domingo, 26 de julio de 2009

Análisis de "El extranjero" - Baudelaire

El extranjero

Este texto de Baudeleire contiene elementos románticos que pueden diferenciarse con claridad. Por ejemplo, el título mismo nos sugiere a un individuo que no pertenece a la tierra en la que se encuentra. El extranjero, no comparte, ni conoce las normas, los elementos que unifican a la población en que hoy está parado. Se mueve por otros cánones, por otras reglas, siente de manera distinta, vive de forma diferente. Este extranjero, por lo que veremos en el texto, refleja el sentir del romántico, un hombre que no se siente parte de este mundo, porque es el eterno incomprendido. Nada quiere de este mundo, nada de este mundo le pertenece, su forma de sentir, su forma de querer, de desear, nada tiene que ver con el común de la gente. Es el hombre original, que sufre por esa incomprensión y por eso tiende a la evasión: ama las nubes, porque son libres, porque no están en este mundo, porque están alejadas de él y miran en soledad, desde lo alto, la mediocridad y la vulgaridad de este mundo.

El romántico ama la soledad, la evasión y la originalidad. Los tres elementos estarán presentes en este texto. ¿Se siente despreciado por el mundo? Pues entonces él también despreciará todas las convenciones, los fundamentos de ese mundo que lo desprecia.

Este texto está planteado en forma teatral, ya que no existe narrador sino sólo el diálogo. No sabemos quién es el extranjero, no sabemos quién pregunta, ni por qué. Sólo conocemos el diálogo y la originalidad de sus respuestas, así como la sorpresa de quien pregunta que intenta conocerlo y va cada vez más asombrándose por la falta de interés de este extraño por el mundo que todos conocen.

Esta mezcla de géneros literarios también es un elemento romántico. Los románticos, en su afán de libertad y a favor del sentimiento, rechazaban cualquier intento del arte de mantenerlos en ciertos parámetros rígidos, así que buscando su expresión más sincera y dejándose llevar por su sentir, rompían los estructuras rígidas de las formas tales como los géneros literarios. A partir de este momento, lo narrativo se puede volver teatral; lo lírico, narrativo; y esta investigación se irá haciendo más fuerte hasta nuestros días.

Lo primero que nos damos cuenta es que el extranjero es un hombre enigmático, un personaje oscuro, misterioso, difícil de comprender, cuyo hermetismo impide acceder a él. Los hombres nos conocemos, muchas veces, por la identificación con el otro. Aquello que del otro es común a nosotros, nos permite comprenderlo. Aún cuando el otro sea muy extraño, siempre se intenta buscar las coincidencias que luego permita entender las diferencias. Eso precisamente es lo que hace quien está interrogando, busca algo en común que le permita comprenderlo. Pero el extranjero se muestra tan extraño a él, que no existe nada en común, nada que le permita identificarse, lo que coloca a este personaje en la soledad absoluta. Una soledad que no sólo se ve en lo físico, sino que es muchísimo más profunda, es la soledad existencial, la del alma, la de los afectos.

El interlocutor busca conocer al extranjero, y a medida que va preguntando, lo que obtiene es mayor alejamiento de su persona. Podemos ver que parte de lo obvio, de lo común y va elaborando preguntas cada vez más complejas. En esto podemos ver su sorpresa al no poder encontrar en él nada común, porque al extranjero no le interesa ser conocido por nadie, desprecia al mundo del interlocutor, por esa razón sus respuestas se van haciendo cada vez más incisivas, se van haciendo más agresivas y mostrando ese desprecio por lo los demás aprecian.

En el afán de conocer, de comprender, las preguntas del interlocutor tampoco son superficiales. Va a lo profundo “dime quién amas más”. Esta no es una pregunta fácil de responder para nadie. No es un pregunta trivial, que haríamos a cualquiera que nos encontráramos de forma casual. Es una pregunta profunda, aunque parece casi infantil por su sencillez. ¿Cómo es posible saber a quién se ama más si aún no tenemos claro, si quiera, lo que es amar? Y aunque lo intuyéramos, ¿podemos comparar el amor que sentimos por uno u otro ser humano? Parece una pregunta sencilla pero no lo es, ni es fácil de responder. No va la superficialidad en el conocimiento del otro, va al mundo afectivo, un mundo que solemos resguardar de la mirada de los otros, no exponerlo si no nos sentimos seguros de quién quiere saber.

