sábado, 22 de enero de 2011

Morosoli - Análisis de "Soledad"

Análisis de “Soledad” de Morosoli

Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

Introducción

“El cuento soledad de Morosoli narra la historia del señor Domínguez que tenía una sola ocupación, darle de comer a su caballo.

Desde el Principio se nota el deterioro físico del caballo y el hambre que padece su dueño.

Domínguez comienza a pensar dos posibilidades: si no vende su caballo morirá de hambre y si lo vende tendrá su estómago lleno pero su alma quedará vacía. En los dos casos el desenlace será negativo. Por eso podemos decir que el personaje es trágico.

Gracias al caballo el hombre posee una tarea, algo para hacer en la vida.

La duda entre vender o no el caballo se resuelve por la negativa del bolichero.

El instinto de supervivencia supera el amor por el caballo.

Luego de la venta Domínguez queda vacío ya nunca tendría nada más que hacer.

La necesidad biológica (de comer) lo llevó a la venta de su vida.

El hombre no sabe que hacer, lo único que le queda es ponerse a llorar.”

Comienzo el análisis del texto con un comentario que me llegó hace un tiempo atrás y resume claramente el cuento y lo más esencial de él. Creo que el comentario sirve como un punto de partida para acercarnos al texto. Tal comentario fue realizado por “Bruno” y pueden leerlo publicado en la página.

Tema:

De lo dicho anteriormente se puede deducir que el tema, planteado ya en el título, es la soledad. Pero no una soledad entendida como simplemente estar solo. En este texto se plantea algo un poco más profundo porque a través de una situación particular, un prototipo de hombre de campo, se presenta una soledad absoluta: social, emocional, existencial. En todas termina el personaje.

El título no tiene nombre, porque no hace referencia a una soledad en particular, sino a la soledad más profunda del ser humano.

Este personaje, prácticamente aislado, cuyo único vínculo es un caballo, que es su responsabilidad y su única tarea en la vida; no puede reconocer que ese vínculo, tan primario es el único que tiene, y lo único que tiene. Es al fin ese vínculo lo que lo sostiene con vida, y no puede reconocer su importancia hasta que lo destruye por algo también básico, como es un plato de comida.

Otro de los temas planteados en este texto es la deshumanización. El mundo deshumanizado, insensibilizado, materialista, hace que el personaje, que también ve así al mundo, se acostumbre y sobreviva a él. Pero a medida que el cuento va transcurriendo, el personaje se dará cuenta que este mundo puede ser mucho peor de lo que ha vivido hasta el momento. Puede ser tan cruel, indiferente, y despiadado como una fiera de circo. Este mundo de “dobles caras” fue lo que lo hizo aislarse, luchar por la simple supervivencia, con un mínimo de dignidad (queso y dulce cuando cobra la pensión) hasta transformarlo a él mismo en una fiera, totalmente aislada y vacía de su propia vida. Al menos en este mundo tenía un amigo, y una vida, en la ruina, pero al menos lo era, y terminará sin nada, sin encontrar un sentido a estar vivo y levantarse cada mañana.

Este tema tiene relación con el mundo en que Morosoli escribe. Un mundo donde el individuo como tal resulta incomprendido, donde su existir no vale nada sino tiene nada a cambio que dar o no puede tener éxito como piensa su sobrino, no ha sabido hacer algo útil con su vida.

Estructura:

El cuento cuenta con una estructura formal y una estructura interna.

En la estructura formal podemos ver un rasgo estilístico del autor, que influenciado por el insipiente cine, adopta una forma cinematográfica de narrar. Divide el cuento en seis partes, que formalmente separa con una línea. A su vez utiliza el presente histórico de forma insistente para involucrar al lector, quien parece ver lo que allí pasa, como si estuviera sucediendo en ese mismo momento en que se está contando. Tal como sucede con una película.

Las primeras dos partes podrían ser la presentación de personajes, el ambiente e incluso la situación conflictiva, y las reflexiones que el personaje hace respecto a su situación. Por lo tanto sería el marco. Incluimos la segunda parte, porque allí se presenta, objetivamente al caballo, y no a través de la mirada de Domínguez, siendo el caballo uno de los personajes protagónicos en esta historia.

La tercera, cuarta y quinta parte sería el desarrollo o el nudo, porque allí se produce el movimiento de la acción. Son las circunstancias y sus acciones lo que lo llevará a tomar la decisión.

La última parte, ya es el desenlace, donde vemos el fin del personaje, y sus reflexiones finales, el descubrir su verdadera condición y en lo que se ha convertido. Esta es la parte más lírica del cuento.

Marco

El narrador, en tercera persona (narrador externo) asume, en esta primera parte, el punto de vista del Domínguez. Al asumir este punto de vista, parece transformarse en un narrador equisciente, sin embargo, en la segunda parte vemos que parece saber lo que siente el caballo, por lo tanto podríamos discutir si no es un narrador omnisciente que simplemente nos oculta información.

El primer párrafo del cuento se centra en presentarnos lo esencial y más importante del cuento: al personaje de Domínguez asociado a su tarea y a su relación con el caballo. Él es eso: su tarea y su vínculo. El nombre Domínguez, asociado al morfológicamente al día domingo, nos sugiere algunos puntos de análisis. El domingo es el día de la familia, pero también es el día en que comúnmente no se trabaja. En el caso de este personaje, ambos aspectos son relevantes, precisamente porque en su persona confluyen en lo contrario, Domínguez trabaja todos los días para su caballo, y no tiene familia con quien compartir nada. De esta manera, el nombre que es la identidad de una persona, en el caso de Domínguez parece estar desconectada de él. Ha perdido su identidad, su conexión consigo mismo, lo que luego se refleja en la pérdida del único ser que significa algo para él.

El otro aspecto importante de este párrafo es su tarea. Su única tarea, y esto se repite insistentemente en el cuento, y en esta presentación a través de palabra con un estilo sentencioso y terminante: “su única tarea”, “la única cosa viva”, “ocuparse de algo en la vida”, “no tenía nada”, “absolutamente nada de qué ocuparse”, “el único alimento”. Esta reiteración tiene el propósito de que el lector comprenda la vacuidad de la vida de Domínguez, y la importancia sustancial de la tarea que realiza. Una tarea que no es sólo mantener a su caballo, sino mantenerse vivo, dentro de un proyecto, teniendo algo que le diera sentido a su vida. Una tarea que era más importante incluso que su propia alimentación, ya que lo hacía antes de desayunar, y esto es así porque en realidad la tarea es lo que lo mantiene con vida, activo. En otras palabras, el caballo, el ser responsable de él, el servir a otros, no es una tarea menor, es la razón de su vida, el motor que lo mantiene. Al fin y al cabo, este principio de vivir para los otros empieza a chocar en este mundo indiferente e individualista.

Pero esta tarea también tenía algo de sacrificio. No recoge cualquier comida para su caballo, va a buscarla a “los troncos podridos de los sauces”, es decir a los lugares que podrían resultar asquerosos para cualquier ser humano, pero no para Domínguez, que realiza esa tarea con amor y devoción, aunque no se de cuenta que es así. La realiza por costumbre, porque es su tarea, lo que hay que hacer, su responsabilidad. Todas las mañanas se da este pequeño sacrificio: primero ir a buscar la comida para el caballo, y luego, cuando el caballo come, entonces hay lugar para sí mismo, para sentarse a tomar mate y desayunar. El amor está dentro de la tarea cotidiana, de la costumbre, porque la razón de este pequeño sacrificio, está dada por la primera grafopeya del caballo que se da en este párrafo.

Éste es un “viejo caballo”, “sin dientes, bichoco y con los ojos opacos de nubes lechosas”. No tiene dientes con qué comer, por eso deben ser hojas suaves, podridas, para que el caballo no tenga que lastimarse comiendo. Está con cataratas (“nubes lechosas” metáfora que indica su dificultad para ver, pero no para sentir), que no le permiten ver, pero que al final parecerá que ve más claro que el propio Domínguez. Además de no poder comer cualquier cosa, estaba enflaqueciendo, y el narrador, mirando a través de los ojos de Domínguez, supone que no aguantará otro invierno, estación que simbólicamente sugiere la muerte. Pero esta grafopeya del caballo va en íntima relación con Domínguez. No en su aspecto físico, sino más bien en su vida, ya que el personaje ha cortado todo vínculo social, con el sobrino, con los bolicheros, y sólo se ha quedado con su caballo. Igual que éste, está más cerca de la muerte que de la vida misma.

El narrado utiliza el presente histórico al mencionar el adverbio “Ahora”, de esta manera la acción se presentiza, y el lector parece estar viendo preparándose para el desayuno. La utilización de este estilo involucra al lector quien no puede estar ausente de lo que sucede.

Una vez que ha terminado su tarea, recién Domínguez tiene derecho a ocuparse de sí mismo. Esto no es una obligación que le haya impuesto nadie, es algo que él mismo ha tomado como tal, y ya hemos hablado de lo importante que es para él, aunque él no lo perciba en su total dimensión.

El paisaje que nos muestra del personaje es la pobreza. Su desayuno es mate dulce, su asiento es de cuero de vaca, su existir es un pobre transcurrir. Irónicamente el narrador dice que toma su mate dulce, pero sin azúcar, porque esta se había terminado. Y no concluye ahí, inmediatamente nos presenta la extrema pobreza: “desayunaba, almorzaba y cenaba con mate dulce”. El personaje come todos los días la frustración de no tener, ni siquiera la azúcar, un pequeño gusto, para acompañar su mate. En su pobre transcurrir no está posibilidad de mirar a un futuro. Domínguez sobrevive, vive un presente constante, donde lo que importa es cómo resolver el problema inmediato. Esto es lo que lo llevará a no poder pensar en la importancia de la decisión que toma. Cuando piensa en soluciones para su situación, no lo hace de forma profunda, sino de forma de resolver su inmediatez, porque ese es el mundo en que vive, el mundo marginal. Y podríamos pensar que sólo es el de Domínguez, pero no necesariamente es así, ya que la inmediatez es uno de los males que aquejan a todos los individuos de este mundo mercantil y globalizado, que han perdido la idea de lo trascendente.

Tres posibilidades se le ocurren a Domínguez para remediar su situación. Estas van desde lo más cercano, el sobrino, a lo más desconocido, el circo; como si el personaje fuera revisando primero su pequeño círculo y lo vaya ampliando. Es interesante ver como en la elección del circo, él de alguna manera ya está eligiendo alejarse de sí mismo y de lo afectivo, buscar lo impersonal, aunque ese mundo lo terminará poniendo frente a sí mismo de la manera más cruda.

