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domingo, 4 de septiembre de 2011
jueves, 1 de septiembre de 2011
Lope de Vega - Fuenteovejuna. Final del Acto I (texto)
Final del Acto I
Vanse todos. Salen LAURENCIA y FRONDOSO
LAURENCIA:
A medio torcer los paños,
quise, atrevido Frondoso
para no dar qué decir,
desvïarme del arroyo;
decir a tus demasías
que murmura el pueblo todo,
que me miras y te miro,
y todos nos traen sobre ojo.
Y como tú eres zagal
de los que huellan, brioso,
y excediendo a los demás
vistes bizarro y costoso,
en todo lugar no hay moza,
o mozo en el prado o soto,
que no se afirme diciendo
que ya para en uno somos;
y esperan todos el día
que el sacristán Juan Chamorro
nos eche de la tribuna
en dejando los piporros.
Y mejor sus trojes vean
de rubio trigo en agosto
atestadas y colmadas,
y sus tinajas de mosto,
que tal imaginación
me ha llegado a dar enojo:
ni me desvela ni aflige
ni en ella el cuidado pongo.
FRONDOSO:
Tal me tienen tus desdenes,
bella Laurencia, que tomo,
en el peligro de verte,
la vida, cuando te oigo.
Si sabes que es mi intención
el desear ser tu esposo,
mal premio das a mi fe.
LAURENCIA:
Es que yo no sé dar otro.
FRONDOSO:
¿Posible es que no te duelas
de verme tan cuidadoso
y que imaginando en ti
ni bebo, duermo ni como?
¿Posible es tanto rigor
en ese angélico rostro?
¡Viven los cielos, que rabio!
LAURENCIA:
Pues salúdate, Frondoso.
FRONDOSO
Ya te pido yo salud,
y que ambos, como palomos,
estemos, juntos los picos,
con arrullos sonorosos,
después de darnos la iglesia...
LAURENCIA:
Dilo a mi tío Juan Rojo;
que aunque no te quiero bien,
ya tengo algunos asomos.
FRONDOSO:
¡Ay de mí! El señor es éste.
LAURENCIA:
Tirando viene a algún corzo.
Escóndete en esas ramas.
FRONDOSO:
Y ¡con qué celos me escondo!
Sale el COMENDADOR
COMENDADOR:
No es malo venir siguiendo
un corcillo temeroso,
y topar tan bella gama.
LAURENCIA:
Aquí descansaba un poco
de haber lavado unos paños;
y así, al arroyo me torno,
si manda su señoría.
COMENDADOR:
Aquesos desdenes toscos
afrentan, bella Laurencia,
las gracias que el poderoso
cielo te dio, de tal suerte,
que vienes a ser un monstruo.
Mas si otras veces pudiste
hüír mi ruego amoroso,
agora no quiere el campo,
amigo secreto y solo;
que tú sola no has de ser
tan soberbia, que tu rostro
huyas al señor que tienes,
teniéndome a mí en tan poco.
¿No se rindió Sebastiana,
mujer de Pedro Redondo,
con ser casadas entrambas,
y la de Martín del Pozo,
habiendo apenas pasado
dos días del desposorio?
LAURENCIA:
Ésas, señor, ya tenían
de haber andado con otros
el camino de agradaros;
porque también muchos mozos
merecieron sus favores.
Id con Dios, tras vueso corzo;
que a no veros con la cruz,
os tuviera por demonio,
pues tanto me perseguís.
COMENDADOR:
¡Qué estilo tan enfadoso!
Pongo la ballesta en tierra
[puesto que aquí estamos solos],
y a la práctica de manos
reduzco melindres.
LAURENCIA:
¿Cómo?
¿Eso hacéis? ¿Estáis en vos?
Sale FRONDOSO y toma la ballesta
COMENDADOR:
No te defiendas.
FRONDOSO:
Si tomo
la ballesta ¡vive el cielo
que no la ponga en el hombro!
COMENDADOR:
Acaba, ríndete.
LAURENCIA:
¡Cielos,
ayúdame agora!
COMENDADOR:
Solos
estamos; no tengas miedo.
FRONDOSO:
Comendador generoso,
dejad la moza, o creed
que de mi agravio y enojo
será blanco vuestro pecho,
aunque la cruz me da asombro.
COMENDADOR:
¡Perro, villano!...
FRONDOSO:
No hay perro.
Huye, Laurencia.
LAURENCIA:
Frondoso,
mira lo que haces.
FRONDOSO:
Vete.
Vase LAURENCIA
COMENDADOR:
¡Oh, mal haya el hombre loco,
que se desciñe la espada!
Que, de no espantar medroso
la caza, me la quité.
FRONDOSO:
Pues, pardiez, señor, si toco
la nuez, que os he de apiolar.
COMENDADOR:
Ya es ida. Infame, alevoso,
suelta la ballesta luego.
Suéltala, villano.
FRONDOSO:
¿Cómo?
Que me quitaréis la vida.
Y advertid que Amor es sordo,
y que no escucha palabras
el día que está en su trono.
COMENDADOR:
Pues, ¿la espalda ha de volver
un hombre tan valeroso
a un villano? Tira, infame,
tira, y guárdate; que rompo
las leyes de caballero.
FRONDOSO:
Eso, no. Yo me conformo
con mi estado, y, pues me es
guardar la vida forzoso,
con la ballesta me voy.
COMENDADOR:
¡Peligro extraño y notorio!
Mas yo tomaré venganza
del agravio y del estorbo.
¡Que no cerrara con él!
¡Vive el cielo, que me corro!
FIN DEL PRIMER ACTO
lunes, 8 de agosto de 2011
Cervantes - El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Cap.I (Texto)
Capítulo I.
Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote
de la Mancha
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso
Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar -que era hombre docto, graduado en Sigüenza-, sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.
Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo
que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque, según se decía él a sí mesmo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba. Y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde -como queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él a sí:
-Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: ''Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante''?
¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.
sábado, 23 de julio de 2011
Delmira Agustini - Explosión (Análisis)
Tema y Título
El tema del poema es la explosión que el yo lírico siente cuando el amor verdadero, el sensorial, llega a su vida. Según la Real Academia Española: explosión significa “liberación brusca de una cantidad de energía (…) encerrada en un volumen relativamente pequeño, la cual produce un incremento violento y rápido de la presión (…) va acompañada de estruendo y rotura violenta del recipiente que la contiene.
Si tomamos esta definición que en realidad refiere al proceso químico, podemos vincular el sentir de este yo lírico que se libera, y esta liberación que está movida por esa mágica fuerza, esa energía inexplicable y enloquecedora que es el amor. Sentimiento que mueve al mundo y que revoluciona el interior humano. Cabe aclarar que el yo lírico habla de dos tipos de amor: el que contiene la idea, y no deja de fermentarse en un “volumen relativamente pequeño” que es la mente humana, y el que se siente, sale, se vive, “explota”, “produce el incremente violento y rápido de la presión”, rompe las ataduras corporales y lo obliga a zambullirse en los brazos del otro de forma violenta y pasional. De este último, en contraposición con el primero es que quiere hablar el yo lírico. Ha vivido imaginando el amor, ha vivido pensando qué sería, pero ahora que lo siente, nada tiene comparación. Ahora la vida tiene sentido, ahora, no importa las consecuencias de esta “explosión”, rápida, inesperada, descontrolada, e incontrolable.
Estructura externa
El poema está escrito en forma de soneto, es decir, dos cuartetos (cuatro estrofas) y dos tercetos (tres estrofas) con una rima consonante (total) y en versos endecasílabos (once sílabas). La elección de la forma no es inocente. El soneto es una de las formas más rígidas en la poesía, por lo tanto en ella, que es un “volumen pequeño” – de acuerdo a la RAE – se concentra toda la emoción del amor, entonces la explosión será del ser que lo enuncia, y será aún mayor.
Estructura interna
Esta estructura se refiere al contenido del poema, y no deja de estar relacionado con la forma. Podemos pensar que en los cuartetos se plantea la situación que ha descubierto el yo lírico, cómo ha entendido al amor hasta ahora, y cómo lo siente hoy. Y en los tercetos se plantea el presente, resumiendo la misma situación de los cuartetos, pero ahora con toda la fuerza explosiva de sentir en el presente el amor.
Análisis del primer cuarteto
¡Si la vida es amor, bendita sea!
Quiero más vida para amar! Hoy siento
que no valen mil años de la idea
lo que un minuto azul de sentimiento.
