viernes, 11 de febrero de 2011

Biblia - Análisis de las parábolas de la misericordia

Parábolas de la misericordia

Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

Tema y estructura:

El tema del capítulo tiene que ver con la redención y la alegría que eso provoca en el cielo. Por el pecado cometido en el paraíso por Adán, el hombre nace perdido, ya que por él, se ha apartado el deseo de estar con Dios, se ha rebelado contra Él. Al darle la espalda a Dios, todos los hombres que vinieron de su simiente también lo hacen. Aquel fruto que como Adán pertenecía al árbol del bien y del mal, su pecado original es la desobediencia, que incita al hombre a creer que puede juzgar las cosas por sí mismo sin equivocarse. La promesa del fruto era el conocimiento “Sereís como dioses” les promete la serpiente que los engaña. El hombre así se aparta del consejo de Dios, y como hijo rebelde, decide no obedecerlo, aún cuando Dios como padre amoroso quiere lo mejor para el hombre. Aunque él se haya apartado, Dios no los abandona nunca y por eso elige mensajeros para que hablen por él.

Este capítulo habla a todos los hombres, publicanos, pecadores, fariseos y escribas, es decir, aquellos que conocían la palabra y aquellos que tal vez no. En su mensaje trata de trasmitir cuán feliz se ponen en el cielo cuando un alma se salva, llega al arrepentimiento y reconoce su falta. Esto sucede porque el hombre reconoce así la grandeza de Dios. Los ángeles se alegran porque ellos no saben lo que significa ignorar a Dios. Los únicos que lo han hecho han sido los que se rebelaron, y su falta es mayor porque sabían de su existencia, y aún así han elegido desobedecerlo, entre ellos está Satanás.

La salvación, el arrepentimiento, la redención es lo más importante de este capítulo y es la enseñanza que Jesús deja en este episodio. Lo hace a través de tres parábolas: la de la oveja, la del dracma y la del hijo pródigo.

Una parábola es un cuento que tiene por principio dejar una enseñanza. Esto cuentos eran sencillos y familiares a quienes lo escuchaban, pero su mensaje es trascendente y lleva a la reflexión de quién escucha, porque no se escucha con el entendimiento sino con el corazón. Los discípulos le preguntaban a Cristo: “ ¿Por qué les hablas por parábolas? Y él respondiendo, les dijo: Por que á vosotros es concedido saber los misterios del reino de los cielos; mas á ellos no es concedido… Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden.”(Mt.13:10-11,13). El mensaje es oculto pero no para quién tiene el corazón dispuesto a oír.

El público (Lc.15:1-2)

Decíamos anteriormente que quienes se llegaban a escuchar a Jesús eran publicanos, pecadores, Fariseos y escribas. Hagamos una distinción en este público que rodea a Jesús.

Los publicanos, como ya dijimos eran los que recaudaban impuestos para el imperio romano que ocupaba el territorio por estas épocas. Estos eran empleados que obtenían el favor del gobierno, y que por lo general cobraban cuatro veces más de lo que le mandaba el gobierno. Por lo tanto se quedaban con el resto para su propio beneficio. En la época se los consideraban ladrones, porque si bien pertenecían al pueblo judío, explotaban al sus “hermanos”, también los estafaban “legalmente”. Esto era de público conocimiento. Jesús había dicho, de forma muy controvertida para los religiosos, que “los publicanos y las rameras os van delante en el reino de Dios” (Mt.21:31). Esto resulta subversivo si pensamos en la mentalidad de hombres como los Fariseos, pero lo que Cristo quería decir que estos tenían más facilidad para arrepentirse porque sabían que estaban haciendo algo mal.

Así también sucede con los pecadores. Estos son los que más se acercan a Cristo porque su mensaje les resulta esperanzador y amoroso. En su mensaje se presenta a un Dios que ama y perdona, no juzga, si el hombre es capaz de arrepentirse, por lo tanto existe para ellos una posibilidad de redención que los escribas y los fariseos parecían negarles. Cristo se rodea de estos hombres, porque son los que más necesitan escuchar esta “buena nueva”.

Los otros dos grupos que se acercan, no parecen hacerlo realmente por el mensaje amoroso y esperanzador, sino con una mirada crítica. Intentan buscar con qué juzgar a Jesús. No buscan su salvación propia porque ya se creen salvos, sino que critican que quien se dice Hijo de Dios, y Mesías, sea capaz de acercarse y hablarle a estas personas que ellos consideran despreciables.

Estos dos versículos del principio son muy importantes para explicar el tema del capítulo. A todos les habla Jesús, a los publicanos y pecadores, para que sepan que pueden arrepentirse y que eso traerá inmensa felicidad al cielo; y a los fariseos y escribas para que se den cuenta que lo más importante es lo de adentro y no el exterior. Que la verdadera felicidad está en salvar a un alma perdida y no en parecer perfectos.