La primera posibilidad que considera es la del sobrino que vive del otro lado del pueblo. La ubicación geográfica ya nos presenta a un personaje antitético de Domínguez. En primer lugar es más joven que él, en segundo está en la otra punta del pueblo, y tercero se encuentra en una mejor posición económica que Domínguez.

No es sólo el hecho de que sea antitético lo que deja esta posibilidad en el ámbito del pensamiento. También está el hecho de que el sobrino suele “darles consejos”, es decir reprocharle la vida que lleva. Este reproche llega incluso a la insinuación de que “siendo tan viejo no hubiera aprendido a vivir”, un comentario totalmente ofensivo, como si el sobrino, por darle un plato de comida se creyera con derecho a juzgar una vida, que seguramente llegó a estas circunstancias como producto de un profundo descreimiento del mundo. Domínguez es pensionista, por lo tanto un hombre que ha trabajado antes, pero que su fin ha sido entregarse a esta suerte de pobre transcurrir, sin trascendencia, hasta la muerte misma. El sobrino no ve realmente a su tío, ni lo comprende, parece creerse con el derecho de que por estar en un mejor momento de su vida, y en superioridad de condiciones, de enseñarle a otros cómo vivir. Domínguez, ante la indignación, por un plato de comida tiene que “olvidar sus canas” es decir olvidar su experiencia, su vida misma, su identidad por algo tan básico como es comer. Algo de orgullo queda en el protagonista como para no querer ir a pedirle al sobrino, aún en una situación casi límite. El orgullo es, prácticamente, lo que le recuerda su condición humana. Debe sostener su impotencia en el gesto “sujetarse las manos”, para no darle una cachetada al “mocoso” que le recordaría la importancia de tener respeto a los hombres que han vivido mucho más que él. Ni siquiera ese gusto puede darse.

Pero en la vida de Domínguez, siempre hay un “pero”, cada decisión tiene algo que no termina de convencerlo que lo mantiene inmovilizado o lo lleva ver que el mundo no es tan lineal y sencillo. En este caso, más allá de su orgullo, el pero está dado por la expresión tan conocida en nuestro campo “pero dos días sin comer ablandan el cogote”, sugiriendo a través de la metáfora, la caída del soberbio. El cuello en alto, señal del hombre orgulloso y soberbio, quedan blandos, caídos frente a la falta de comida, a lo más vital para que el hombre se sostenga con vida. Así en nuestro campo se ablanda el cogote de las gallinas, duras, en varios días en el agua hirviendo. Todo hombre tiene en algún momento su punto de quiebre.

Pero aún así, Domínguez piensa en otra posibilidad y descarta la del sobrino. Esta es la de los bolicheros. Existía un bolichero nuevo en el pueblo a quien podía probar pidiéndole fiado. Pero otra vez el “pero”, ya que tal vez este bolichero hubiera sido avisado por otros de que él no era un buen pagador. Esta actitud de Domínguez de no ser buen pagador puede verse también a través de varios puntos de vista, pero quién puede juzgar realmente. Por un lado sabemos que no es una actitud honesta deber y no pagar, porque esos bolicheros han confiado en Domínguez para darle lo que necesitaba, y luego él se olvidaba de lo que debía y se iba a comprar a otros lugares lejanos. Es decir, traicionaba la confianza de su entorno más inmediato, una forma extraña de “suicidarse”. Por otra parte, Domínguez justifica su accionar diciendo que “la pensión era muy chica”, y además por unos días le gustaba ver queso, dulce y vino en su mesa. Esto que en realidad es un despropósito para la pobreza de Domínguez, es una pequeña compensación por los años trabajados, por la tarea que realiza, en que pone en su lugar a su amigo el caballo antes que a él mismo, una especie de recompensa pequeñísima que le recuerda que tiene derecho a ser humano, y a gustar de algo tan básico como estos tres comestibles, que en su vida resultan un lujo, pero también necesario para sostenerse. Así resulta difícil de juzgar, si bien sabemos que su actitud no es la más conveniente, visto desde él mismo, es una pobre situación, que no le da derecho ni a sentirse recompensado por nada. No hace falta el juicio, pero si la comprensión, de una situación en la que ambas partes tienen razón.

La forma en que aparece la posibilidad del circo es casi mágica. Aparece de casualidad. Irrumpe en la vida de Domínguez, con ruido, algarabía, alegría, y magia, un payado, un elefante, la cara atractiva del circo. Pero en seguida se muestra la otra cara, la indiferente, la cruel, fría, despiadada, y viene de la mano de un niño, alguien que suponemos inocente, y más ligado a la magia del circo que a la crueldad de este. Pero este niño, representante del futuro, ya conoce la cara oscura del circo. Es el “hijo menor de Umpierrez”, lo que refuerza más el contraste entre lo que debería ser un niño, y lo que es. Este niño viene cargando una bolsa de gatos, con una gata y seis gatitos recién paridos. La crueldad está ya planteada, un animal indefenso con sus hijos, serán vendidos para alimentar a las fieras. Este niño no cree en la magia del circo, sino que sabe que vive en un mundo frío, mercantil, donde lo principal es la plata, donde lo sensible no tiene lugar, hay que vivir, o al menos disfrutar de los placeres que el dinero puede dar. No importa cuánto esto cueste en la psiquis del hombre, la sensibilidad está dormida, así que sólo importa lo individual y su necesidad o su deseo. Ese es el mundo del niño, el mundo que está y que se viene, y el mundo en que Domínguez intenta sobrevivir. Un mundo deshumanizado y violento.

Es ese mismo niño quien informa a Domínguez la posibilidad de vender animales al circo. Domínguez reconoce, dentro de su escala de valores que esto es una “herejía”, sin embargo no duda en ponerlo en consideración. Para ello hará dos tipo de justificaciones, una superficial, desprovista de sentimientos, y la otra más íntima y reconociendo la condición de su caballo.

Ambas justificaciones están apoyadas por la mirada reflexiva de Domínguez, quien se para al fondo de su terreno, con su mate, a pensar, con ese ritmo que da esta acción.

La primera justificación está planteada desde la voz misma de Domínguez, y cargada de puntos suspensivos (reticencias) imitando así, el pensamiento y su transcurrir. Por otra parte, la reticencia deja que el lector termine la idea, y mantiene lo no dicho suspendido en el aire. Sus ideas rondan sobre la molestia que puede ser un caballo muerto en la planta urbana. Molestia que le crearía un problema con los vecinos, ya que según su percepción el caballo va a morir tarde o temprano, y por su condición de viejo será más la segunda que la primera. No hay en esta reflexión nada humano más que su problema si llegara a morir, intentando así justificar la posibilidad de sacrificarlo sin culpa. Pero cuando lo vuelve a mirar y lo halla “cada vez más flaco”, no puede sostener esa mirada tan despojada de lo afectivo y se ve obligado a hacer una justificación más acorde a su amigo.

Para esta segunda mirada, Domínguez necesita hacer una nueva grafopeya, donde los aspectos enfermizos del caballo queden remarcados. Es necesario convencerse de que el caballo enfermo está sufriendo y matarlo sería un acto de amor de su parte, para que no sufra más. Así ve los ojos con “dos pozos como nueces”, y con esta comparación lo transforma en un ciego. No sólo eso ve, sino la imagen abyecta de un grano en el hocico que supura. Y llega a la última comparación, en la que se para porque lo conecta con lo que en realidad es el caballo para él, sin embargo no puede detenerse demasiado en eso, porque sería imposible, entonces cumplir su propósito. Esta comparación que lo acerca a este caballo humanizado es cuando dice: “de noche tosía como un hombre”. Domínguez no soporta tal idea, y enseguida habla de la comida que ya ni puede comer, para llegar a la conclusión que necesita “con matarlo se le hacía un favor”.

Pero existe un rayo de lucidez en su pensamiento que lo hace dudar, por ahora y esta: “pero morirse porque a uno le llegó la hora, o porque quién sabe quién lo ordena, es una cosa y que a uno lo maten para darle de comer a los bichos que hacen prueba, es otra cosa…”. Este es un mundo sin Dios, pero no necesariamente sin conciencia de que la vida o la muerte no deben ser determinadas por los hombres, sino por una fuerza superior a él. Esta condición de vida o muerte todavía sigue siendo sagrada en la mente de Domínguez, pero no por mucho tiempo, y es esta misma condición lo que conserva de humano esta sociedad deshumanizada. Es un límite, matar para dar de comer a las fieras es perder el respeto a esta impotencia que el hombre debe tener frente a la vida y la muerte.

Con esta explicación, Domínguez parece conformarse, y el narrador pasa ahora a contar un episodio cotidiano del caballo, que lo describe como un ser de inmensa ternura, y define la relación entre ambos. El caballo lo espera, lo acompaña, lo “empuja cariñosamente” calzando su cabeza en las espaldas. Es capaz de mostrar el cariño que Domínguez prefiere negar, para poder tomar su decisión. Una vez más el presente histórico “es lo que hace ahora”, nos muestra lo cotidiano del proceder del caballo, que contrasta con la reflexión pragmática de Domínguez.

Nudo

Hasta este momento la acción ha sido predominantemente pasiva. Domínguez reflexiona, y todo sucede en su cabeza, y en el mundo exterior, el circo que pasa frente a sus ojos. Sin embargo, a partir de este momento, la acción pasará a ser exterior, y Domínguez empezará a moverse, ya sin pensar. Esta acción está marcada por “de tardecita salió”. Es interesante observar el manejo temporal del cuento. El mismo comienza a la mañana, su nudo se desarrolla en la tardecita-noche, y el final es en la noche y la madrugada. Parece que toda la acción se desarrolla en un día, y acercarse a noche es símbolo del declive, no sólo del fin del caballo, sino también de la vida de Domínguez, cuya vida cambia y llega a lo más profundo en tan sólo un día.

La decisión de Domínguez es ir a ver al bolichero nuevo e intentar pedirle fiado, sino lo conseguía, tendría que vender al caballo. Una vez más las decisiones de Domínguez no son de él, sino de las circunstancias externas. No decidirá él realmente, sino el bolichero, que sin saberlo, empujará a Domínguez a venderlo. Esto nos muestra un personaje que no es capaz de responsabilizarse de su propia vida, sino que es llevado, permanentemente por su necesidad pragmática de satisfacer su hambre, quitándose de encima toda culpa “¿qué iba a hacer?”, como si la única alternativa posible fuera esta. Su necesidad apremia, y no existe entre sus posibilidades, resolver el problema a un mediano plazo, por ejemplo con un trabajo.