El poema comienza con los signos de exclamación que ya demuestran esa explosión de sentimientos. El yo lírico ha descubierto que si el sentido de estar vivo es el amor, pues entonces bienvenida la vida para ella y para todos los que puedan sentir el amor. Su afirmación es absolutamente subversiva y revolucionaria para su época. La expresión “bendita sea” proviene del lenguaje religioso, y significa alabar, engrandecer, ensalzar. Bendecir es “consagrar al culto divino algo, mediante determinada ceremonia” (RAE). Sin embargo, en la época en que Delmira vivía, tal afirmación resulta una herejía, era exaltar algo que se relaciona con los sentidos, lo sensual, lo que los cristianos denominan “concupiscencia”, que sería la exaltación de las placeres corporales. Tomando una cita bíblica que afirma la primera carta de Juan, capítulo 4, versículo 16: “Dios es amor; y el que vive en amor, vive en Dios, y Dios en él” -intertextualidad que hace el yo lírico – podemos ver su rebeldía. Claramente el amor que propone esta carta no es el amor erótico, sino el amor divino, también llamado “ágape”, que es amor a Dios y a los hermanos en la fe. La rebeldía del yo lírico es traspasar esta idea al amor erótico, real, físico, y mezclarlo con lo divino. Cambia la palabra “Dios” por “vida”, y adjunta el “bendita sea”, como si todo el discurso religioso que le han enseñado hasta el momento contradijera lo que hoy siente, como si ese discurso la hubiera obligado a estar pasiva, sintiendo el amor como una idea lejana e inalcanzable físicamente, y no le hubieran explicado, ni le hubieran dado permiso para descubrir esta otra forma de sentir.
Es esta nueva forma de sentir la que la lleva a afirmar “quiero más vida para amar”, el sentimiento nuevo es tan poderoso que haberlo descubierto también revela la angustia de la muerte. No está pensando, como le enseñaron en su época. a desear la vida después de la muerte, quiere la vida que acá se siente, que acá se vive, que acá se ama.
A través del encabalgamiento - cuando un verso continúa en el siguiente- el yo deja aislado y reforzado el marco temporal: “hoy siento”, y esto es subjetivo, por lo tanto no es cuestionable, es personal, de esta manera, qué discurso religioso puede atreverse a desmentir lo que el yo siente.
Los últimos dos versos del cuarteto oponen las dos ideas, la que le han planteado y la que ha descubierto. Esta oposición se vuelve violenta por la fuerza que le da la antítesis:
“que no valen mil años de la idea
lo que un minuto azul de sentimiento.
“Mil años” contra “un minuto”, “la idea” contra “el sentimiento”. Haber perdido mil años soñando con el amor no vale nada cuando uno se encuentra verdaderamente con el sentimiento. Todo pierde sentido. Si le dieran al yo lírico mil años de vida, pero sólo le permitieran la idea del amor, lo cambiaría, sin dudar, por un solo minuto del sentimiento real, verdadero, aunque eso sólo fuera lo que le quedara de vida.
La palabra “azul” resulta emblemática en el texto. Recordemos que Delmira está influida por el modernismo, y el nicaragüense Ruben Darío ha publicado su libro “Azul” que ha marcado a los poetas de América y España. El color azul luego de esa publicación se ha convertido en símbolo de escritura apasionada, de pasión rebelde y real, también mezclada con la melancolía, de un mundo que los excluye por querer sentir, y expresar como bandera sus sentimientos, en un mundo materialista y enloquecido por los nuevos inventos tecnológicos, y perdido en el principio del consumismo.
Segundo cuarteto
Mi corazón moría triste y lento...
Hoy abre en luz como una flor febea.
¡La vida brota como un mar violento
donde la mano del amor golpea!
El segundo cuarteto comienza con la personificación del corazón, o tal vez una metonimia de él. Lo importante es que representa lo más íntimo y más vital del ser humano, y por lo tanto donde se encuentran, para ese yo lírico, sus sentimientos, que mueren de una tristeza lenta. Esto es lo que ha provocado la idea, una agonía constante e inacabable, hasta este “Hoy”. Para mostrar esta agonía, el yo lírico usa los puntos suspensivos, porque si no hubiera aparecido este “Hoy”, esta nueva forma de sentir, de vivir, de amar, lo único que le hubiera quedado es más agonía, que en el tiempo se prolonga, y también lo hace en el verso, dejando lo que sigue en un futuro, de manera incierta. Pero aparece ese “Hoy”, ese presente rompe con la agonía y vuelve al yo lírico al centro, que suge de esta nueva revelación. Otra vez aparece la antítesis entre la muerte del corazón, y la apertura a la luz. Este nuevo sentir la invita a renacer, a volver a nacer, a volver a una nueva vida. La comparación: “hoy abre en luz como una flor febea”, refiriéndose al corazón, deja entrever la antítesis de la oscuridad de la muerte con la nueva luz que ahora se abre. La imagen “flor febea” muestra la belleza con que el yo visualiza su corazón, frágil, pero hermoso, con un nuevo perfume, con la delicadeza de sus pétalos, y también con lo efímero, pero ¿qué importa si al menos logra abrirse y sentir lo que tanto le fue negado? La palabra “febea” refuerza la imagen de luz. Febo es el dios de la luz en la cultura griega, y uno de los rasgos de estilo del modernismo es utilizar palabras referidas a culturas antiguas, que también los alejaran de la vulgaridad que los rodeaba. Así el yo usa la palabra “febea” y relaciona este renacer con algo divino, mágico, milagroso. Su corazón vuelve a la vida porque alguna divinidad le ha permitido ese milagro.
Los últimos dos versos del cuarteto terminan en una imagen que reafirma la violencia de la explosión a través de la comparación, y la metáfora. “La vida brota” podríamos encuadralo dentro de las figuras metafóricas, ya que esta parece tener un movimiento propio, una vida dentro de ella misma que se mueve sin la intervención humana, como una planta que crece sola o una cañería que se rompe y el agua inunda todo. Así la vida, lentamente va creciendo en el yo lírico, a pesar del yo, o sin control de ella. La comparación de esa vida con el mar violento, nos completa la imagen de lo incontrolable. ¿Quién puede detener el mar? ¿Quién puede hacer que deje de estar violento? ¿Qué puede el hombre frente a él, cuando se propone arrasar con todo? Así la vida invade al yo, y lo que mueve a ese mar es la fuerza divina del amor, personificado en la mano que golpea a ese mar. Una vez más, si Dios es quien tiene el poder de hacer tal cosa, pues entonces su amor no va contra las creencias que le enseñaron, sino que esas enseñanzas han sido mentirosas, o no han sido completas. No se puede para lo irrefrenable, cuando la mano es tan poderosa como para violentar, revolucionar todo sus sentidos y sentimientos. El amor llama a su corazón, y ya nada puede detenerlo.
¡La vida brota como un mar violento
donde la mano del amor golpea!
Los tercetos
Hoy partió hacia la noche, triste, fría...
rotas las alas, mi melancolía;
como una vieja mancha de dolor
en la sombra lejana se deslíe...
¡Mi vida toda canta, besa, ríe!
¡Mi vida toda es una boca en flor!
Los tercetos comienzan, una vez más, con el adverbio “hoy”, sin embargo hablará de su condición pasada y de un quiebre entre ese presente y su pasado.
El primer verso muestra su condición pasada, su melancolía, su tristeza difusa, su agonía lenta ha terminado, ha partido, ya no es parte de su presente, ha marchado a donde tiene que estar, en la oscuridad en la que ha vivido hasta entonces: “la noche, triste, fría”. Una vez más esta noche la representa en su pasado, por eso es “triste”, porque ese es el sentimiento que la ha ahogado hasta este “hoy”. La frialdad también se había apoderado del yo lírico, que no tenía otra opción hasta ahora de mantenerse aislada del calor humano, porque no le estaba permitido, ya que el amor no era más que una idea, y no una vivencia.
Una vez más, los puntos suspensivos sugieren la partida, el verso queda suspendido, y parece como si el yo viera partir esa tristeza, esa noche, esa frialdad a un mundo que ya no le pertenece.
rotas las alas, mi melancolía;
como una vieja mancha de dolor
en la sombra lejana se deslíe...
Lo que parte es la melancolía que parecía tener las alas rotas, es decir, el desencanto parecía no poder desaparecer jamás de ella, lo que le hacía pensar que no existía ninguna esperanza de algo diferente. Esta melancolía está animalizada al hablar de sus alas rotas. Esto hace más milagroso la llegada del amor como algo real. Compara esa melancolía con “una vieja mancha de dolor”, pensando siempre que la mancha se relaciona con la oscuridad y que se contrapone con la luz que ahora ella siente en su corazón. Es “vieja” porque la conoce desde siempre, y porque ya no tenía esperanza de que desapareciera. Al ser vieja, también era más difícil de quitar de su alma, y esto se vuelve trágico si pensamos que lo que esa mancha significa es “dolor”. La melancolía, arraigada a ella sólo podía producir un dolor lento, molesto, indefinible.
El yo lírico hace un violento encabalgamiento entre un terceto y otro, y termina su idea sugiriendo que la sombra, la mancha vieja del dolor se desata de ella y parte a la “sombra lejana”, su vida ahora es luz, nada tiene que hacer esa sombra en su presente.
¡Mi vida toda canta, besa, ríe!
¡Mi vida toda es una boca en flor!
Termina el poema con dos versos marcados por los signos de exclamación que expresan la explosión que el yo siente en el presente. A su vez utiliza un paralelismo (repetición de la misma estructura gramatical) que reafirma su pasión. Ya no es el yo el que siente, es “mi vida toda”, con todo lo que ella implica. Las expresiones son de felicidad intensa: “canta, besa, ríe”. En una palabra: vive, con todos sus sentidos, con todo su ser. Utiliza verbos para mostrar que de aquella pasividad en la que estaba inmersa, ahora hay acción vital, vida en movimiento, alegría suprema.
