que fue construida como una expresión de la curiosidad irrefrenable del hombre, de ese deseo imposible de erradicar que es el conocimiento de todo lo que caracteriza al hombre, nunca plenamente en paz hasta en lo aún desconocida y siempre se abre ante él. Vuelto a Ítaca después de un largo viaje y lleno de accidentes, Ulises siente renacer el “ardor”, invencible, de la "experiencia devenir del mundo / y de los vicios humanos y del valor" (vv97-99). Anula un valor para frenar la más noble e importante que habita en el corazón del hombre, como pena por el padre o el amor conyugal, o la dulzura de un niño que se recuperó después de tantos años. Nada es mayor que el celo por el conocimiento. Así que el héroe griego vuelve al mar para su último viaje, junto con "la fiel compañía/ que nunca me había abandonado" (V.101-102). Y después de vagar por todos los lugares posibles de Mare Nostrum, llega a los Pilares de Hércules, un poderoso símbolo de los límites al conocimiento humano. Y es así, entonces, que Ulises representa muy bien la condición humana, en cuanto los Pilares de Hércules se convierten en una oportunidad para expresar la infinitud del deseo humano, que no sería tal si no se probase el deseo sobrepasar el límite, para abrir el primer surco en el agua. Así, en frente de las Columnas de Hércules nació el famoso "pequeño discurso" (v.122), con el que Ulises insta a sus compañeros a seguirlo en lo que ahora, sin la auténtica conciencia de lo que pide, mientras que el Infierno, siempre es llamado como “loco vuelo” (v.125). Son tal vez los versos más famosos de toda la literatura occidental. El terceto con que concluye la oración: “Considerad, seguí, vuestra ascendencia: para vida animal no habéis nacido, sino para adquirir virtud y ciencia” (vv.118-120), ha cruzado el gran mar del tiempo para llegar a nosotros con inalterada sugestión, en cuanto que lo que dice ha hendido en la definición de la particularísima dignidad del hombre. En pocas palabras, al deseo de Ulises corresponde escucharlo como a cualquier hombre razonable siente, el lector percibe como un poco injusto la condición que se abate sobre Ulises y su haber cruzado las Columnas de Hércules, para que un torbellino de agua lo sepulte para siempre. De hecho, al menos después del Romanticismo, el cierre del episodio es completamente marginado o vuelve a una especie de moralismo religioso del que Dante no sería inmune. Con que el personaje de Ulises se ha subrayado con acierto, pero el espíritu dantesco queda bellamente incomprendido. Cuando Dante llama “loco” al viaje final de Ulises, no lo hace por cualquier caso, sino más bien por una serie de razones importantes. Para la casi unanimidad de comentarios dantescos, la montaña que Ulises y sus compañeros vieron después de cinco meses de haber pasado las Columnas de Hércules, es el Purgatorio, en donde allá arriba está el Paraíso terrenal, la misma montaña que Dante conocerá, por gracia, en el viaje, y que nos contará de ella en la segunda parte de la Comedia. Dante, por lo tanto, está destinado a ver realizada en su experiencia, el deseo de Ulises (de alguna manera, incluso superado, si se piensa en el famoso verso “nadie ha surcado el agua que navego” del Canto II del Paraíso, v.7) y su viaje no será loco, el miedo que él mismo había declarado a Virgilio en el canto II del Infierno, ya que la experiencia habrá de efectuarse. Aquí, el punto es este: el deseo de Ulises es justo y es inherente al ser mismo del hombre, pero el intento de satisfacelo sólo por su propia voluntad y astucia es pecado, de hecho es el pecado original del hombre, lo que los antiguas llamaban hybris, indicando con este término un intento excelente de trascender el propio límite; no por nada, los dioses suelen castigar la arrogancia con la ceguera o la locura. Por esto el adjetivo que connota el viaje es “loco”, y por esto el discurso de Ulises a sus compañeros, al menos en lo que respecta a la invitación de superar las barreras de Hércules armados solamente del propio deseo, es un engaño, una suerte de consejo fraudulento. El que, entre otras cosas, nos lleva de nuevo al clima de este octava bolsa en la que el discurso tiene lugar.

En todos los casos, no hay duda de que en su Ulises, Dante nos ha dado una figura de un hombre fascinante, en la complejidad de sus significados, que probablemente no dejará de ser un término de controversias.

Texto extraído de "Commedia", Dante. Ed. Biblioteca Universale Rizoli.
Traducción realizada por la Prof. Paola De Nigris

Dante - Análisis Canto XXVI

Canto XXVI

Trabajo realizado por Margarita Carriquiry

Dante se encuentra en el octavo foso del octavo círculo, donde son castigados los malos consejeros. La estructura tradicional se mantiene: la descripción geográfica, la presentación de los pecadores y su pecado, el diálogo final de Dante con uno de ellos. En este caso es Ulises quien habla, interpelado por Virgilio. Sin embargo el canto XXVI es excepcional en cuanto a la identificación de Dante con Ulises y la profundidad de la reflexión teológica, política y estética que revelan sus versos.

Comienza el canto con una amarga imprecación contra Florencia, donde Dante ironiza acerca de las glorias de su ciudad: cinco de sus principales ciudadanos halló en el foso de los ladrones: “Goza, Florencia, tu que eres tan grande / que por mar y tierra las alas bates / y por el infierno tu nombre se expande”.

Esta exaltación de la gloria de Florencia revela por un lado el amor del desterrado por su patria y por otro el dolor de verla profanada por el vicio. Dante político y Dante hombre de fuertes convicciones morales se rebelan contra el presente de la ciudad. La corrupción merece un castigo y este es el que le sobrevendrá por la venganza de sus propio súbditos, los de Prato, que han de sublevarse contra ella según el sueño profético de Dante. El autor asume aquí el papel de profeta de desgracias, que en realidad ya habían ocurrido en la fecha de composición de la Divina Comedia: las luchas entre los güelfos blancos y negros, y el gran incendio del año 1304.

La profecía aparece como una necesidad de castigar la corrupción de los florentinos, y ese anuncio proviene de un sueño, cuyo valor premonitorio era comúnmente aceptado en la Edad Media.

Dante expresa el conflicto entre lo que su mente desea como justo y lo que su corazón teme por amor a Florencia, ente el pesimismo político y la esperanza del desterrado que quisiera volver a su tierra. Al sentirse envejecer, ve como también se destruyen sus ilusiones políticas y siente que ya no tendrá la fuerza para sobrellevarlas.