El encuentro con el bolichero es un ejemplo del mundo mercantil, lleno de hipocresía y desconfianza, aunque no será tan cruel e indiferente como el diálogo con el encargado del circo. La hipocresía, despreciable, al menos deja un clima de cortesía y mentiras.

Domínguez se presenta como no es, sin embargo no miente, es pensionista, pero también asegura que es buen pagador, lo cual sabemos que no es cierto, porque él mismo tiene a los otros bolicheros “marcados y recontramarcados”. Necesita de la mentira para moverse en este mundo, pero no cuenta con la desconfianza del otro, que “también era especial”. Frente a los dos o tres pesos que pide Domínguez, se antepone los cien que son el capital del comerciante. Esa es la excusa para no fiarle, aunque trata de quedar bien, diciéndole que los pensionistas le gustan mucho. Él es un trabajador y no está dispuesto a regalar su trabajo, pero para no perder al cliente le invita a venir cuando esté mejor asentado. Hay algo irónico en todo este diálogo, porque lo que verdaderamente mueve al comerciante es la desconfianza, ve que Domínguez no es exactamente lo que dice ser. Y Domínguez lo capta en seguida, y se toma su pequeñísima venganza “si algún día tengo plata, lo que es éste no le compro nada” como si eso fuera a desequilibrar las finanzas de este comerciante.

El mundo hipócrita del mercado todavía le dará lugar a pensar esta pequeña venganza, pero cuando se enfrente al mercado más despiadado, que lo acorrala, ya no tendrá posibilidad de creerse capaz de algo así. Domínguez irá entrando en estas leyes de mercado deshumanizado, sin siquiera imaginarse a qué se enfrenta. Si el mundo ha sido despiadado para él, aún no ha visto nada hasta llegar al circo. Este pozo en el que el personaje se va metiendo, contrasta vivamente con el sobrino, joven y engreído, que no parece saber tampoco al nivel que un ser humano puede llegar a humillarse.

El cuarto momento, marcado por la estructura formal, corresponde al encuentro de Domínguez y el encargado del circo. En este momento predomina el diálogo, casi como si fuera un texto dramático, aunque el clima sirve de introducción para este mundo podrido.

La atmósfera en la que entra Domínguez tiene un aspecto onírico (de sueño), más bien de una pesadilla, ya que nada en él es agradable. Como Dante al entrar al infierno no podía valerse del sentido de la vista, aquí el personaje, también en un ambiente parecido a lo infernal, debe valerse de otro sentido, el olfato; siendo este sentido algo que nos asalta y no se puede evitar, por más que nos tapemos la nariz. El olor de putrefacción (“orines y carne podrido”) anuncian también esa decisión cargada de podredumbre moral que Domínguez estará dispuesto a realizar. Así como el ambiente estará podrido, también lo estará en breve Domínguez cuando lleve a cabo su acción. Recordemos que las cosas pudren cuando se descompone la materia viva. Domínguez y este mundo están podridos en lo más profundo de su ser, porque su materia viva está sin vida en el caso del circo, y quedará sin vida en el caso de Domínguez.

Este ambiente infernal y onírico se refuerza con la oscuridad, que a partir de este momento irá predominando en el cuento. No puede ver, pero puede oler y escuchar, quejidos, movimientos, ronquidos, y esta anulación de la vista, que se repite varias veces, crea inquietud, no se puede reconocer exactamente lo que rodea al individuo, lo que lo zambulle en un clima de indefensión en el que Domínguez no repara, ni tampoco lo alerta o lo detiene. Lo único que puede identificar son los ojos de los tigres y leones. Domínguez no ve, pero es observado, lo que aumenta la indefensión. Lo diabólico aparece en la comparación de esos ojos con los botones con luz. Algo perverso, mágico e inhumano, por lo amenazante, aparece en esos ojos. Aún así, Domínguez no advierte el peligro de donde está.

El diálogo no será otra cosa que un reflejo de lo que ya se ha descrito, ya que el que habla, que ni siquiera es presentado, porque como ser humano no tiene importancia, será igual de cruel e indiferente, que esas fieras que lo único que les interesa es la comida. Este diálogo parece un símbolo del mundo despiadado que se viene.

Domínguez intenta hacer lo mismo que hizo con el bolichero, porque es la forma que conoce de negociar, así miente, diciendo que el caballo es sano. Incluso su inseguridad se muestra en el momento que dice “medio grande”, y el otro pregunta “gordo”, “no” contesta Domínguez. De alguna manera parece no estar decidido a mentir totalmente.

La indiferencia, la falta de afectos en este mundo se ve en varios aspectos. En primer lugar, sin dar mucha oportunidad, ni siquiera verlo, el encargado pone un precio, y por más que Domínguez quiera subir ese precio, el otro no se mueve de eso, y ni siquiera le da lugar, es más, juega con la necesidad de Domínguez de venderlo. No importa nada, ni el cuero, ni si el caballo vale más, sólo importa su carne para alimentar a las fieras. Domínguez intenta hacer valer a su caballo un poco más, ya que lo va a vender, a traicionar, pero es igual, el encargado es capaz de llegar a la crueldad más absoluta de decirle “tráigalo sin cuero” como si fuera posible sacarle la piel a un amigo. Para el encargado, poco importa lo que pueda sentir Domínguez, sólo interesa el negocio, metáfora de este mundo de capitalismo feroz.

Mayor es la presión cuando le dice que lo tiene que llevar hoy porque pasado mañana se van. No le ahorran a Domínguez nada de su traición. Él que no ha querido nunca asumir las responsabilidades de su vida, ahora tendrá que enfrentarlas todas hasta las últimas consecuencias, viéndolo todo, sabiéndolo todo, sin posibilidad de suavizar esta realidad o su traición.

Es en la última parte del nudo comienza el lirismo del cuento. Este se muestra en la utilización de frases muy cortas y la excesiva cantidad de signos de puntuación que enlentecen el ritmo de la misma. A su vez se repite la expresión “despacio” porque así vienen los personajes y así tenemos que leerlo a causa de las pausas. Cada frase parece uno de los pasos de los personajes. Esta marcha recuerda a la de una peregrinación o la de un cortejo fúnebre. Ambos personajes manifiesta el peso de ese dolor en su caminar. Pero nadie lo ve, otra vez la indiferencia de este mundo, nadie puede comprender lo que ambos sienten, y si lo comprendieran o lo vieran, tampoco les importa: “casi nadie se daba cuenta de que caminaban”. La imagen por sí sola refleja el interior de estos personajes, no obstante, el narrador plantea una frase poética, que parece reflejar el entorno pero que sugiere mucho más que eso: “Iban en la oscuridad como otra oscuridad que caminaba”. Son una oscuridad más oscura que la oscuridad misma. Si lo leemos literalmente es lógico pensar que en un lugar oscuro hay cosas que son más oscuras por el cuerpo que ocupan. Pero en este caso no sólo refiere a esto, sino a la “oscuridad” que aqueja a estos personajes en estas circunstancias. Son de por sí una oscuridad, unos cuerpos que nadie comprende ni a nadie interesa. La procesión ahora se reafirma dado que lo oscuro también sugiere la tristeza. Ellos en si mismo son una nueva oscuridad.

Esta oscuridad empieza a revelarse en la acción del caballo, quién calza la cabeza en la espalda, empujándolo, como lo hacía en la segunda parte, cariñosamente. Y aunque el narrador dice: “sin duda para no perderse”, en realidad este gesto muestra mucho del caballo. Es como si supiera a dónde lo llevan, y cómo si supiera lo que Domínguez quiere hacer, pero aún cuando Domínguez lo está traicionando, mayor dolor es pensar que el caballo, sabiendo, lo perdona y hasta lo empuja a hacerlo, como si pudiera con esto pagarle algo del sacrificio, que el mismo Domínguez ha hecho siempre por él. Esto puede deducirse porque la cabeza la sentía “como un dolor que le llegaba del caballo”. Este caballo parece ser mucho más que un animal, y donde nos descuidemos, es más hombre que el mismo Domínguez, porque parece comprender más que el personaje. Aún cuando Domínguez puede ver todo esto, no se detiene. Allí está. Sigue su camino como un destino trágico del que no puede dar vuelta atrás.

El dolor de estos personajes contrasta con la locura de las bestias que sabiendo que venía comida, esperan eufóricos la muerte del caballo. No hay lugar para el respeto del dolor ajeno, ellos no sienten, no pueden compadecerse, no pueden pensar más que en lo básico y vital como es la comida.

Domínguez no se conforma con entregarlo, y sin que entendamos bien por qué, tal vez por un afán de llegar al fondo de esta cuestión, tal vez para saber si iba a sufrir mucho, pregunta cómo lo matan. La crueldad se presenta ante sus ojos con el máximo horror, y aún así Domínguez no reacciona. Le dicen que lo matan pero no le dan de comer enseguida a los leones, sino que los hacen desear para que parezcan más jóvenes. Ni siquiera la muerte del caballo servirá para apalear una necesidad inmediata, sino para hacer desear. No sólo le dicen lo que harán sino que le muestran con qué lo matan, un marrón lleno de sangre y pelos, con lo que matan a todos los animales. El dolor, el duelo, la relación afectiva, contrastando con la bestialidad de este mundo sin sentimientos, podría haber hecho que Domínguez reaccionara, sin embargo sigue adelante, aunque sale de ahí “como borracho”. No porque hubiera tomado algo, sino porque sus sentidos están totalmente aturdidos ante tanta bestialidad, tanta falta de sensibilidad ante la vida.

Desenlace

El final de este cuento comienza con el verbo “salió” porque no sólo sale de ese lugar infernal, sino porque sale de la vida misma, sale también del “sueño” de sus sentimientos, sale de ese estado en que estaba dormido, en que no pensaba, ni quiería sentir. Comienza la anagnórisis, el darse cuenta.

Este estado del que se despierta se da progresivamente, por eso “estaba enfermo”, “con náuseas”, porque lo que acaba de descubrir no le permite disfrutar como si tal cosa. Intenta aturdirse un poco con alcohol para tapar sus sentimientos que ahora lo asaltan. Intenta seguir con su plan de comprar comida, pero no puede hacerlo normalmente, porque no ha perdido su condición humana, aunque sabe que se parece más a las fieras definidas arriba que a un ser humano. ¡Qué lo diferencia de aquellas bestias indiferentes que lo único que les interesa es la comida y su propia satisfacción!