El último verso es una metáfora de lo que significa estar viva: “es una boca en flor”, su actitud ahora es la de tomar la vida, gustar de ella, besarla, amarla. Y el estar “en flor” implica el nuevo nacimiento que ahora está experimentando en el mejor momento de su vida, en el más bello, en el que vale pena vivirla, porque está brotando y abriéndose a ella.
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

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Juana de Ibarbourou - La hora (Análisis)
ANÁLISIS DE “LA HORA” DE JUANA DE IBARBOUROU
Tema y Título:
El tema del poema es el tópico tan conocido como “Carpe diem”, que significa “Aprovecha el día”. Este tema viene desde la época de la antigüedad, del poeta Horacio. Es por esta razón que el poema está marcado por las anáforas: “ahora”, “hoy”. Son palabras que se repiten y reafirman la idea de no dejar pasar el momento cuando éste es propicio, cuando aún hay tiempo de disfrutarlo, de gozarlo con todos los sentidos, con todo el ser; porque el tiempo pasa, y destruye lo bello del presente, y el único fin posible es la muerte, terminante, real, e inapelable. El presente es de lo único que uno puede hacerse, ya que el pasado no puede cambiarse, y el futuro es incierto. Pero el “Carpe diem” no significa el suicidio, ni el descontrol que lleva a la muerte lenta, que hoy en día podemos vivir, sino el disfrute, el placer de aprovechar ese momento, de vivir plenamente, de tomar lo que el presente me da.
Por todo esto es que el poema se llama “La hora”, porque la hora es ahora. Porque ha llegado el momento y la amante se lo muestra al tú lírico, en forma de ruego, casi como una orden, pero la desesperación de quien sabe cual es su fin, el único que tenemos todos los humanos, la muerte y la vejez. ¿Qué importa, después, lo que quería, sino tuve el valor de tomarlo en el momento más pleno?
La conciencia del tiempo que corre angustia al yo lírico, que vive en una sociedad que desprecia o juzga el placer, o la belleza del momento íntimo. Una época que no le permite disfrutar sin culpa, de esa sociedad el yo lírico prefiere pasar, rebelarse, y atreverse a decirle a su amante que es tiempo de disfrutar, animarlo a hacerlo, algo subversivo, más aún si viene de una mujer.
Estructura externa
Lo interesante de esta estructura es que está formada en dísticos (estrofas de dos versos). Esta forma, relacionada con las incesantes anáforas le dan al poema un ritmo ágil, vertiginoso que se relaciona con la desesperación y la angustia para que el tú lírico comprenda la importancia del pedido.
Los versos son difíciles de contar, pero podemos ver que tiene una rima consonante, y las estrofas son diez. Pero el poema se divide en dos partes, y esto se relaciona con la estructura interna.
Estructura interna
Las primeras cinco estrofas están marcadas por las anáforas “tómame” y “ahora”, resaltando las cualidades de juventud y belleza que el yo posee en este momento.
Las otras cinco refieren a la muerte, al futuro, a lo que sucederá si se desperdicia esa “primavera” de la vida. Y comienza con un verso con una métrica menor (cinco sílabas) y un “después”. Para terminar reafirmando la importancia del presente.
Primera parte
El yo lírico utiliza permanentemente, además de la anáfora, el paralelismo (igual estructura gramatical) “Tómame ahora que aún…”, “Ahora que tengo…”, “ahora que calza…”, “ahora que en mis labios…”. El paralelismo va intensificando la pasión del decir, del imaginar, siempre unido a la angustia de saber que eso que está ahora, no será después.
Tómame ahora que aún es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.
El verbo con el que empieza el poema está presentado en un modo imperativo, y el presente, porque es urgente y necesario que el tú lírico comprenda que debe tomarla. No importa lo que otros digan, no importa para ella guardar su “honradez” si esta termina envejeciendo o muriendo sin haber descubierto el goce de vivir. Por eso “aún es temprano”, aún es el momento, aún se puede, aunque el mundo no lo considere decente, no importa, es algo físico, personal, es el momento de ella, biológico y no social.
Luego el yo lírico se va describiendo a sí misma a través de metáforas relacionadas con la naturaleza. Ella es naturalmente joven y bella; ¿qué tiene que ver eso con las normas sociales? Es natural ser bella y es natural ser joven, por lo tanto es natural disfrutar de esos dones. Por eso ella utiliza la metáfora “dalias nuevas en la mano”. Sus manos, símbolo de entrega, de lo que tiene para dar al otro está llena de nuevas flores, de nuevos perfumes, de nuevas sensaciones táctiles, suaves y dispuestas para él. Todo su ser está renovado porque es joven, y ya ha pasado su estado de niñez, ahora está física y naturalmente preparada para conocer ese mundo que se le brinda.
Tómame ahora que aún es sombría
esta taciturna cabellera mía.
El segundo dístico habla de su cabellera, que “es sombría” por lo tanto es negra, no tiene en ella indicio de canas, símbolo de la vejez, por lo tanto es nueva, es hermosa. La palabra “taciturna” abre dos posibles interpretaciones, ya que taciturno significa triste, melancólico o apesadumbrado. De esta manera podemos pensar que el yo lírico siente su cabellera taciturna porque nadie disfruta con su tacto, así la cabellera parece tener la condición del mismo yo, como si su tristeza por no disfrutar el ahora haya pasado a su cabello. Pero también si pensamos en la melancolía o la pesadumbre, pensamos en algo que se prolonga en el tiempo, y por lo tanto es largo, lo que podría sugerir que su cabellera es larga y más bella aún, por su condición de oscuridad y vitalidad.
Ahora, que tengo la carne olorosa,
y los ojos limpios y la piel de rosa.
En el tercer dístico cambia la imagen, que deja de ser puramente visual para ser ahora también olfativa “carne olorosa”, “piel de rosa”. Su carne, dicho de forma básica, está recubierto de un olor agradable, nuevo, renovador. No pesan en ella los años, ni las angustias y decepciones de la vejez, por eso sus ojos son “limpios”. Los ojos, ventanas del alma, muestran ese interior inocente aún, que no conoce las tristezas de la vida. Es por eso que este es el mejor momento, está nueva para empezar a vivir. Lo mismo sugiere la metáfora “piel de rosa”, con el agregado del tacto, una piel así es suave y agradable, delicada y plena.
Ahora que calza mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera
El siguiente dístico pasa a mencionar los pies. La descripción que el yo hace de sí misma tiene un orden caótico: las manos, la cabellera, la carne, los ojos, la piel, los pies y luego los labios. Como si ella fuera recordando, de forma emocional sus atributos. Así como recuerda en desorden, también cambia la anáfora, ya no es “tómame”, sino “ahora”, ya, no es bueno seguir esperando porque sólo provocará más desesperación ver lo que se empieza a perder. Sus pasos son ligeros, camina casi como bailando, no le pesa el andar, por eso la metáfora “mi planta ligera/ la sandalia viva de la primavera”. Sus pies están cargados de vida, la vida que le da la juventud de la primavera, la estación del amor, la estación del nuevo nacimiento. Ahora ella puede seguirlo, correr, vivir, bailar, todas expresiones de una vida plena de felicidad.
Ahora que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida a prisa.
El último dístico de esta parte recurre a una nueva imagen sensorial, ya usó la visual “la taciturna cabellera”, “los ojos limpios”, entre otras; la táctil “la piel de rosa”, como un ejemplo; la olfativa “carne olorosa”, y ahora utilizará la auditiva “en mis labios repica la risa/ como una campana sacudida a prisa”. La vida se capta con todos los sentidos, se aprehende con ellos, se disfruta pleno si ningún sentido queda afuera. Así quiere el yo lírico ser tomada por el tú lírico, con todo su ser. Primero utiliza la metáfora “repica la risa”, su entusiasmo, su alegría es sincera, estruendosa, espontánea y explosiva y la comparación con la campana reafirma esta idea: es “sacudida a prisa”, no hay prejuicios en su alegría, no hay represión, es naturalmente desinhibida y fresca.
Segunda parte
Después...¡oh, yo sé
que nada de eso más tarde tendré!
Aquí comienza la segunda parte del poema en la que el yo deja ver su angustia por el tiempo que pasa, y el amante no termina de decidirse, tal vez movido más por el “decoro” y las “buenas costumbres”. Tomar a una mujer sin casarse en ese tiempo está mal visto. Pero ella trata de mostrar que nada tiene que ver las presiones sociales, con lo que naturalmente ella está experimentando en su ser biológico. Por eso el “después” seguido de los puntos suspensivos, el futuro es incierto, y el tiempo corre, lo que se traduce en la angustia marcada por los signos de exclamación y la imprecación “¡oh, yo sé/ que nada de eso más tarde tendré!”. El encabalgamiento (cuando un verso continúa en el siguiente) marca la certeza “yo sé”, es inevitable, es indiscutible, la vejez vendrá para todos, aunque intentemos luchar contra ella: “nada de esto más tarde tendré”, cómo no disfrutarlo ahora, si es seguro que no va existir más esa juventud, esa alegría, esa belleza de la que hoy reboza.