A pesar de ser una pregunta que no puede responderse por la dificultad que implica jerarquizar el afecto, el extranjero no le teme a ésta y responde. Su respuesta es la negación del afecto más cercano: el familiar. Este es un lugar común, y tal vez por eso también lo niega, porque nada de común hay en él. Esta enumeración de vínculos, nos muestra que no existen lazos que lo unan a este mundo, no tiene un origen en él, ni un sostén que lo mantenga allí. A la enumeración del interlocutor corresponde una enumeración anafórica del término “ni” que nos lleva a un desconocimiento del concepto de familia. No tiene padre, madre, ni hermanos, nada que lo ate, ninguna responsabilidad a la que deba responder, no debe nada a nadie, ni nadie le debe a él. Desconocer la familia es reconocer la falta de amparo, de afecto, de cuidado y de normas que lo marquen.

Esta negación tan rotunda no ayuda al interlocutor, porque nada lo identifica con él, es como si le cerrara una puerta por donde seguir preguntando, por lo tanto, si quiere saber deberá volver al punto cero para empezar a preguntarse qué puede interesarle a este extranjero.

Es curioso pensar que un extranjero es quien debería interesarse por el mundo al que llega, sin embargo este personaje le da la espalda, no es él quien quiere saber, sino que es el otro, quien ve algo extraño como para querer preguntar.

La segunda pregunta es por los amigos. La amistad otro lugar común. Podemos reconocer en este concepto códigos que nos permiten integrarnos socialmente, comportarnos de manera de ser aceptados. Si tenemos amigos es porque estamos integrados socialmente, somos aceptados por alguien, queridos, comprendidos, acompañados. Alguien nos debe fidelidad y nos contiene en los momentos difíciles. Alguien puede limitarnos en los momentos en que vamos a cometer errores. Y la amistad implica también un compromiso recíproco, lo que significa que si el extranjero tuviera amigos también estaría atado a algo. Los amigos se diferencias de la familia porque son elegidos. Pero este extranjero se niega a un compromiso con este mundo por lo tanto tampoco elegirá amigos, no le interesa generar un vínculo con el mundo que desprecia. Su pasaje por este mundo es involuntario.

Niega este concepto al decir que ni siquiera sabe qué significa la amistad. No negó lo que significaba el amor pero sí la amistad, porque esta última no tiene sentido para alguien que no quiere estar en este mundo. Podríamos preguntarnos si este es un aislamiento voluntario o una marginación social. El extranjero lo presenta como voluntario, parecería que a él no le interesa saber qué significa la amistad, nadie ha llegado al punto como para que a él le interese conocer el concepto, nadie es lo suficientemente digno de ser su amigo. Sin embargo también podríamos leer que a nadie le interesa un hombre tan hermético que no busca lo que hay común en los hombres, sino lo que hay diferente, por lo tanto no hay tampoco interés de parte de la sociedad de acercarse a alguien que se cree superior a todos.

Al expresar la fórmula adverbial “hasta hoy”, el extranjero abre una posibilidad de que tal vez, en un futuro exista una persona con la que él pueda comunicarse en los términos de amistad, alguien digno de ser conocido y que desee conocerlo y entablar ese vínculo enseñándole qué significa ese término. Esta expresión nos muestra la desilusión que siente por este mundo que considera superficial y vacío.

La tercera pregunta apunta al concepto de patria. La patria unifica a los habitantes de un territorio, con una cultura y un pasado en común, con costumbres y pasiones comunes. El concepto de patria es una abstracción que construye la identidad de un individuo. El extranjero también se identifica en relación a este concepto, porque ser extranjero implica reconocer que existe una patria y que él no pertenece a ella. La respuesta del extranjero también habla de una identidad: “ignoro bajo que latitud se encuentra”. Esto implica ser un extranjero en cualquier lugar del mundo. No conoce su patria, no pertenece a ningún lugar, no está atado a ningún territorio, ni cultura, ni pasado común, ni costumbres, ni pasiones comunes. Si existió una patria para él, se desvinculó de ella, y la desconoce, ya no puede volver a ella.

