domingo, 24 de febrero de 2013

Mácbeth (Análisis acto I)



Mácbeth: la trampa de la ambición
 Análisis del Acto I (esc.III, V, VII)

Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

La tragedia de Mácbeth es la tragedia de la ambición desmedida, que convierte al hombre en un monstruo. El deseo de poder de Mácbeth lo lleva a cruzar la línea entre lo humano y lo bestial. Es el desequilibrio el gran tema de Shakespeare, un desequilibrio que proviene del interior del hombre. Ésta es la tragedia de la naturaleza desatada, donde la oscuridad, la tormenta y el color de la sangre tiñen el paisaje. 

Estas fuerzas de la naturaleza desatadas están encarnadas por las brujas, personajes oscuros y sobrenaturales que mostrarán a Mácbeth lo que él mismo quiere y ambiciona. Ellas expresarán lo que él quiere escuchar, pero todo su accionar será consecuencia de su deseo interior, y no necesariamente de un poder que ellas tengan.

Las escenas elegidas mostrarán este aspecto y a la relación entre Mácbeth y Lady Mácbeth, personaje crucial para provocar el salto del Mácbeth al abismo.

La escena III comienza con la aparición de estos personajes sobrenaturales. Ya en la primera escena habían mostrado su discurso ambiguo, en el medio del páramo. Habían demostrado que no pertenecían al mundo humano: “¿Cuándo nos volveremos a ver? ¿En el trueno, en la lluvia, en la tormenta?”; o también el lenguaje misterioso, ambiguo que usaban, tales como “lo bello es feo y lo feo hermoso” o cuando “haya derrota y victoria”. Ese lenguaje oscuro también lo empleará Mácbeth en el primer parlamento que utilice, dando a entender que realmente él comprenderá el lenguaje de las brujas, ya que ellas hablarán de lo que nadie más que él y su esposa sabían hasta el momento.

Mácbeth es presentado indirectamente, pasan tres escenas antes de que realmente él aparezca. Primero es mencionado por las brujas, luego en la escena II por su victoria que es comunicada al rey quien decide darle el título de Señor Cawdor, ya que el Señor de Cawdor era un traidor y por tal motivo será sacrificado. Es interesante ver que las ropas con las que vestirán a Mácbeth son las ropas de un traidor, siendo luego él también uno. Pero Duncan confía plenamente en su pariente, y no sospecha que de él vendrá la traición. Todo esto va preparando el terreno para la aparición de Mácbeth y para mostrar en la trampa que cae.

El lenguaje de las brujas suena incoherente al oído humano, y es su musicalidad lo que nos permite descubrir el poder del conjuro. Su fuerza será la de la palabra, al menos en Mácbeth. Ellas se muestran vengativas, y juguetonas con una mujer que ha rechazado sus poderes, y entonces han hecho que su marido no pueda dormir jamás: “no podrá entregarse al sueño/ ni de noche ni de día;/ su vida será maldita./ En pena un mes y otro mes,/ ha de menguar y caer;/ y aunque el barco no se pierda, / lo batirán las tormentas”. Esto que las brujas han pronosticado para el esposo de aquella que rechazó sus poderes, será precisamente lo que vivirá Mácbeth, quien en la obra se dirá que ha matado el sueño, y cuyo futuro será no poder dormir nunca dominado por el miedo a perder el poder, a ser descubierto, y las tormentas de su interior lo destruirán. Por lo tanto esta pequeña historia que antecede a la aparición de Mácbeth no es otra cosa que un anticipo de su tragedia. Él aceptará los dichos de las brujas, pero igual terminará como este hombre.

Además de esta historia que antecede y anticipa la caída del protagonista, el dramaturgo pone una acotación importante en la obra, ya que las obras de Shakespeare carecen de ellas, dado que como las obras las escribía y dirigía la misma persona, no eran necesarias. Sin embargo, esta es importante porque lo que se quiere mostrar es la grandeza del personaje que entra en escena. Es el protagonista, y su ambición es el poder, así que la acotación que dice “tambor dentro” es crucial para anunciar esa llegada con pomposidad.

Este tambor también le anuncia a las Hermanas Fatídicas la llegada de Mácbeth, así se preparan para realizar un hechizo antes de que éste aparezca.