Que entonces inútil será tu deseo
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.
Se apela directamente al tú lírico: “inútil será tu deseo”, de que sirve haber deseado algo tanto, si cuando estaba en el mejor momento no se aprovechó. Una vez más, la comparación del deseo ahora se relaciona directamente con la muerte, “ofrenda puesta sobre un mausoleo”. La ofrenda, las flores que se llevan a los muertos, y que también están muertas por ser arrancadas, no sirven de nada a la hora de la muerte, ¿es que el muerto las disfruta? La hora de disfrutar es cuando se está vivo. Después es sólo el llanto que no cambia nada, y que no satisfizo ningún deseo.
¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!
Este dístico retoma el casi de forma forma idéntica el primer dístico del poema, con la única diferencia que ahora las flores están definidas: “nardos”. Esta elección no es inocente. Los nardos son flores que abren de noche y tienen un olor penetrante, lo que simbolizan la unión sexual que ella le está invitando a vivir al tú lírico.
Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.
La antítesis “hoy, y no más tarde” es terminante, el tiempo corre, y no se puede esperar al futuro, la hora es ahora, y la metáfora “anochezca” refiere a la cercanía de vejez. Si la noche es símbolo de la muerte, el anochecer del hombre no es otra cosa que su vejez. Lo mismo sucede con la metáfora “se vuelva mustia la corola fresca”, siendo que la corola es lo que sostiene a la flor, y ponerse mustia implica arrugarse, tal como le pasa a los seres humanos. Ahora está “fresca” pero más tarde estará “mustia”, esto es un proceso natural, es también una antítesis natural.
Hoy, y no mañana. Oh amante, ¿no ves
que la enredadera crecerá ciprés?
Utiliza el paralelismo: “hoy, y no más tarde”, “hoy, y no mañana”, porque la pasión y la desesperación van creciendo en intensidad, necesita convencer al amante que salte por encima de todas las convenciones sociales.
Termina con una pregunta retórica, es decir una pregunta que encierra dentro de sí mismo la respuesta. Las dos plantas que se mencionan tienen también una relación antitética, la enredadera refiere a la vida, plena, que abraza cualquier cosa que esté en su centro y que crece frenéticamente hacia el sol, hacia las alturas; sin embargo el ciprés es la planta que los griegos usaban para honrar a sus muertos. Así que la pregunta es clara: lo que hoy es enredadera, mañana será ciprés, planta muerta.
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

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jueves, 31 de marzo de 2011
Garcilaso - Soneto XXIII (Texto)
Soneto XXIII
En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende el corazón y lo refrena.
Y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena.
Coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento helado.
Todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.
lunes, 21 de marzo de 2011
El niño que habla con los animales (texto)
EL CHICO QUE HABLABA CON LOS ANIMALES
No hace mucho tiempo decidí pasar unas breves vacaciones en las Indias Occidentales. Los amigos me habían dicho que era un lugar maravilloso, que podría pasarme el día entero holgazaneando, tomando el sol en las playas de arenas plateadas y nadando en las aguas cálidas y verdes del mar.
Escogí Jamaica y volé directamente de Londres a Kingston. Tardé dos horas de coche en ir del aeropuerto de Kingston a mi hotel, situado en la costa norte. La isla estaba llena de montañas y éstas aparecían totalmente cubiertas de selvas oscuras y espesas. El jamaicano corpulento que conducía el taxi me dijo que en aquellas selvas vivían comunidades enteras de gentes diabólicas que seguían practicando el vudú, la brujería y otros ritos mágicos.
—No suba usted jamás a esas selvas de la montaña —me dijo, poniendo los ojos en blanco—. ¡Allí arriba suceden cosas que harían que el pelo se le volviese blanco en un minuto!
—¿Qué clase de cosas? —pregunté.
—Es mejor que no me lo pregunte —explicó—. No es prudente hablar de ello siquiera.
Y no quiso decirme nada más del asunto.
Mi hotel se alzaba al borde de una playa perlina y el paisaje era aún más bello de lo que me había imaginado. Pero en el instante en que crucé la gran puerta principal, empecé a sentirme inquieto. No había motivo alguno para ello. No vi nada extraño, pero la sensación era muy viva y no conseguí librarme de ella. Había algo sobrenatural y siniestro en el lugar. A pesar de la belleza y el lujo, un presagio de peligro flotaba en el aire como si fuera gas tóxico.
Y no tenía la seguridad de que se tratase solamente del hotel. Toda la isla, las montañas y las selvas, las rocas negras que jalonaban la costa y los árboles que parecían cascadas de flores escarlata, todas estas cosas y muchas otras hacían que me sintiese incómodo dentro de mi pellejo. Algo maligno se agazapaba debajo de la superficie de la isla. Lo presentía en mis huesos.
Mi habitación en el hotel tenía un pequeño balcón desde el cual podía bajar directamente a la playa. Crecían cocoteros por doquier y de vez en cuando un coco verde y enorme, del tamaño de un balón de fútbol, caía del cielo y producía un golpe sordo al chocar contra la arena. Se consideraba una estupidez tenderse debajo de un cocotero, ya que, si alguna de aquellas cosas te caía en la cabeza, podía destrozarte el cráneo.
La chica jamaicana que entró a arreglarme la habitación me dijo que un americano rico llamado Wasserman había encontrado la muerte precisamente de aquella manera hacía tan sólo dos meses.
—Lo dice en broma —le dije.
—¡Nada de broma! —exclamó la chica—. ¡No, señor! ¡Lo vi con mis propios ojos! ¡Sí, señor!
—¿Y no se organizó un escándalo a causa de lo ocurrido? —pregunté.
—Echaron tierra al asunto —contestó sombríamente—. La gente del hotel echó tierra y lo mismo hizo la gente de los periódicos, porque las cosas así son muy malas para el negocio turístico.
—¿Y dice usted que lo vio con sus propios ojos?
—Sí, señor —dijo—. Mister Wasserman estaba debajo de aquel árbol que hay allí en la playa. Entonces sacó su cámara y enfocó el crepúsculo. Esa noche el crepúsculo era rojo y muy bonito. De pronto un coco verde y grande se desprende y aterriza en su calva. ¡Bum! Y ése —añadió con cierto entusiasmo— fue el último crepúsculo que mister Wasserman vio en su vida.
—¿Quiere decir que murió en el acto?
—No sé si murió en el acto —dijo—. Recuerdo que lo siguiente que ocurrió es que la cámara se le cayó de las manos y fue a parar a la arena. Luego los brazos cayeron sobre sus costados y se le quedaron colgando allí. Entonces empezó a tambalearse. Se tambaleó varias veces hacia atrás y hacia adelante, muy suavemente, y yo estaba de pie mirándole y yo me dije: el pobre hombre está mareado y puede que vaya a desmayarse de un momento a otro. Entonces muy, muy despacio, se inclinó hacia adelante y se desplomó.
—¿Estaba muerto?
—Más muerto que mi abuela —dijo la chica.
—¡Cielo santo!
—Así es —dijo—. Nunca hay que colocarse debajo de un cocotero cuando hay brisa.
—Gracias —le dije—. No lo olvidaré.
Al atardecer de mi segundo día en el hotel me encontraba sentado en mi pequeño balcón con un libro sobre el regazo y un vaso de ponche en la mano. No estaba leyendo el libro, sino que contemplaba un pequeño lagarto verde que acechaba a otro pequeño lagarto verde en el suelo del balcón, a unos dos metros de mí. El primer lagarto se acercaba al otro por detrás, avanzando con gran lentitud y cautela, y cuando llegó cerca de él sacó su larga lengua y tocó la cola del otro. Este dio un salto y se volvió, quedando los dos cara a cara y sin moverse, pegados al suelo, agazapados, mirándose fijamente y muy tensos. De pronto iniciaron una extraña danza los dos. Saltaban al aire. Saltaban hacia atrás. Saltaban hacia adelante. Saltaban de lado. Daban vueltas el uno alrededor del otro, como dos boxeadores, sin dejar un solo momento de saltar, hacer cabriolas y danzar. El espectáculo resultaba muy raro y me dije que seguramente se trataba de algún ritual amoroso. Me quedé muy quieto, esperando ver lo que iba a pasar a continuación.
Pero nunca vi lo que pasó a continuación porque en aquel momento me di cuenta de que se producía una gran conmoción en la playa. Miré hacia allí y vi que un gran número de personas se arracimaba en torno a algo al borde del agua. Cerca de allí, varada en la arena, había una barca de pescador tipo canoa y lo único que se me ocurrió fue que el pescador acababa de llegar con un montón de peces y la gente los estaba mirando.
Una redada de peces es algo que siempre me ha fascinado. Dejé el libro y me levanté.