Los Fariseos eran una secta que cumplía estrictamente todos los mandamientos de la ley de Moisés. Se jactaban de hacerlo a la perfección, y consideraban que ya por eso eran salvos. Pero no se preocupaban por saber realmente cuál era el fondo de esa ley, es decir, qué quería decir realmente. Cristo los llama “sepulcros blanqueados”, porque tienen apariencia de santos por fuera pero por dentro están muertos. Sus ritos no tienen ningún contenido, ya que no han entendido lo principal: Dios es amor, como lo dirá en su epístola Juan, y su interés no es condenar al hombre, sino salvarlo.

Los escribas son aquellos que tenían el propósito de conservar la Biblia, la conocían y la predicaban. Por lo general pertenecían a los Fariseos. La conocían muy bien, lo que no quiere decir que meditaran en ella, sino que más bien exigían que se cumpliera al pie de la letra. Es por esto que estos dos grupos criticaban la forma en que Cristo se comportaba: “Este a los pecadores recibe, y con ellos come”. No entendía que era lo que realmente estaba haciendo, porque les daba tanta importancia, si al fin y al cabo, ellos eran quienes creían estar más cerca de Dios, por su comportamiento intachable a los ojos de la ley mosaica. Esta pequeña introducción explica claramente la razón de una parábola como la del hijo pródigo.

Primera parábol: la oveja (Lc.15:3-7)

Estas parábolas parecen ser una explicación para los Fariseos y los escribas de lo que deberían hacer, y no tanto de lo que hacen. Ellos que creyéndose tan perfectos, no han entendido cuál es el verdadero propósito de su función en el mundo.

Aquí Jesús habla de cien ovejas, por ser estos animales comunes en el entorno en de campesinos. Las ovejas son animales inofensivos, que necesitan de quién las guíe. Muchas veces se ha asociado al cristiano con las ovejas, cuando el mismo Cristo dice: “Yo soy el buen Pastor: el buen pastor su vida da por las ovejas” (Jn.10:11). Las ovejas tiene la particular de no poder ver claramente a causa de la lana que tapa sus ojos, por lo tanto se guían por la voz de quien pastorea, de allí la similitud con el cristiano.

Estas son muchas ovejas, pero eso no tiene importancia, basta con que una sola se haya perdido para que el Pastor sienta que debe recuperarla, porque esta puede encontrarse en peligro, por las amenazas de los depredadores. La similitud es clara, la oveja se fue porque escuchó otra voz, o porque no escuchó la del pastor. Recordemos que así se perdió el hombre en el Edén, por no querer escuchar la voz de Dios. A su vez en la epístola de Pedro, al diablo se lo relaciona con un “león rugiente” que “anda alrededor buscando a quien devore” (1P.5:8).

La parábola está planteada en forma de pregunta para que la reflexión los lleve al interior de sus corazones, y los invite a ponerse en su lugar.

Una vez hallada la oveja la felicidad es inmensa para el pastor quien la carga e invita a sus amigos a celebrar con él haberla hallado. Lo que movió al pastor fue la misericordia, que significa “amor a la miseria”. El pastor comprendió el peligro en que la oveja se encontraba y no estaba dispuesto a dejarla así, sin darle socorro. De la misma manera Dios busca a los hombres que se pierden, porque no pretende dejarlos que sufran por las acechanzas del diablo. Así es que la parábola termina con la fiesta, no sólo en la tierra sino también en el cielo. “Habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que de noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentimiento” (v.7), es el arrepentimiento el camino de regreso a Dios, es la posibilidad de volver a encontrar la tranquilidad que Dios brinda al hombre que elige estar a su lado. Ese sirve a Dios para encontrar a esas almas que se han perdido, y como los vecinos deberían celebrar su regreso al camino correcto.

Segunda parábola: el dracma

La segunda parábola tiene una particularidad, ha bajado el número de los elementos involucrados en ella, ya no son cien ovejas, ahora son diez dracmas. Esto ya nos reafirma que poco importa el número que se tenga, basta una sola para que quien la pierda tenga la responsabilidad de buscarla con ahínco.

Es en esta parábola que se muestra, justamente, el ahínco de la mujer. No acepta la situación fácilmente: enciende la luz, barre, busca con diligencia. La moneda no está acá en peligro, como sucedía con la oveja, pero es valiosa para la mujer. Tal vez su valor no radique necesariamente en lo monetario, sino en lo difícil que es ganarlo. Cada dracma era el salario de un día, por lo tanto, lo que importa no sólo es su cantidad, sino lo que costó tenerlo, ¿cómo puede abandonarse así nomás?, sería como abandonar el esfuerzo propio. La responsabilidad de encontrarla se transforma en una forma de valor el esfuerzo que costó ganarla. Así mismo pasa con un alma que se pierde, ya no se muestra aquí el peligro como con la oveja, sino el valor que esa alma tiene, y el esfuerzo que ha costado que se arrepintiera.