El primer parlamento de Mácbeth ya lo pone en conexión con estas fuerzas del mal: “un día bello y feo”, es esta antítesis la que también han usado las brujas. Es un día bello porque vienen victoriosos de la batalla, y feo porque está gris y lloviendo. Lo mismo ha sucedido con aquel extraño parlamento en que las brujas predijeron “cuando haya derrota y victoria”, porque Mácbeth vendrá victorioso, pero su derrota empezará con la aparición de estas Hermanas Fatídicas.

Es importante aclarar que la expresión “fatídica” viene de “fatalidad”, así que estas hermanas representarían el destino de Mácbeth, lo que lo transforma en un héroe trágico, dado que es imposible que pueda luchar contra su destino. Sin embargo, en algún momento Banquo le dice que a veces estas apariciones nos anuncian trampas, en la que él no cae. Por lo cual cabe la pregunta de si el hombre es capaz de elegir su destino en el mundo de Shakespeare.

Cuando Banquo ve a las brujas, en seguida las describe, dando a entender que no parecen seres de este mundo, no parecen humanas, pero comprenden lo que dicen, le hacen un gesto silencio, no parecen mujeres ni hombres, no hay nada en ellas normal, sin embargo Banquo no se amedrenta, habla, aunque le hayan mandado callar. Esta actitud del personaje lo va a definir, ya que a él también le van a dar alguna predicción, pero él no la tomará en serio, a diferencia de Mácbeth que desde el primer momento que las vio, quedó callado y no pudo hablar, porque él intuía qué significaba esa aparición.

Recién después que Banquo termina su larga descripción, Mácbeth habla, escueto, con miedo, pero no de ellas, sino de lo que ellas saben de él. Por eso las increpa a hablar.

Las brujas presentan su trampa, habían dado tres vueltas antes de que Mácbeth apareciera, y tres van a ser los títulos que le den. El primero es “Barón de Glamis”, el segundo “Barón de Cadwor”, y el último el de Rey. La trampa radica en que el primero es cierto, y él lo sabe, con lo cual ya es extraño que ellas lo llamen por sus títulos cuando en realidad él nunca las vio. El segundo él no lo sabe, pero en la escena anterior, el espectador había visto que ese título ya se lo habían dado a él, y que los mensajeros del Rey venían en camino para anunciárselo. Esto provocará una gran conmoción en él cuando descubra que lo que le dijeron las brujas se cumpliría, pero el tercero no sucedió ni va a suceder si él no hace algo. Cuando él descubra que el segundo es cierto, se planteará la posibilidad de acelerar el tercero, porque sabe que los manejos políticos del Rey no le permitirán serlo fácilmente, además Duncan, el Rey, aún goza de buena salud.

Banquo repara que ante tal afirmación, Mácbeth se sobresalta. Es que Mácbeth acaba de ser descubierto en su interior. Nadie sabía, más que su esposa que esa era su mayor ambición, y estas mujeres se lo prometen como si hubieran leído su anhelo más profundo e íntimo. Para Banquo todo esto es algo sin importancia, lo toma como un simple horóscopo, y por eso se muestra despreocupado cuando las increpa diciendo que a él no lo saludan, y a su amigo sí, y lo han hecho con tanto título que lo han dejado absorto. El desenfado de Banquo lo lleva a la insolencia de probarlas, increpándolas para que digan algo a él también, ya que “podéis penetrar las semillas del tiempo”, metáfora que resulta casi irónica, dado que las está probando, por eso le dice que no suplica sus favores ni teme su odio. Banquo no cree, no se atemoriza, porque tampoco hay en él maldad. Sin embargo la metáfora “semillas del tiempo” resulta interesante. Las semillas que son vida en potencia que aún no se ha desarrollado son conocidas por ellas, como si el tiempo estuviera concentrado en las semillas y ellas pudieran acceder a sus secretos. De estas semilla crecerá algo. En el caso de Mácbeth, son semillas de amargura que sólo se descubrirán cuando salgan a la luz.