La dificultad física del recorrido por el borde del escarpado foso, encuentra su paralelismo en la dificultad estética de lograr expresar lo que allí ha visto. Dante, poeta del dolce stil nuevo, necesita de un lenguaje nuevo para describir los horrores del infierno, y siente con frecuencia las limitaciones de su palabra, demasiado suave, cuando debería ser “áspera y ronca” (Infierno XXXII v.1-2).

La preocupación por ejercer un control racional o religioso sobre su arte, anticipa el problema esencial de Ulises: la soberbia del conocimiento, cuyo demonio siente Dante bullir dentro de sí a tal punto que se presiente destinado a la primera cornisa del purgatorio, donde son purificados los orgullosos. Hay una pasión por saber que comparten autor y personaje, pero cuando Dante pone a Ulises en el infierno, en cierto modo está exorcizando en sí mismo ese afán desmedido del conocimiento.

“Refreno mi ingenio más de lo que suelo/ para que no corra sin que virtud lo guíe” (v.19-22).

La inteligencia es un don peligrosamente ambivalente. Tanto puede dar a Ulises su dimensión heroica, como precipitarlo en el Infierno, tanto puede permitir a Dante emprender su gigantesca tarea poética, como alimentar en él una autosuficiencia ciega. (“Si alguna estrella buena o algo mejor/ me ha dado el bien, que yo mismo/ no me envidie”).

Dante señala ese peligro que lo divide interiormente: la conciencia de sus méritos y de sus limitaciones, el saberse un elegido, cuya tarea será construir una obra para salvación del género humano pero también para la propia, porque se reconoce pecador. De este modo, impulso y freno deben estar en él perfectamente equilibrados.

Siente el temor de parecerse a Ulises y por eso se presenta como el anti Ulises. Los versos veinticinco a cuarenta y dos acumulan comparaciones, metáforas y perífrasis en un alarde estilístico del poeta. El verano es aquí mencionado como el tiempo en el que “el sol esconde menos su cara” el atardecer “cuando la mosca cede al mosquito” y las llamas en que se encierran las almas de los malos consejeros son “como las luciérnagas que el campesino ve en el valle cuando vendimia o ara”.

Este símil ilumina indirectamente la escena con la alusión a un mundo idílico, apacible y simple, ajeno por completo a los horrores de ultratumba y a las preocupaciones políticas, estéticas y morales que constituyen el eje temático del canto. Una bocanada de aire fresco entra con estas palabras, tal como solía hacer Homero para aligerar sus versos sobrecargados por la violencia de la guerra.

Así lo destaca Ivonne Batard: “En el mundo tenebrosos del infierno, siempre hay lugar para imágenes placenteras de la vida, que vienen del recuerdo y aparecen en las comparaciones”.

El segundo símil proviene de la Biblia: el profeta Eliseo es designado por medio de una perífrasis, de uso frecuente en Dante, que esconde el nombre para obligar al lector a una especie de adivinanza. Alude aquí al episodio en que Eliseo maldice a uno niños que se burlan de su calvicie y al instante dos osos salen del bosque y los devoran. El episodio de por sí no aporta al canto más que una referencia cultural, y no posee el valor poético del símil anterior. Eliseo vio remontarse en el cielo el carro del profeta Elías oculto en una nube, al igual que Dante ve las llamas tras las que se ocultan los pecadores. Este ocultamiento está sugerido por una metáfora “ninguna llama muestra su hurto” (v.41) cuyo lenguaje recuerda el foso de los ladrones que Dante acaba de recorrer, y también la falsedad que caracteriza a los malos consejeros, cuyas palabras también hurtan la verdad.

Como sucedió en el canto V donde había visto las almas de Paolo y Francesca unidas, ahora, de entre la muchedumbre, Dante destaca una llama dividida en dos lenguas.

Una nueva alusión erudita nos introduce en el mundo griego: esta vez son las leyendas que componen el ciclo tebano, según el cual los hermano Eteocles y Polinices, hijos de Edipo, se odiaban hasta tal punto que la llama de la pira funeraria en que ambos fueron incinerados juntos se dividió en dos.

Ulises y Diomedes, “juntos en la venganza como en la ira”, se ocultan tras el fuego que ve Dante. Virgilio señala cómo estuvieron juntos en el pecado y ahora en el castigo. Estos dos personajes se caracterizaron en la Ilíada y la Odisea por su fuerza y su astucia. Tres engaños les atribuye Virgilio: el primero es la célebre historia del caballo de Troya, en cuyo vientre de madera se ocultaron los principales héroes aqueos, pudiendo así ser introducidos dentro de la inviolable muralla. Gracias a este artificio la ciudad de Troya fue destruida e incendiada. De ella partió Eneas, uno de los pocos sobrevivientes, destinado por los dioses a fundar Roma. En dos versos logra Dante una apretadísima síntesis de esta leyenda narradas en la Odisea y en la Eneida: “El engaño del caballo que fue la puerta/ por donde salió la gentil simiente de los Romanos”.

El segundo engaño se refiere a cómo logró Ulises descubrir a Aquiles entre las hijas de Licomedes, donde su madre, la diosa Tetis, lo había hecho ocultar para sustraerlo al destino trágico que lo aguardaba en la guerra, según los oráculos. Ulises disfrazado de mercader, lleva entre muchas prendas femeninas un magnífico escudo, del que Aquiles se apodera de inmediato. Es así que se inicia en la guerra el héroe máximo de los aqueos, abandonando a la princesa Deidamia que estaba encinta: “Se llora aquí dentro el artificio por el cual, muerta/ Deidamia se duele de Aquiles/ y se pena por el robo del Paladión) (v.61-63).

El tercer engaño es el robo del Paladión, la estatua de Palas Atenea que moraba en la fortaleza de Troya. El oráculo había anunciado que la ciudad no sería destruida mientras la estatua permaneciera allí. Ulises y Diomedes la hurtaron asesinando a sus guardianes y ofendiendo gravemente a la diosa. Pocos versos bastan a Dante para recordar todas estas leyendas.

El Ulises que Dante elige como protagonista del canto, es pues en primer lugar el tramposo personaje mencionado en la Eneida y en la tradición, que dejó por sus engaños larga secuela de muertes. La presencia de Diomedes junto a él señala no sólo la complicidad en las acciones sino la amistad que motivó a Ulises a entregar el escudo de Aquiles a Diomedes y no a Ayax, según menciona Sófocles en la tragedia que lleva el nombre del héroe desdeñado. Pero el centro del canto estará ocupado por Ulises viajero que proviene de la Odisea y de Plinio. (Cayo Plinio Segundo, apodado “El viejo” escritor latino de obras históricas, retóricas y geográficas 23/79 DC). Según él, Ulises habría muerto en un viaje a través del Atlántico.