La parábola termina igual que la anterior, hay fiesta, tanto en la tierra como en el cielo. Y también es la misericordia la que mueve a esa mujer, porque no le importa tener más dracmas, sino que considera igual de valiosa un dracma que diez, porque todos han sido productos del esfuerzo.

Tercera parábola: el hijo pródigo

Ahora se baja aún más el número, ya no son cien, ni diez, ahora son dos. Esta parábola está más centrada en el público que está escuchando. Recordemos: por un lado los publicanos y los pecadores; por el otro los Fariseos y los escribas. Estos dos grupos podrían identificarse con los dos hijos del padre amoroso. El primer grupo pertenecería al hijo menor que se va, y el segundo grupo al hermano mayor que se queda y reclama la atención que le da el padre a este hijo cuando vuelve. El padre, pues, representaría a Dios.

El menor de los hijos reclama al padre la parte de la hacienda que le pertenece, siendo que habitualmente eso se haría una vez que el padre muriera. Este hijo menor, no sólo lo es por edad, también representa al hijo que flaquea en la fe, como diría Pablo en alguna de sus epístolas. Normalmente es el hijo mayor quien se queda con la mayor parte, una vez que el padre muere, pero en este caso, el padre decide no discutir la decisión de su hijo menor. El tiene libre albedrío, el elige hacer lo que quiera, separarse del amparo de su padre, manejar su vida lejos de sus consejos. Es por eso que elije una “provincia apartada” como metáfora de la condición del hombre de “apartarse de Dios”, de alejarse de sus consejos. Esto lo lleva, obviamente a no tomar prevenciones, sino a vivir “perdidamente”. Dios como un padre, aconseja a sus hijos para su propio bien y felicidad, pero los hombres, y este hijo menor representado en la mayor parte de la humanidad, elige lo contrario, creyendo que la felicidad es lo que a ellos les parece mejor, de allí surge la expresión “perdidamente”.

Las prevenciones que no toma lo llevan a malgastar y  curiosamente en aquel lugar en que se encuentra aparece una gran hambre. La elección de esa provincia apartada también es la metáfora de una provincia donde nadie sigue el camino recto, es por eso que ese hijo menor se siente tan a gusto. Esto recuerda al salmo 1 donde se plantea la senda del justo y la de los pecadores.

El hambre lo lleva a buscar trabajo, y uno de los ciudadanos de allí siente, tal vez misericordia de él, pero el trabajo que le da es el de apacentar los puercos, el trabajo que se merece por no haberse prevenido. Este es un trabajo indigno para un judío que consideraba al cerdo un animal inmundo.

Pero el arrepentimiento no es fácil para el corazón humano. A veces es necesaria una gran humillación, por eso la parábola llega más lejos, y el hijo menor desea al menos poder comer la comida de los cerdos. Al menos ellos comían mejor que él. Y aún la comida de los cerdos le era negada.

Es verse en tal grado de humillación lo que le hace darse cuenta hasta dónde ha llegado. El arrepentimiento debe ser verdadero y comienza con el darse cuenta o lo que los griegos llamaban la “anagnórisis”. Lo primero que se reconoce a sí mismo es lo que ha perdido: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!”. No piensa en que tenía mucho más cuando estaba bajo la protección de su padre, sino que ni siquiera tiene la dignidad de los jornaleros de su padre.

La queja o la lamentación es sólo una parte del arrepentimiento, luego es necesaria la acción: “me levantaré e iré”. Y por último la confesión, el reconocimiento ante el otro de su error, el pedir perdón. Sus palabras son claves: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”. Contra el cielo porque ha desobedecido uno de los mandamientos más importantes “honrarás a tu padre y a tu madre”, y contra él porque también no ha escuchado los consejos de un padre amoroso que lo trató con los honores que merecía su hijo. A este hijo menor no le faltaba nada. Estaba cómodo en la casa de su Padre, y tal vez lo que lo mueve a salir de su lado es querer conocer una vida diferente, sin la protección de los cuidados amorosos que es padre le daba.

Pero no reclama un reintegro de su condición de hijo, lo que muestra un verdadero arrepentimiento, porque reconoce que no es digno de eso. Ha perdido lo que por ley le correspondía, así que lo único que está dispuesto a pedir es ser uno de sus jornaleros. Este es el verdadero arrepentimiento, ya que está dispuesto a humillarse, aún perdiendo su condición natural de hijo.