Las brujas lo saludan, pero lo hacen sin títulos, y cuando predicen algo para él lo hacen con ambigüedad, porque saben que no es con él con quien se van a divertir. “Menos que Mácbeth, pero más grande (…) Menos feliz, y mucho más feliz. Engendrarás reyes, mas no serás rey”. Este mensaje para Banquo es vacío, y para Mácbeth adquirirá sentido cuando él se anime a matar a Duncan. Es este mensaje lo que lo llevará a la muerte, a causa de la desconfianza de Mábeth con respecto a él.

Una vez que Mácbeth recobra el aliento y sale de la sorpresa, increpa a las brujas para que le digan cómo saben eso, pero basta con que les ordene que le expliquen para que estas desaparezcan, porque ellas no tienen por qué recibir órdenes de nadie, y su propósito ya ha sido cumplida, que fue sembrar la “semilla del tiempo” como el mismo Banquo lo definió, porque sólo tiempo es lo que se necesita para que estas crezcan y el mal se desate.

Ambos quedan comentando la aparición y es Banquo, nuevamente, quien sabiamente se pregunta “¿Estaban aquí los seres de que hablamos? ¿No habremos comido la raíz de la locura, que hace prisionera a la razón?”, y justamente es la locura la que se hará prisionera de la razón en Mácbeth, porque esa locura, que ya estaba dentro de él, ahora hace raíz con estos presagios y crece aprisionando a la razón y transformándolo en un sanguinario despótico.

Llegan los mensajeros del Rey a proclamarlo Barón de Cawdor, y esto desata una nueva tormenta dentro de Mácbeth. En cuanto se entera, él piensa: “lo más grande después” y ya cayó en la trampa del destino. Es Banquo quien le advierte que “eso creído ciegamente podría empujarte a la corona”. Su amigo se da cuenta que Mácbeth es capaz de dejarse nublar la razón. Y le dice más “aunque es muy extraño las fuerzas de las sombras nos dicen verdades, nos tientan con minucias, para luego engañarnos en lo grave y trascendente”, él ha comprendido lo peligroso que es creer ciegamente en esos presagios, porque al fin y al cabo aquello sobrenatural que se exterioriza, no es más que nuestros deseos interiores, nuestras fuerzas del mal, que todo hombre posee. En este aspecto Mácbeth también cumple con los requisitos de un héroe trágico, ya que no sólo luchará contra su destino, sino que además será un hombre como cualquiera movido por una ambición desmedida, lo que permitirá al público identificarse y hacer la “catarsis”.

Ante esta revelación Mácbeth duda: “no puede ser mala, no puede ser buena”. Una vez más la ambigüedad se apodera de él. Piensa, si es mala, no deberían haber hecho una promesa de éxito empezando con una verdad, si es buena, no comprende por qué se le ocurre que sólo a través del asesinato sería posible. Se le ocurre porque ya lo ha pensado antes, y tal idea le horroriza, aún conserva su humanidad, sabe que tal acto sería violar las leyes naturales. “Es menor un peligro real que un horror imaginario”, todo aquello que aún está en su imaginación es más terrible que cualquier realidad. Sabe que matar es la línea delgada que lo separa de lo humano por eso la sola idea “sacude su entera humanidad”, y no está seguro de poder llevarla a cabo. Termina concluyendo que lo mejor es que si este presagio es real, pues que lo sea por los medios lícitos, por el azar, sin que su mano tenga que empuñar la daga de la traición.

Pero eso no será posible porque es allí donde Lady Mácbeth hará su obra. El personaje de Lady Mácbeth es muy controvertido, y sólo viéndola en toda la obra se puede llegar a una idea de su profundidad. En la escena V ella recibe una carta de su esposo que le cuenta cómo se encontró con las Hermanas Fatídicas y lo que le pronosticaron.