Es el espíritu aventurero el que Dante exalta en el canto dejando de lado todos los fraudes que han actuado como pretexto para un alarde erudito del autor y para una justificación de la ubicación de Ulises entre los malos consejeros.

A partir de la insistente plegaria de Dante y la reverencia que muestra hacia Ulises es que comienza la verdadera poesía del canto y que se acrecienta el protagonismo del héroe griego. El espíritu cristiano del autor condena al fraudulento Ulises, pero su sabiduría humanística lo reviste de un prestigio y de una grandeza que hacen olvidar todo lo demás. La humanidad con que Dante ruega, bastante insólita en el soberbio poeta, expresa indirectamente toda su admiración por la cultura antigua y el sentimiento de inferioridad que, como el poeta de tiempos muy posteriores tenía frente al mundo heroico y culto de la antigüedad. Es por eso que Virgilio se ofrece como mediador, pues pertenece a un mundo más próximo en el tiempo y, al haber cantado a los héroes antiguos en la Eneida, obtuvo una dignidad semejante. “Ellos serán esquivos/ Porque fueron griegos” dice Virgilio aludiendo al orgullo de aquellos hombres para los que todos los demás pueblos eran bárbaros. La soberbia de Virgilio se manifiesta al mencionar ante Ulises lo “altos versos” que escribió, y al pretender que su fama hubiese llegado a los héroes mismos. Su pregunta se refiere exclusivamente al lugar donde ambos, perdidos, encontraron la muerte, como si con eso se revelara el aspecto esencial de su historia. El adjetivo “perdidos” adquiere un doble significado: real y metafórico; ellos, al igual que Dante, se desviaron del camino recto. Estas palabras abren la perspectiva de un horizonte inmenso y desconocido, propicio a introducir la aventura de Ulises.

“Comienza aquí una página de soledad oceánica, donde las palabras descriptas son pocas, pero el aire abierto y el silencio, la infinita línea del mar desconocido y remoto entran entre verso y verso: todo está circundado por aquel océano ignoto. Mientras hablaba Virgilio teníamos delante, no ya verdaderamente el foso sembrado de fuegos, sino aquella distancia muda. Ulises navega en lo ignoto y esto difunde su soplo en todas sus palabras y domina en su historia más que Ulises mismo. Un sentido de religiosidad inspira el último verso de Virgilio y anima toda la historia de Ulises” (Momigliano. Ob. Cit. Página 199)

Ante estas palabras la lengua mayor de la llama se mueve como agitada por el viento. Como tantas otras veces, Dante modifica momentáneamente la vida de ultratumba, los condenados parecen olvidar su tormento, y al agitarse, la llama se convierte naturalmente en una lengua que habla. E aquí el “contrapasso”: así como los falsos consejeros se valieron de sus palabras para engañar, ahora en el infierno una lengua de fuego los envuelve y los tortura por toda la eternidad. El viento que mueve la llama es una intromisión del aire oceánico que impulsará a la nave.

La aventura comienza en el momento en que Ulises se separa de Circe, introduciéndonos en el ámbito legendario de la hechicera, famosa por su hermosura, que sedujo a Ulises y lo tuvo junto a ella por un año según cuenta la Odisea. Circe representa la fascinación del placer, de la belleza y del amor, derrotadas por la tentación del conocimiento. Nuevamente se superponen en el texto elementos cultos en apretadas síntesis: Gaeta fue la nodriza de Eneas, enterrada en las proximidades del Cabo Anzio, donde Circe había tenido morada.

Tal vez la índole de los personajes, esa pasión del saber que dominó tanto a Ulises como a Dante, incline aquí al autor a una acumulación de referencias mitológicas y legendarias que no son tan frecuentes en otros cantos.

Todos los afectos son supeditados a la voluntad de conocer, a ella sacrifica Ulises los afectos familiares y por eso se presenta como un anti Eneas, pues el fundador de Roma queda eternizado en la Eneida en una imagen imborrable: huye del incendio de Troya cargando a su anciano padre sobre los hombros y llevando a su hijo pequeño de la mano. Este héroe, profundamente enraizado en el amor filiar y el respeto a los dioses, por cuya voluntad renuncia a su esposa Preusa en Troya, y luego a Dido en Cartago, realiza un viaje en todo opuesto al de Ulises, pues en lugar de dejarse llevar por la aventura, se dirige al destino que los dioses le han asignado: fundar la ciudad de Roma.

Ambos viajes son contemporáneos, ambos héroes parten de Troya destruida: Ulises, de regreso a su patria, Eneas a edificar una nueva. El héroe troyano representa el ideal humano, pues de él nace Roma, la ciudad donde se unen la sabiduría pagana y la perfección cristiana, la ciudad de la fe y de la ley. Eneas posee las virtudes del paterfamilias romano, mientras Ulises abandona todo – dulzura, piedad, deber y amor- por la aventura, y en lugar de llegar a su destino desaparece en la nada: “Ni la dulzura del hijo, ni la piedad/ por el viejo padre, ni el amor debido/ que a Penélope debía regocijar/ pudieron vencer dentro de mi al ardor/ que puse en devenir experto en el mundo/ y en los vicios y valores humanos” (v.94-99).

Conocer el mundo equivale para Ulises a conocer los vicios humanos. En el pensamiento medieval, el mundo y la carne son las tentaciones que Satanás ofrece a los hombres.

La pequeñez del humano frente al infinito queda simbolizada en la imagen de la embarcación solitaria en la inmensidad del océano.

En su diccionario de símbolos, dice Cirlot: “El mar, los océanos, se consideran como fuente de la vida y final de la misma”. El agua es en la tradición hermética la sustancia de la que surgen todos los dioses, el elemento vital por excelencia, pero a la vez la inmensidad del océano representa la muerte como retorno a los orígenes. Este mar vida-muerte es el que atrae a Ulises, con su canto más irresistible aún que el de las sirenas, porque el llamado no viene de afuera, sino de dentro del alma. Dante también se presenta a sí mismo como un viajero, cuyo peregrinar abarca toda la Divina Comedia, pero su viaje es ordenado por Dios, guiado por la razón (Virgilio) y la fe (Beatriz), y su propósito no es la aventura sino la salvación del alma.

Los nombres geográficos se suceden, descoloridos; no hay interés en el paisaje, pues la pasión lo impulsa más allá, hacia lo desconocido.