Pero de esto se dará cuenta lentamente, por medio del silencio y la soledad total. Escucha al circo, los ruidos, los aplausos, la alegría del público, y sabe que su amigo ya está muerto. Esta algarabía contrasta con su tristeza. Los ruidos, con su silencio. La multitud con su soledad. Las luces del circo con la noche y la oscuridad que lo rodea.

“En el cielo la estrella de luces del circo se levanta como un barco detenido”, esta comparación nos revela algunas cosas. La estrella que sirvió para marcar el camino a tantos navegantes, que fue señal de lo divino, no tiene sentido en este mundo sin Dios, cruel e insensible. Marcó un rumbo, pero uno terrible. Es una estrella artificial, no real. A su vez se compara al circo con un barco detenido. El circo seguirá su curso, pero se ha llevado lo más importante para Domínguez, su contacto con la vida, su tarea, el motor para que él siga andando. Ese circo seguirá su rumbo, mientras Domínguez quedará detenido para siempre, sumergido en la más absoluta soledad.

“Era muy tarde”, pero no sólo en la noche, sino en la vida de Domínguez. Ya no hay más nada que hacer, y el narrador utiliza la metáfora “la noche se había vaciado de golpe”, ya no tiene nada más sentido, nada va a poder volver a llenar la vida de Domínguez. Se da cuenta que se parece a las fieras que buscan carne, y por eso no puede comer el asado que ha comprado. Comerlo sería parecerse más a ellas. Las náuseas de su acción no le permiten llegar a ese punto de insensibilidad.

A partir de este momento la soledad se mostrará a través de todo lo que Domínguez no hace. Es la reiteración constante de adverbios de negación los que nos muestran y nos hacen sentir el vacío del personaje: “no comía”, “no fumaba”, “no estaba triste”, “no hacía nada más”, “no tenía nada que hacer”, “ni traer pasto”, “nunca, nunca, nunca, lo que se dice nunca”, “nada que hacer”, “nada”, “nada”. Al no haber una tarea, una posibilidad de ocuparse de algo, todo resulta absolutamente inútil, la vida misma pierde su sentido. Para qué esperar la mañana, para qué levantarse cada día. No existía ni parece existir en Domínguez una proyección de vida. Accionó y no pensó qué haría después.

Ponerse a llorar tal vez sea una posibilidad de comenzar, ya que se permitió sentir, lo que hasta ahora no se había permitido. Con el llanto recupera su humanidad, y con ella se opone a este mundo insensible, pero no sabemos si esto bastará.

La existencia planteada al principio con aquellos adverbios terminantes, ahora se resignifican frente al vacío con prácticamente los mismo términos. Lo que lo unía al mundo era una “única cosa”, su tarea, al desparecer esta ya nada tiene sentido.

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miércoles, 19 de enero de 2011

Espínola - Rodríguez (Análisis)

ANÁLISIS DE "RODRÍGUEZ"

Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

Título

El título del cuento es epónimo, porque refiere al nombre de uno de los personajes, el protagonista. Es el protagonista porque lleva la acción, si bien no hace mucho, más que seguir su camino, su no accionar mueve la acción del cuento a través de reacción del otro por movilizarlo, de esta manera, la acción general va creciendo.

Es interesante captar que el apellido Rodríguez es un apellido común, que tiene el sentido de emparentar al Hombre con este personaje. No es un apellido que realmente sirva para destacarlo de los demás, sino para generalizarlo. Esto no es común, ya que el nombre de las cosas y las personas (lo mismo se puede decir de los apellidos) sirve para darle identidad a las cosas. Si no las nombramos, éstas no existen como individualidades. En este caso se nombra, pero mostrando la generalidad y de esta manera quitando la identidad del personaje. Esto también tiene relación con la actitud del personaje en todo el cuento. De Rodríguez se sabe poco y nada, lo único que se puede decir es que es inamovible de su objetivo.

Estructura

La estructura de este cuento podría verse de esta forma:

1. Introducción: Presentación de personajes; del entorno espacial y temporal; y del conflicto que incluye los ofrecimientos del personaje fantástico.

2. Desarrollo: Las pruebas del hombre de poncho rojo.

3. Desenlace: La frustración del hombre de poncho rojo y el abandono.

Narrador

El narrador cuenta en tercera persona, con lo cual se puede deducir que no forma parte de la acción, sino que está contando los sucesos que otros vivieron. Este narrador es omnisciente ya que conoce lo que piensa Rodríguez, así como lo que piensa el otro personaje. Sin embargo, este narrador asume un punto de vista variable. El punto de vista es el lugar desde el que cuenta el narrador, y estos puntos de vista coinciden con la estructura del cuento. En la primera parte asume el punto de vista de Rodríguez, en la segunda del personaje fantástico, y en la tercera intercambia entre uno y otro.

El narrador de este cuento no juzga la acción, deja que esta transcurra y que el lector sea quien enjuicie. Si el juicio aparece en su narrativa, habitualmente es a través de los ojos de algún personaje.

La narrativa de Espínola, encuadrada en un mundo convulsionado, plantea personajes que son prototipos sin realmente serlo. Los gauchos que presenta en sus obras, ya no son típicamente regionales, sino universales. Y los conflictos que lo aquejan no corresponden a su condición de gauchos, sino a su condición de Hombres. Por lo tanto su narrativa invita a un cuestionamiento del lector. Rodríguez es un hombre cansado de la vida, sin expectativas, sin pasado y sin futuro, por lo menos no lo presenta en el texto. Un hombre vacío e indiferente ante el mundo. Esta lectura del personaje como un hombre en el medio de un viaje nocturno, del que no se presenta nada, y al que no le interesa nada, puede relacionarse con el hombre “muerto” en vida de principio de siglo. Aquel que ha perdido las ganas de pelear por la vida a causa de su desepción y la angustia que sobrevuela este principio de siglo.

También podemos ver a Rodríguez, como aquel hombre que ya no cree en la política, ni en soluciones, ya que el personaje fantástico podría relacionárselo con un político en el contexto uruguayo, ya que lleva un poncho “más que colorado”, pero esto lo explicaremos más adelante.

Tema

La temática del cuento se comprende a través del conflicto. Y el conflicto se entiende en la medida que somos capaces de determinar qué simboliza cada uno de los personajes involucrados en la historia.

Hay autores que ven en "Rodríguez", una alegoría entre el bien y el mal, y cómo el mal intenta sacar del camino al bien, y cómo el bien siempre gana. Si así fuera, entonces Rodríguez representa el bien, y el otro representaría al diablo que intenta seducirlo para ganar su alma. El encuentro con el diablo ha sido un topos en la literatura gauchesca y fantástica. Por lo tanto el cuento se transformaría en una alegoría. Seguir el camino recto es lo que se debe hacer, y no dejarse tentar por el diablo que siempre está escondido para hacernos detener.

Sin embargo, tomando en cuenta la actitud inconmovible de Rodríguez, incluso frente a la magia, podemos deducir que el personaje no tiene ningún interés por estar vivo, y que nada absolutamente lo conmueve. Cualquier ser humano normal le asombraría las pruebas sobrenaturales que hace el personaje de colorado, sin embargo Rodríguez no se inmuta. No hay en él una pizca de curiosidad. Por otra parte, no tiene ambición, ni buena ni mala, frente a las cosas que se le ofrecen, con lo cual no tiene interés de progresar. No se sabe hacia dónde va Rodríguez, ni de donde viene, ni por qué viaja de noche, con lo cual no podríamos, simplemente, pensar en Rodríguez como el Bien, y de esta manera, el tema se complica, mostrándonos que ya no existe una sola verdad para leer un cuento. Recordemos que estamos bajo la era del Relativismo, así que la verdad absoluta empieza a cuestionarse. También en este caso, la lectura del cuento se puede complejizar.

Si es así, el hombre de poncho colorado tampoco sería el Mal, sino una fuerza que intenta tentar a Rodríguez con cosas que comúnmente serían las más deseables. Este personaje necesita, para lograr su propósito, alguien que quiera a la vida, sino es imposible tentarlo, sin embargo se encuentra con Rodríguez que no tiene metas, ni interés en estar vivo, es por ello que este personaje fracasa.

Así lo que parece malo y bueno resulta discutible, y es necesario mirar el cuento desde otro punto de vista, tal vez como la lucha entre la tentación y la indiferencia, que resulta una muerte en vida. Por lo tanto, este personaje fantástico podría verse como un mago, que intenta asombrar y seducir, y a Rodríguez como un hombre descreído e indiferente.

Una tercera lectura del tema se asoma en el cuento cuando el narrador habla del poncho “más que colorado”. Decir “colorado” y no rojo, en este país tiene algunas connotaciones. El partido Colorado, gran enemigo del autor, podría estar simbolizando a este personaje fantástico. No olvidemos que esta patria se hizo a partir de la lucha de hombres con ponchos y divisas blancas y coloradas. Así este hombre podría ser un político que intenta ganar el voto de Rodríguez, tal como era habitual en la época. Hay una crítica así a los partidos políticos que son capaces de ofrecer cualquier cosa por el apoyo electoral, y hacer cualquier acto de “magia” para conseguirlo. Rodríguez, sería de esta manera, un hombre que ya está mas allá de estas manipulaciones políticas. Es un hombre de campo, que poco le importa como se muevan “allá”, en el lugar que está muy lejos de su realidad. Ya no cree en nada, ni en nadie, y mucho menos en alguien que tutea o habla con voz melosa.

En realidad, estas tres lecturas que parecen contradecirse, no lo son tanto. Las tres pueden coexistir. Las tres pueden articularse perfectamente, porque parten del mismo texto. Así el lector elegirá cuál quiere para llevar a cabo su lectura. Dependiendo de la que se elija, algunos símbolos del cuento podrían variar en su interpretación.

Primera parte: Entorno, presentación de personajes, las ofertas

Se nos presenta el momento del día en que se va a desarrollar la acción: la noche, teniendo en cuenta todas las connotaciones que a la noche se refiere. Es el momento del día en que suceden las cosas inexplicables o irracionales para el hombre. Pero esta noche es particular, ya que la luna inmensamente blanca, da a la misma la apariencia de ser de día. Este contraste entre la luz y la sombra, nos plantea, ya, una circunstancia no habitual que anuncia una situación anormal. En la noche suceden las cosas oscuras y misteriosas del hombre, pero la presencia de la luna, y su luminosidad, nos presenta un contraste que dará lugar a una lucha, ya que la noche, con todas sus connotaciones, no podrá imponerse.