Más gente bajaba de la veranda del hotel y se dirigía presurosamente a reunirse con la multitud que se agolpaba al borde del agua. Los hombres llevaban esos horribles pantalones cortos que llamaban «bermudas» y que llegan hasta las rodillas y sus camisas resultaban biliosas de tanto rosa, naranja y otros colores discordantes como había en ellas. Las mujeres tenían mejor gusto y en su mayoría llevaban bonitos vestidos de algodón. Casi todo el mundo sostenía una copa en la mano.
Recogí mi propia copa y bajé del balcón a la playa. Di un pequeño rodeo para evitar el cocotero debajo del cual se suponía que mister Wasserman había hallado la muerte y crucé la hermosa arena plateada para reunirme con la multitud.
Pero no era una redada de peces lo que la gente estaba contemplando. Era una tortuga tumbada panza arriba sobre la arena. ¡Pero qué tortuga! Era gigantesca, un verdadero mamut. Nunca había creído posible que una tortuga pudiese ser tan enorme. ¿Cómo puedo describir su tamaño? Creo que, de no haber estado panza arriba, un hombre alto habría podido sentarse sobre su caparazón sin que sus pies tocaran el suelo. Tendría quizás un metro cincuenta de largo y un metro veinte de ancho, con un caparazón alto y abovedado de gran belleza.
El pescador que la capturara la había tumbado de panza arriba para que no pudiera escapar. Había también una gruesa soga atada alrededor del caparazón y un pescador orgulloso, delgado, negro y sin más vestimenta que un pequeño taparrabo se encontraba a poca distancia del animal, sujetando el extremo de la soga con ambas manos.
De panza arriba yacía aquella magnífica criatura, con sus cuatro gruesas patas agitándose frenéticamente en el aire y su cuello largo y arrugado sobresaliendo considerablemente del caparazón. En el extremo de las patas tenía unas garras grandes y afiladas.
—¡Apártense, por favor, damas y caballeros! —exclamó el pescador—. ¡Apártense! ¡Las garras son peligrosas! ¡Pueden arrancarles un brazo!
La multitud de huéspedes del hotel se mostraba excitada y a la vez encantada ante aquel espectáculo. Una docena de cámaras enfocaba el animal disparando sin cesar. Muchas mujeres soltaban grititos de placer y se aferraban al brazo de sus hombres, mientras que éstos demostraban su ausencia de temor y su masculinidad haciendo comentarios estúpidos en voz alta.
—Bonito par de gafas con montura de concha te harías con ese caparazón, ¿eh, Al?
—¡La muy condenada debe de pesar más de una tonelada!
—¿Pretendes decirme que realmente puede flotar?
—Claro que flota. Y es una estupenda nadadora, además. Capaz de tirar fácilmente de una barca.
—Es mordedora, ¿verdad?
—Esa no es de las que muerden. Las tortugas mordedoras no son tan grandes como ésa. Pero de una cosa puedes estar seguro: te arrancará la mano de un mordisco si te acercas demasiado.
—¿De veras haría eso? —preguntó una de las mujeres al pescador—. ¿Le arrancaría la mano a una persona?
—Ahora mismo —dijo el pescador, sonriendo con sus dientes blanquísimos—. No le hará ningún daño cuando esté en el océano, pero si la captura, la arrastra a la playa y la coloca panza arriba, ¡entonces hay que andarse con cuidado! ¡Morderá cualquier cosa
que se ponga a su alcance!
—Supongo que a mí también me entraran ganas de dar mordiscos —dijo la mujer— si me encontrase en esta situación.
Un idiota acababa de encontrar un tablón que el agua había arrojado a la playa y se acercaba con él a la tortuga. Era un tablón bastante grande, de alrededor de un metro cincuenta de largo y quizá dos centímetros y medio de grueso. Con la punta del mismo empezó a tascar la cabeza de la tortuga.
—Yo no haría eso —dijo el pescador—. Sólo conseguirá enfurecerla más.
Cuando el extremo del tablón tocó el cuello de la tortuga, ésta volvió rápidamente su cabezota, abrió la boca y, ¡zas!, cogió el tablón y lo atravesó con sus dientes como si fuera un pedazo de queso.
—¡Atiza! —gritaron los espectadores—. ¿Habéis visto? ¡Me alegro de que no fuera mi brazo!
—Déjenla en paz —dijo el pescador—. No es conveniente excitarla.
Un hombre barrigudo, de muslos gruesos y piernas muy cortas se acercó al pescador y dijo:
—Escuche, buen hombre. Quiero ese caparazón. Se lo compro —y dirigiéndose a su regordeta esposa, añadió—: ¿Sabes qué voy a hacer, Mildred? Me llevaré ese caparazón a casa y haré que un experto le saque brillo. ¡Luego lo instalaré en el centro mismo de nuestra salita de estar! ¿Verdad que quedará bonito?
—Fantástico —dijo la esposa regordeta—. Adelante, cómpralo, querido.
—No te preocupes —dijo él—. Ya es mío —y volviéndose al pescador, dijo—: ¿Cuánto pide por el caparazón?
—Ya la he vendido —dijo el pescador—. La he vendido con caparazón y todo.
—No tan aprisa, buen hombre —dijo el hombre barrigudo—. Yo le pagaré más. Vamos. ¿Cuánto le han ofrecido?
—No hay nada que hacer —contestó el pescador—. Ya la he vendido.
—¿A quién? —preguntó el hombre barrigudo.
—Al director.
—¿Qué director?
—El director del hotel.
—¿Lo han oído? —gritó otro hombre—. ¡La ha vendido al director de nuestro hotel! ¿Y saben qué significa eso? ¡Significa sopa de tortuga! ¡Eso es lo que significa!
—¡Tiene mucha razón! ¡Y bistec de tortuga! ¿Alguna vez has comido filete de tortuga, Bill?
—Nunca, Jack. Pero ardo en deseos de probarlo.
—Un filete de tortuga es mejor que uno de buey si lo cocinas como es debido. Es más tierno y tiene mucho más sabor.
—Oiga —dijo el hombre barrigudo, dirigiéndose al pescador—. No trato de comprar la carne. El director puede quedársela. Puede quedarse con todo lo que haya dentro incluyendo los dientes y las uñas. Lo único que quiero es el caparazón.
—Y si te conozco bien, querido —dijo su esposa, sonriéndole de oreja a oreja—, tuyo
será el caparazón.
Permanecí allí de pie, escuchando la conversación de aquellos seres humanos. Hablaban de la destrucción, el consumo y el sabor de una criatura que, incluso estando panza arriba, parecía extraordinariamente digna. Una cosa era segura. Era de mayor edad que ellos. Probablemente se había pasado ciento cincuenta años surcando las verdes aguas de las Indias Occidentales. En ellas estaba ya cuando George Washington era presidente de los Estados Unidos y Napoleón recibía una buena paliza en Waterloo. Por aquel entonces debía de ser una tortuga pequeña, pero no había la menor duda de que ya estaba allí.
Y ahora estaba aquí, tumbada de espaldas sobre la arena, esperando el momento de ser sacrificada y convertida en sopa y filetes. Era evidente que la alarmaban el ruido y los gritos que se oían a su alrededor. Alargaba el cuello viejo y arrugado y su cabezota se volvía a un lado y a otro como si buscase a alguien capaz de explicarle el motivo de tantos malos tratos.
—¿Cómo la llevará hasta el hotel? —preguntó el hombre barrigudo.
—Arrastrándola por la playa con la soga —repuso el pescador—. El personal del hotel vendrá pronto a llevársela. Harán falta diez hombres y que todos tiren a la vez.
—¡Escuchen! —exclamó un joven musculoso—. ¿Por qué no la arrastramos nosotros? —el joven musculoso llevaba unos «bermudas» color magenta y verde guisante e iba sin camisa. Su pecho era excepcionalmente peludo y saltaba a la vista que la ausencia de camisa era un detalle premeditado—. ¿Qué les parece si trabajamos un poco para ganarnos la cena? —dijo, moviendo los músculos—. ¡Vamos, amigos! ¿Quién quiere hacer un poco de ejercicio?
—¡Magnífica idea! —gritaron los demás—. ¡Un plan espléndido!
Los hombres entregaron sus copas a las mujeres y corrieron a coger la soga. Se colocaron al lado de ella como si se dispusieran a practicar el juego de la cuerda, y el joven del pecho peludo se nombró a sí mismo capitán del equipo.
—¡Vamos, muchachos! —gritó—. Cuando diga «¡ahora!» todos a tirar a la vez, ¿entendido?
Aquello no pareció hacerle mucha gracia al pescador.
—Es mejor que ese trabajo lo dejen para los del hotel —dijo.
—¡Tonterías! —gritó el del pecho peludo—. ¡Ahora, muchachos, ahora!
Tiraron todos. La gigantesca tortuga se tambaleó sobre su espalda y estuvo a punto de volcar.
—¡Que no vuelque! —chilló el pescador—. ¡Harán que vuelque si tiran así! Y si vuelve a quedar patas abajo, pueden estar seguros de que se escapará.
—Cálmese, buen hombre —dijo el del pecho peludo con aire de protección—. ¿Cómo quiere que se escape? La tenemos atada con una soga, ¿no es así?