“Todo el racconto oscila entre la aspiración y la locura de aquel vuelo: su mayor secreto poético está en aquellos dos término que contrastan melancólicamente entre sí y confieren al episodio el significado de un momento eterno del espíritu humano. Por una parte está el ardor inconsumible de un ánimo grande, y por la otra una disposición impenetrable: el mar es aquí sin ninguna intención alegórica, lo ignoto” (Momigliano. Ob.Cit.Pag.200)

Las columnas de Hércules son para el mundo antiguo el límite más allá del cual no debe arriesgarse el hombre (la antigüedad designó con ese nombre al estrecho de Gibraltar). En la mitología particular de Dante éste señalaría sobretodo los límites espirituales del saber humano. La locura del viaje se manifiesta en emprenderlo sin guías ni dioses, siendo ya viejos y cansados. Pero allí radica también el espíritu heroico, esa mentalidad helénica que impulsó a los argonautas a adoptar el lema: “Navegar es necesario, vivir no es necesario”. Tal hubiera podido ser la divisa de Ulises y sus compañeros: ya nada queda que esperar en la tierra, salvo la muerte, pero la gloria es la única compensación que el hombre tiene ante la brevedad de la vida.

El discurso de Ulises, siguiendo las normas tradicionales de la retórica se compone de: “saludo (“Oh hermanos”) exordio (“Que por mil peligros habéis llegado al occidente”) proposición (“A esta pequeña vigilia de los sentidos”) y peroración (“Considerad vuestro origen, pues no fuisteis hechos para vivir como brutos sino para lograr virtud y conocimiento”)

El saludo manifiesta la profunda solidaridad que une a los hombres que se juegan juntos la vida: son como hermanos.

El exordio, indica el comienzo del discurso, es un preámbulo que tiende a predisponer afectivamente al auditorio recordando la larga y riesgosa trayectoria común.

La proposición es el objetivo al que aspira el orador: partir, siguiendo el curso del sol, de oriente a occidente, en busca del mundo desconocido que en la antigüedad se creía deshabitado.

La fundamentación pone el acento en la brevedad de la vida, a la que llama “pequeña vigilia de nuestros sentidos”, lo que supone la idea del hombre asediado por el sueño de la muerte, y cuya única forma de contrarrestar su propia insignificancia es lograr el conocimiento.

La peroración es la parte final del discurso, en la que se enumeran todos los argumentos para mover con mayor eficacia el ánimo del auditorio: en ella Ulises condensa el drama humano del conocimiento: “Considerad la vuestra simiente/ no fuisteis hechos para vivir como brutos/ sino para lograr virtud y conocimiento” (v.118-120)

Según la mitología griega, el hombre nace de las cenizas de los titanes, fulminados por Zeus cuando hubieron devorado a Dionisos. De allí surge su doble naturaleza: cuerpo y alma, bondad y maldad, inteligencia y fuerza. Para los cristianos, la simiente del género humano es Adán, creado por Dios, pero también pecador. Ambas tradiciones ponen el acento en el mal que se instala en el hombre desde su origen pero también en la tragedia implícita a la condición humana: “No fuisteis hechos para vivir como brutos sino para seguir virtud y conocimiento”. La sed insaciable del saber vive en continuo conflicto con la brevedad de la vida.

A la vigilia, que es la vida terrenal, se opone el océano inmenso del saber. Es el mismo drama del que se burla Mefistófeles en el Fausto de Goethe, comparando al hombre con el saltamontes de largas patas, que absurdamente pretende llegar al cielo; es precisamente esa falta de resinación ante los límites en donde radica su grandeza y su posibilidad de salvación para Goethe, escritor de la Edad Moderna. Para Dante, autor medieval, allí está el riesgo de su condenación.

La Divina Comedia muestra tres formas de pecar contra Dios: los adivinos, porque pretenden usurparle la pre ciencia; los herejes porque van contra la doctrina y la palabra, y los Titanes porque le disputan el conocimiento de la verdad. El pecado de Ulises es titánico, y Dante, aunque lo censura, no puede dejar de admirarlo.

Virtud y conocimiento son el objetivo de la vida del hombre. Pero en el lenguaje de Ulises la virtud no es la práctica del bien como para el cristiano, sino la “areté” griega, cuya cualidad esencial es el valor heroico. Con esta exaltación final del heroísmo y de la necesidad de enriquecimiento espiritual, como las únicas formas que tiene el hombre de trascender, logra Ulises inflamar el ánimo de sus compañeros. A los rapaces héroes de la Ilíada, que luchan por el botín, suceden éstos, cuyo único premio es el saber.

Además de lograr a la perfección su propósito como arenga, el discurso de Ulises logra trazar el perfil de uno de los personajes más ricos e impactantes de la Divina Comedia. Su drama oculta el drama de Dante, y la admiración que éste siente por su personaje no modifica su criterio, muy medieval, de que tales excesos merecen la muerte y el castigo eterno. También los griegos consideraban que el pecado de Hybris (exceso) despertaba la cólera de los dioses, quienes castigaban duramente a aquellos que no se resignaban a las limitaciones propias de la condición humana.

El personaje se agiganta de tal modo que se apodera de todo el canto, dejando por completo de lado las figuras de Dante y Virgilio, que permanecen inmóviles y silenciosos hasta el canto siguiente. Su extraordinaria fortaleza espiritual, le permite ignorar por completo el tormento al que está sometido. La pasión lo posee por entero y el castigo no logra afectarlo: “Y vuelta nuestra popa hacia la mañana/ de los remos hicimos alas para el loco vuelo”.

La poesía de Dante se eleva a sus más altas cumbres en las palabras de Ulises, con metáforas de una belleza sorprendente, como la que alude a la vida, “picciola vigilia de nostri sensi” (pequeña vigilia de nuestros sentidos); o al viaje, “folle volo” (loco vuelo). Con esta imagen se anticipa la tragedia, por otra parte presentida a lo largo de todo su relato, impregnado de melancolía. Los remos convertidos en alas precipitan a los navegantes a su destino: loco vuelo. He ahí sintetizada la aventura espiritual del hombre, sus desesperadas ansias de superación y la espantosa conciencia de sus límites: el conocimiento que los eleva y la realidad que los aplasta mostrándoles las barreras que jamás podrán superar.

La nave viaja hacia el poniente, con la popa orientada hacia el amanecer, según el texto. Pero luego parecen indicarse que, pasando el Ecuador, sigue rumbo hacia el sur, pues ven las estrellas del otro hemisferio. Los griego ubicaban el Hades, mundo de los muertos, en el occidente y Dante imagina en el sur la montaña del Purgatorio, logrando así la simbiosis de mitos paganos con creencias cristianas.

