domingo, 6 de diciembre de 2009

Noche desierta - Idea Vilariño (Análisis)

Análisis de “Noche Desierta”

Título

El título de este texto nos presenta una circunstancia que podría verse como algo inocente y común: una noche cualquiera. Tal vez una noche más triste que otras por el componente de la soledad, del vacío del adjetivo “desierta”. Pero una vez que nos adentramos en la semántica de estas palabras, nos encontramos con una profundidad mayor, no sólo en su título, sino también en el contenido del poema.

No se trata de “una noche”, sino de todas las noches, sin una singularidad, es una noche eterna. No se trata de la apacible soledad de la noche, imaginada con estrellas y acompañada de la tranquilidad de un estado voluntario, sino de la oscuridad del alma, de la imposibilidad de creer en algo, de aferrarse a “una luz”. Es la noche del vacío existencial, la noche que más teme el hombre.

La noche es el momento del día en que el hombre se recluye en sí mismo, donde se encuentra irremediablemente consigo luego del movimiento del día. Es cuando la razón duerme, y la pasión despierta, y con ella todo lo irracional, lo incontrolable invade al hombre y nada detiene esos torrentes de pensamientos pasionales: todo lo que está dentro de él realmente sale sin control, sin la censura de la razón. Este yo lírico vive permanentemente esta noche, donde el cuestionamiento y el “para qué” de su vida están en la inmediatez permanente.

Pero esta noche está acompañada por el adjetivo “desierta” que implica la nada, no sólo la soledad, sino la Nada. Nada a qué aferrarse, nada en qué ampararse, nadie con quien compartir, no porque no exista el componente humano, sino porque nadie puede acompañar verdaderamente a nadie. Es la desesperación de la soledad más absoluta, tanto humana como divina.

Tampoco existe lo material que ayude a aliviar esta soledad. Lo materia es vano, vacío, es mobiliario desolado y carente de significado, más que el de estar allí, como algo esencial pero inocuo.

Estructura externa e interna

El poema está formado por versos irregulares, sin rima. El sentir del yo lírico fluye sin restricciones, sin rigideces métricas, sin regulaciones inoportunas cuando lo que importa es el sentir más descarnado de la soledad existencial. ¿Qué sentido puede tener una regularidad métrica o una rigidez en la rima frente al desamparo, aún de lo divino?

La estructura interna podría medirse en tres partes: la noche, la lucha entre ese descreimiento y el la vida que le pertenece por ser la que vive, y la soledad, el precio que se paga por esa vida.

Análisis
Noche desierta
noche
más que la noche todo
El vacío espantable de los cielos
cercándome mi noche
O mi cuarto mi cama
Mis pocos años míos
De sangre piel respiración
De vida
Quiero decir
Mi vida fugaz
Mis años pocos.
Y nadie a quien poder
Abrazarse llorando.

El poema comienza con la repetición del título. La presencia de la noche se hace constante, gracias a la anáfora (repetición de una palabra al principio del verso) que nos introduce en el sentimiento intimista de este yo. Ya está: decir “noche desierta” es igual que decir “noche”. El yo lírico juega todo el tiempo con la métrica, por momentos la agranda, y por momentos la hace tan pequeña que nos recuerda a la palabra que nace del último aliento, de aquello que se dice, aunque sobre, pero como una constatación de una realidad irrevocable. La noche es la del alma, la noche es la eterna, y sólo con decir “noche”, ya es redundante suponer que es “desierta”. Pero igual, primero lo dice, luego lo susurra, porque esa noche, pesa.

más que la noche todo
El vacío espantable de los cielos

El peso de esa noche radica en el vacío espiritual, porque “los cielos” no están. El principio de la fe es la esperanza en lo que no se ve. Los cielos son la metáfora de todas y cada una de las “religiones”, el “religare” del latín, que significa el volver a ligar al hombre con la inmensidad de los divino. La fe en algo le da al hombre la tranquilidad, la confianza, la esperanza, la seguridad y la certeza de que la felicidad existe y que la muerte es una instancia pasajera, sabiendo que existe la promesa de una vida mejor y eterna. La fe, la acción del “religare” devuelve al hombre la idea de salvación y la tranquilidad de no sentirse perdido, tanto después de la muerte como en la vida misma. La vida así con este tesoro se vuelve más llevadera, más preciada, más soportable en los momentos difíciles. ¡Pero pobre del hombre que no la tenga! Así es el sentir de este yo lírico, que no cree, no porque no entienda lo importancia de creer, sino porque no puede. Es por esto que esta circunstancia no es algo llevadero, no es algo voluntario, es una imposibilidad que vuelve la situación “espantable”. Los cielos parecen haberse espantado del yo, parecen haber huido de su ser, y por lo tanto, parece que este yo lírico no está bajo la gracia de ningún dios. El horror, el espanto está en no poder creer, lo que lo deja en la completa desesperanza, desamparo, y soledad. Ese es el “castigo” por la falta de fe en un dios que por más amoroso que sea, no alcanza a llenar las expectativas de este yo.