Es la forma en que termina la carta lo que nos arroja luz sobre esta relación: “He juzgado oportuno contártelo, querida compañera en la grandeza, porque no quedes privada del debido regocijo ignorando el esplendor que se te anuncia. Guárdalo en secreto y adiós”. La carta está dirigida a su esposa, pero a aquella parte de su esposa que conoce y comparte con él su intimidad y sus pasiones. En una palabra, es la carta a una amante, con la que ha compartido este secreto y quien conoce profundamente el deseo de su esposo. Él la llama “querida compañera en la grandeza” y esto no será necesariamente así, ya que una vez que él se convierta en Rey, ella no tendrá ningún protagonismo más, ni si quiera compartirá más nada con él, porque él mismo la dejará a un lado de todo el horror que comienza a desatar. Así que ningún beneficio obtendrá de ser reina, no es a ella a quien le han anunciado nada, sin embargo él la hace partícipe “el esplendor que se te anuncia”. La ambición es de él, no de ella. La de ella es ver que su hombre cumple con sus deseos, y si ella colabora para que eso suceda, su mente femenina supone que la querrá más y la necesitará, lo cual es una gran falacia. Pero la sola idea de pensar que se quedó con las ganas de ser algo y no pudo, de sentirse cobarde, es algo que ella no permitirá que él viva.

Ella conoce el corazón de su esposo: “mas temo tu carácter: está muy empapado de leche de bondad para tomar los atajos”. Ella sabe que Mácbeth tiene reparos, es leal, y la metáfora de la leche sugiere la inocencia, él no se animaría a tomar atajos. Sabe que es ambicioso, pero no está dispuesto a la maldad que debe acompañar esa ambición. Sabe, como ya lo ha dicho el mismo Mácbeth para sus adentros, que él quisiera ganar pero no ensuciarse en el juego, y que su deseo le infunde pavor. Pero lo que Lady Mácbeth no comprende es lo que significa cruzar esa línea sucia, la línea de la sangre, mientras que Mácbeth tiene claro lo que se juega en ello.

Ella sabe cuál es su fuerza: la palabra, y no la acción. Ella no podría matar a una mosca. Ella no es una mujer fuerte y fría como aparenta. Si así lo fuera no necesitaría invocar a las fuerzas del mal para que le den coraje. Si así fuera, mataría ella misma a Duncan, pero no puede hacerlo, porque ella misma dice que le recuerda a su padre. Si fuera fuerte realmente, no se volvería loca y se suicidaría. Su poder es la palabra que exhorta, pero que no piensa en lo que desata. Si lo hiciera, no tendría fuerza ni siquiera para eso. Pero ella sabe que con lo único que cuenta es “con el brío de mi lengua”.

Invoca estas fuerzas oscuras, con un lenguaje altamente violento, si así lo hace es porque necesita fuerza para “servir a propósitos de muerte”. Si necesita que le quiten la ternura, es porque la tiene. Si necesita llenarse de crueldad es porque tiene miedo de enternecerse y flaquear ante tan espantosa traición. Pide la más ciega crueldad, no ver lo que significa lo que planea hacer. Si pide que se espese su sangre, que se tape toda entrada por la que pudiera acceder la piedad, es porque sabe que es vulnerable a ella. Ella sabe que debe mantenerse firme para transmitir firmeza a su marido, si ella flaquea, nada de lo que él ambiciona podrá llevarse a cabo. Todo lo femenino, lo dulce, lo maternal debe convertirse en hiel, en fuerza espesa y atroz, porque la mujer no es por naturaleza fuerte como para llevar a cabo la crueldad de un asesinato sin remordimientos. Pero aquello que tapamos por algún lado, y algún momento tiene que explotar, y así sucede con ella cuando se de cuenta que toda esta acción no hará más que dejarla en la más absoluta soledad.

Pero si Mácbeth confió en ella es porque sabía que ella tenía la fuerza para hacerlo actuar. Y ella se lo dice claramente: “Para engañar al mundo parécete al mundo”, “Parecéte a la cándida flor, pero sé la serpiente que hay debajo”. Esta es la metáfora que identifica a Lady Mácbeth, este será su fuerte, parecerá una flor, cándida, dulce, suave, frágil, pero debajo estará la serpiente, la imagen de la tentación, de la venganza, de la maldad. La intertextualidad bíblica es evidente.

Tanto la escena VI como la VII ocurren en la noche y el ambiente visual de las antorchas y el sonoro de los oboes y los clarinetes recuerdan el Apocalipsis, donde los ángeles tocaban las trompetas, donde el clima estaba cargado de antorchas que anunciaban la caída del mundo. Así se presenta la entrada del rey Duncan a la casa de Mácbeth.