Los padres de la Iglesia se figuraban al paraíso como una montaña altísima ubicada debajo del Ecuador, y las leyendas hablaban de un monte llamado Imán que atraía a los viajeros para hacerlos naufragar. Cualquiera de estas puede ser la montaña que ven surgir en el medio del mar, después de cinco meses de navegación. De ella nace un torbellino que hunde la nave, como sugiriendo que esa tierra no debía ser vista por ojos humanos. El límite quebrantado requiere un castigo inmediato. Tal es el criterio aceptado tanto por la concepción griega de Hybris como por la idea cristiana del pecado original, que consistía precisamente en querer por parte de Andán y Eva ignorar esos límites pretendiendo ser como dioses.

“Nuestra alegría pronto se transformó en llanto” (v.136). Ulises reitera la anticipación de la tragedia, que se hace más dolorosa porque ya la meta parecía muy próxima. La antítesis alegría-llanto expresa la brutal frustración de la esperanza. Sin embargo, las palabras de Ulises se mantienen dentro del tono elevado y solemne que le es propio, sin dejar traslucir jamás su desesperación. Ulises no abandona su postura de héroe épico y es tan impasible al revivir su propia muerte como ante las llamas que lo consumen, pero bajo la sobriedad de sus palabras esconde una pasión todavía viva.

“La proa se hundió, como plugo a alguien” (v.141). Puede tratarse aquí de una alusión a Dios, que no debe ser nombrado en el Infierno, un Dios al que Ulises no conoce pero que de todos modos se le impone. Ya no se trata de la Moira, dignidad griega del destino, sino de una persona, cuya voluntad se cumple siempre.

“Los protagonistas de esta gesta son Ulises y el mar en el que se oculta la voluntad de Dios… El episodio es de la misma naturaleza que el de Francesca: celebración, uno de la pasión del amor, el otro de la pasión del saber, ambos atraen y repugnan a Dante, hombre de pasión y de fe” (Momigliano. Ob.Cit.Pag.202).

El vínculo afectivo de Dante con estos dos personajes es incuestionable, el trasfondo autobiográfico dota a ambos episodios de una emotividad especial, emoción que se convierte en poesía. De ahí que, con certero juicio, la tradición haya conservado a Francesca y a Ulises como los protagonistas de episodios de extraordinaria celebridad. Francesca conmueve con sus lágrimas. Ulises con su contención.

El último verso “Al fin el mar se cerró sobre nosotros” pone fin a la aventura con un tono fúnebre en el que el océano parece encargarse de restablecer el orden quebrantado.

“La poesía del infierno nace de la melancolía de las narraciones individuales” afirma Ivonne Batard. Mientras Francesca llora su amor, Ulises su naufragio; mientras ella habla la lengua del dolce stil nuevo, él cultiva la de héroe épico. Al contar su historia, ambos la reviven, lo que aumenta su desesperación.

Extraído del libro: "Dante" de Margarita Carriquiry y Teresa Torres. Ed. Técnica.

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viernes, 14 de enero de 2011

Dante - Análisis Canto V (Segunda parte)

Canto V – Historia de Paolo y Francesca (2° parte)

El llamado a la pareja

La última parte de este canto está dada por la historia amorosa de esta pareja, ya que Dante debe aprender y purificarse del pecado con que se siente identificado. A él le llama la atención, entre la turba de almas, que existan dos que van juntas y que no se separan, aún cuando el viento arremete contra ellas y crea el caos en el vuelo. Estas almas parecen más ligeras que las otras, lo que le da una gracia particular. Dante no elige a ninguna de las almas conocidas por la literatura, sino que prefiere inmortalizar la historia de una pareja desconocida, y de alguna manera mostrar que el Amor Cortés no sólo se da en el ámbito literario. Ni aún siquiera en la aristocracia de sangre. En el amor cortés se habla de un corazón aristocrático o gentil, que luego explicaremos, pero que no es exclusivo de una clase social, ni hereditaria.

Virgilio sabe que estas almas están unidas por el amor, y que eso forma parte de su condena, por eso le aconseja que en nombre del amor que las guía los llame, que ellos vendrán. Estas almas no sólo están condenadas a ser arrastradas por el viento, sino que también lo están a tener que estar juntas, sin poder tocarse, como si ese amor los persiguiera aún en la muerte y nunca jamás lo pudieran concretar. Parte del castigo, entonces, es ese deseo constante. Pero también dice De Sanctis que eso es parte de la misericordia divina, que les ha permitido, aún en el Infierno, estar juntas, amándose. Aunque eso también lleva a la interpretación terrible, ¿qué mayor condena puede haber que amar a alguien que solamente se puede ver, y “vivir” con el deseo permanente de estar con ella también en forma sensual? ¿Estar con alguien a quién no se puede tocar si quiera? Esto no es menor para Francesca y Paolo quienes recuerdan permanentemente el cuerpo que perdieron.

Dante los llama “almas afanadas”, que conservan el afán, el deseo irrefrenable, el anhelo vehemente, la ansiedad permanente, que surge de este “castigo” y esta “misericordia” de estar juntas sin estarlo. Recrean constantemente la pasión que los condenó. El afán es un término de la literatura de amor Provenzal que indica una sensación de tormento creada por la arrogancia de la pasión casi insoportable del amor.

Esta palabra “afanadas” le basta a Francesca para acercarse. Entiende que Dante reconoce el sufrimiento por el que ellos pasan y eso la conmueve a tener piedad de quien se apiadó de ellos.

Aparece entonces la tercera y última comparación de las almas con las aves. Recordemos que esta comparación se relaciona con las anteriores: los estorninos y las grullas. Ahora de forma más individualizada, se las ve como dos palomas. Las palomas tienen múltiples significados en la literatura occidental. Por un lado eran las aves dedicadas al culto de Afrodita, diosa del amor; y por otro lado era la simbología del ángel de Dios, Gabriel, y del Espíritu Santo. En este caso podríamos quedarnos con la interpretación pagana, y considerar que las palomas son aves asociadas a lo amoroso. Van juntas como si buscaran “el dulce nido”. La palabra dulce no es casual en este canto: recordemos que es el canto del amor, amor cortés, del “dolce still”. Dulce, entonces, anhelado, tierno, ese nido que nunca tendrán porque tampoco tendrán la paz para construirlo. Otra palabra clave es el afecto que siente estas almas ante el llamado de Dante. No hay en él un enemigo, sino quien ha sabido conectar con el sentimiento más íntimo de ellas, por identificación propia, el afán. A su vez este vuelo sensual de las palomas contrasta con “el aire malsano”, de la misma manera, la dulzura de las palabras de Francesca contrastarán con los ruidos infernales, los lamentos, las blasfemias. Esta historia es como un paréntesis en el clima doloroso, en el tiempo eterno, que se para, y mientras que el “viento calle” (v.96) Francesca hablará.