—Si le dan la oportunidad, ¡los arrastrará a todos! —exclamó el pescador—. ¡Los arrastrará hasta el océano! ¡A todos!
—¡Ahora! —gritó el del pecho peludo, haciendo caso omiso del pescador—. ¡Ahora, muchachos, ahora!
Y la gigantesca tortuga empezó a deslizarse muy lentamente playa arriba, hacia el hotel, hacia la cocina, hacia el lugar donde se guardaban los cuchillos grandes. Las
mujeres y los hombres más viejos, más gordos y menos atléticos siguieron a la comitiva jaleando a los que tiraban de la soga.
—¡Ahora! —gritó el peludo capitán del equipo—. ¡Ánimo, muchachos! ¡Más fuerte todavía!
De repente oí gritos. Todo el mundo los oyó. Eran unos gritos tan agudos, tan estridentes y tan apremiantes que se impusieron a los demás ruidos.
—¡No-o-o-o-o! —decían los gritos—. ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No!
La multitud se quedó helada. Los hombres que tiraban de la soga dejaron de tirar y los mirones dejaron de gritar mientras todos los presentes se volvían hacia el lugar de donde venían los gritos.
Medio caminando, medio corriendo, bajaban por la playa, procedentes del hotel, tres personas: un hombre, una mujer y un chico. Medio corrían porque el chico tiraba del hombre. El hombre tenía al chico cogido por la muñeca y trataba de hacerle aflojar el paso, pero el pequeño seguía tirando. Al mismo tiempo daba botes, se retorcía y trataba de librarse de la mano del padre. Era el chico quien gritaba.
—¡No! —gritó—. ¡No lo hagan! ¡Déjenla ir! ¡Déjenla ir, por favor!
La mujer, que era la madre del muchacho, trataba de sujetarle por el otro brazo y de esta manera ayudar al padre, pero el chico pegaba tantos botes que no lo consiguió,
—¡Suéltenla! —gritó el pequeño—. ¡Lo que hacen es horrible! ¡Déjenla, por favor!
—¡Basta ya, David! —dijo la madre, tratando aún de cogerle el otro brazo—. jNo seas tan infantil! Te estás poniendo en ridículo.
—¡Papá! —gritó el chico—. ¡Papá! ¡Diles que la suelten!
—No puedo, David —contestó el padre—. No es asunto nuestro.
Los que arrastraban a la tortuga permanecieron inmóviles, aunque sin soltar la soga en cuyo extremo se hallaba atado el gigantesco animal. Todo el mundo estaba callado y sorprendido, mirando fijamente al chico. Parecían todos algo turbados. Todos presentaban la expresión ligeramente avergonzada de la gente a la que han pillado haciendo algo que no es del todo honorable.
—Vamos, David —dijo el padre, tirando del niño—. Volvamos al hotel y dejemos a esta gente en paz.
—¡No quiero volver! —gritó el chico—. ¡No quiero! ¡Quiero que la suelten!
—¡Vamos, David! —dijo la madre.
—Largo de aquí, mocoso —dijo el del pecho peludo.
— ¡Es usted horrible y cruel! —gritó el muchacho—. ¡Todos ustedes son horribles y crueles! —pronunció las palabras muy claramente, lanzándolas contra los cuarenta o cincuenta adultos que se encontraban en la playa, y nadie, ni siquiera el joven del pecho peludo, le contestó esta vez—. ¿Por qué no la devuelven al mar? —gritó el chico—. ¡Ella no les ha hecho nada! ¡Suéltenla!
El padre se sentía azorado ante el comportamiento de su hijo, pero en modo alguno avergonzado.
—Está loco por los animales —explicó, dirigiéndose a la multitud—. En casa tiene animales de todas las especies que existen bajo el sol. Habla con ellos.
—Los quiere mucho —dijo la madre.
Varias personas empezaron a moverse nerviosamente. Aquí y allá se advertía cierto cambio de actitud entre los espectadores, una sensación de incomodidad, incluso un leve toque de vergüenza. El chico, que no tendría más de ocho o nueve años, ya había dejado de forcejear con su padre. Este seguía sujetándole la muñeca, pero sin demasiada fuerza.
—;Vamos! —gritó el pequeño—. ¡Déjenla ir! ¡Desátenle la soga y dejen que se vaya!
Se encaró a la multitud, pequeño y erguido, con los ojos brillándole como dos estrellas y el pelo agitado por el viento. Estaba magnífico.
—No hay nada que podamos hacer, David —dijo el padre con tono bondadoso—. Volvamos al hotel.
—¡No! —exclamó el niño.
Y en aquel momento dio un tirón repentino y se soltó al mismo tiempo que echaba a correr por la arena hacia la gigantesca tortuga tumbada panza arriba.
—¡David! —chilló el padre, echando a correr tras él—. ¡Detente! ¡Vuelve aquí!
El muchacho atravesó la multitud como un jugador de rugby corriendo con la pelota y la única persona que se adelantó para interceptarle fue el pescador.
—¡No te acerques a esa tortuga, muchacho! —gritó mientras trataba de echársele encima para detenerle. Pero el chico le esquivó y siguió corriendo—. ¡Te despedazará a mordiscos! —chilló el pescador—. ¡Detente, muchacho, detente!
Pero ya era demasiado tarde para detenerle y, al llegar corriendo hasta la tortuga, el animal le vio y su enorme cabezota se volvió para mirarle de frente.
La voz de la madre del chico, el gemido aterrado y atormentado de la madre, se alzó en el cielo crepuscular.
—¡David! ¡Oh, David!
Y segundos después el muchacho se postraba de rodillas en la arena, rodeaba con sus brazos el cuello viejo y arrugado del animal y apretaba a éste contra su pecho. La mejilla del chico se apretaba contra la cabezota de la tortuga mientras sus labios se movían, susurrando palabras dulces que nadie más podía oír. La tortuga se quedó absolutamente quieta. Incluso sus gigantescas patas dejaron de azotar el aire.
Un gran suspiro, un largo suspiro de alivio, surgió de la multitud. Muchas personas dieron uno o dos pasos hacia atrás, como si tratasen de alejarse un poco más de algo que escapaba a su comprensión. Pero el padre y la madre se adelantaron juntos y se detuvieron a unos tres metros del hijo.
—¡Papá! —exclamó el chico, sin dejar de acariciar la cabeza parda—. ¡Haz algo, por favor, papá! ¡Haz que la suelten, por favor!
—¿Puedo ayudarles en algo? —dijo un hombre vestido con un traje blanco que acababa de bajar del hotel. El hombre, como sabía todo el mundo, era mister Edwards, el director. Era un inglés alto y narigudo de cara larga y sonrosada—. ¡Qué cosa más extraordinaria! —dijo, mirando al chico y a la tortuga—. Tiene suerte de que no le haya arrancado la cabeza de una dentellada —y dirigiéndose al chico, añadió—: Será mejor que te apartes de ella, muchacho. Ese bicho es peligroso.
—¡Quiero que la suelten! —exclamó el pequeño, que seguía acunando la cabezota del animal entre sus brazos—. ¡Dígales que la suelten!
—Se dará usted cuenta de que el animal podría matarle en cualquier instante —dijo el director al padre del chico.
—Déjele en paz —contestó el padre.
—Ni pensarlo —dijo el director—. Haga el favor de apartarle de ahí. Pero dése prisa. Y tenga cuidado.
—No —dijo el padre.
—¿Cómo que no? —dijo el director—. ¡Estas cosas son letales! ¿Es que no lo comprende?
—Sí —dijo el padre,
—Entonces, por el amor de Dios, hombre, ¡sáquelo de ahí! —exclamó el director—. Si no lo hace, se producirá un accidente muy desagradable.
—¿De quién es? —preguntó el padre—. ¿Quién es el propietario de la tortuga?
—Nosotros —repuso el director—. El hotel la ha comprado.
—En tal caso, hágame un favor —dijo el padre—. Permítame que se la compre.
El director miró al padre, pero no dijo nada.
—No conoce usted a mi hijo —explicó el padre, hablando con voz tranquila—. Se volverá loco si se llevan la tortuga al hotel y la matan. Se pondrá histérico.
—Limítese a apartarle de su lado —dijo el director—. Y dése prisa.
—Ama a los animales —insistió el padre—. Los ama de veras. Se comunica con ellos.
La multitud guardaba silencio, tratando de oír lo que decían los dos hombres. Nadie se alejó de allí. Parecían hipnotizados.
—Si la soltamos —dijo el director—, sólo servirá para que vuelvan a capturarla.
—Quizás sea así —dijo el padre—. Pero esos bichos saben nadar.
—Ya sé que saben nadar —contestó el director—. Pero la capturarán de todos modos. Se trata de un ejemplar valioso. Métaselo en la cabeza. El caparazón solo ya vale un montón de dinero.
—El coste no me importa —dijo el padre—. No se preocupe por eso. Quiero comprarla.
El niño seguía arrodillado en la arena al lado de la tortuga, acariciándole la cabeza.