La situación del yo se vuelve insostenible. No cree, sabe que es bueno creer, pero no puede evitarlo, porque eso no se impone. Así que el castigo de la vida es injusto e irremediable. Por más que la vida se disfrute a pleno, siempre será muy poco, porque nada sostiene la idea de eternidad. Es por eso que este yo parece pelear con aquello que no cree, con “el vacío espantable de los cielos” y reitera, insistentemente los pronombre posesivos “mi”, “mis”, “míos”. Tal vez no tendrá vida eterna, tal vez no tendrá un dios que la acompañe, que la guíe o le de señales, pero entonces su vida es suya, única, irrepetible, intransferible, y nada le debe a ese dios en el que no quiere creer. El yo refuerza así la idea del aislamiento, porque nadie podrá comprender esta lucha, ni compartir este sentir, que es su propia vida.

Los hombres nos acercamos unos a otros de formas muy ineficaces, aún cuando quisiéramos hacerlo de maneras más profundas. Algunos se acercan más al otro, tal vez por experiencias parecidas, y otros jamás logran una cercanía aceptable. Pero la “Palabra”, puente que el hombre inventó para subsanar su soledad, no es otra cosa que un puente movedizo, en el que algunas tablas se aflojan y a veces caemos al abismo. El hombre no logra nunca, realmente cruzar ese puente, y todos sabemos que hay un núcleo interior que jamás puede compartirse, y que en eso radica nuestra vida. La idea de dios es una posibilidad de que ese aislamiento no exista. Al menos él puede entender lo que no podemos decir, él puede comprender lo que ni siquiera entendemos, y sentir lo que no podemos expresar, porque en las cualidades que el hombre ve en dios está el comprendernos, amarnos, perdonarnos, y saber lo que necesitamos y sentimos sin necesidad de que tengamos que expresárselo. Si no creo en esto, lo humano es muy mediocre para cumplir esa función.

cercándome mi noche
O mi cuarto mi cama

El vacío espiritual va cercando al yo, a su noche, a su cuarto y a su cama, como si este vacío tuviera cuerpo y aprisionara, aplastara, ahogara al yo, no permitiéndole una salida. El yo enumera sus circunstancias yendo de lo más grande a lo más pequeño, hasta terminar en su interior donde el vacío también invade y aprisiona. Todo es invadido por esta falta de lo espiritual. Qué sentido tiene lo material, si lo único que queda es la soledad y el vacío. Pero el no tener una vida espiritual, o el no poder creer, hace que este yo se aferre a lo único que tiene: su vida, sus pocos años. No es poca cosa, es lo único que el hombre ve, sabe y tiene certeza de que posee.

Mis pocos años míos
De sangre piel respiración
De vida

No estamos hablando de años reales, físicos, sino de años en relación con la eternidad de los divino. No importa cuantos años viva el hombre, diez, treinta, ochenta, siempre serán pocos cuando se miran en la perspectiva de la eternidad. Incluso si se lo compara con la naturaleza, ¿qué es la vida del hombre en relación a los años del mar o del sol?

La reiteración de los posesivos “mis”, “míos” refuerzan esta idea, nos sugiere que se aferra a estos años, que aún cuando fueran pocos, son del yo y los atesora: es lo único que tiene. Son años intensos, marcados por los tres sustantivos: “sangre piel respiración”. Esta enumeración sugiere la pasión, la necesidad de sentir y la respiración como lo esencial para la vida. A su vez nos hace pensar en la relación sexual por su intensidad. La vida para este yo es una mezcla confusa de sensaciones vitales y sexuales. La sexualidad es para este yo lírico un acto de encuentro, de comunicación humana, y un instante en que la vida y la muerte se juntan. Podríamos citar el poema “si me muriera esta noche” que dice:

Si me muriera esta noche
Si pudiera morir
Si me muriera
Si este coito feroz interminable…

A pesar de que el yo lírico se encuentra vacía de dios y desamparada también frente a la muerte, esta mezcla de elementos tan vitales y humanos como la sangre, la piel y la respiración, le dan un alivio frente a la sensación de la muerte permanente. No tendrá la posibilidad de la fe, y por eso atesora la vida.

Los únicos dos versos que tienen una métrica reducida son “noche” y “vida”, lo que nos permite asociarlos. Así, la noche y la vida para ella son lo mismo.

La última parte del poema es una especie de resumen de todo lo anterior. El yo lírico retoma las ideas ya planteadas y agrega al concepto de vida la palabra “fugaz”. Esta vida pasa rápida, tanto que el hombre no puede retenerla, y si la disfruta será con la conciencia pesada de la fugacidad. De esta vida sólo quedan los años y su angustia, pocos, pero suyos, lo único que no puede serle quitado, porque son personales, íntimos y vividos por este yo.

Termina hablando de su soledad, de su incomunicación, porque no puede expresar sus emociones. La imposibilidad de transmitir lo que sentimos, condena al hombre al aislamiento, que no puede destruirse ni siquiera con un abrazo..

Según Fromm el abrazo es la posibilidad del hombre de eliminar la separatidad. Este concepto implica el hombre vive separado del otro, no sólo físicamente, sino emocional y espiritualmente. Toda su vida es la búsqueda de eliminar esa separatidad. Para Fromm, el abrazo es ese instante en que la separación desaparece. Par Idea, eso es imposible.

Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

1 comentario:

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