Presentación de Francesca.

Comienza a hablar un personaje que en realidad no sabemos quién es, ni siquiera si su voz es femenina o masculina. Luego nos enteraremos quién habla, dado que da ciertas referencias de vida que nos permitan conocerla. Sabemos, más adelante que quien habla es Francesca, pero ¿por qué ella asume la responsabilidad de narrar la historia y no Paolo, que como hombre, sería lógico que tuviera la palabra? Existen muchas respuestas y todas posibles a esta cuestión. De Sanctis responde a esta pregunta de esta manera: “Porque las mujeres cuando son apasionadas, sienten la necesidad de hablar y desahogarse. Lo que importa aquí es ver que Francesca vive y es verdadera, más de lo que lo puede ser en la historia, puesto que ésta le quita vida íntima. Francesca ha nacido luego de una larga elaboración en la lírica de los trovadores. Allí la mujer se encuentra nombrada pero no representada, muchas veces como simple concepto. Francesca a diferencia de Beatriz adquirió gran popularidad y hoy sigue siendo la figura sobreviviente de la Divina Comedia. Cierto es que ésta no era la intención de Dante. Francesca es mujer y nada más que mujer. Sus rasgos tienen todos los conceptos prevalecientes en la poesía de aquel tiempo: amor, gentileza, pureza y gracia. Francesca no es lo divino sino lo humano y terrestre; frágil, apasionada, capaz de culpa y culpable. No tiene otro sentimiento que el amor; aquí está su felicidad y miseria. Su palabra es de formidable sinceridad: “me amó, lo amé...”. He ahí todo. Esta fatalidad de la pasión es el eje. Justamente porque el amor está representado como una fuerza extraña al alma. La mujer llevada por la ola de la pasión que la hace sucumbir en la “tragedia” que da un mismo fondo a Ofelia, Julieta, Francesca que son parientes: todas tienen sobre su frente el mismo destino”. Otra respuesta posible a esta interrogante es pensar en el final de esta historia. Mientras Francesca habla, Paolo llora. Se invierten los roles, ya que es más propio de la mujer el llanto, que del hombre, así que ver llorar a un hombre, conmueve en lo profundo, porque la pena tiene que ser inefable, y a su vez identifica a Dante con el sentir de Paolo, quien también se conmueve tanto como para desmayarse (“E caddi come corpo morto cade”).

Los tres primeros tercetos del discurso inicial de Francesca son pronunciados en nombre de los dos: “nos visitas”, “a nosotros”, “rogaríamos”, “nuestro mal”, “nosotros oiremos”. Pero luego ella asume la palabra en nombre propio y hace referencias personales a su lugar de nacimiento y su vida pasada.

Comienza su discurso llamando a Dante como “animal gracioso y benigno”. El sustantivo “animal” muy lejos de ser un insulto es un reconocimiento a una condición diferente y ventajosa que posee Dante: está vivo, y por lo tanto tiene su “ánima”, su alma. Aún puede salvarse, por eso aún está bajo la gracia de Dios, de allí el adjetivo “gracioso”. El siguiente adjetivo “benigno” se debe a la capacidad de éste, que estando en una posición más ventajosa, es capaz de conmoverse por quienes no lo están.

Francesca hace referencia a dos colores interesantes por sus asociaciones. En primer lugar dice que “nos visitas por el aire perso”, siendo este un color mezcla del púrpura y el negro. El negro representa su condición, su dolor, pero también el misterio que encierra el mundo de la pasión. Y el púrpura, también se asocia a la expresión siguiente: “a los que teñimos el mundo con sangre”. Esta expresión resulta interesantísima. En primer lugar porque la sangre también abre un par de interpretaciones: en principio la de la muerte, estas almas están muertas, su sangre ha sido derramada, y como vimos en varias historias de estas almas, lo han sido en forma violenta. Pero también la sangre simboliza la pasión, así “teñir el mundo de sangre” es teñir el mundo de pasión. Estas almas han elegido una forma de vida, no han sido arrastradas solamente por un hecho puntual, existe en ellas una forma de ver el mundo, que no importa si concluye en la propia muerte o en la desgracia.

La piedad de Dante mueve a la piedad de Francesca en un mundo donde tal sentimiento está muerto, y así ruega por la salvación del alma de Dante, aunque sabe que no tiene la gracia de Dios para hacerlo. No ruega por si misma, ni por su condición, porque hay en ella una conciencia de su condena y de la justicia de esta. Tal es su conciencia que sabe que ni siquiera puede nombrar a la divinidad, y por lo tanto utiliza una perífrasis para hacerlo “si gozáramos de la amistad del Rey del Universo”. Su primer impulso es el ruego, pero conoce sus limitaciones y estas aparecen reflejadas en el condicional “si…”.

La única condición para el encuentro es la de que el “viento calle”, tal como lo está haciendo en ese momento. Este es un respiro para la pareja. Es un instante que será eterno en su memoria. Aquí se comienza a entender por qué la molestia de Minos en la aparición de Dante. Él viene a romper el orden divino, y Dios en su misericordia para un instante la maquinaria de la eternidad, para que Dante pueda dialogar con las almas, algo que el juez no considera, tal vez, justo, en su corto entendimiento.

Francesca se refiere al lugar en que nació, el río Po, y esto permite ubicar al personaje, que como es histórico, la simple mención del lugar de nacimiento sirve a Dante para saber quién es. Ella se casó con Gianciotto Malatesta por motivos políticos. Éste la descubre en adulterio con a su hermano Paolo Malatesta, y da muerte a los amantes en el año 1285. Pero esta hecho histórico sirve como disparador para presentar al ideal de la dama de la poesía trovadoresca.

Los tercetos del amor.

Los conocidos terceto del amor encierran el ideal del Dolce Stil, y forman en sí un poema aparte. Todos comienzan con una anáfora “Amor” (repetición al principio del verso), que le da unidad a los tres tercetos. El amor será el tema de los mismos y tratarán de explicar no sólo la experiencia particular de esta pareja, sino el ideal del amor cortés.

El primer terceto dice:

“Amor, ch' al cor gentil ratto s' apprende,
Prese costui de la bella persona
Che mi fu tolta; e 'l modo ancor m 'offende.”

La palabra “amor” adquiere un sentido especial, no sólo por ser el “leit motiv” (motivo que se repite), sino porque aparece siempre en mayúscula, como si fuera una entidad capaz de voluntad propia. Podríamos pensar aquí en el Amor como un dios pagano, capaz de captar la voluntad de los amantes. Un dios que se opone al Dios cristiano, que también es amor, pero que en esta cosmovisión es el amor verdadero, piadoso, real, divino, y no el amor carnal, apasionado, humano, sensual.