Aguirre decía que el romántico sufría por el paraíso perdido, por aquel lugar donde la norma era la libertad, el contacto con la naturaleza, donde no había reglas opresivas. Ese ideal del paraíso perdido, al que querían volver y buscaban en las tierras exóticas, los enfrentaba a la realidad del mundo en que vivían, al que rechazaban y que aumentaba su frustración. En la respuesta del extranjero se puede ver condensada esta frustración por no poder llegar nunca a ese lugar que le haga sentirse “en casa”. Desconoce así su identidad, sus raíces, su origen, y lo único que obtiene es un deseo de libertad absoluta, que lo compensa en poco, porque sólo es un deseo que siempre se contrasta con la cruda realidad.

La siguiente pregunta apunta al ideal de belleza. Esta es la única respuesta positiva que el extranjero da, pero esto sólo es en primera instancia, porque detrás de ella también se ve la angustia del ideal y su imposibilidad de acceder a él. La reconoce como una diosa inmortal, personificándola. Volviendo el ideal abstracto en algo más cercano y “tangible” en primera instancia, porque al decirle “diosa” en su género femenino, la hace más alcanzable, recordándonos los dioses antropomórficos de la cultura griega. Sin embargo este mismo concepto se vuelve inmediatamente inaccesible precisamente por ser una diosa. Es una mujer divinizada, y ¿quién ha podido tocar a una diosa? Así una vez más, la belleza personificada se vuelve inalcanzable, dejando otra vez solo al extranjero. Nunca llegará a ella, aún cuando ella nunca muera, y tenga toda su vida para ir tras ella. Esa cualidad de inmortal, de la que él desearía amar, sólo ahonda la angustia. Su vida se ve condenada a la frustración de lo que jamás podrá ser y que siempre deseará. En conclusión: la belleza tampoco pertenece a este mundo, por ser una diosa inaccesible para él y para todos.

El último intento del interlocutor es hacia el oro, lugar común de la época burguesa. La respuesta del extranjero será una antítesis de la belleza. Si a ésta la exalta y la desea, al oro lo desprecia y le repugna. Si la primera es una diosa, este último es la antítesis de Dios. Dios es el ideal, mientras que el oro el vil material, tras el que corre la humanidad, haciendo las más grandes atrocidades por él, anulando lo humano y despreciando a la misma belleza por no tener el valor de lo material.

La respuesta del extranjero es vehemente. La respuesta anterior estaba sostenida por el verbo amar, ahora la sostiene con el verbo odiar, y en esto radica la antítesis. Utiliza una comparación “la odio tanto como usted a Dios”, incomodando al interlocutor, al que identifica como alguien que no puede reconocer el valor de lo ideal, tal como ese mundo que no sabe reconocer la belleza de la idea.

Ante esta respuesta, el interlocutor no muestra ofensa, pero si sorpresa, y cambia de estrategia. Deja de preguntar por aquellas cosas que él imagina que todos los hombres amarían y abre la pregunta: “¿Qué amas entonces, extraordinario extranjero?”. El epíteto “extraordinario” nos muestra esa sorpresa, el interlocutor llega a la conclusión de que nada común, nada “ordinario” puede haber en este extranjero, que no sólo está fuera de este mundo territorial, sino del orden que él considera natural.

La respuesta del extranjero es desconcertante, porque aquello que ama es lo que el resto de la humanidad ve tan común que ni siquiera repara en ello. Ama lo que nadie aprecia, lo que ni siquiera ven. Utiliza una reduplicación (reiteración inmediata de un término) al mencionar el objeto de su amor y al tratar de mostrarlas (“allá... allá). Esta reduplicación nos deja entrever su pasión, pero no la explica, no hay palabras que permitan explicar este amor, por eso la reticencia (puntos suspensivos), quedan los silencios, las pausas que debe llenar quien escucha, o tal vez debe procurar sentir. Las nubes pasan libremente y son una metáfora de la evasión. Él quisiera ser ese viajero, como las nubes, que tocan el cielo y están cerca de lo ideal. Que miran la tierra pero lejos de ella, más allá de la superficie, de lo superficial. Pueden irse y conocer otros mundos, pueden ser livianas y no cargadas del peso de la angustia como lo está el extranjero, que está condenado a tener sus pies en el mundo que desprecia. Las nubes son su deseo, porque también desearía fundirse en ellas y ser ellas.
 
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

4 comentarios:

  1. Me encantó tu análisis. Mucho más para mí que soy un amante de Baudelaire. Felicitaciones.
    Calindramo.
    https://www.facebook.com/Calindramo

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  2. Wow, un análisis muy bueno y detallado

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