La antítesis luz/sombra se irá desarrollando durante todo el cuento. Simbólicamente podríamos pensar en la sombra como el mal y la luz como el bien, si siguiéramos la primera lectura plateada en el tema. Pero si nos aferramos a la segunda, la luz de la luna no necesariamente simbolizaría la claridad en la noche, sino la muerte, ya que el color de la luna se parece al color de un cadáver. Así la noche, asociado a la pasión desenfrenada, estaría en perfecto contraste con “la muerte” simbólica con la que asociaríamos a Rodríguez.

La ubicación espacial del personaje extraño ya nos muestra algo de lo que sucederá. Este personaje se encuentra en un lugar opuesto a Rodríguez, y lo está esperando. Durante todo el cuento, Rodríguez y el de poncho colorado serán diametralmente opuestos, y eso está reflejado en la ubicación espacial del comienzo. Serán opuestos en todos los sentidos: El hombre extraño tentará, tendrá emociones fuertes, hará magia, rebosará de vida, mientras que Rodríguez expresará muy poco, jamás emociones fuertes (precisamente eso será lo que descontrolará al hombre), no creerá en nada, no espera nada más de la vida, no le interesa nada, no va a aceptar nada, más que seguir caminando hacia un rumbo desconocido para el lector.

La primera acción de Rodríguez nos habla de un personaje desconfiado, alerta física y mentalmente para cualquier peligro, y preparado para enfrentarlo, sin medir consecuencias, ni dudar. Si Rodríguez es un hombre desconfiado es porque la vida lo ha decepcionado, o le ha enseñado que existe el daño mal intencionado. Rodríguez no parece dudar de su decepción, ni cuestionarse su desconfianza. El mundo amenazante es algo absolutamente aceptado para él, y frente a esa circunstancia, su actitud resulta absolutamente egoísta, ya que no plantea la posibilidad de cambio, sino simplemente cuidarse, y cuidar sus cosas (su zainito por ejemplo); tal vez este sea uno de los pocos intereses que Rodríguez muestra.

La grafopeya (presentación de rasgos físicos) del personaje antagonista nos ubica frente a un personaje que no corresponde a este ambiente del campo, tal vez sí al de la noche. Éste está vestido con un poncho colorado, que además de llamar la atención, resulta inadecuado para la circunstancia. Es el primer indicio de anormalidad en el personaje, y el segundo en el cuento, ya que el primero está en la luna. No es esperable que un hombre de campo ande con un poncho colorado y por lo tanto, demasiado llamativo. Si tomamos en cuenta este aspecto, podríamos decir que este personaje rebosa de vida y de pasión, algo de lo que carece absolutamente Rodríguez. También aquí podemos afirmar que estamos frente una lectura política del cuento si tenemos en cuenta que es un uruguayo, y que Espínola fue blanco, hasta cerca de su muerte que se hizo comunista.

La acción de sonreír y acercarse al protagonista muestra también algo extraño. El personaje lo estaba esperando e intenta seducirlo. La sonrisa es símbolo de acercamiento y amistad, pero dadas las circunstancias extrañas, tal vez, otra persona podría haberse asustado: alguien espera en la noche, no es común su forma de vestirse, sonríe y se acerca para trotar con él.

El narrador plante una grafopeya del personaje extraño, mientras que de Rodríguez no nos da ningún dato físico. No dar datos sobre Rodríguez implica no darle relevancia a ese aspecto, porque de esta manera contrasta antitéticamente con el otro que le da una importancia sustancial a su aspecto físico, ya que retuerce “esmeradísimamente” sus bigotes. Nótese como el narrador utiliza una palabra tan larga, no sólo para referirse a la importancia que le da el seductor a su aspecto (algo obvio si hablamos de seducción y tenemos presente que la seducción entra por los ojos) sino también para que imaginemos esos bigotes en toda su largura y su ridiculez. Este personaje no sólo contrasta en apariencia con Rodríguez, también contrasta en lo que a cada uno le interesa cuidar: a Rodríguez su zainito y otro su apariencia.

Por otra parte, esta descripción tiene el sentido de mostrarnos cómo cualquiera podría ver lo extraño del personaje y sentir, aunque más no sea miedo, mientras que Rodríguez no siente nada, más que cuidado, y sólo en un principio.

Los datos que se nos da del personaje mago/diablo/político (o como se lo llama en el texto: cargoso, pegajoso, seductor, etc) son su flacura, su altura, su barba negra que contrasta con el poncho colorado, y los bigotes. En su descripción predomina el sentido visual y con él el contraste cromático, rojo y negro, que nos sugiere la presencia de algo apasionado y oscuro. De allí que pensemos en el mago como el Mal, sumado a la tentación que intenta promover en Rodríguez y entonces concluyamos, según una de nuestras posibles lecturas, que este personaje es el Diablo.

Así que este personaje está desubicado en su intento de seducir desde el primer momento, ya que va de poncho colorado y con una figura preocupada por su apariencia, algo lógico de un hombre de ciudad, pero que contrasta hasta lo más profundo con un hombre curtido por la vida, un hombre de campo, como lo es Rodríguez. Esto resulta más que ridículo, y el mismo narrador lo explicita a través de los ojos de Rodríguez, hombre práctico que no comprende que se le de tanta importancia a los bigotes y no a algo tan esencial como es comer y estar “puchereado” para poder encarar los trabajos del campo.

“A Rodríguez le chocó aquel no darse cuenta el hombre de que, con lo flaco que estaba y lo entecado del semblante, tamaña atención a los bigotes no le sentaba”.

La preocupación por el aspecto físico, tiene sentido si pensamos que el mago debe ser, por sobre todas las cosas un seductor. Un seductor es quien persuade, incita con promesas o engaños a hacer algo, debe fascinar, o sea, retener la atención del otro. Y nada mejor para eso que tener un aspecto fuera de lo común.

Sin embargo, la esmerada figura del mago para retener su atención, no funciona en Rodríguez, con lo cual ya tenemos el primer indicio de un posible conflicto que se ira agravando a medida que transcurra el cuento.

Quien primero acciona es el mago, quien tiene como objetivo retener la atención de Rodríguez, en primera instancia, para lograr luego tentarlo y conquistarlo. Siendo que Rodríguez, ni siquiera entra por el aspecto físico, y siendo que la imagen es lo primero que "se compra", este mago estará condenado al fracaso desde este primer momento, algo que el lector atento ya podrá anunciar, y que el personaje del mago ni se entera, por eso sigue adelante, aún a pesar del rechazo que él no verá.

El proceso de seducción empieza con la mirada, luego la sonrisa, el acercamiento, y por último la palabra. El “diablo/mago/político” sigue las todas las etapas pero nunca espera la reacción del otro para pasar a la siguiente. Lo hace, dando por sentado que él es irresistible.

La acción del mago tiene ya una extrañeza en su tono de voz: "con melosidad". Esta palabra viene de miel, y trata de una excesiva amabilidad que parece falsa, impostada. Con lo cual Rodríguez pierde cualquier temor frente a él e interés, frente a lo extraño o desconocido. Sólo le interesa su seguridad personal y esta ya no está en riesgo. Tampoco tiene ninguna curiosidad, toma la decisión de seguir adelante. Esta falta de curiosidad es lo que nos lleva a la lectura de la apatía de Rodríguez. ¿Es la curiosidad, el deseo de saber una señal del mal o del bien? La respuesta de esta pregunta nos llevaría a un largo tratado teológico.

Frente a la pequeña acción de Rodríguez, de mantenerse fijo en su camino, el mago vuelve al ataque, pareciendo que es él quien maneja la acción, pero desde el momento que su objetivo es dominar al otro, su acción estará irremediablemente atada al otro, y lo que parece ser Poder, en realidad es Esclavitud. Mientras intente conquistar a Rodríguez, este último tendrá siempre el poder de la acción del otro, de ahí su necesidad de acercarse y hablar.

En el habla el “meloso” comete un error con el que espera sorprender a Rodríguez y es “el tuteo”, exceso de confianza, invasión de la intimidad de un hombre tan reservado como Rodríguez. Así que además de irresistible, se cree con derecho a invadir pensando que así caerá bien, tratando con esto de romper las barreras de Rodríguez.

La lucha de miradas que se plantea entre ellos es una prueba de lo inútil de su proceder, y de la pérdida de su poder, a pesar de que el extraño no se da por enterado de ello. La metáfora "Le clavó un ojo Rodríguez" enfrentada a la expresión “que era un cuchillo de punta” refiriéndose a la mirada del extraño, nos muestra la lucha de poder que plantean los personajes. Basta un ojo de Rodríguez, para hacer que este mago se contraiga en su intención de lucha y quede cual “un cordero”. Aunque parecería que un cuchillo es más fuerte que un “clavo”, la mirada de Rodríguez planteada de frente supone un límite claro para el extraño. El mago mira de costado, tratando de crear un clima de misterio y superioridad, que se corta frente a la franqueza de Rodríguez que nunca entra en su juego. Esta lucha perdida por el mago, es una especie de anticipación del final.

“-Por eso, por eso, por ser vos, es que me voy al grano, derecho. ¿Te gusta la mujer?... Decí, Rodríguez, ¿te gusta?”. El mago nunca se enteró o no quiso ver que el tuteo no había logrado su propósito. Pero él aún insiste en su apuesta, y ahora lo hace más fuerte, lo llama por su nombre. Esto debería asombrar a Rodríguez, sin embargo ni se inmuta, como si le pareciera que eso es esperable y natural de este pesado. Pero cualquiera podría pensar en algo “extraño”, tal vez mágico, si nos llama por nuestro nombre alguien a quien no conocemos.

La primera oferta que le hace es la mujer, porque supone que es lo más común, lo que cualquier hombre quisiera tener. Todas las ofertas que le haga tendrán esa impronta: mujeres, oro, poder. Pero Rodríguez no es cualquiera, y si conoce su nombre, ¿no conoce a Rodríguez lo suficiente como para saber que estas ofertas no son para él? Para que la seducción funcione tenemos que realmente ver al otro, y este personaje no ve a Rodríguez, lo ofrece lo que a él no le interesa. Entonces: ¿cuánto poder tiene realmente o es que no se toma el trabajo de individualizar su oferta?