El director se sacó un pañuelo del bolsillo del pecho y empezó a secarse los dedos. No tenía ganas de soltar a la tortuga. Probablemente ya tenía pensado el menú de la cena. Por otro lado, no quería que se produjese otro accidente horrible en su playa privada aquella temporada. Se dijo que mister Wasserman y su coco ya eran suficientes por un año.
—Lo consideraría un gran favor personal, mister Edwards —dijo el padre—, si me permitiera comprarla. Y le prometo que no lo lamentará. Ya me aseguraré de que así sea.
El director levantó ligeramente las cejas. Había captado la insinuación. Le estaban ofreciendo un soborno. Eso era distinto. Durante unos segundos siguió secándose las manos con el pañuelo. Luego se encogió de hombros y dijo:
—Bueno, supongo que si su chico va a sentirse mejor...
—Gracias —dijo el padre.
—¡Muchas gracias! —exclamó la madre—. ¡Muchísimas gracias!
—Willy —dijo mister Edwards, haciendo una seña al pescador.
Willy se adelantó. Se le veía totalmente perplejo.
—Nunca he visto nada parecido en toda mi vida —dijo—. ¡Esta tortuga vieja era la más feroz de cuantas he capturado! ¡Luchó como un diablo cuando la izamos a bordo! ¡Los seis nos las vimos y deseamos para desembarcarla! ¡Ese chico está loco!
—Sí, ya lo sé —dijo el director—. Pero ahora quiero que la sueltes.
—¡Soltarla! —exclamó el pescador, horrorizado—. ¡No debe soltarla, mister Edwards! ¡Ha batido el récord! ¡Es la tortuga más grande que jamás se haya capturado en esta isla! ¡Con mucho la más grande! ¿Y qué me dice de nuestro dinero?
—Recibiréis vuestro dinero.
—Tengo que pagar a los otros cinco también —dijo el pescador, señalando a los cinco hombres semidesnudos y de piel negra que esperaban en la orilla, junto a una segunda barca—. Los seis estamos en el negocio, a partes iguales —prosiguió el pescador—. No puedo soltarla hasta que recibamos el dinero.
—Te garantizo que lo recibiréis —dijo el director—. ¿No te basta con que te lo garantice?
—Yo avalaré la garantía —dijo el padre del chico, dando un paso hacia adelante— Y habrá una propina para los seis pescadores, siempre y cuando la suelten en seguida. Quiero decir inmediatamente, en este mismo instante.
El pescador miró al padre, luego miró al director.
—De acuerdo —dijo—. Si eso es lo que quiere.
—Hay una condición —dijo el padre—. Antes de recibir su dinero, tiene que prometer que no saldrá a la mar inmediatamente para volver a capturarla. Al menos no esta noche. ¿Entendido?
—Desde luego —dijo el pescador—. Trato hecho.
Giró en redondo y echó a correr playa abajo, llamando a los otros cinco pescadores. Les gritó algo que no pudimos oír y al cabo de uno o dos minutos los seis volvieron juntos. Cinco de ellos llevaban unos palos de madera largos y gruesos.
El chico seguía arrodillado junto al animal.
—David —le dijo el padre con voz dulce—. Ya está todo arreglado, David. Van a soltarla.
El pequeño miró a su alrededor, pero no separó los brazos del cuello de la tortuga ni se levantó.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Ahora —dijo el padre—. Ahora mismo. De modo que será mejor que te apartes.
—¿Lo prometes? —dijo el chico.
—Sí, David, te lo prometo.
El niño apartó los brazos, se levantó y retrocedió varios pasos.
—¡Que retrocedan todos! —gritó el pescador llamado Willy—. ¡Por favor, échense atrás!
La multitud retrocedió unos cuantos metros. Los hombres que habían arrastrado la tortuga soltaron la soga y retrocedieron con el resto de la gente.
Willy se puso a gatas y con mucha cautela se acercó a la tortuga. Después empezó a deshacer el nudo de la soga, procurando mantenerse fuera del alcance de las enormes patas del animal.
Una vez deshecho el nudo, Willy retrocedió a gatas. Entonces los otros cinco pescadores se adelantaron con sus palos, que medían algo más de dos metros y eran inmensamente gruesos. Metieron los palos debajo del caparazón de la tortuga y se pusieron a balancearla de un lado a otro. El caparazón formaba una cúpula muy alta que se prestaba a que la balancearan.
—¡Arriba y abajo! —cantaban los pescadores mientras balanceaban al animal—. ¡Arriba y abajo! ¡Arriba y abajo! ¡Arriba y abajo!
La vieja tortuga se enfadó muchísimo. ¿Y quién podría culparla por ello? Las enormes patas se agitaban frenéticamente en el aire y la cabeza no cesaba de entrar y salir del caparazón.
—¡Démosle la vuelta! —cantaban los pescadores—. ¡Démosle la vuelta! ¡Otro empujón y ya está!
La tortuga se inclinó sobre un costado y luego cayó de cuatro patas sobre la arena.
Pero no se puso a andar inmediatamente. Asomó su cabezota parda y miró cautelosamente a su alrededor.
—¡Vete, tortuga, vete! —exclamó el chico—. ¡Vuelve al mar!
Los dos ojos negros de la tortuga se alzaron hacia el chico. Los ojos eran brillantes y animados, llenos de la sabiduría que da la vejez. El chico le devolvió la mirada a la tortuga y esta vez le habló con voz suave e íntima.
—Adiós, viejo —dijo—. Esta vez vete muy lejos de aquí.
Los ojos negros siguieron posados en el chico unos cuantos segundos más. Nadie se movió. Luego, con gran dignidad, la inmensa bestia se volvió y comenzó a andar torpemente hacia el borde del océano. No se dio ninguna prisa. Avanzaba calmosamente por la arena de la playa y su enorme caparazón se balanceaba ligeramente.
La multitud miraba en silencio.
El animal entró en el agua.
Siguió avanzando.
Pronto empezó a nadar. Ahora se encontraba en su elemento. Nadaba con mucha gracia y rapidez, con la cabeza bien alta. El mar estaba calmado y la tortuga producía pequeñas olas que se extendían en abanico a ambos lados de ella, como las que hace una embarcación. Pasaron varios minutos antes de que la perdiéramos de vista, y para entonces ya estaba a medio camino del horizonte.
Los huéspedes iniciaron el regreso al hotel. Se les veía curiosamente callados. Ya no se oían bromas, risas ni burlas. Algo había sucedido. Algo extraño había cruzado aleteando la playa.
Volví a mi pequeño balcón y me senté a fumar un cigarrillo. Me sentía inquieto y tenía la impresión de que el asunto aún no había terminado.
A las ocho del día siguiente la muchacha jamaicana, la que me había contado lo de mister Wasserman y el coco, me trajo un vaso de zumo de naranja a la habitación.
—¡La que se ha armado en el hotel esta mañana! —dijo mientras dejaba el vaso sobre la mesita y corría las cortinas—. Todo el mundo vuela de un lado a otro. Parecen locos.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
—El muchachito de la número doce... ha desaparecido. Desapareció durante la noche.
—¿Se refiere al chico de la tortuga?
—Ese mismo —dijo—. Sus padres han puesto el grito en el cielo y el director se está volviendo loco.
—¿Cuándo notaron su desaparición?
—Hará unas dos horas su padre encontró la cama vacía. Aunque el chico puede haberse marchado en cualquier momento de la noche.
—Sí —dije—. Es posible.
—Le están buscando por todas partes —continuó la chica—. Y acaba de llegar un coche de la policía.
—Puede que se levantase temprano y fuera a escalar las rocas —insinué.
Sus ojos grandes, negros y obsesionados se posaron un momento en mi rostro, luego se desviaron hacia otro sitio.
—No lo creo —dijo y salió.
Me vestí a toda prisa y bajé corriendo a la playa. Dos policías nativos con uniforme caqui se encontraban allí con mister Edwards, el director. Era mister Edwards quien llevaba la voz cantante. Los dos policías le escuchaban pacientemente. A lo lejos, en ambos extremos de la playa, pude ver pequeños grupos de gente, sirvientes del hotel además de huéspedes, que se extendían en abanico y se encaminaban hacia las rocas. Hacía una hermosa mañana. El cielo era azul como el humo, con un leve toque amarillo. El sol estaba en lo alto y dibujaba diamantes sobre toda la superficie del mar tranquilo. Y mister Edwards hablaba en voz alta con los dos policías nativos y agitaba los brazos.
Yo quería ayudar. ¿Qué debía hacer? ¿Hacia dónde debía dirigirme? No hubiese servido de nada limitarme a seguir a los demás. De modo que continué caminando hacia mister Edwards. Fue más o menos entonces cuando divisé la barca de pesca. La larga canoa de madera con un solo mástil y una vela marrón agitada por la brisa se encontraba aún bastante lejos de la playa, pero hacia ella se dirigía. Los dos nativos que iban a bordo, uno en cada extremo, remaban con fuerza. Remaban con gran energía. Los remos se alzaban y caían con tan tremenda velocidad que hubiérase dicho que se trataba de una regata. Me detuve para contemplarlos. ¿Por qué tendrían tanta prisa por alcanzar la playa? Era obvio que tenían algo que contar. Mantuve los ojos sobre la canoa. A mi izquierda pude oír que mister Edwards les decía a los dos policías:
—Es perfectamente ridículo. No puedo tolerar que la gente desaparezca por las buenas del hotel. Será mejor que se den prisa en encontrarle, ¿entendido? Una de dos: o ha salido a dar una vuelta y se ha perdido o le han secuestrado. En uno u otro caso, es responsabilidad de la policía...