Este amor tiene ciertas características: se prende al “corazón gentil”. Hablar de un corazón gentil o aristocrático, no es hablar de una clase social, como ya lo hemos dicho. Di Salvo lo defino como “el amor, sentimiento dulce y doloroso por el que está subyugado el alma”, por lo tanto a esta pasión, los enamorados no se pueden resistir, porque su voluntad es ganada por esa entidad llamada Amor. El “corazón gentil” es un topos de la literatura provenzal, sólo un corazón sensible, amable era capaz de enamorarse, por lo tanto sólo un corazón gentil puede albergar al amor. El amor cortés es un amor prohibido porque se da por fuera del matrimonio, y por lo tanto por fuera de los mandamientos de la Iglesia. Es un amor que se encuadra en la infidelidad, y que resulta irresistible para quienes lo padecen, aún sabiendo que eso significa traición muchas veces a alguien cercano que ha procurado darles lo mejor de sí (como pasa en Tristán e Isolda, o en Lancelot y la reina de Ginebra). Quien cae en las redes del amor es inocente de hacerlo, ya que su única culpa es tener un corazón sensible.

Este Amor no sólo se ha apoderado del corazón, sino también del cuerpo, por lo tanto no es un amor ideal, sino carnal, real, sensual. El cuerpo está implicado, las sensaciones que parten de él, es por eso que para esta pareja es una condena estar en el Infierno juntos, por que su amor no es ideal, partió de sensaciones físicas, la mirada, la sonrisa, un beso. Dirá De Sanctis: “Para Francesca, morir significa perder la “bella persona”, que tanto agradaba a Paolo, melancólico pensamiento de mujer enamorada: morir ha sido para Paolo necesidad de corazón gentil y para ella, necesidad de mujer amada”.

Una vez que se ama, se está obligado a seguir amando, no existe ninguna posibilidad de dejar de hacerlo, con lo cual el amor se transforma en un destino fatal, por eso dice el texto “prese costui de la bella persona”, presa queda del cuerpo del cuerpo del otro, y dice Francesca: “de manera que aún me ofende”. Su pasión terrenal no se olvida jamás, ni aún el infierno, donde parte del castigo es recordar siempre lo que sintieron, una vez que lo perdieron. La tierra aparece con mayor claridad cuando hablamos del momento doloroso del Infierno, tal como recordamos y nos duele más los momentos felices cuando estamos en los infelices.

Su dolor espiritual consiste en la pérdida de su cuerpo, es decir, de aquello que vehículo de su amor. La palabra “ancor” (“todavía”) nos muestra la incapacidad de Francesca de desprenderse de lo que fue en vida y que ya no es, y abre un par de posibles interpretaciones: “todavía” le ofende el modo en que le fue quitado su cuerpo, impidiéndole vivir ese amor; y “todavía” le ofende que no haya podido abandonar la pasión que aún siente, y por lo tanto seguirá sufriendo por lo imposible.

“Amor, ch' a nullo amato amar perdona,
Mi prese del costui piacer sì forte,
Che, come vedi, ancor non m`abbandona.”

Una vez más, el segundo terceto queda marcado por la anáfora, pero en este caso es interesante ver cómo la palabra “amor” deriva en otras palabras con el mismo morfema “amato” “amar” (“amado”, “amar”). Del sustantivo se pasa al participio pasivo, que juega un papel de adjetivo, y luego a un infinitivo. Pasado, presente, futuro, todo está teñido de amor, porque es un sentimiento “eterno”, los enamorados seguirán amando aún en la muerte. “Amor, que a nadie amado amar perdona”, una vez más aparece la obligatoriedad, no existe, dentro del amor cortés, la posibilidad de un amor no correspondido. Una vez que el Amor prende al corazón, el amado está obligado a seguir su destino, aún cuando este sea la muerte. O sea no le basta al Amor, entidad externa al hombre, con apoderarse del corazón y del cuerpo del amado, sino que quien es destinatario de ese amor debe responder de la misma manera. Y aún el placer continúa vivo, porque también es manejado por esa entidad “divina”.

Francesca pone a Dante en el lugar de un testigo, ya que le dice “como ves…”, él constata esa pasión irrefrenable que no puede nunca concretarse, ya que no hay cuerpo que es el principio de la atracción. El amor obliga a amar, por eso atrapa al cuerpo así como la interioridad y Francesca todavía siente la necesidad de la unión del cuerpo, pero como no lo tienen, no lo pueden satisfacer. Sólo les queda mantener la pareja en ese vuelo frenético, como una parte más del castigo: están obligados a estar juntos a la vez que están obligados a no estarlo.

Una vez más aparece la palabra “aún” que empieza a sonar como un reproche, como una condena mayor. Ni siquiera existe la muerte como una puerta para frenar la pasión. Esto hace más trágica la situación. Imaginemos todos los amantes que se han matado, tal vez, para detener una pasión que nunca pudieron dominar, y que tal vez encontraron en la muerte una posibilidad de escape. Aquí Dante plantea ese destino pasional como algo que no se puede evitar ni aún en el reino de ultratumba. La idea del amor más allá de la muerte es un tópico de la literatura desde el medioevo hasta nuestros días. Basta pensar en los romances, en algún soneto, y en la literatura romántica.

“Amor condusse noi ad una morte:
Caina attende chi vita ci spense!"
Queste parole da lor ci fur porte.”

El último terceto cierra con fin trágico del amor cortés: la muerte. Dirá De Sanctis: “Esa fuerza amable pero feroz a la vez, enajenante, produce todo un registro de particulares sensaciones, pensamientos. Amar, sufrir, gozar, pero también, complacerse en el sentimiento, recrearlo. He ahí uno de los grandes hallazgos de este movimiento, ser víctima del “amor”, significa el ingreso a un mundo extraño, casi sobrenatural y si es un signo de distinción de espíritu poder sentir así, también es condena, un terrible dolor que se vincula con la muerte”. La muerte es el destino del amor cortés, ya sea una muerte física o la muerte de la separación permanente (otro tópico que retomará reiteradas veces el Romanticismo).

La muerte aquí no sólo está unida a la figura de los amantes, sino también a la de su asesino, que Francesca asegura que tendrá un destino peor que el de ellos que es el círculo IX (Caína) donde están los traidores a la familia. Recordemos que Caín fue quien mató a Abel, su hermano, por envidia, ya que este último había hecho una ofrenda que fue grata a Dios. Ante el fraticidio, Dios lo condena a estar vagando por el mundo con la señal de hombre maldito. Dante llama a ese círculo con el nombre de esta figura bíblica, pero su condena en esta creación es mucho más cruel que la que Dios le da en la Biblia.