Además de todo esta primera oferta es para Rodríguez una interesante “piedra en el zapato”. Analicemos la reacción de Rodríguez: “Brusco escozor le hizo componer el pecho a Rodríguez, mas se quedó sin respuesta el indiscreto. Y como la desazón le removió su fastidio, Rodríguez volvió a carraspear, esta vez con mayor dureza. Tanto que, inclinándose a un lado del zaino, escupió”. Tal vez sea esta la única muestra de conmoción del personaje. El narrador no nos dice por qué esta conmoción, pero si miramos las palabras que utiliza podemos descubrir algo interesante de Rodríguez. La palabra escozor tiene dos significados que arrojan luz: sensación dolorosa, como la que produce una quemadura o sentimiento causado por una pena o desazón. Por lo tanto a Rodríguez lo asalta una pena cuando se le habla de la mujer, posiblemente porque se sienta traicionado por alguna que aún ama, y que también desprecia, como le pasa al hombre con sus contradicciones. Este “escozor” ataca su pecho, donde está su corazón, lugar metafórico de los sentimientos. Pero aún así no le responde al “indiscreto” quien se ha metido en un lugar íntimo al que Rodríguez no piensa darle lugar. Pero continuando en esta línea de análisis, la “desazón le removió su fastidio”, siendo “desazón” una inquietud interior, una pesadumbre, un disgusto. Rodríguez se perturba frente a esa inocente pregunta, y termina haciendo una de las mayores muestras de desprecio que es escupir.

Esto que parece tan obvio y que debería ser para el seductor una alerta de que su propósito no se cumple, no es realidad nada para él, que torpemente deja pasar este gesto y vuelve a ofrecerle la mujer, pero ahora de sus sueños. Una mujer que obviamente para Rodríguez es una pesadilla. No le ofrece la mejor mujer del mundo, sino la de sus sueños, que por lo que vemos no es precisamente lo mejor.

Algo parecido pasa con las otras ofertas, ya que todas tienen un techo. Le ofrece oro, pero no todo el oro, sino el que él pueda cargar luego de haber conseguido latas o recipientes en qué cargarlos. Así que si consigue diez recipientes, serán diez, y si consigue dos, serán dos. Y por último lo mismo pasa con el poder. Le ofrece de General para abajo. Cualquier cargo que quiera pero no el más alto. Si pensamos en la figura del diablo, acá tenemos otra ironía del autor, los cargos políticos militares más altos, no los da el presidente, sino el diablo.

El orden de las ofertas también es interesante porque van de lo menos importante a lo más importante, según el interés estandarizado del hombre común.

Pero todo esto que para cualquiera sería lo más llamativo, para Rodríguez es el “cargoso” quien se lo ofrece. La forma en que en la primera parte del texto el narrador utiliza para nombrar al mago/político/diablo, resulta interesante de ver, ya que éste utiliza el punto de vista de Rodríguez, por lo tanto la forma de llamarlo tiene relación directa con la forma en que Rodríguez ve a su antagonista. Revisando la lista en el orden que aparece podemos ver la evolución interna de Rodríguez: el otro, el desconocido, el hombre, el importuno, el interlocutor, el indiscreto, el ofertante, el cargoso, el pegajoso, el seductor. Cada uno de estos nombre tiene que ver con un momento de la narración en que el antagonista interactúa con Rodríguez.

Cada una de las partes de este cuento termina con una intervención de Rodríguez, ya sea directamente o en el pensamiento. La primera es en el pensamiento: “pucha que tiene poderes, usted”. Esto que no llega a decir Rodríguez es adivinado a través del silencio por el antagonista que está esperando atentamente una respuesta y no puede entender que Rodríguez no de ninguna luego de todos los ofrecimientos que le hizo.

El narrador termina esta parte asumiendo el punto de vista del extraño, quien en un solo gesto muestra su desazón, se toca la barba pensativo, agacha la cabeza desolado, ante la indiferencia de Rodríguez. Ahora este personaje extraño que creía ser tan fuera de lo común, viene a darse cuenta que Rodríguez tampoco tiene nada de común.

Segunda parte: las pruebas

Esta segunda parte del texto comienza con un narrado que asume ahora un punto de vista externo, y presenta la imagen de los personajes como si fuera un cuadro, mirado a distancia y casi sin movimiento. La luna blanca, otra vez, aparece para mostrar nítidamente las imágenes de los caballos y sus jinetes, y se destaca el silencio. Ya no hay más para decir. Sobran las palabras, y no aparecen las acciones que sirvan para el propósito de seducción. Cada uno está sin poder interactuar con el otro, aunque obviamente a Rodríguez no le interesa, porque su único propósito es no desviarse del camino.

Rodríguez no necesita nada, y en la medida que no necesita, nada le interesa tampoco. De esa manera el seductor no tiene posibilidad de inferencia en él.

La acción ahora la comienza Rodríguez, se arma un cigarro, no como un acto de confianza, sino como una expresión de paciencia e indiferencia, como si dijera: “bueno, esto va para largo”, ya que el “diablo” no parece haberse dado por vencido, sino todo lo contrario, ya que la acción de Rodríguez lo invita a volver a la lucha. Parece encenderlo, parece darse creer que lo que Rodríguez necesita es una prueba de su poder. La pasión del extraño irá creciendo a partir de este momento del cuento. Tan ansioso se pone, tan deseoso de mostrar su poder y sorprender a Rodríguez que comete el error de casi darse contra unos arbustos del costado del camino. Este acto ridiculiza la figura de quien quiere y cree tener el poder. Si pensamos en la figura del diablo, podríamos ver aquí la ridiculización de su imagen, y aún si queremos trasladarla a un político importante. Ambos poderes están ridiculizados.

Necesita separarse un poco de Rodríguez para que éste pueda ver la prueba que va a realizar. Pero no sólo resulta ridícula la imagen del seductor porque casi se choca con los espinillos, sino también porque Rodríguez no lo espera, así que aún cuando casi se cae tiene que hacer lo posible para no perder el trote.

“-¿Dudás, Rodríguez? ¡Fijate, en mi negro viejo!” interpela el extraño. Es interesante ver la metonimia que utiliza “negro viejo” para referirse a su caballo. Una metonimia es cuando se hace una transposición de sentido, y entre las palabras transpuestas hay una relación de contigüidad, o sea de inmediatez. Normalmente usamos esta figura cuando tomamos una parte para referirnos a un todo. En este caso se toman las cualidades para referirse al caballo. Pero esta elección no es inocente. El mago quiere que Rodríguez se fije especialmente en esas cualidad porque serán las que cambiará. Necesita que Rodríguez lo vea, sino la seducción no tendrá sentido, no podrá asombrarlo, no cumplirá su propósito. Y justamente Rodríguez ganará esta lucha porque no quitará la mirada de delante del camino, así que no le prestará ninguna atención. La lucha se concentra cada vez más en su mirada, y si observamos, el otro estará haciendo referencias cada vez más desesperadas a la atención de Rodríguez: “Fijate”, “-¡Mirá!”, “¡Servite fuego, Rodríguez!”, “¿Y esto?”, “¡Mirá qué aletas, Rodríguez!”.

Pero comienza tranquilo, a pesar de incidente de los espinillos, y su primer prueba será convertir al caballo de negro en color leche y de viejo en joven. Para esto hará un juego quiásmico: “negro viejo” / “tordillo como leche”. El quiasmo es una figura poética que consiste en entrecruzar los términos, formando de esa manera una estructura de espejo. Así “viejo” y “todillo” que hacen referencia a su edad, quedan unidas, y en los extremos quedan las cualidades “negro” y “leche”. Estos términos antitéticos refuerzan la idea del poder que tiene este personaje antagónico. Puede controlar las cualidades de los animales, lo que nos introduce en el elemento fantástico, en lo sobrenatural e inexplicable.

Este acto debe sorprender a cualquiera porque escapa del poder de lo humano. Pero no así a Rodríguez, y aunque no lo sabemos aún, el extraño sigue basándose en lo que comúnmente sorprendería a cualquier mortal; así que está seguro de haberlo sorprendido y no quiere darle tiempo a pensar para que la sorpresa sea aún mayor.

Pasa entonces así a la segunda prueba: transformar una rama en víbora. Es interesante como la rama parece una prolongación de su brazo, ya que este es “puro hueso”. Esto que debería alertar a Rodríguez, de que no está con un hombre común.

Otro elemento que nos acerca a la lectura del diablo es pensar, no sólo en lo huesudo del personaje, sino también en que transforma esa rama en víbora y la domina, la oprime y la tira cuando quiere. Recordemos que la víbora es símbolo del diablo en el jardín del Edén, y recordemos que si hablamos de la figura del diablo, hablamos de la cosmovisión bíblica. Así que dentro de esta lectura maniquea de la presencia del bien y del mal, esta lectura de la supremacía del personaje sobre la víbora, encuadra perfectamente con la lectura del diablo. Otro elemento que apoya esta teoría es el contraste entre el brillo de la víbora y el color negro de la noche. Recordemos que este contraste es eje de toda la narración.

La oportunidad realmente llega cuando este “diablo” descubre que a Rodríguez le falta algo, es decir tiene una necesidad, una carencia, y esta es el fuego para encender su cigarro. No la pierde, sino todo lo contrario, le excita pensar en las posibilidades de asombro que le da la falta del yesquero. Pero este “diablo” tiene mucho de humano, y debe apelar a la calma para poder hacer su prueba dando a entender su superioridad. Es interesante percibir esta contradicción entre lo sobrenatural y lo humano que el mismo personaje encierra, y que si bien vemos es igual que Rodríguez pero proporcionalmente contrario. Rodríguez es un hombre común, pero su indiferencia y su falta de asombro lo hacen casi sobrenatural.

La tercera y última prueba será frotar la yema del dedo gordo y sacar de eso fuego, presentándola en la uña del pulgar. Esto obligará a Rodríguez a mirar, la obsesión del mago. No sólo tendrá que mirar sino acercarse para prender el cigarro, incluso hasta inclinar la cabeza ante él. Pero nada de esto sale como lo piensa el extraño, ya que Rodríguez lo hace como si fuera algo común, que todos los días pasara. El extraño, ansioso, pregunta la opinión de Rodríguez y es la primera vez que este habla, la que marcará el final de la segunda parte o del desarrollo y comenzará el desenlace.