Mácbeth tiene la oportunidad de deslizarse fuera del banquete para reflexionar y este es el momento de mayor lucidez del personaje. “Si darle fin ya fuera el fin, más valdría darle fin pronto” pero Mácbeth sabe que eso no es lo difícil, lo complicado es lo que pasa después, la conciencia. Él sabe que no todo termina con el acto de matar, ese no es el fin, sino el principio de lo peor, porque si sólo fuera el acto uno podría hasta atreverse a arriesgar la otra vida, al fin y al cabo, no importaría tanto si acá todo estuviera bien. Pero él sabe que hay un infierno en la tierra y lo que se hace acá, acá también se paga, y la sangre que se derrama atormenta a quien la derramó. “La ecuánime justicia ofrece a nuestros labios el veneno de nuestro propio cáliz”, la justicia personificada nos da a beber del mismo veneno que nosotros ofrecemos a otros, lo mismo que hacemos, eso nos harán.

Mácbeth considera la situación y se da cuenta de lo terrible que es su traición. En primer lugar porque Duncan es su pariente y él es súbdito suyo, con lo cual matarlo implicaría derramar su propia sangre y un acto de traición a la corona a la que juró respeto y devoción. En segundo lugar porque es su anfitrión, y como huésped está amparado bajo las leyes de la hospitalidad, leyes sagradas que implican que su anfitrión debe velar por la comodidad y la seguridad de su huésped, por lo tanto empuñar la daga contra él sería una doble traición a su confianza.

La imagen que Mácbeth da de Duncan es reveladora. Lo muestra como un hombre manso, virtuoso y digno y esto contrasta con el horror del crimen. Cuanto más sublime, inocente y perfecto se presente Duncan a los ojos de Mácbeth, más rastrero y vil sentirá su crimen. Utiliza imágenes del Apocalipsis para mostrar lo detestable de su accionar: “como ángeles con lengua de clarín y la piedad, cual recién nacido”; así imagina que su crimen se oirá en el cielo. La antítesis es feroz, ni Duncan es tan inocente como él lo piensa, ni es la encarnación de la piedad. Duncan sabe lo que está provocando. Convengamos que él le dio el título de Barón de Cawdor y le dijo a los mensajeros que ese era el principio de grandes honores. Pero en cuanto estuvo frente a Mácbeth nombró a su hijo como Barón y sucesor al trono. Si bien el trono no se daba por herencia, sino que era necesario el apoyo de los otros Barones, el Rey tenía una gran incidencia en este nombramiento, por el respeto natural que todos le prodigaban. Así que si ante la promesa a Mácbeth, ésta queda en un nombramiento que lo aleja de la corona, Duncan, que conoce el hacer político, sabe que tal acción no sería precisamente lo que Mácbeth esperaba, por lo tanto su inocencia y su virtud, sólo sirven para aumentar la culpa que Mácbeth siente en su interior por la acción que piensa cometer. Tanta es ésta que lo comparará con un querubín montado en corceles invisibles, que denunciarán la acción traicionera que piensa hacer. La conclusión de este monólogo muestra la lucidez que el protagonista tiene en este momento, sabe que la ambición lo lleva a un salto y que cuanto más se sube más bajo se cae.

Lady Mácbeth interrumpirá sus pensamientos para darle fuerza, y decirle que no podrá soportar vivir con el querer pero no atreverse, y Mácbeth contestará lúcidamente: “me atrevo a todo lo que sea digno de un hombre. Quien se atreve a más, no lo es”. Esas palabras marcarán el último momento de lucidez del protagonista. Pero para Lady Mácbeth ser hombre significa exactamente lo contrario, porque ella sólo ve el momento, y no las consecuencias; y un verdadero hombre para ella, será el que se atreva a ser lo que quiere ser. Piensa que la acción es sencilla y allí queda. Mácbeth está pensando más allá, pero la fuerza de las palabras de su mujer, lo llevan a confirmarse en el horror de la traición. Ella misma pondrá de ejemplo la tierna imagen de una madre amantando que desprende a su hijo del pecho para estrellar su cabeza, si fuera necesario. Pero lo de ella son sólo palabras, no acciones, sino palabras en acción que quitan toda duda de la mente de Mácbeth.


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10 comentarios:

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