La acción no sólo queda en la palabra, sino que se realiza y va hacia su padre. La misericordia se da en el padre que corre y se echa al cuello y lo besa. No necesita explicaciones, le alcanza con verlo vivo, verlo sano, verlo de vuelta. Sabía que lejos estaba en peligro, pero también sabía que había sido una decisión de su hijo y la respetó. Así hace Dios con el hombre que se aparta, respeta su decisión pero está deseoso de que vuelva, de verlo otra vez.

El hijo ni siquiera necesita decir todo lo que había pensado, le dice lo esencial para que el padre comprenda lo difícil que es para su hijo esta acción: “he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo”. Estas palabras no nacen de la conveniencia, nacen de la verdadera humillación del corazón. El padre lo sabe, porque comprende lo difícil que es volver, y lo angustiado que se sentía de no saber nada de él.

Es por eso que el padre actúa de forma inesperada para todos, incluido su hijo: “sacad el principal vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y zapatos en sus pies”. Es su hijo, y aún cuando se haya equivocado sigue siendo su hijo, pero mayor es la alegría de saber que su hijo ha vuelto, que es como si hubiera resucitado, que ha vuelto, por sí solo al amparo de su padre, y ha aprendido la lección. Así mismo lo dice: “porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; habíase pedido, y es hallado”. Volver también implica reconocer a su padre, y todo lo que él le enseñó, aún cuando éste no espere ser reconocido como tal. El último paso, entonces del arrepentimiento, es la humildad.

La segunda parte de esta parábola es la que refiere al hijo mayor, que en realidad representaría a los Fariseos, pero también refleja la parte del hombre que cree en su justicia. La justicia de los hombres no es la de Dios, porque el corazón del hombre es egoísta y piensa en sí mismo y en lo que cree que merece, no logra comprender naturalmente que los propósitos de Dios que son otros.

Este hijo mayor, que metafóricamente debería tener mayor espiritualidad que el menor, llega del campo, de trabajar, y no comprende la razón de la algarabía. Escucha fiesta, pero no sabe del arrepentimiento, porque nunca tuvo nada de qué arrepentirse. No osó transgredir las normas paternas, siempre se mantuvo a su lado, por lo tanto tampoco puede saber de la humillación que implica el arrepentimiento, y de la humildad que se necesita para confesarlo.

Ni siquiera se entera por su padre, ni por su hermano, sino por un criado, y se niega a formar parte de esta fiesta. El criado le informa, pero sólo los hechos, no el contenido de los hechos: “tu hermano ha venido; y tu padre ha muerto el becerro grueso por haberle recibido salvo”. Nada puede entender el hermano mayor, quien obviamente se siente celoso. Ese hermano que lo ha abandonado, que lo ha ignorado, es ahora motivo de fiesta, de regocijo. A sus ojos esto es injusto. Así mismo lo ven los Fariseos: nosotros que hemos seguido todos los mandamientos, ahora, cuando el supuesto Mesías llega, en vez de hacernos fiesta por nuestra fidelidad, se dedica a festejar con los pecadores; ¿cómo se puede entender esto?

El padre, una vez más movido a misericordia, no deja al hermano mayor solo en el campo. Lo va a buscar. Le ruega que comparta con él esta alegría. Dios quiere a todos en su fiesta, no sólo al que se arrepiente, sino también al que enojado no comprende la justicia divina.

El reclamo del hijo mayor parece justo a los ojos de un corazón humano: “He aquí tantos años te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y nunca me has dado un cabrito para gozarme con mis amigos: mas cuando vino éste tu hijo, que ha consumido tu hacienda con rameras, has matado para él el becerro grueso.” (Lc.15:29-30). Es injusto a los ojos del Fariseo, tanta atención a quien ha sido capaz de abandonar el amor paterno y dedicarse al libertinaje.

La contestación del padre es la moraleja de la parábola: “tu siempre estás conmigo”, reconoce la fidelidad y devoción de su hijo, y ya tiene su recompensa por eso, “todas mis cosas son tuyas”. Es heredero de todo lo que tiene, no hay distinción, forma parte de todas las riquezas que goza. Pero ahora tienen una riqueza mucho mayor que merece la fiesta, porque se ha logrado algo que resulta casi imposible: “este tu hermano muerto era, y ha revivido; habíase perdido y es hallado”. ¿Qué mayor riqueza puede haber que volver de la muerte o recuperar lo que ya se daba por perdido?

Esta es la comprensión que Cristo quiere de todos los que lo escuchan, el alma que se arrepiente y vuelve al camino de Dios debe ser motivo de fiesta y regocijo, tanto en la tierra como en el cielo, sin importar qué haya hecho esa alma cuando estaba perdida.

8 comentarios:

  1. muy bueno su trabajo, muchas gracias por su aporte. quedo de seguidor de su blog, saludos

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  2. excelente como amo esa parabola doy testimonio d que es asi amo al salvador y sus parabolas

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  3. son muy hermosas estas parabolas y dios es grande

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