Rodríguez contesta “esas son pruebas”, minimizando todo el esfuerzo que este extraño había hecho para sorprenderlo. ¿Qué diferencia hay entre este ser y un hombre de circo? Es más, el narrador vuelve al punto de vista de Rodríguez, que tenía abandonado, y nos enteramos, junto con el mago de esta falta de asombro, cuando lo llama “el pegajoso”. Así que mientras todo esto pasaba, Rodríguez veía al mago como un pegajoso, y no como alguien capaz de hacer cosas asombrosas, sino que en lo único que pensaba era en sacárselo de encima.

El desenlace: el descontrol del extraño

Una vez descubierto el pensamiento de Rodríguez, por primera vez para este hombre, este resulta ser totalmente inesperado, así que quien buscaba sorprender termina estupefacto. Ahora las palabras de Rodríguez son “un baldazo de agua fría”. Si al diablo le habían “fulgurado” los ojos cuando pensó en darle fuego con el dedo, si la pasión y el ardor subían a él cuando pensaba que estaba ganando, ahora todo termina apagado por ese “baldazo de agua fría”, como para apagar su pasión. Pero lejos de hacerlo, el extraño retoma este sentimiento con mucho más fuerza, ahora mezclado con ira e indignación. Antitéticamente, el agua fría ahora se sustituye por “la mente hecha un volcán” dando lugar a la idea de explosión incontrolable, de desorden, de caos, de descontrol.

También se descontrolan las imprecaciones, las súplicas para que lo mire, y las pruebas de magia que se transforman en prodigios (sucesos extraños que exceden los límites de la naturaleza).

El primer prodigio será transformar su caballo en toro. Este toro estará lleno de fuego, como si la ira del extraño hubiera pasado también a él. El narrador, ahora en el punto de vista de Rodríguez parece burlarse de la situación cuando irónicamente dice “presentado con tanto fuego en los ojos que milagro parecía no le estuviera ya echando humo el cuero”. Tanto ira causa gracia a Rodríguez que ve el despropósito de este acto sugiriendo que lo extraño no es el acto sino que el toro no se estuviera quemando. Pero a Rodríguez sólo le importa que su zaino no salga lastimado, otra vez aferrado a su mundo, cuidándose él y sus objetos que es lo único que tiene en esta tierra, y por lo único que él cree que debe alarmarse. Su mundo empieza y termina en él. ¿Podemos pensar que esta es la imagen del bien? No lo sé.

El segundo prodigio ya resulta un absoluto despropósito que rompe con el horizonte de expectativa del lector, quien debe releer varias veces esta expresión “mirá que aletas, Rodríguez” para lograr comprender de qué está hablando el mago. El horizonte de expectativas es aquello que el lector considera dentro de lo posible en el cuento, dentro de lo verosímil. Cuando esto se rompe, el asombro del lector puede llevarlo incluso a desestimar el texto. Pero si el cuento ha generado los principios necesarios para lograr este asombro sin que se rompa la verosimilitud, todo será posible dentro de este contexto ficcional. Así, este cuento, ha ido creando la posibilidad que haga que este delirio del bagre sea posible en este contexto. Si uno lo piensa racionalmente es casi imposible imaginar un bagre, fuera del agua, del tamaño de una persona, cabalgando por la tierra. Pero en este contexto de descontrol y de magia todo esto es posible, aunque el lector termine absolutamente asombrado. Pero no así Rodríguez, quien no se inmuta. Un bagre, por más que de vueltas “como luz” no es un peligro para su “zainito” y eso es lo único que puede hacerlo reaccionar.

La desesperación del extraño lo lleva a pedir “por favor, fijáte bien”. Aquel personaje altanero, creído, confiado, termina pidiendo por favor la atención y el asombro de Rodríguez. Resulta inhumano que no lo tenga.

Rodríguez prácticamente se burla del personaje, de su desesperación y su descontrol. “¿Eso? Mágica, eso”. El error gramatical de Rodríguez, que en vez de decir magia, dice mágica, refuerza la idea de un personaje sin mayor cultura pero con mucha experiencia en lo mundano. No sabe cómo decirle a estos prodigios descontrolados, pero seguro no tienen ninguna importancia para él, no significan nada, no le proporcionan nada, ni le demuestran nada. Nada puede un hombre como este darle a Rodríguez.

El extraño termina como corresponde a este conflicto. Comenzó confiado y termina en el suelo, “caído del caballo”, humillado, “clavado de cola”. La derrota del personaje sólo puede terminar en el insulto, justificado, y totalmente uruguayo.

Pero esta exclamación sale de un ahogo, de lo más profundo de su ser y de su cansancio, se ha pasado todo el tiempo tratando de llamar la atención de Rodríguez quien no ha hecho más que menospreciarlo, no creerle, no considerarlo importante. Así terminan ambos personajes tal como empezaron. Rodríguez sigue su camino, tranquilo “bajo la blanca, tan blanca luna”. Una vez más la reiteración del principio “como aquella luna había puesto todo igual, igual que de día,” pero ahora se repite la palabra “blanca” que es la que acompañará a Rodríguez. La luz, el color blanco está siempre del lado de este personaje. Mientras que el otro termina también como empezó, “el oscuro” que es el caballo del extraño, termina mostrando los dientes, en señal de ira y vuelve a los sauces del paso, para esperar a otro candidato. Así la estructura del cuento se vuelve circular, es decir, todo termina como empieza.

lunes, 17 de enero de 2011

Reflexiones sobre literatura fantástica

ALGO SOBRE LITERATURA FANTÁSTICA

Este tipo de literatura tiene una larga trayectoria a nivel mundial. Suele llamarse literatura fantástica a aquel tipo de narración que se sale de los parámetros de la realidad posible.

Cuando un lector se enfrenta a una narración, acuerda implícitamente con el autor, creer en todo lo que éste le plantea. El autor puede tratar de contar un suceso que no asombre al lector, y que éste pueda explicarse dentro de los parámetros posibles en su realidad. Pero también puede, gracias a esa convención, plantearle cosas increíbles, y no explicárselas, dejando al lector sorprendido, y teniendo plena conciencia, que eso que el autor cuenta, solo es posible dentro de la narración, lo que provoca entre lo que cuenta y la realidad del lector, un extrañamiento, es decir, éste siente lo contado como extraño a su realidad posible.

Verosimilitud y realidad son principios bien distintos que no necesariamente coinciden. Puede haber algo verosímil, pero irreal, y puede haber algo inverosímil pero real. Por ejemplo, es increíble la existencia de un parásito en un almohadón de pluma, sin embargo, dentro de la narración, esta idea está perfectamente justificada y no es real. Y puede ser poco creíble o increíble un gol de arquero a arquero, sin embargo puede ser real. La verosimilitud es el principio de lo creíble, y ésta siempre debe darse en una narración, por más fantástica que esta sea.

Cuando un hecho o suceso se escapa de la comprensión racional y posible, pero está avalada por las circunstancias narrativas, es decir, es creíble dentro de la narración, y provoca al lector asombro y extrañamiento con sus circunstancias reales, y cuando ese hecho que ocurre tiene toques sobrenaturales, inexplicables racionalmente para el lector, es que nos encontramos frente a la literatura fantástica.

Lo fantástico en una narración es aquello inexplicable racionalmente. Provoca en el lector inquietud o duda, ya que existe un entorno cotidiano o familiar que es irrumpido por una circunstancia inexplicable que resulta amenazante e imposible. La expresión de lo fantástico es la forma hostil y negativa de materializar lo que está excluido o reprimido en el hombre, y promueve, dentro del mundo de ficción, la necesidad de resistir o escapar porque atemoriza.
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
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Generación del '20 en la narrativa uruguaya

GENERACIÓN DEL '2O EN LA NARRATIVA URUGUAYA


Desde hace tiempo, la narrativa se encontró dividida en dos grandes grupos: narrativa ciudadana, y narrativa del campo. Sin embargo, a nivel de cuentos, dos grandes precursores se encuentran en el '900: Quiroga, en el cuento ciudadano, aunque luego haya variado sus rumbos; y Javier de Viana con el cuento del campo.

A nivel histórico, tenemos que marcar algunos incidentes mundiales y particulares que han influido en la literatura de la época. A nivel mundial, por un lado en necesario recordar que nos encontramos ya con el final de la Primera Guerra Mundial que impactó tremendamente la forma de ver y sentir el mundo. La Primera Guerra hizo reflexionar al hombre sobre la brevedad de su vida y la razón de su existencia. Con lo cual la literatura se hará dueño de esta clase de temas, tratando de explicar al hombre y su comportamiento, buscando aquello que lo diferencia de los animales y los separa de la bestialidad, que la guerra había dejado al descubierto. En suma, buscando una ética de lo humano.

Por otra parte, a principios del siglo XX, Freud, el padre de la psicología, había expuesto ya sus teorías, que habían revolucionado, en todos los aspectos, la visión del hombre. Hay, en el hombres, zonas oscuras que éste no puede explicar racionalmente, y para horror de ellos, esas zonas son mayoría, con lo cual la mayor parte de su comportamiento es inexplicable. Lo que lleva a la literatura y al arte a investigar y tratar de expresar aquellos aspectos irracionales o inexplicables del hombre.

Y por último, la aparición de la Teoría de la Relatividad de Einstein, hizo con la época y el arte, su parte. La Teoría de la Relatividad hizo pensar al hombre que la realidad ya no es una sola, sino que todo depende del lugar desde donde se mire. Con lo cual, la idea de una verdad única, se quiebra, y todo se vuelve ambiguo o relativo.

A nivel nacional, tenemos que tener en cuenta que estamos en un Uruguay que avanza a pasos agigantados, lo que hace que el hombre se encuentre, muchas veces perdido frente a los cambios vertiginosos de la época. Esto sucede, tanto a nivel ciudadano como en el campo. Dado que Espínola se dedicó a la narrativa del campo, es necesario detenernos allí. La tecnología agrícola que ha venido avanzando durante el siglo, ha hecho que el hombre de campo se convierta en peón, y a su vez, en desocupado, lo que provocó una inmigración masiva a la ciudad y despoblamiento de los campos, y con ello nuestros valores tradicionales.

