domingo, 16 de enero de 2011

Dante - Comentario del Canto XXVI

Comentario del Canto XXVI


Artículo realizado por Gian Mario Venezino

El personaje de Ulises domina el canto XXVI del infierno. Está castigado en el foso de los fraudulentos, la octava Bolsa en compañía de Diomedes, el héroe homérico ocupa enteramente la escena. Es uno de los más famosos cantos de Comedia, en parte debido a que el protagonista, a través de los siglos, ha dado lugar a muchas interpretaciones. La centralidad de Ulises en el canto depende totalmente de la célebre historia que le hace a Virgilio y Dante de su último viaje en el que encontró la muerte, pero sigue siendo marginal, sin embargo, el recuerdo de engaño por el que está condenado al infierno. La palabra del héroe griego ha sido una suerte de identificación del carácter específico del ser humano, convirtiéndose en una especie de símbolo de la naturaleza del hombre. Sin embargo, es necesaria una aclaración. No es en absoluto cierto que la figura de Ulises, así como Dante lo describe y las palabras que le hace decir, se vio en el tiempo de la comedia, como algo positivo. Es difícil de creer, de hecho, que una persona condenada a la pena eterna podría ser percibido como un modelo positivo del ser humano. Esto sucedió principalmente en la época romántica, cuando el Ulises de Dante se convierte en un verdadero modelo de la perenne ansia de conocimiento que caracterizan al hombre, y como tal, celebrada por los intelectuales de hoy en día. No hay duda de que Dante percibe una fascinación, y no es un caso, en efecto, que es convertir a Ulises de Virgilio, como para indicar una afinidad de la grandeza de espíritu. Como se sabe, el poeta de la Eneida le pide a uno de ellos que cuente cómo se ha producido su muerte. Ulises respondió, a partir del versículo 90, precisamente con ese discurso que ha inmortalizado este canto del infierno. No hay duda de que Dante sintió con fuerza el encanto poético de la figura que fue construida como una expresión de la curiosidad irrefrenable del hombre, de ese deseo imposible de erradicar que es el conocimiento de todo lo que caracteriza al hombre, nunca plenamente en paz hasta en lo aún desconocida y siempre se abre ante él. Vuelto a Ítaca después de un largo viaje y lleno de accidentes, Ulises siente renacer el “ardor”, invencible, de la "experiencia devenir del mundo / y de los vicios humanos y del valor" (vv97-99). Anula un valor para frenar la más noble e importante que habita en el corazón del hombre, como pena por el padre o el amor conyugal, o la dulzura de un niño que se recuperó después de tantos años. Nada es mayor que el celo por el conocimiento. Así que el héroe griego vuelve al mar para su último viaje, junto con "la fiel compañía/ que nunca me había abandonado" (V.101-102). Y después de vagar por todos los lugares posibles de Mare Nostrum, llega a los Pilares de Hércules, un poderoso símbolo de los límites al conocimiento humano. Y es así, entonces, que Ulises representa muy bien la condición humana, en cuanto los Pilares de Hércules se convierten en una oportunidad para expresar la infinitud del deseo humano, que no sería tal si no se probase el deseo sobrepasar el límite, para abrir el primer surco en el agua. Así, en frente de las Columnas de Hércules nació el famoso "pequeño discurso" (v.122), con el que Ulises insta a sus compañeros a seguirlo en lo que ahora, sin la auténtica conciencia de lo que pide, mientras que el Infierno, siempre es llamado como “loco vuelo” (v.125). Son tal vez los versos más famosos de toda la literatura occidental. El terceto con que concluye la oración: “Considerad, seguí, vuestra ascendencia: para vida animal no habéis nacido, sino para adquirir virtud y ciencia” (vv.118-120), ha cruzado el gran mar del tiempo para llegar a nosotros con inalterada sugestión, en cuanto que lo que dice ha hendido en la definición de la particularísima dignidad del hombre. En pocas palabras, al deseo de Ulises corresponde escucharlo como a cualquier hombre razonable siente, el lector percibe como un poco injusto la condición que se abate sobre Ulises y su haber cruzado las Columnas de Hércules, para que un torbellino de agua lo sepulte para siempre. De hecho, al menos después del Romanticismo, el cierre del episodio es completamente marginado o vuelve a una especie de moralismo religioso del que Dante no sería inmune. Con que el personaje de Ulises se ha subrayado con acierto, pero el espíritu dantesco queda bellamente incomprendido. Cuando Dante llama “loco” al viaje final de Ulises, no lo hace por cualquier caso, sino más bien por una serie de razones importantes. Para la casi unanimidad de comentarios dantescos, la montaña que Ulises y sus compañeros vieron después de cinco meses de haber pasado las Columnas de Hércules, es el Purgatorio, en donde allá arriba está el Paraíso terrenal, la misma montaña que Dante conocerá, por gracia, en el viaje, y que nos contará de ella en la segunda parte de la Comedia. Dante, por lo tanto, está destinado a ver realizada en su experiencia, el deseo de Ulises (de alguna manera, incluso superado, si se piensa en el famoso verso “nadie ha surcado el agua que navego” del Canto II del Paraíso, v.7) y su viaje no será loco, el miedo que él mismo había declarado a Virgilio en el canto II del Infierno, ya que la experiencia habrá de efectuarse. Aquí, el punto es este: el deseo de Ulises es justo y es inherente al ser mismo del hombre, pero el intento de satisfacelo sólo por su propia voluntad y astucia es pecado, de hecho es el pecado original del hombre, lo que los antiguas llamaban hybris, indicando con este término un intento excelente de trascender el propio límite; no por nada, los dioses suelen castigar la arrogancia con la ceguera o la locura. Por esto el adjetivo que connota el viaje es “loco”, y por esto el discurso de Ulises a sus compañeros, al menos en lo que respecta a la invitación de superar las barreras de Hércules armados solamente del propio deseo, es un engaño, una suerte de consejo fraudulento. El que, entre otras cosas, nos lleva de nuevo al clima de este octava bolsa en la que el discurso tiene lugar.

En todos los casos, no hay duda de que en su Ulises, Dante nos ha dado una figura de un hombre fascinante, en la complejidad de sus significados, que probablemente no dejará de ser un término de controversias.

Texto extraído de "Commedia", Dante. Ed. Biblioteca Universale Rizoli.
Traducción realizada por la Prof. Paola De Nigris

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