Aún cuando Francesca muestre disgusto en estas palabras respecto a su asesino, lo hace de forma gentil, y dulce, pero no por eso deja de ser terminante.

En el verso final del terceto, Dante narrador retoma la figura plural, ya no es sólo Francesca la que expresa este sentir amoroso, sino también Paolo, aunque no hable. “ambos me respondieron de esta suerte”.

La historia de Paolo y Francesca

Esta parte del canto V termina con Dante personaje conmovido por las palabras de los amantes. Un simple gesto, bajar la cabeza, y el silencio muestra la impotencia de Dante que debe reflexionar sobre su condición, ya que condenar a estas almas es de alguna manera, condenarse a si misma y a todo su pasado poético. La identificación no sólo se da por el ideal amoroso, sino por el dolor, sello infaltable en el amor cortés, y que Dante conoce muy bien en relación a su amada Beatriz, a la que nunca pudo acercarse más que poéticamente. La reflexión da paso al silencio profundo que sólo es roto por la pregunta de su maestro.

La respuesta de Dante revela esta conexión ya que nombra como “dulces pensamientos” a los tercetos que acaba de proferir Francesca, reconociendo que el deseo y el dolos van juntos.

Este silencio lleva a Dante a querer saber cómo llegaron a esta situación, cómo fue que el Amor los “prendió”. Es lógicamente humano que ante una situación de identificación queramos saber qué hay de común y qué hay de diferente. Esto es vital para Dante, porque forma parte de su purificación.

Francesca comienza su relato presentando una de las verdades más humanas: “Ningún dolor más grande /que el de acordarse del tiempo dichoso /en la desgracia; y tu guía lo sabe”. Una vez más, es el recuerdo de los buenos momentos vividos lo que atormenta a estas almas, y lo que atormentará a muchas en el Infierno. Ella pone a Virgilio como ejemplo de eso, porque él vive recordando lo que fue y siendo no otra cosa que una sombra más en este mundo. Conoce la melancolía y ese es parte de su castigo.

Cuando comienza su relato, toma otra vez la voz de los dos, ella hablará y él llorará reafirmando la historia que cuenta. De esta manera la historia adquiere una identidad compartida.

Dante utiliza la intertextualidad (referencia a otro texto literario) para adentrarnos en la historia. La Literatura se mete dentro de la Literatura, y la historia elegida, la de Lancelot es emblemática del amor cortés. Lancelot, caballero del Rey Arturo, quien le da un lugar privilegiado entre sus caballeros y lo trata como un hijo, se enamora sin poder evitarlo de su esposa, la reina de Ginebra, quien también se siente en deuda con el buen Arturo; pero como el Amor toma el corazón y el cuerpo de los amantes y los obliga a amarse, sin poder evitarlo, Lancelot y la reina tampoco pueden hacerlo. Una de las excusas que se utilizaba para explicar esta conducta irracional de la pasión amorosa era la idea del “filtro de amor”, que en el caso de Tristán e Isolda, por ejemplo, era un vino con una poción mágica. En el caso de Paolo y Francesca este filtro es la Literatura, capaz de despertar por identificación sentimientos irrefrenables e irracionales. El clima es perfecto. Paolo y Francesca “beben” de los amores de Lancelot y se ven obligados a reproducirlos. Los personajes están solos, leyendo, y aunque ya dentro de ellos hay una complicidad, no parecerían saberlo, es la historia de Lancelot quien saca a la luz lo que hay en ellos. Es un juego de espejos donde la ficción ingresa en la ficción para duplicar el efecto.

La lectura se suspende porque la Literatura habla de ellos, hasta que el paralelismo entre la “ficción” de la historia parece ser absoluto con la “realidad” de los personajes dantescos, y el beso de Lancelot y la reina provoca el estallido de lo que estos están sintiendo.

El beso entre Paolo y Francesca estremece, pero no miedo sino de todo eso inefable que pasa dentro de ellos (“la bocca mi bacio tutto tremante”). Nada más hay que decir, es ese beso que está dicho todo. Y será un beso eterno porque los llevará también a la eternidad del Infierno.

Lo que pasó después no importa y queda librado a la imaginación del lector. Francesca es lo suficientemente delicada para dejar este aspecto en blanco “Quel giorno più non vi leggemmo avante” (“no leímos ya desde ese instante”). ¿Dejaron libre su pasión? ¿Los encontró en ese instante el marido de Francesca? ¡Qué importa! En ese beso está encerrado todo el sentimiento amoroso.

La voz de Francesca cesa y sólo queda el llanto de Paolo, que refleja el sentir común de estas almas, uniéndolas, ya no sólo en el vuelo, sino en su historia y su dolor compartido. Las palabras de Francesca provocan la reflexión de Dante, pero el llanto de Paolo lo llevan a la extrema piedad, haciéndole imposible el acto de juzgar. Tan fuerte será para él esta conmoción que se desmaya.

Es interesante ver el final de este canto: “Io venni men cosç com’io morisse;/ E caddi come corpo morto cade” (“desfallecí como si me muriese; /y caí como un cuerpo muerto cae”). La referencia a la muerte resulta esclarecedora a la luz del propósito de este viaje. Dante está aquí para purificarse, y esto implica, bíblicamente, una muerte a la antigua vida y una resurrección a una nueva. Así no es casual que pareciera morir después de una canto que refleja toda el ideal poético que Dante sostuve antes de la Commedia.

Tan fuerte es esta imagen que el narrador utiliza una aliteración (repetición de sonidos) para que sintamos el peso de ese cuerpo cayendo (“come corpo morto cade”); si bien miramos, la repetición de la “o” y de los sonidos oclusivos, provocan nuestra imaginación. El peso de un cuerpo está cayendo, como cae el peso de toda una vida de convicciones, y así se debe sentir el mismo Dante.

Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
Bibliografía

- Carriquiry – Torres. Dante

- Casales, Fernando. Las virtudes como elementos estructurantes del comportamiento humano a través de algunos personajes femeninosen La Commedia de Dante Alighieri. Universidad Complutense de Madrid. http://www.ucm.es/info/especulo/numero35/virtudes.html

- Dante. Commedia. Comentada por Massimo Camisasca.

- Dante. Divina Comedia. Comentada por Ángel Crespo.

- Dante. Divina Comedia. Ed. Taurus.

- De Sanctis. Francesca. Las grandes figuras.

- De Sanctis. La tempestad de pasiones



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