Ésta es una de las razones por las cuales, la literatura de Espínola, como la de Morosoli, tiene esa mezcla de rescate de valores tradicionales, con un ahondamiento en los requiebres psicológicos de los personajes que se hacen tremendamente profundos, y con una postura ética y moral del hombre. Ya no vamos a estar frente a un narrador como los creado por Quiroga, que no juzga la acción, sino que permite que el lector lo haga, a través de la presentación de los hechos. Ahora estaremos frente a un narrador, que no sólo juzga, sino que también da su postura ética del mundo.

En cuánto a la literatura ciudadana heredada por Quiroga encontramos a Felisberto Hernández, que merecería algunas explicaciones especiales.

Felisberto tiene en su narrativa influencias de una de las corrientes de vanguardia más reconocidas en el siglo XX, que es el surrealismo. Esta vanguardia que nace en Europa es una de las que más perdura en el tiempo.

Pero ¿qué son las Vanguardias? Se llamaba así a los movimientos artísticos nacidos a principio del siglo XX. Estos movimientos son consecuencia directa de un mundo convulsionado por la primera Guerra Mundial. Los hombres pierden identidad, se mueren los jóvenes, el mundo se tecnifica y el entorno que rodea al hombre cambia de forma vertiginosa. Y ¿qué ha hecho el arte frente a esto? Nada. Ha seguido anquilosado en su mundo del siglo XIX, en su torre de marfil, indiferente a lo que pasa. No está en contacto con la realidad, sino más bien con lo que cree que debe su verdad, que no se involucra. Más allá de si esto es cierto, los jóvenes de principio del XX criticaban así al arte del siglo XIX que se mantenía desconectado, desilusionado de la realidad hipócrita y superficial en la que vivían.

Así las Vanguardias, formadas por grupos de jóvenes entusiastas, y profundamente golpeados por la realidad que los circundaba, deciden provocar al mundo, sacudir al arte de su modorra, mover las cimientes de toda la cultura occidental, hasta, incluso, dinamitarlas. Así nacen los manifiestos provocadores, el arte que provoca escándalo, la búsqueda de “espantar al burgués”. Podríamos citar montones de ejemplos en que estos grupos trasgredieron las “buenas costumbres” de esa sociedad hipócrita y pagana, tal como ellos la entendían.

El arte se volvió algo que debía realizarse en cinco minutos, o que no tenía el propósito de trascender. Así nacieron las “performance”, especie de obras teatrales y plásticas, que duraban cinco minutos y cuya finalidad era escandalizar. Pero estos movimientos no duraron mucho. Terminaron concluyendo en dos grandes corrientes: el cubismo, el surrealismo y el expresionismo. Todas con cosas en común y con principios diferentes. La primera profundamente arraigada en la razón. Los cubistas no pintaban lo que veían, sino lo que la razón veía. Así si una figura humana tiene dos ojos, y está de perfil, deben pintarse no lo que se ve, sino lo que es racionalmente: la cara de costado con sus dos ojos de frente. Algo que deformaba la realidad, pero que explicaba cómo veían ellos el mundo.

El expresionismo trató de pintar el mundo cómo lo sentía, de forma exasperada, horrorizada por la crueldad a la que el hombre podía llegar. Sus obras son más parecidas a la realidad, y su profundidad artística pone al hombre frente a su condición y su esencia. Son un espejo de lo que no quieren ver, en sus rasgos más esenciales, y más exasperantes.

La tercera vanguardia es la más complicada de explicar, y es en la que podemos encuadrar algunos aspectos de Felisberto, pero no todo. El surrealismo, al contrario del cubismo, no piensa en la razón, sino en la “sinrazón”. Ellos basan su arte en el “inconciente” descubierto por Freud. No escribirán en forma racional, sino en un clima onírico (sueño). Sus asociaciones serán irracionales, y su mirada del mundo no será la de la lógica común, sino la que rige nuestro más profundo inconciente, al que no sabemos cómo llegar. Su obsesión es descubrirlo. Trabajarán tratando de anular la razón, dejando fluir las asociaciones más locas.

Felisberto toma del surrealismo su mirada psicoanalítica del mundo. Él crea un narrador en primera persona, siempre desde su punto de vista. Y este narrador no verá lo que todo el mundo, sino que tendrá siempre una mirada tan parcial, tan infantil, que retrotraerá al lector a un mundo inocente, inexplicable, en un clima onírico, donde las cosas nunca quedan del todo claras.
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
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domingo, 16 de enero de 2011

Dante - Comentario del Canto XXVI

Comentario del Canto XXVI


Artículo realizado por Gian Mario Venezino

El personaje de Ulises domina el canto XXVI del infierno. Está castigado en el foso de los fraudulentos, la octava Bolsa en compañía de Diomedes, el héroe homérico ocupa enteramente la escena. Es uno de los más famosos cantos de Comedia, en parte debido a que el protagonista, a través de los siglos, ha dado lugar a muchas interpretaciones. La centralidad de Ulises en el canto depende totalmente de la célebre historia que le hace a Virgilio y Dante de su último viaje en el que encontró la muerte, pero sigue siendo marginal, sin embargo, el recuerdo de engaño por el que está condenado al infierno. La palabra del héroe griego ha sido una suerte de identificación del carácter específico del ser humano, convirtiéndose en una especie de símbolo de la naturaleza del hombre. Sin embargo, es necesaria una aclaración. No es en absoluto cierto que la figura de Ulises, así como Dante lo describe y las palabras que le hace decir, se vio en el tiempo de la comedia, como algo positivo. Es difícil de creer, de hecho, que una persona condenada a la pena eterna podría ser percibido como un modelo positivo del ser humano. Esto sucedió principalmente en la época romántica, cuando el Ulises de Dante se convierte en un verdadero modelo de la perenne ansia de conocimiento que caracterizan al hombre, y como tal, celebrada por los intelectuales de hoy en día. No hay duda de que Dante percibe una fascinación, y no es un caso, en efecto, que es convertir a Ulises de Virgilio, como para indicar una afinidad de la grandeza de espíritu. Como se sabe, el poeta de la Eneida le pide a uno de ellos que cuente cómo se ha producido su muerte. Ulises respondió, a partir del versículo 90, precisamente con ese discurso que ha inmortalizado este canto del infierno. No hay duda de que Dante sintió con fuerza el encanto poético de la figura que fue construida como una expresión de la curiosidad irrefrenable del hombre, de ese deseo imposible de erradicar que es el conocimiento de todo lo que caracteriza al hombre, nunca plenamente en paz hasta en lo aún desconocida y siempre se abre ante él. Vuelto a Ítaca después de un largo viaje y lleno de accidentes, Ulises siente renacer el “ardor”, invencible, de la "experiencia devenir del mundo / y de los vicios humanos y del valor" (vv97-99). Anula un valor para frenar la más noble e importante que habita en el corazón del hombre, como pena por el padre o el amor conyugal, o la dulzura de un niño que se recuperó después de tantos años. Nada es mayor que el celo por el conocimiento. Así que el héroe griego vuelve al mar para su último viaje, junto con "la fiel compañía/ que nunca me había abandonado" (V.101-102). Y después de vagar por todos los lugares posibles de Mare Nostrum, llega a los Pilares de Hércules, un poderoso símbolo de los límites al conocimiento humano. Y es así, entonces, que Ulises representa muy bien la condición humana, en cuanto los Pilares de Hércules se convierten en una oportunidad para expresar la infinitud del deseo humano, que no sería tal si no se probase el deseo sobrepasar el límite, para abrir el primer surco en el agua. Así, en frente de las Columnas de Hércules nació el famoso "pequeño discurso" (v.122), con el que Ulises insta a sus compañeros a seguirlo en lo que ahora, sin la auténtica conciencia de lo que pide, mientras que el Infierno, siempre es llamado como “loco vuelo” (v.125). Son tal vez los versos más famosos de toda la literatura occidental. El terceto con que concluye la oración: “Considerad, seguí, vuestra ascendencia: para vida animal no habéis nacido, sino para adquirir virtud y ciencia” (vv.118-120), ha cruzado el gran mar del tiempo para llegar a nosotros con inalterada sugestión, en cuanto que lo que dice ha hendido en la definición de la particularísima dignidad del hombre. En pocas palabras, al deseo de Ulises corresponde escucharlo como a cualquier hombre razonable siente, el lector percibe como un poco injusto la condición que se abate sobre Ulises y su haber cruzado las Columnas de Hércules, para que un torbellino de agua lo sepulte para siempre. De hecho, al menos después del Romanticismo, el cierre del episodio es completamente marginado o vuelve a una especie de moralismo religioso del que Dante no sería inmune. Con que el personaje de Ulises se ha subrayado con acierto, pero el espíritu dantesco queda bellamente incomprendido. Cuando Dante llama “loco” al viaje final de Ulises, no lo hace por cualquier caso, sino más bien por una serie de razones importantes. Para la casi unanimidad de comentarios dantescos, la montaña que Ulises y sus compañeros vieron después de cinco meses de haber pasado las Columnas de Hércules, es el Purgatorio, en donde allá arriba está el Paraíso terrenal, la misma montaña que Dante conocerá, por gracia, en el viaje, y que nos contará de ella en la segunda parte de la Comedia. Dante, por lo tanto, está destinado a ver realizada en su experiencia, el deseo de Ulises (de alguna manera, incluso superado, si se piensa en el famoso verso “nadie ha surcado el agua que navego” del Canto II del Paraíso, v.7) y su viaje no será loco, el miedo que él mismo había declarado a Virgilio en el canto II del Infierno, ya que la experiencia habrá de efectuarse. Aquí, el punto es este: el deseo de Ulises es justo y es inherente al ser mismo del hombre, pero el intento de satisfacelo sólo por su propia voluntad y astucia es pecado, de hecho es el pecado original del hombre, lo que los antiguas llamaban hybris, indicando con este término un intento excelente de trascender el propio límite; no por nada, los dioses suelen castigar la arrogancia con la ceguera o la locura. Por esto el adjetivo que connota el viaje es “loco”, y por esto el discurso de Ulises a sus compañeros, al menos en lo que respecta a la invitación de superar las barreras de Hércules armados solamente del propio deseo, es un engaño, una suerte de consejo fraudulento. El que, entre otras cosas, nos lleva de nuevo al clima de este octava bolsa en la que el discurso tiene lugar.

En todos los casos, no hay duda de que en su Ulises, Dante nos ha dado una figura de un hombre fascinante, en la complejidad de sus significados, que probablemente no dejará de ser un término de controversias.

Texto extraído de "Commedia", Dante. Ed. Biblioteca Universale Rizoli.
Traducción realizada por la Prof. Paola De Nigris

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