La barca de pesca pasó rozando el mar y aterrizó sobre la arena al borde del agua. Los dos nativos dejaron caer los remos y saltaron a tierra. Luego echaron a correr playa arriba. Reconocí al que iba delante: era Willy. Cuando divisó al director y a los dos policías, se dirigió rápidamente hacia ellos.
—¡Eh, mister Edwards! —gritó Willy—. ¡Acabamos de ver una cosa rarísima!
El director se puso rígido y volvió la cabeza. Los dos policías permanecieron impasibles. Estaban acostumbrados a las personas excitables. Se las encontraban cada día.
Willy se detuvo enfrente del grupo, con el pecho subiéndole y bajándole y la respiración entrecortada. El otro pescador le seguía de cerca. Ambos iban desnudos salvo por un diminuto taparrabo, y su piel negra relucía a causa del sudor.
—Hemos remado a toda velocidad durante un largo trecho —dijo Willy, excusándose por tener la respiración entrecortada—. Creímos que debíamos regresar lo más aprisa posible y dar parte.
—¿Dar parte de qué? —preguntó el director—. ¿Qué habéis visto?
—¡Algo raro! ¡Rarísimo!
—Desembucha de una vez, Willy. ¡Por el amor de Dios!
—No me creerá —dijo Willy—. Nadie nos creerá. ¿No es así, Tom?
—Así es —dijo el otro pescador, moviendo la cabeza vigorosamente—. Si Willy no hubiese estado conmigo para confirmarlo, ¡ni yo mismo me lo hubiese creído!
—¿Qué es lo que no te hubieses creído? —preguntó mister Edwards—. Vamos, decidnos qué habéis visto.
—Salimos a primera hora —dijo Willy—, sobre las cuatro de la madrugada y estaríamos a unas dos millas mar adentro cuando hubo luz suficiente para distinguir las cosas con claridad. De repente, al emerger el sol, vemos ante nosotros, a no más de cincuenta metros, vemos algo que no podíamos creer ni siquiera con nuestros ojos...
—¿Qué? —dijo secamente mister Edwards—. ¡Sigue, por lo que más quieras!
—Vemos aquella tortuga monstruosa nadando en el mar, la misma que ayer arrastramos a la playa, y vemos al chico sentado en lo alto del caparazón de la tortuga ¡cabalgando por el mar como si fuera a caballo!
—¡Tienen que creernos! —exclamó el otro pescador—. ¡Yo también lo vi! ¡Tienen que creernos!
Mister Edwards miró a los dos policías. Los dos policías miraron a los pescadores.
—No nos estaréis tomando el pelo, ¿eh? —dijo uno de los policías.
—¡Lo juro! —exclamó Willy—. ¡Es la pura verdad! ¡El muchachito cabalgaba a lomos de la vieja tortuga y sus pies ni siquiera tocaban el agua! ¡Estaba seco como un hueco y sentada tan cómodamente como podía estar! Así que fuimos tras él. Desde luego que fuimos tras él. Al principio tratamos de acercarnos a ellos silenciosamente, como hacemos siempre que perseguimos una tortuga, pero el chico nos vio. En aquel momento ya no estábamos muy lejos de ellos, ¿entienden? No más lejos que de aquí a la orilla. Y cuando nos vio, el chico se inclinó hacia adelante como si le dijera algo a la vieja tortuga y el animal levantó la cabeza y se puso a nadar como si la persiguiera el diablo. ¡Cómo corría la tortuga! Tom y yo podemos remar muy aprisa cuando queremos, ¡pero no teníamos ninguna probabilidad de alcanzar a aquel monstruo! ¡Ninguna! ¡Por lo menos corría el doble que nosotros! ¿Qué opinas tú, Tom?
—Diría que por lo menos corría tres veces más —contestó Tom—. Y les diré por qué. Al cabo de diez o quince minutos nos llevaban una milla de ventaja.
—¿Por qué diablo no llamasteis al pequeño? —preguntó el director—. ¿Por qué no le hablasteis antes, cuando estabais más cerca?
—¡Pero si no paramos de llamarle! —exclamó Willy—. En cuanto el chico nos vio y dejamos de acércanos sigilosamente a él, entonces nos pusimos a chillar. Chillamos y le llamamos de todo para conseguir que subiese a bordo. «¡Eh, chico!», le grité. «¡Vuelve
con nosotros! ¡Te llevaremos a casa! ¡Eso que haces no está nada bien, chico! ¡Salta de ahí y nada mientras puedas y nosotros te recogeremos! ¡Vamos, muchacho, salta! Tu mamá te estará esperando en casa, pequeño, así que, ¿por qué no vienes con nosotros?» Y otra vez le grité: «¡Escúchame, chico! ¡Vamos a prometerte algo! ¡Te prometemos no capturar esa tortuga si te vienes con nosotros!»
—¿El os contestó? —preguntó el director.
—¡Ni siquiera se volvió para mirarnos! —dijo Willy—. ¡Siguió sentado allí arriba, balanceando el cuerpo hacia adelante y hacia atrás como si azuzase a la vieja tortuga para que corriera más! ¡Perderá usted a ese muchachito, mister Edwards, a menos que alguien vaya a buscarlo en seguida y se lo traiga para acá!
El rostro sonrosado del director se había vuelto blanco como el papel.
—¿En qué dirección iban? —preguntó secamente.
—Hacia el norte —contestó Willy—. Casi directamente hacia el norte.
—¡Muy bien! —exclamó el director—. ¡Cogeremos la lancha rápida! Quiero que vengas con nosotros, Willy. Y tú también, Tom.
El director, los dos policías y los dos pescadores echaron a correr hacia la lancha que se utilizaba para el esquí náutico, que se encontraba varada en la arena. La empujaron hacia el mar, e incluso el director les echó un mano, metiéndose en el mar hasta que el agua llegó hasta las rodillas de sus pantalones blancos y bien planchados. Luego subieron todos a bordo.
Vi cómo se alejaban velozmente.
Dos horas después les vi regresar. No habían visto nada.
Durante todo el día lanchas rápidas y yates de los demás hoteles de la costa barrieron el océano. Por la tarde el padre del chico alquiló un helicóptero. El mismo subió al aparato, que estuvo en el aire durante tres horas. No encontraron ni rastro de la tortuga y del chico.
La búsqueda se prolongó durante toda la semana, pero sin resultado alguno.
Y ahora ha transcurrido casi un año desde aquel día. Durante este tiempo sólo se ha recibido una noticia significativa. Un grupo de norteamericanos zarpó de Nassau, en las Bahamas, para pescar en alta mar, a la altura de una isla llamada Eleuthera. En aquella zona hay literalmente millares de arrecifes de coral e islotes deshabitados, y en uno de éstos el capitán del yate divisó a través de sus prismáticos la figura de una persona de baja estatura. En el islote había una playa de arena y la persona estaba paseando por ella. Los prismáticos circularon de mano en mano y todos los que miraron a través de ellos coincidieron en afirmar que se trataba de algún niño. Huelga decir que se armó un gran alboroto a bordo del yate y que rápidamente recogieron los sedales. El capitán puso proa hacia el islote. Cuando se encontraban a media milla pudieron ver claramente, gracias a los prismáticos, que la figura que se paseaba por la playa era un chico y que éste, pese a estar tostado por el sol, era de raza blanca y no un nativo. En aquel momento los que iban en el yate divisaron también algo que parecía una tortuga gigantesca y que se encontraba en la arena, cerca del muchacho. Lo que ocurrió a continuación sucedió muy rápidamente. El pequeño, que probablemente había visto el yate que se acercaba, saltó sobre la tortuga y el inmenso animal, tras meterse en el agua, empezó a nadar velozmente, dio la vuelta al islote, y se perdió de vista. El yate estuvo buscándoles durante un par de horas, pero no volvieron a ver ni al chico ni a la tortuga.
No hay razón para no creer en esta noticia. Había cinco personas a bordo del yate.
Cuatro de ellas eran americanas y el capitán era de Nassau. Todas ellas vieron sucesivamente al muchacho a través de los prismáticos.
Para llegar por mar a la isla de Eleuthera desde Jamaica, primero hay que navegar doscientas cincuenta millas en dirección nordeste y cruzar el Paso de los Vientos entre Cuba y Haití. Luego hay que navegar otras trescientas millas como mínimo en dirección noroeste. Esto significa una distancia total de quinientas cincuenta millas, lo cual representa una travesía muy larga para un niño pequeño montado a lomos de una tortuga gigante.
¿Quién sabe cómo interpretar todo esto?
Puede que algún día el chico regrese, aunque personalmente dudo que lo haga. Tengo la impresión de que se siente muy feliz allí donde se encuentra.
Dahl, Roal
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